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10Ene/14

… de las pasadas Navidades de 2013

Piña de Navidad

Como ya dije en la anterior entrada, estas Navidades han sido algo atípicas, pero muy familiares. La primera buena sorpresa nos la dio el Tripadre cuando nos confirmó que podría cogerse vacaciones casi los mismos días que los Trastos. Y que había hecho todo lo posible para evitar que le llamasen del trabajo (algo bastante habitual). Así que podría pasar tiempo con los niños. Y con esta buena noticia comenzamos las vacaciones.

Sin embargo, si ésta es la arena, la de cal vino de mano de los virus. Aquí, menos el Mayor, nos hemos puesto malitos todos. Todos. Empezó el Mediano junto al Tripadre. Nada grave. Pero ahí estaban los mocos y las toses. Cuando estos dos empezaron a levantar cabeza, caí yo y después el Peque. Bronquitis los dos. A fecha de hoy, el Peque sólo tiene mocos y algo de tos. Yo sólo tengo tos, ya casi nada. Pero el día de Reyes me apareció una contractura en el cuello que aún me dura hoy. Se conoce que no me he tenido que portar todo lo bien que debería cuando Melchor, Gaspar y Baltasar decidieron darme tal obsequio el mismo 6 de enero por la tarde.

Otra cosa que se nos fue al garete fue una escapada que el Tripadre anhelaba a la nieve. No os lo he dicho, pero a su familia le encanta esquiar. A toda. Mi suegra es la única que no esquía. Y yo que siempre he ido en vacaciones a mi pueblo, en plena Extremadura, donde la nieve es casi como una leyenda urbana, no tengo ni idea de mantener el equilibrio en unos esquíes. Es más, ponérmelos ya sería un logro personal para mí.

No me malentendáis. La nieve me encanta. La idea de estar tomando chocolate caliente mientras unos copazos caen pausadamente a través de la ventana me encanta. Pasear por un camino nevado me encanta. Hacer muñecos de nieve también me encanta. Y tirarme por una pendiente en el mini trineo con mis hijos por supuesto que también me encanta. Pero de esquiar no tengo ni idea.

Durante todos estos años al lado del Tripadre, varios han sido los intentos de que yo aprendiera. Lo más fácil es apuntarse a un curso. Pero no siempre hay dinero para ello. Y cuando podría haberlo habido, aquí la menda estaba embarazada o dando el pecho. Así que he pasado unos 12 años esquivando a los esquíes con mi suegra, haciéndonos compañía mutuamente.

Así que os podéis imaginar que el hecho de no poder ir a la nieve no ha supuesto una gran pena para mí. Del Tripadre no puedo deciros lo mismo. Pero a cambio hemos podido disfrutar de unos días más en familia y en casa la mar de tranquilitos que han alimentado mi alma.

Otra gran sorpresa navideña nos la ha dado el Peque, quien aguantó asombrosamente bien las noches clave de la Navidad, a saber: Nochebuena y Nochevieja, que las pasamos en casa de las abuelas. Hasta las 2 y las 3 de la mañana estuvo despierto el colega. Obviamente no estaba como una rosa, pero aguantó para mi asombro. Lo que suelo hacer cuando son tan pequeños es acostarles en las cunas de viaje que tienen en sus respectivas casas las abuelas. Lo que implica que tengo que pasarme media comida (si no entera) intentando dormir al niño, perdiéndome la gracia de la noche en cuestión. Y después, de madrugada, levantarle y meterle en el coche (momento en el que aprovecha para despertarse). Y al llegar a casa, de vuelta a su cuna y volver a dormirle. Y cruzar los dedos para que ya no se despierte hasta el día siguiente. Algo tardecito a poder ser. Esto fue así las dos primeras navidades del Mayor y el Mediano. Y la primera del Peque. Así que di por sentado que este año sería igual. Y que también sería el último en la que se repetiría este ritual. Pero como le vimos tan dicharachero, esperamos a acostarle. Y esperamos. Y esperamos. Y nos dieron las 2 de la mañana y ya pusimos rumbo a casa. Todos a la cama. Y hasta el día siguiente. Ahí es nada.

CONTRAS:

  1. El hecho de estar pachucha hizo que me convirtiera en piltrafa humana, sobre todo por las tardes. Así que no tuve cuerpo para hacer un montón de cosas que tenía pensadas, como galletas, panettone, manualidades navideñas con los niños, ponerme al día con el blog, etc.

  2. Las noches, que podía haberlas aprovechado para descansar, me las pasé tosiendo. Me levantaba cansadísima.

  3. Nos quedamos sin pelea de bolas de nieve.

  4. El horario y rutinas del Peque se vieron trastocadas hasta más no poder. Lo que no tendría por qué ser un problema si no fuera porque los mayores ya han empezado el cole y el Peque tiene que acoplarse a los horarios de sus hermanos.

PROS:

  1. Hemos estado a nuestro aire, entrando y saliendo cuando nos apetecía. Vamos, vacaciones en familia. Es el mejor regalo de Reyes que me han dado.

  2. Ha sido fantástico poder pasar tiempo los cinco juntos. A lo largo del día, suelo verles a todos ellos, pero ellos no siempre coinciden. Últimamente, el Tripadre estaba viendo al Peque los viernes, sábados y domingos. Y a los mayores les veía porque es él quien les levanta y prepara para el cole. Así que poder pasar tiempo todos juntos, sin llamadas ni ordenadores de por medio, ha sido fantástico.

  3. Poder disfrutar de la Nochebuena y la Nochevieja como hacía años que no lo hacía. Hay que ver lo bien que sienta una gamba sin preocuparse de si estará o no dormido el niño en la cuna o levantarse corriendo porque le has oído llorar.

  4. Disfrutar de la magia de la noche de Reyes. El Tripadre y yo nos tememos que al Mayor le quedan uno o dos años para descubrir el pastel. Así que nos hemos esmerado para que toda la parafernalia de esa noche siga envuelta en un haz de magia.

  5. Hemos tenido la visita del Ratoncito Pérez en plena Navidad. A poco se junta con los Reyes Magos. Y es que al Mayor se le ha caído su primer diente. Pero esto lo dejo para otra entrada, pues creo que lo merece.

Como veis, a veces las cosas no nos salen como habíamos planificado. Y a veces, sólo a veces, resultan mejor que como las habíamos pensado ;-).

05Ago/13

… de hacer una pecera de arena

Pecera de arena

Hoy vengo con otra propuesta para decorar la casa, aprovechando de nuevo los días a la orilla del mar. Siempre que vamos a la playa (llevamos ya 5 años), mi padre le dice al Mayor que le traiga agua del mar. Es un chascarrillo porque no espera que él se la traiga. Sin embargo, cuando volvemos y nos encontramos, le pregunta a mi hijo por el agua de mar. El Mayor le responde que no y se queda con cara de ¡ay va! Y el abuelo le dice cosas como “ay que ver”, “mira que no acordarte” y demás que no pongo para no aburrir, pero supongo que os hacéis una idea.

Este año, tras la broma de rigor, me dije que no pasaba otro año viendo la cara que se le quedaba a mi hijo cuando el abuelo le pidiera el agua y, por lo tanto, no me volvía a casa sin una botellita de agua para él. Y así, el último día de playa, rellené con agua de mar una botella de agua mineral y la eché en la maleta. No sin antes cruzar los dedos para que no se rompiera y mojara el resto del contenido.

El caso es que, ya que estaba rellenando la botellita con agua de mar y ya que tenía otra botella vacía, decidí rellenar aquélla otra con arena de la playa. Aún no tenía muy claro qué haría con ella, pero me la traje ante la estupefacta mirada del Tripadre y demás miembros de su familia.

Llego a casa y me encuentro con la botella de arena (la del agua de mar ya la habíamos entregado al abuelo, para su sorpresa) y con un montón de conchas que sobraron después de hacer el marco. Ahí se me iluminó la bombilla. Había visto en Pinterest jarrones de cristal con arena y velas. Y me gustaba cómo quedaban. Pero yo le di a esa idea una vuelta de tuerca más.

Compré una pecera redonda, eché parte de la arena y puse en el medio una vela azul (por aquello del agua de mar) rodeada por unas pocas conchas de varios tamaños. Yo creo que quedó vistoso y es como tener un pedacito de la playa en casa.

CONTRAS:

  1. Hay que acordarse de llevar a la playa una botella vacía. El hecho de que yo recogiese el agua y la arena de la playa el último día no fue porque sí, sino por esta memoria mía.

  2. Hay que volverse a casa cargados con la botella. La arena pesa. Y además, cruzando los dedos para que no se abra o se rompa y se desparrame toda la arena por la maleta. Seguro que ya tenéis en la cabeza la imagen mental de cómo acabaría la maleta.

  3. Al echar la arena en la pecera hay que tener cuidado. Por muy buen pulso que tengáis y por muy ancha que sea la boca de la pecera, creo que no está de más poner un trapo o papel de periódico debajo.

PROS:

  1. Los niños os pueden ayudar a montar la pecera. Eso sí, cuidado con la arena y el cristal.

  2. Si os ha gustado y estáis pensando poner esta idea en práctica, sólo tenéis que comprar la pecera. Pero, como he dicho antes, de donde yo saqué la idea lo hacían con jarrones. Así que, si tenéis uno por casa al que le deis poco uso, podéis usarlo.

  3. Si no os convenció el marco hecho con conchas, pero tenéis algunas rondando por casa, podéis aprovecharlas haciendo esto otro.

  4. Obviamente, con arena de playa queda muy bien. Pero si ya os habéis vuelto de la playa con las conchas pero sin la arena, también se puede hacer con cualquier otro tipo. Estoy pensando en la del parque, aunque también venden arena de río en las tiendas de animales (para los acuarios).

Para rematar, en la base de la pecera, se puede escribir de dónde os trajisteis la arena y el año. Al fin y al cabo, es un recuerdo más de vuestras vacaciones. Aunque, ahora que lo pienso, si la pecera os da para ello, también podéis hacer algo así como un cartel (con cartón y un palillo), escribirlo ahí y ponerlo dentro.

Bueno, esto ya es rizar el rizo, pero se me acaba de ocurrir, a raíz de lo anterior, que también podéis poner dentro una pequeña foto de vuestros días en la playa. Puede ser una foto familiar, ésa tan bonita del romper de las olas en la orilla del mar o aquélla tan espectacular que conseguisteis hacer de la puesta del sol.

Como veis, la pecera da para mucho. Sólo hay que echarle imaginación y ponerse a ello. ¿Se os ocurren más ideas? No dudéis en contádmelas ;-).

24Jul/13

… de mi pueblo

Pueblo

En un lugar de Extremadura…

Tras pasar unos días en la playa, nuestras vacaciones no podían terminar sin pasarnos por mi pueblo. El Tripadre no tiene pueblo, a menos que Madrid pueda ser considerado como tal. Así que el pueblo de los Trastos es el mío. Allí viven una tía mía y mi abuela materna, a la que me siento especialmente unida desde que tengo uso de razón.

Si os digo que después de estos días en la playa tan atípicos, el paso por mi pueblo fue una bocanada de aire fresco me quedaría corta. Supongo que es algo común a todos los pueblos, pero hoy os voy a hablar del mío.

En mi pueblo el tiempo es un bromista y, aunque parece detenerse, lo cierto es que pasa muy deprisa. La hora normal de levantarse es más bien tarde. En mi casa no me levanto yo a las 11 de la mañana ni en el mejor de mis sueños. Se come a las tres o más tarde. La siesta es obligatoria. La merienda suele ser entre las 7 y las 8 de la tarde. Así que la cena ronda las 11 o las 12 de la noche. A la cama, si no quieres trasnochar, te vas a las 2 de la mañana. Las prisas se quedaron en la playa.

Mi abuela tiene una casa de las de antes, con sus muros de piedra que llegan, fácilmente, al metro de ancho. ¿Calor? Sólo si sales al huerto, donde el sol pega a rabiar. Cuando vivía mi abuelo, recuerdo el huerto lleno de cosas para sembrar. Especialmente habas, donde siempre había muchas mariposas. También había cabras, gallinas, perros, gatos, una mula y algún cerdo de vez en cuando. Ahora sólo quedan 3 gatas. Las flores siguen ahí, como siempre. Igual que los olivos, el pozo y la pila que usaban mi bisabuela y mi propia abuela para lavar la ropa.

Desde que mi abuelo no está, la casa y el huerto han sufrido transformaciones. Por ejemplo, en una esquina del huerto, donde antes sólo había más plantas, ahora hay un suelo de cemento pensado especialmente para poner una piscina en verano. Mis hijos la disfrutan como niños. Si no te quieres bañar, coges una silla, la pones bajo un olivo y allí, a la sombra y con el airecito, puedes disfrutar del chapuzón.

La casa se llena de risas y gritos (no voy a negarlo) como supongo que pasaba cuando íbamos mi hermana y yo hace ya tres décadas. Mi abuela y mi tía se lo perdonan todo a mis Trastos, como también hacían con nosotras.

Os voy a contar un secreto. Cuando era pequeña, no había en el mundo mejor lugar que mi pueblo. Sin embargo, en mi adolescencia odiaba estar allí, no por mi pueblo en sí, sino porque eso significaba estar lejos de las amigas (hay que ver lo tontas que nos volvemos sobre los 16 años). Cuando el Tripadre y yo nos hicimos novios, crucé los dedos para que le gustara mi pueblo. Y debí cruzarlos muy fuertemente porque, más que gustarle, le encantó. Y volvemos cada año. Como ya he dicho, primero como novios, después como recién casados, luego con cada uno de los Trastos.

Me alegra ver lo bien que nos lo pasamos todos allí. Mis hijos persiguiendo gatos y disfrutando de ese pedacito de naturaleza. El Tripadre menos pendiente del móvil, en parte porque la cobertura no es plena y en parte porque las prisas se quedan fuera de la casa, como por arte de magia. Y yo recordando lo bien que me lo he pasado siempre en la casa de mi abuela y disfrutando del momento. Y así, sin darnos apenas cuenta, han pasado los días y toca volver a casa. Hacer la maleta siempre es duro. En la despedida siempre hay lágrimas.

CONTRAS:

  1. He estado pensando algo que no me guste de mi pueblo y sólo puedo decir que el hecho de que los días más que correr, vuelan.

PROS:

  1. Allí se puede saborear cada momento del día. No hay prisa. Todo tiene otro ritmo más pausado.

  2. El Tripadre alguna vez me ha propuesto irnos de acampada. Yo paso. No me atrae en absoluto porque para ir a la naturaleza y respirar aire puro ya está mi pueblo. Y además, están mi tía y mi abuela.

  3. Me enorgullece que mis hijos puedan disfrutar de lo mismo de lo que yo disfruté cuando era niña. Cierto que no hay tantos animales y que no está mi abuelo, pero aún así sigue siendo mi rincón escondido del mundo.

  4. Mi tía y mi abuela, a la que sólo vemos en verano y en Navidad, están allí.

Bueno, seguro que ahora entendéis por qué me atrae tanto plantar cosas, enseñarles a mis hijos de dónde vienen las verduras y hortalizas, por qué no les digo que no a tener caracoles en casa (por cierto, ahora tenemos también dos saltamontes) y por qué tenemos intención de seguir yendo cada verano a mi pueblo.

Y vosotros, ¿también tenéis pueblo o un rinconcito especial donde volvéis cada año?

19Jul/13

… de nuestros días en la playa

Playa

Es el primer verano que paso con el blog. La gran mayoría de cosas que esto implica me pilla de nuevas. Aunque aquí relato cosas cotidianas que ocurren de verdad o que pienso sinceramente, soy algo recelosa con la intimidad de mi familia y la mía propia. Por eso, no he dicho cuándo ni dónde nos íbamos de vacaciones este año.

Hemos estado dos semanas fuera, más o menos. La primera escala ha sido en la playa, donde hemos ido con mis suegros, cuñados y sobrinos. Y ha sido un no parar. Pensé yo que podríamos desconectar y relajarnos en las rutinas que tan por el camino de la amargura nos traían al final de curso. Y al menos yo no me he podido relajar ni 15 minutos seguidos. Si no era porque había que irse ya a la playa, era porque había que comer ya o, si no, porque era la hora del baño.

Y yo a todos lados con el Peque. Pendiente del reloj. Y los Trastos mayores trasteando con sus primos. Y el Tripadre sin poder despegarse del móvil porque hubo lío en la oficina y tuvo que solucionarlo desde la distancia. Y, también voy a decirlo, el Tripadre y yo un poco mosqueados por comentarios y acciones que cuestionaban nuestra forma de educar a nuestros hijos.

Personalmente, no culpo a nadie. El problema radica en tratar a todos los niños iguales cuando no lo son y en no querer ver que cada padre tiene una forma de educar a sus hijos que sólo es válida porque funciona con él como padre (o madre) y con su hijo. Otro padre y otro hijo tendrá otra forma válida y, de la misma manera que nuestra forma no funcionaría con ellos, su forma no funciona con nosotros. El Mayor y el Mediano son distintos, lo que vale con uno no sirve para el otro. Eso es aún más acusado cuando se trata de primos. A esto le sumamos comentarios al Tripadre del tipo “apaga ya el móvil” cuando no podía hacerlo o comentarios a mí como “hay que ver, este niño todo el día en el carro cuando lo que quiere es suelo” mientras que yo no daba a basto entre purés y lloriqueos.

Además, hay que añadir que cada uno en su casa tiene sus rutinas y su forma de hacer las cosas. El ritmo de mi casa no se parece en nada al que tiene mi madre o mi cuñada en las suyas. Yo soy pausada, mi hermana es un culo inquieto. Yo tengo que vestir a un Trasto mientras el otro intenta saltar en la cama. Mi cuñada viste a mi sobrina mientras mi sobrino se entretiene tranquilamente coloreando dinosaurios. Yo tengo que subirme de la piscina media hora antes para bañar al Peque y ducharme yo antes que el resto de mi familia para que nos dé tiempo a ir a cenar a la hora estipulada con los demás; mientras que mis suegros y cuñados (sobrinos incluidos) están listos media hora antes de la cena.

Como os decía, un no parar. Algo pude relajarme a la orilla de la playa, buscando conchas con el Mediano y el Mayor mientras el Peque quedaba a recaudo del Tripadre y abuelos. También he tenido mis momentos de paz cuando me iba a la cama justo después de cenar para que el Peque mantuviera, dentro de lo posible, su rutina mientras que el resto se quedaba paseando o tomándose una cerveza. Era entonces cuando aprovechaba para intentar responder a vuestros comentarios.

CONTRAS:

  1. Durante esos días playeros, creo que, a parte del viaje en coche, cambiamos unas rígidas rutinas por otras. Menos rígidas, sí, pero rutinas al fin y al cabo que me impidieron relajarme como pensaba.

  2. El Tripadre y yo volvemos con un poco de mal sabor de boca por los comentarios recibidos.

  3. Queda demostrado, una vez más, que salir de viaje con tres niños pequeños es complicado. Mejor no os cuento cómo iba el coche. El famoso juego del Tetris al lado del maletero resultaba pan comido.

  4. Por mucho que se quieran mantener las rutinas de los bebés, se pierden y es difícil volver a instaurarlas. Si ya os hablaba hace poco del famoso por un día no pasa nada, imaginaos 15 días fuera de casa.

PROS:

  1. Mentiría si no os dijera que, a pesar de todo, está bien cambiar de aires.

  2. Los Trastos mayores han venido encantados. No por la playa en sí, que al Mediano no termina de convencerle, sino por haber pasado unos días con sus abuelos, tíos y primos.

  3. He de confesar que he pasado ratos apartada del resto de la familia (incluyo a ambas capas de la cebolla), pero ha sido decisión mía, por querer hacer las cosas a mi manera y no a la de los demás. Así que eso también me lo apunto a mi favor. Además, esos ratos me han servido para relajarme un poco.

  4. También mentiría si no dijera que algunas veces me han echado una mano con el Peque. Y entonces pude terminar mi cena tranquilamente.

Quería que me hubiera salido una entrada más alegre, pero es que este año los días en la playa se han teñido de un sabor agridulce. No sé muy bien por qué, la verdad. El Tripadre y yo aún andamos dándole vueltas al asunto.

15Jul/13

… de mandar al Mediano a buscar su bañador

Bañador

Mis Trastos se hacen mayores. Lo sé porque cada día hacen más cosas por sí solos, cada uno dependiendo de su edad. Lo veo en el Mayor cuando él solo se ofrece y se prepara su desayuno. A veces también el del Mediano. Lo veo en el Mediano cuando me incrusta el “¡¡¡yo solo!!!” en el oído. Lo veo en el Peque cuando da sus primeras carreras por el pasillo.

Dicen que está bien fomentar esa independencia, que les da seguridad en sí mismos, que les hace fuertes. Y el Tripadre y yo estamos totalmente de acuerdo. Él más que yo, todo hay que decirlo, porque cuando él se siente súper orgulloso yo me siento algo triste porque veo que poco o nada va quedando ya de aquellos bebés que se me dormían en brazos colgados a la teta.

Pero con todo el dolor de mi corazón y una inmensa alegría por lo bien que lo hacen a partes iguales, ahí me hallo alabándoles cada logro que consiguen. Por la edad, el que más metas está alcanzando ahora es el Mediano (va camino de 4 años). Se quita la ropa solo, empieza a vestirse solo también (aunque aún hay que ayudarle), se lava sus manos solo, cada vez necesita menos ayuda para comer (nada si se trata de un cuenco de helado), le encanta que le mande recados (como tirar el pañal del Peque a la basura) y aplaudirle cuando vuelve con la misión cumplida.

Así que el otro día, estando en mi pueblo, como quería meterse en la piscina que había montado mi tía para ellos, no se me ocurrió otra cosa que mandarle a buscar su bañador. ¿Dónde? Pues a la habitación donde estaba la ropa que se ponían a diario, con la maleta medio llena de ropa por un lado y medio llena de pena por tener que irnos al día siguiente por el otro, y donde tenía también la crema y los pañales del Peque. El bañador estaba en un silla a simple vista, nada más entrar por la puerta se veía.

Así que, después de haber pasado 5 minutos desde que mandé al Mediano a buscarlo y desde que él se fuera a la habitación todo dispuesto a volverse con el bañador, me extrañó mucho que no volviera con la prenda en la mano pidiendo ayuda para ponérselo “él solo”. Tampoco se oía ruido alguno. Esto ya de por sí debería haberme puesto sobre aviso. Ingenua de mí, pensé que el pobre seguramente se habría quitado pantalones y calzoncillos y estaría intentando ponerse, sin éxito, el bañador. Así que me asomé dispuesta a ayudarle en tan ardua empresa.

Él notó mi presencia antes que yo la suya (es lo que tiene ser tan delgado, que tengo que mirar dos veces para verle ;)) y me dijo “mamá, no encuentro el bañador… ¿me ayudas a buscarlo?”. Para cuando terminó la frase yo ya le había ubicado en la habitación. Estaba encima de la cama, justo en frente de la maleta, sacando la ropa cual dibujo animado y buscando desesperadamente su prenda de baño. Había ropa en el suelo, había ropa encima de la cama y había ropa volando por los aires. ¿Y su bañador? Pues encima de la silla, tal y como yo lo había dejado un rato antes.

Lo primero que se me vino a la garganta fue un grito en plan “¡Pero qué estás haciendo?”. Grito que al final quedó ahogado por un suspiro y un “mi vida, ahí no está. Está aquí, en la silla… Anda, ven, que te ayudo a ponértelo” muy resignado, pues caí en la cuenta de que le había mandado a buscar su bañador “a la habitación”, sin más. Mea culpa.

CONTRAS:

  1. Ellos aprenden a hacer cosas por sí solos. Los padres aprendemos a dar instrucciones claras. Con lo fácil que hubiera sido decirle: “el bañador está en esa habitación, sobre la silla. Si no lo ves, me llamas”. Cabezazos contra la pared.

  2. No vuelvo a dejar que mis hijos se acerquen a una maleta (abierta; de nuevo, mea culpa) hasta que tengan edad para conducir. Y aún entonces deberán demostrar que son capaces de pasar por su lado sin desmontarla.

  3. Hacer una maleta me cuesta horrores. Si es para volver a casa, me cuesta sudor y lágrimas. Sangre sólo si me pillo un dedo con la cremallera.

PROS:

  1. Muchas veces los padres nos enfadamos porque los hijos no hacen lo que nosotros queríamos. Será que yo ya voy por el tercero, pero me he dado cuenta de que los niños no son capaces de leernos el pensamiento. Antes de enfadarse es mejor pararse a pensar si dimos las indicaciones correctas. Yo lo he aprendido a la fuerza.

  2. Prefiero ayudarle a buscar su bañador que regañarle por intentarlo. Al fin y al cabo, fui yo quien no dio las instrucciones correctas. Y así, de paso, no mermo su autoestima. Quizás el día de mañana pueda mandarle a buscar una camiseta y no piense que no puede hacerlo.

Para terminar, os diré que mientras él se bañaba feliz en la piscina con sus hermanos y mi tía, yo me tuve que quedar a recoger la ropa, volver a ordenarla por tamaño y, de nuevo, a medio meterla en la maleta con más pena aún que la primera vez porque al día siguiente poníamos rumbo a casa y se nos acababa lo bueno.