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29Jul/14

… de la caca piscinera

Pañales para el agua.

Es verano y el Peque aún usa pañales. Debí esperarme la tragedia. Lo malo es que yo iba confiada en que esto a mí no me pasaría, quizás porque no me pasó nunca con sus otros dos hermanos. Pero alguien dijo una vez que a la tercera iba la vencida…

También debió ponerme sobre aviso los acontecimiento que ocurrieron justo antes de la gran tragedia. Os cuento. Llegamos a la piscina de la urbanización. Justo al lado de la parte que menos cubre, han puesto una piscinita para los bebés y niños a los que la piscina normal aún les queda grande. El Peque la había descubierto el día anterior y le encantaba. Además, a la hora a la que suelo ir con los Trastos, no hay casi nadie y el Peque tiene la piscina chica para él solo.

Todos nos damos crema solar en casa antes de salir, así que, nada más llegar, los Mayores se quitan la camiseta (ya llevan puesto el bañador de casa), las chanclas, se pasan por la ducha y al agua. Mientras, yo me quedo quitándole al Peque la ropa, cambiando su pañal normal por su pañal bañador y poniéndole también los manguitos. Sólo entonces, me quito yo la ropa y me dirijo con el Peque a la piscina. Esto suele ser lo normal. Pero aquel día hubo una pequeña variación en nuestra rutina…

Los Mayores se dirigían ya al agua y yo seguía en el césped con el Peque. Me di la vuelta para extender la toalla donde cambiarle y entonces ya no estaba. Se dirigía raudo y veloz, sin nadie que le pudiese parar a la piscinita pequeña. Y allí que se tiró en plancha. Con sus chanclas, su camiseta y su pañal normal. Según me iba acercando, empezó a desternillarse.

Le saqué chorreando agua y le llevé de nuevo al césped. Ahora sí, pude quitarle todo lo que llevaba encima y sustituirlo por su pañal-bañador y sus manguitos. En cuanto se vio libre, corrió de nuevo a la piscina pequeña. Debí irme de allí en ese mismo instante. Pero no, me quedé. Y lo sufrí.

Conseguí llegar a la piscina y busqué un lugar estratégico entre donde estaban jugando los Mayores y la piscina donde estaba el Peque. Al poco rato, éste pensó que quería meterse en la grande, como sus hermanos y comenzó a subir y bajar por la escalera. Así estuvo como cuarto de hora. Y yo le dejé.

Entonces llegó una madre con su hija, a la que con mi ojo de madre, le eché alrededor de un año. La metió en la piscina pequeña y el Peque, al ver que había compañía, volvió a meterse en la piscinita. Sin embargo, alternaba sus mini baños con el entro-salgo de la escalera de la piscina grande. De nuevo, debí irme de allí en ese momento. Pero no, aquí la que teclea decidió quedarse un poco más para que el Peque jugara con su nueva amiguita. Ejem.

En una de esas salidas, el Mediano me gritó desde el bordillo de la piscina que el Peque tenía algo en la pierna, que si era una heridita. Le miré y dije muy risueña que no, que sería otra cosa. Me acerqué al Peque y le miré las piernas pensando que el pañal se habría roto. Es lo malo de reutilizarlos hasta que no se puede más. Para mi estupor, vi que aquello que chorreaba por sus piernecitas no tenía nada que ver con el pañal. Era algo más asqueroso.

Sí, querida lectora o lector. Es lo que imaginas y lo que le da nombre a la entrada de hoy. Era caca. Caca piscinera. Ya sabemos lo que le pasa a ésta si le da el agua. Pues eso. Que de nuevo me tocó salir pitando hacia la toalla y proceder al cambio asqueroso de pañal y limpiado de piernas y de todo. Entonces y sólo entonces concluí que era la hora de irse a casa. Llamé a los Mayores con un “¡Pa’ casa!” como pocos se habrán oído en el recinto piscinero y cambié al Peque.

Mientras los Mayores se duchaban y secaban, yo aproveché para ir a tirar lo que quedaba del pañal-bañador. Y, de nuevo, por si todo lo anterior no hubiera sido bastante, el Peque volvió a salir raudo y veloz hacia la mini piscina, donde, por supuesto, volvió a tirarse en plancha. Lo que vino después no os lo cuento para no repetirme. Os lo imagináis. Sólo diré que acabamos como empezamos. El ciclo se cerró. Y más muerta que viva conseguí volver a casa con los tres Trastos.

CONTRAS:

  1. Como son pañales para el agua, no retienen nada. El agua disuelve la caca, así que hay que estar muy pendiente de que sólo han hecho pis o veréis cómo chorrea. Y esto último no es nada agradable.

  2. Coger al niño para llevárselo a la toalla es una odisea. No le puedes coger de forma normal porque va mojado (de agua y de todo). Yo le llevé agarrado por los brazos, en volandas. Y fui lo más rápida que pude. Menos mal que, como dije antes, la piscina no es muy grande.

PROS:

  1. Aunque no retengan nada, siempre es mejor en el pañal que en el bañador. El primero lo puedes tirar a la basura sin contemplaciones. El segundo también, pero seguro que por tu cabeza pasa el pensamiento de lavarlo y aprovecharlo.

  2. Lo bueno de los pañales-bañador es que no se quitan como si fueran calzoncillos o bragas. Se pueden quitar rompiendo las “costuras” laterales. Menos mal porque sacar el pañal hacia abajo con todo lo que tenía dentro hubiera sido ya para encerrarme y tirar la llave.

Por si alguien se lo está preguntando, he vuelto a la piscina. Sólo que ahora cojo al Peque de la mano y no le suelto hasta que no tiene su pañal-bañador y sus manguitos puestos. Que le he visto intención de repetir la hazaña. Y la de la caca también. ¿Cuándo decís que cierran las piscinas?

02May/14

… de beber alcohol de 70º

Alcohol etílico de 96 grados

Cuando el Peque apenas tenía una semana de vida, recuerdo estar postrada en el sofá por aquello de la cesárea. Dormir en la cama era todo un suplicio. Por más cojines que me pusiera o por más vueltas que le daba al cojín de lactancia, no había manera de encontrar una posición en la que no me doliera la cesárea o me tiraran los puntos. La solución fue irme a dormir al sofá.

Acabábamos de estrenarnos como familia de cinco y todo era un poco caos. Yo estaba todo el día en el sofá con el Peque colgado en mi teta. Pero lo peor era no poder moverme y ayudar en el día a día con mis otros hijos. Papá³ se encargaba de bañar al Peque. Se iba a la habitación de los Mayores donde estaba el cambiador (entonces vivíamos en el minipiso). Le secaba bien, le curaba el cordón con el alcohol de 70º (tal como nos dijeron en el hospital), le vestía y me lo daba para que le enganchara al pecho. Y se encargaba de todo lo demás con los Mayores.

Por aquel entonces el Mayor tenía la fea costumbre de meterse cosas en la boca. Una reminiscencia de la fase de bebé que le estaba durando más de lo normal. El caso es que una noche durante la cena, el Mayor nos dijo que le dolía un poco la tripa. Indagando un poco nos confesó que se había ido a la habitación, se había subido en el cambiador y había llegado así a la balda que estaba arriba en la pared. ¿Y qué había cogido? Pues la botella de alcohol de 90º para curar el cordón de su hermano. Ni corto ni perezoso, le había dado un trago.

Apenas terminó de contarnos eso, vomitó. Salió lo que suponemos que era el alcohol y las pocas salchichas que había cenado. Como os imaginaréis, Papá³ y yo andábamos desquiciados. El Mayor no parecía tener ningún síntoma y decía que la tripa había dejado de molestarle. ¡Normal! Lo había echado todo… o eso quisimos creer. Papá³ acostó al Mediano, vistió al Mayor y se fue derecho al hospital con él. Y yo me quedé plantada en el sofá con el Peque y mis puntos.

De noche, con falta de sueño y sin poder levantarme del sofá, todo se ve muy distinto y la cabeza no para de darle vueltas a las cosas. Recordé que el Mayor había venido el día anterior con unos moratones muy feos en las piernas y con otro en el brazo. Al parecer, jugando al fútbol en el cole le habían dado un empujón y se había caído al suelo. A esto hay que sumarle las patadas dirigidas al balón que suelen acabar en las piernas de los jugadores. ¿Y si en el hospital pensaban que era un niño maltratado?

Seguro que pensaréis que los moratones en los niños son normales, sobre todo en las piernas, y que en principio era todo una paja mental mía. Sí, visto ahora no os falta razón. Pero aquella noche yo estaba recién parida, con las hormonas haciendo de las suyas, con el Mediano acostado y yo esperando que no se despertara en toda la noche, con el Peque en brazos todo el rato y yo incapaz de levantarme sola del sofá. Pasé toda la noche con aquella idea rondándome por la cabeza.

El Mayor pasó toda la noche en observación, le hicieron pruebas y llegaron a la conclusión de que había expulsado todo el alcohol al vomitar. Papá pasó toda la noche con él. Y él, lejos de asustarse, llegó a casa a la mañana siguiente diciéndome que se lo había pasado genial en el hospital y que si podía ir otra noche. Casi me da un soponcio y, si no hubiera seguido sentada en el sofá, me hubiera caído de culo con su ocurrencia.

CONTRAS:

  1. El miedo que pasé aquella noche por todo. Miedo a que se despertara el Mediano, miedo a que el Peque pasara una mala noche, miedo a que al Mayor le pasara algo malo por habérselo bebido… miedo por todo.

  2. Jamás pensamos que ninguno de los Trastos pudiera ser capaz de llegar a la balda donde colocábamos el alcohol de 70º. Está claro que, cuando se trata de niños, no hay que fiarse y contemplar todas las posibilidades que podamos, por remotas que nos parezcan…

  3. Ver que, lejos de asustarse, el Mayor se lo había pasado pipa y quería repetir experiencia. ¿Sería capaz de beberse o tragarse cualquier otra cosa sólo por pasar otra noche en el hospital?

PROS:

  1. Mis peores temores no se hicieron realidad. El Mayor no ha vuelto a meterse nada en la boca que no debiera. Parece ser que aprendió la lección.

  2. Esta lección también le ha servido al Mediano, a quien se la hemos contado y ha aprendido de su hermano lo que no hay que hacer.

  3. Ésta ha sido la única ocasión en que cualquiera de mis hijos se ha tragado algo peligroso en la boca. Afortunadamente, y aunque yo los llame cariñosamente “Trastos”, nunca les ha dado por probar la lejía, pastillas o cualquier otra cosa similar (aunque todo esto esté guardado concienzudamente). Cruzo los dedos para que sigamos así.

El cordón del Peque se cayó a los dos días. Así que guardamos el alcohol en un sitio bien alto y bien escondido donde no había nada que los Trastos pudieran usar para llegar (ni sillas, ni taburetes ni muebles).

Para terminar, os recuerdo que estamos sorteando una lámina de La tienda de dibus. Quien gane podrá personalizarla. Aquí tenéis todos los detalles. Corre a apuntarte si te gusta porque el plazo acaba el próximo martes día 6 ;-).

 

08Nov/13

… de romper un marco de fotos

Marco roto

Normalmente soy yo quien está sola con los niños, pero de vez en cuando es el Tripadre. Cuando esto ocurre, suele ser un viernes por la tarde o durante el fin de semana. Hace poco, se dio esta situación. Yo estaba en la cocina haciendo la comida para el Peque y el Tripadre se quedó en el salón con los tres Trastos. Desafortunadamente, tenía que estar trabajando. Suerte que tiene un portátil y, aunque esté a sus cosas, puede echarles un ojo.

Pero lo que ocurrió a continuación pudo ocurrirle a cualquiera, con o sin ordenador y trabajo de por medio. Mientras yo pelaba patatas y troceaba el pollo, oí un golpe seco seguido de un crash... algo se había roto… Pero como estaba mi marido con los niños, hice un esfuerzo por no salir corriendo al lugar de los hechos. Oí al Tripadre regañarles y después silencio, señal de que algo habían hecho mal y lo sabían, pues no habían replicado a la regañina. Me quedé tranquila y seguí a lo mío.

Al poco, se presenta el Mediano en la cocina y me dice: “mami, ¿a que no sabes qué ha pasado en el salón…?”. Miedo. Terror. Eso es lo que me recorrió desde los pies a la cabeza. Estando su padre con ellos, prefería no saberlo, la verdad. Pero no tuve tiempo para responder. Mi hijo ya me estaba dando la respuesta: “hemos roto una foto”.

Analicemos morfológicamente la oración. Hemos, segunda persona del plural del presente de indicativo del verbo haber. Lo que indica que fueron dos o más los sujetos que llevaron a cabo la acción del verbo principal. Roto, verbo principal de la oración en modo participio. De ahí el crash oído antes por mí. Una, adjetivo de orden cardinal. Indica el número de objetos rotos. Afortunadamente, está en singular. Foto, nombre o sustantivo que nos indica sobre qué recae la acción del verbo. Se puede entender como un trozo de papel con una fotografía impresa o bien como un marco de fotos. Dado el crash anterior, me incliné por esta última opción.

Todo esto pasó por mi cabeza en un segundo. Soy de letras. No tengo otra excusa. El caso es que cogí aire y le pregunté directamente: “¿lo sabe papá?”, a lo que el Mediano me contestó con un contundente sí. Tras ver tanta seguridad en sus palabras, seguí a lo mío, confiando en que el Tripadre de las criaturas ya habría tomado cartas en el asunto (recordemos la regañina) y solucionado el estropicio. Al fin y al cabo, lo que se había roto no podía ser otra cosa que cristales.

Terminada de hacer la comida, me dispuse a darle de comer al Peque, que siempre es el primero en comer para acostarse pronto la siesta. Entré al salón con el plato en la mano y, ¿qué creéis que me encontré? Pues el marco de fotos tirado en el suelo. Sin recoger. Mirándolo más detenidamente, me di cuenta de que el cristal estaba roto, aunque afortunadamente no había cristales esparcidos por el suelo. Estaban todos dentro del marco de madera. En realidad, el cristal se había rajado por varias partes. Los Mayores, digo yo que al ver mi cara, me dijeron casi al unísono: “¡¡¡ha sido sin querer!!!”.

Levanté la vista y miré al Tripadre tecleando. Él también levantó la vista y me miró. Le pregunté que cómo es que no lo había recogido ya, que eran cristales. Entonces me respondió: “para que lo vieras tú. Además, no se ha salido ningún cristal…”. ¿¿¿Cómo??? ¿¿¿Perdona??? ¿¿¿Para que lo viera yo??? Vamos, he aquí las palabras que salieron de la boca de mi marido. Pero lo que en realidad quiso decir fue mira, sí, lo han roto, pero como sólo se ha rajado y no hay cristales por el suelo con los que se puedan cortar, ya, si eso, lo recoges tú, así ves cómo ha quedado el marco de fotos. A buen entendedor…

Así que ahí me veis, dejando aparcada por un momento la comida que le llevaba al Peque y recogiendo el marco de foto. Tiré los cristales a la basura y barrí un poco el suelo, por si acaso. Aunque, la verdad, no se había salido ni una lasca de cristal. Volví a poner el marco en su sitio a la espera de poder comprar otro. Hasta la fecha, ninguna visita se ha dado cuenta de que le falta el cristal. Y yo no lo pienso decir.

CONTRAS:

  1. A veces creo que todo lo relacionado con los niños tiene que pasar por mí. Sé que no es cierto. El Tripadre se encarga de muchas cosas (como de levantarles por las mañanas los días que hay cole, vestirles, prepararles el desayuno y las mochilas). Sin embargo, en ocasiones siento que tengo que supervisarlo todo y, cosas como las que hoy os cuento, no me ayudan a cambiar mi parecer.

  2. Entiendo que él estuviera muy ocupado con sus cosas, pero yo tampoco estaba en el sofá mirando musarañas.

  3. ¿Recordáis el incidente que os conté de la pelota en la lámpara? Bueno, pues lo de hoy es otro ejemplo más de por qué no hay que jugar dentro de casa con la pelota.

PROS:

  1. He requisado las pelotas. Todas. Hasta las del Peque de tela que ni botan ni nada. Cada día tengo más claro que es mejor prevenir que curar.

  2. En defensa del Tripadre diré que normalmente está a la altura de mis expectativas y, si los trastos rompen o manchan algo en su presencia, suele recoger él el estropicio. Lo que no entiendo es cómo esta vez no lo hizo.

  3. Los marcos de fotos de esta casa, a partir de ahora, se compran de los baratitos. Ahora son sólo dos y ya nos hemos llevado más de un susto como éste. No creo que cuando el Peque se convierta en compañero de travesuras la cosa vaya a mejor. Y la economía familiar no está para excesos.

Ahora bien, lo del Tripadre es otra historia. Se me ocurren otras maneras de hacer las cosas. Por ejemplo, traer la prueba del delito a la cocina y enseñármela. Tirar los cristales a la basura y barrer un poco la zona cero tampoco lleva tanto tiempo. La regañina fue tarea suya y creo que es lo más difícil. Así que, en definitiva, no sé a quién atribuirle la mayor trastada, si a mi hijos o a su padre… ¿Vosotras qué pensáis?

16Oct/13

… del “yo no he sido”

Pelota y lámpara

Como una no es tan mala madre, tiene por costumbre bañar a su progenie. Lo que implica que en algún momento de la tarde, hay niños que se quedan solos mientras la que suscribe se mete en el baño con el tercero en discordia dejando a los otros dos completamente a su aire.

Esto me recuerda al juego ese en el que ovejas y lobos tienen que cruzar un río en barcas, pero el lobo no puede quedarse solo en ningún momento con las ovejas porque se las comería. Y así puedes tirarte un rato hasta que ovejas y lobos están a salvo en la otra orilla. Que digo yo que lo único que se consigue es un poco más de tiempo para las ovejas, pues dudo mucho que el lobo no se las zampe nada más llegar a la otra orilla.

Pero a lo que iba. Si uno de los que se queda solo es el Peque, el riesgo de que pase algo es muy reducido. Ahora bien, si los que se quedan sin vigilancia son los mayores, entonces puede pasar cualquier cosa. Hace dos días…

A veces pienso que el Peque se lleva casi siempre la peor parte. Es él quien tiene que acoplarse al horario de los otros dos (ya sea comiendo antes o despertándose de su plácida siesta). La hora del baño, que en principio debería ser tranquila, no lo es en absoluto. Pues con el temor de la que se estará liando en el salón, baño al Peque rauda y veloz y con los dedos de los pies cruzados.

Mientras le enjabono a toda prisa, oigo risas nerviosas que no presagian nada bueno. Mis peores miedos toman forma cuando, en plena embadurnación de crema del Peque (pedorreta en la tripita incluida), oigo una patada a algo blando seguida de un clink y rematada por un chirriar metálico… mi primer pensamiento es para la lámpara del salón. No he oído un pum ni un crash, así que me consuelo pensando en que probablemente no haya nada roto.

Llego al salón todo lo que el Peque, mis pies y mi temor a que se me caiga de los brazos me permiten. Veo en la cara de mis hijos una mezcla de asombro, risa floja y mirada de sí, mamá, algo hemos hecho… pero no te vamos a decir qué. Acomodo al Peque y, siguiendo mis instintos y guiándome por el ruido oído minutos antes, miro a la lámpara del salón.

Y ahí está la prueba del delito. La pelota de tela con la que juega el Peque está encima de la lámpara. Sé que no la han dejado ahí delicadamente. Lo que también sería preocupante, pues significaría que se habían subido encima de la mesa. Pero aún así, no llegarían. Así que descarto la idea. Recuerdo aquello que sonaba como una patada a algo blandito… blandito… la pelota. Ya sé cómo ha llegado hasta allí.

Me giro hacia mis hijos. Les miro. Sus miradas de nos ha pillado son para enmarcarlas. Intentando no gritar, les pregunto que quién ha sido. Segundos de silencio. Empiezo a notar el grito subiendo por mi garganta. Y entonces, como si lo hubieran ensayado, ambos contestan al unísono: “¡¡¡ha sido él!!!”, con dedo acusador hacia su hermano incluido.

Me acuerdo del episodio del ordenador y de la tele. Si algo he aprendido de aquello es que poco importa quién lanzó la pelota. Si fue lanzada es porque estaban jugando con ella los dos.

CONTRAS:

  1. En estos casos siempre me encuentro ante la disyuntiva de si regañarles o castigarles a los dos, pagando el justo por el pecador, o dejarlo pasar, yéndose de rositas el autor de la hazaña.

  2. El manido yo no he sido es un bucle infinito del que no se puede salir. Se acusan el uno al otro. Uno miente seguro, está claro, pero no hay manera de saber quién.

PROS:

  1. Llegados a este punto, ya me da igual quién lanzó la pelota. Ambos estaban jugando a algo que no debían. El Tripadre y yo les hemos repetido hasta la saciedad que en casa no se lanzan cosas (ni con la mano ni con el pie). Y ambos han ignorado esta norma. Así que opto por regañarles a los dos, haciendo hincapié en lo peligroso que es ese juego, que se pueden romper cosas que pueden dañarles a ellos. Por ejemplo, ¿qué pasaría si la lámpara se hubiera descolgado del techo y les hubiera caído encima?

  2. Les miro fijamente intentando memorizar sus caras de culpa. Quien sabe, puede que un día no muy lejano, cuando lleguen de madrugada con unas copas de más, me venga bien saber si han hecho algo que no debieran con sólo mirarles a la cara.

Mientras escribo esto, me asalta una duda. No sé si es mejor que se acusen el uno al otro o que se tapen entre sí. Para hacer honor a la verdad, después de acusarse mutuamente, el argumento del discurso cambió y dejó de centrarse en el ha sido él para ser mamá, de verdad que yo no he sido. Miedo me da cuando se les una el Peque también.

25Sep/13

… de los pañales (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Vuelvo a retomar malas costumbres. O lo que es lo mismo, a repetir letra. Hoy repito con la P de pañales. Porque si hay algo que trae la maternidad son cantidades ingentes de pañales. Da igual si son de tela o de un solo uso. Los primeros años de la maternidad están llenos de pañales… y de lo que están llenos los pañales.

No es un camino de rosas. Ojalá. Éstas al menos huelen bien, aunque pinchen. Cambiar un pañal no es tarea fácil… al principio. Recuerdo un día, a pocas semanas de nacer el Mayor, estando el Tripadre y yo solos, rodeados de las cositas para el bebé, sosteniendo un pañal tamaño recién nacido en la mano. Yo lo miraba absorta. Lo abrí, lo cerré, lo miré por delante, lo miré por detrás… y al final le pregunté al padre del bombo si él creía que sería fácil ponerlo y que si lo haríamos bien. Dudas de embarazada. Me contestó que sí, que al tercero lo haríamos perfecto. Lo que ahora no tengo claro es si en aquel momento se estaba refiriendo al tercer pañal o al tercer niño…

Si tú que estás leyendo esto, eres la madre. Felicidades. El primer pañal no es cosa tuya. Es más, intenta por todos tus medios que no sea cosa tuya. Si estás perfecta porque has tenido el parto soñado, no lo digas, cállatelo hasta después del primer cambio de pañal. Y si eres el futuro padre, no has leído nada… yo no he dicho eso… es todo producto de tu imaginación… y felicidades, vas a tener el (dudoso) honor de cambiar por primera vez los pañales a tu querido bebé…

Y es que hay una cosa que se llama meconio que ni es caca ni es nada. Eso es una sustancia entre verde y negra, súper asquerosa y súper pegajosa. Algo que cuesta mucho limpiar y que os prepara, queridos recién estrenados papás, para lo que viene después. Bueno… o eso me han contado porque aquí servidora no ha visto el meconio ni de lejos. Pero preguntadle al Tripadre…

Después de esta clase acelerada para prepararos los estómagos a lo que vendrá después, todos los padres y madres empezamos a cambiar pañales, con más o menos éxito, a un ritmo exagerado. Los primeros meses todo es dormir, comer y cambios de pañal. Y cruza los dedos para que no haya escapes, que a esa edad pises y cacas tienen parecida consistencia y las manchas en la ropa están a la orden del día.

Luego la cosa mejora, toma otra consistencia. Y cuando crees que ya está todo controlado, oh, sorpresa, el bebé que antes se estaba quietecito decide que ya es hora de poner a prueba tus habilidades maternales y empieza a moverse. Elevación de piernas, giro de torso, pataditas… más monos… Vamos, que ni tú en tus mejores años haciendo fitness… Y tú ahí, sudando la gota gorda para poder limpiarle sin mancharle más y abrocharle el pañal en el menor tiempo posible.

Con el tiempo, las cacas se tornan más espesas y más controlables. Al que no puedes controlar es a tu bebé, que ahora mueve las manos y todo su afán es tocarse justo ahí cuando más caca hay. Es la fase que yo he llamado me faltan manos o me sobra niño. El Peque está justo en esa etapa. Así que ahora, además de limpiarle el culo, también me toca limpiar manos y hasta pies. También es posible que todo esto vaya acompañado por intentos constantes de ponerse de pie. Felicidades, acabas de alcanzar el siguiente nivel: poner un pañal en vertical.

Para no asustaros, os diré que luego la cosa mejora. Las cacas tienden a quedarse en su sitio, pero hay que darse mucha prisa en cambiar el pañal porque un culetazo mal dado hará que se desparrame por fuera del pañal. A parte de esto, el bebé-ya-no-tan-bebé empieza a entender que ha de estarse quieto. Otra cosa es que le dé la gana hacerlo.

Y así, poco a poco, llegan a la edad en la que el pañal diurno desaparece. Pero os queda el nocturno. Éste parece fácil. Con el Mediano yo me confié aquí y más de un día me lo encontré después de la siesta hurgándose en el pañal porque se había hecho caca y aquello le molestaba en el culete. La imagen de las sábanas, manos y niño cubierto de caca aún me atormenta por las noches. Afortunadamente, sólo fueron un par de veces y aquella fase también pasó.

Luego están los escapes inoportunos, pero como ya le dediqué otra entrada, no me repito aquí hoy. En fin, y así es como os convertís en padres expertos en cambios de pañal. Felicidades, aquí tiene usted su diploma su niño para que le cambie el pañal, que ya huele 😉

CONTRAS:

  1. Insisto en lo del meconio, futuras madres. Si hace falta, desmayaos, llorad o alegad locura transitoria. No cambiéis el primer pañal. Y si lo hacéis (valientes), recordad que yo os avisé.

  2. Cuando el bebé empiece a moverse, vais a tener que echar mano de todo tipo de argucias para manternerle en su sitio: canciones, juegos, juguetes… Esto ayuda a desarrollar la imaginación que no veas.

  3. Mis hijos se ríen cuando lo digo, pero “un culete limpio es un culete feliz”. Bromas a parte, no dejéis pasar mucho tiempo entre las cacas y el cambio de pañal, que luego el culete se irrita y es mucho peor.

  4. Si por alguna razón alguien se ofrece a cambiar el pañal a vuestro hijo, dejadle. Por muchos pañales que cambien, vosotros siempre cambiaréis más.

PROS:

  1. Aunque os pueda poner de los nervios, es increíble ver las destrezas que van adquiriendo vuestro bebé con el paso de los meses. Tomáoslo así y no desesperéis si tardáis en cambiar un simple pañal un cuarto de hora.

  2. Haced del cambio de pañal un momento divertido. Vale que huele fatal, pero eso no es impedimento para echarse unas risas. Y ya sabéis que ♫♪con un poco de azúcar esa píldora que os dan, pasará mejor…♫♪

  3. Siempre podéis hacer fotos del momento, guardarlas y sacarlas cuando sean mayores y vengan con el novio o novia de turno a casa. La venganza es un plato que se sirve frío, frío… muajajajajaja… 😉

Puede que mis neuronas anden un poco remolonas por tanto cambio de pañal y se me haya olvidado alguna fase o algún contra o pro. No te cortes y dímelo en los comentarios.

Y para terminar, os recuerdo que el blog está de sorteo y estos gatitos pueden ser vuestros 😉

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
Si estás interesada en participar, tienes toda la información a tu disposición aquí.

16Ago/13

… de un escape inoportuno

A veces pasan cosas que te ponen a prueba como persona, como madre y como ente corpóreo. Hay veces en las que deseas con todo tu alma no ser tú misma, hacer mutis por el foro, ponerte en los zapatos de otro y salir por pies rauda y veloz sin mirar atrás. Son situaciones en las que se te vienen a la cabeza expresiones como “tierra, trágame”, “¿eso no puede hacerlo otro?” o “ése no es mi hijo, soy soltera y sin compromiso. Pasaba por aquí y ya me voy”.

Si te lo cuentan, te ríes mientras por dentro tienes todo cruzado mientras deseas que eso nunca te pase a ti. O quizás creas que quien te lo cuenta está exagerando. Es más, esperas que esas cosas no ocurran y que todo sea una mera invención de tu interlocutor porque la mera posibilidad de que sean ciertas, de que pasen de verdad y, lo que es peor, que puedan pasarte a ti te pone los pelos de punta.

Pues bien, todo lo que a continuación paso a contar ocurrió de verdad. No exagero ni un ápice. No hay ni una triste coma de más. Ojalá pudiera decir que lo he soñado, que ha sido una pesadilla de la que me he despertado. Pero no.

Acababa de empezar julio y estábamos disfrutando de unos días en la playa con la familia del Tripadre. Después de las carreras de rigor, conseguimos vestirnos a tiempo para salir a cenar. Conociendo a mis Trastos, no les puse muy elegantes, pero vamos, iban conjuntados, duchados y sin manchas en la ropa. Quizá desentonaba algún moco, pero vamos, poca cosa, lo normal.

Nos sentamos a comer. Mesa para once más una trona para el Peque. Comen los mayores. Come el Peque. Comen todos. Empiezo a comer yo. A pesar de la hora (más bien tarde), parece que el Peque se entretiene con las cucharas. Yo le dejo e intento mantener una conversación con el Tripadre, quien por escasos minutos deja de ser Tripadre y se convierte en Marido. Disfruto de mi única charla adulta del día. El Peque se pone serio. El Tripadre y yo le miramos. Nos miramos. Volvemos a mirarle. No pasa nada. Sigue intentando comerse la cuchara. Seguimos a lo nuestro.

Estamos rodeados por más mesas familiares. Con más niños. Con más bebés. Bebés en carritos, bebés en tronas, bebés en brazos. Hay bebés que ríen, hay bebés que lloran, hay bebés que duermen. Los miro y doy gracias porque el Peque me da un momento de tranquilidad durante el cual puedo comer en vez de engullir la comida.

De repente, un olor conocido, aunque no por ello agradable, llega a mi nariz. Algún bebé ha hecho caca. Vaya peste, por cierto, qué habrá comido la criatura. Miro al Peque y pienso que él no ha podido ser. Sus horas son después del desayuno y después de la merienda. Él ya ha cenado y, en cuanto terminemos de cenar nosotros, me lo llevo derechito a la cama. Seguro que él no ha sido. Me compadezco de la madre o padre al que le toque el cambio de pañal.

Pasan unos minutos y me levanto a coger la cuchara que el Peque ha tenido a bien tirar al suelo, por el simple placer de verla caer y oírla sonar. Por el rabillo del ojo veo un color en el Peque que no me cuadra. Hoy va de azul y blanco. Estoy por jurar que no había nada marrón en el conjunto. Otra vez ese olor… Entonces se me activa la neurona y se me enciende un chip. En mi interior oigo una voz que me dice “apriétate los machos que vienen curvas”. Miro casi obligada. Me obliga mi parte de buena madre. Porque mi parte de mala madre me dice que salga corriendo, que diga que se me ha olvidado algo en la habitación (el monedero, el móvil, la cordura, ¡lo que sea!) y salga pitando de allí sin mirar atrás.

Me asomo a la espalda del Peque y lo veo. Ahí, en tonos marrones y con una textura ni sólida ni líquida (es lo que tiene estar fuera de casa y haber tenido que darle potitos comprados durante cuatro días) asoma eso que yo no deseaba a ninguna madre. Pienso que, con suerte, sea sólo ese poquito que veo y que, si lo limpio con una toallita, aún pueda llegar a la habitación para hacer el cambio de pañal en la intimidad.

Pero le levanto la camiseta y veo, horrorizada, que la expulsión ha trepado por la espalda, llegando casi a la altura de las axilas. Es lo que tiene apretar sentado en una trona. Si alguna vez he echado de menos mi juventud ha sido en ese preciso instante. Ante tal visión, noto cómo se me escapan años de vida.

Tengo que cambiar al Peque allí mismo. Con eso chorreándole por la espalda no llegamos a la habitación ni de coña. Qué digo habitación, no llego ni al baño. Me doy un nanosegundo para festejar la suerte que tengo. Ni uno más. Aquello exige intervención inmediata. Hago un llamamiento a la neurona de las soluciones infantiles rápidas. Después de tres hijos, ésta no tarda en aparecer.

Pienso qué necesito. Lo primero, sacarle de la trona. Segundo, limpiarle lo que sobresale del pañal, aunque sea en volandas. Tercero, echarle en el carro y correr como alma que lleva el diablo a la habitación. No hay dolor. El olor ya es otra cosa.

Saco las toallitas. Doy gracias porque el paquete está recién abierto y no a punto de terminarse, como es habitual. Lo pongo encima de la mesa. Me remango (aunque llevo manga corta). De repente hace más calor allí… ¿es una ola de calor noctura o soy yo? Da igual. No ha dolor.

Levanto al Peque. Con una mano tengo al niño en volandas. Con la otra saco toallitas y limpio lo que puedo. Desde la otra punta de la mesa, la abuela intuye que algo pasa y viene a auxiliarme. Le doy más toallitas con las que limpia la trona. No quiero ni mirar. He conseguido quitar, más o menos, los residuos de la espalda. Cojo servilletas que pongo en el carrito. Limpio piernas. Siento al niño. Abrocho al niño. Joder, hoy estrenaba modelito. Cojo las toallitas. Doy las buenas noches, hasta mañana, el Peque y su madre se van ya a la cama.

Llego a la habitación. Le quito la ropa como buenamente puedo para no mancharle más los brazos, piernas, cabeza y pelo. La camiseta está para lavarla. O tirarla. El pantalón apenas ha sufrido. Me dispongo a quitarle el pañal. Para mi sorpresa, está sorprendentemente limpio. Normal, no ha cumplido su función y la caca se ha desparramado por la espalda de mi niño. Le meto en la ducha y termino de limpiarle. Pañal nuevo. El pijama y a dormir.

Yo vuelvo al baño. Le doy con jabón a la ropa en un intento de salvarla. Está recién estrenada. Ni una hora le ha durado. Froto y froto. No hay dolor. Cuando termino y vuelvo a la habitación, el Peque duerme ya plácidamente. Me tiro yo también en la cama y pienso: “por favor, que no pase nunca más”.

CONTRAS:

  1. El bloqueo. Es una situación en las que, aun sabiendo qué hay que hacer, te bloqueas porque estás en sitio extraño. No es tu casa. No es tu territorio.

  2. El olor. Si no te bloquea el sitio, te bloquea el olor. Sabes que quizás la gente no te esté mirando y no se hayan enterado de lo que tienes entre manos. Pero sí sabes que el olor les hará mirarte.

  3. Hay que salir por patas. A tu casa, a un baño, donde sea. Hay que limpiar bien al niño.

  4. Situaciones así son las que te recuerdan porqué llevas toallitas o tres mudas en la bolsa del carro.

  5. En contra de lo que pueda parecer, la cosa no termina cambiando y limpiando al niño, hay que lavar y frotar después su ropa. O tirarla a la basura. Eso ya va a gustos.

PROS:

  1. Sobrevivir a una experiencia así te da tablas como madre. Después de esto ya puedes con todo lo que venga. ¿Escapes futuros en la operación retirada del pañal? ¡Ja! Tras lo ocurrido esta noche puedes afrontarlos con los ojos cerrados.

  2. Sientes que has llegado a otro nivel. Esto es como las pantallas de los videojuegos, ¿no? Porque espero que el premio sean vidas extras, para compensar las que acabo de perder, más que nada…

Moraleja: llevad siempre, siempre, siempre, un paquete de toallitas a estrenar y ropa de cambio suficiente, un botecito de colonia y una pastillita de tirar pa’lante. No hay dolor. Mañana será otro día.

15Jul/13

… de mandar al Mediano a buscar su bañador

Bañador

Mis Trastos se hacen mayores. Lo sé porque cada día hacen más cosas por sí solos, cada uno dependiendo de su edad. Lo veo en el Mayor cuando él solo se ofrece y se prepara su desayuno. A veces también el del Mediano. Lo veo en el Mediano cuando me incrusta el “¡¡¡yo solo!!!” en el oído. Lo veo en el Peque cuando da sus primeras carreras por el pasillo.

Dicen que está bien fomentar esa independencia, que les da seguridad en sí mismos, que les hace fuertes. Y el Tripadre y yo estamos totalmente de acuerdo. Él más que yo, todo hay que decirlo, porque cuando él se siente súper orgulloso yo me siento algo triste porque veo que poco o nada va quedando ya de aquellos bebés que se me dormían en brazos colgados a la teta.

Pero con todo el dolor de mi corazón y una inmensa alegría por lo bien que lo hacen a partes iguales, ahí me hallo alabándoles cada logro que consiguen. Por la edad, el que más metas está alcanzando ahora es el Mediano (va camino de 4 años). Se quita la ropa solo, empieza a vestirse solo también (aunque aún hay que ayudarle), se lava sus manos solo, cada vez necesita menos ayuda para comer (nada si se trata de un cuenco de helado), le encanta que le mande recados (como tirar el pañal del Peque a la basura) y aplaudirle cuando vuelve con la misión cumplida.

Así que el otro día, estando en mi pueblo, como quería meterse en la piscina que había montado mi tía para ellos, no se me ocurrió otra cosa que mandarle a buscar su bañador. ¿Dónde? Pues a la habitación donde estaba la ropa que se ponían a diario, con la maleta medio llena de ropa por un lado y medio llena de pena por tener que irnos al día siguiente por el otro, y donde tenía también la crema y los pañales del Peque. El bañador estaba en un silla a simple vista, nada más entrar por la puerta se veía.

Así que, después de haber pasado 5 minutos desde que mandé al Mediano a buscarlo y desde que él se fuera a la habitación todo dispuesto a volverse con el bañador, me extrañó mucho que no volviera con la prenda en la mano pidiendo ayuda para ponérselo “él solo”. Tampoco se oía ruido alguno. Esto ya de por sí debería haberme puesto sobre aviso. Ingenua de mí, pensé que el pobre seguramente se habría quitado pantalones y calzoncillos y estaría intentando ponerse, sin éxito, el bañador. Así que me asomé dispuesta a ayudarle en tan ardua empresa.

Él notó mi presencia antes que yo la suya (es lo que tiene ser tan delgado, que tengo que mirar dos veces para verle ;)) y me dijo “mamá, no encuentro el bañador… ¿me ayudas a buscarlo?”. Para cuando terminó la frase yo ya le había ubicado en la habitación. Estaba encima de la cama, justo en frente de la maleta, sacando la ropa cual dibujo animado y buscando desesperadamente su prenda de baño. Había ropa en el suelo, había ropa encima de la cama y había ropa volando por los aires. ¿Y su bañador? Pues encima de la silla, tal y como yo lo había dejado un rato antes.

Lo primero que se me vino a la garganta fue un grito en plan “¡Pero qué estás haciendo?”. Grito que al final quedó ahogado por un suspiro y un “mi vida, ahí no está. Está aquí, en la silla… Anda, ven, que te ayudo a ponértelo” muy resignado, pues caí en la cuenta de que le había mandado a buscar su bañador “a la habitación”, sin más. Mea culpa.

CONTRAS:

  1. Ellos aprenden a hacer cosas por sí solos. Los padres aprendemos a dar instrucciones claras. Con lo fácil que hubiera sido decirle: “el bañador está en esa habitación, sobre la silla. Si no lo ves, me llamas”. Cabezazos contra la pared.

  2. No vuelvo a dejar que mis hijos se acerquen a una maleta (abierta; de nuevo, mea culpa) hasta que tengan edad para conducir. Y aún entonces deberán demostrar que son capaces de pasar por su lado sin desmontarla.

  3. Hacer una maleta me cuesta horrores. Si es para volver a casa, me cuesta sudor y lágrimas. Sangre sólo si me pillo un dedo con la cremallera.

PROS:

  1. Muchas veces los padres nos enfadamos porque los hijos no hacen lo que nosotros queríamos. Será que yo ya voy por el tercero, pero me he dado cuenta de que los niños no son capaces de leernos el pensamiento. Antes de enfadarse es mejor pararse a pensar si dimos las indicaciones correctas. Yo lo he aprendido a la fuerza.

  2. Prefiero ayudarle a buscar su bañador que regañarle por intentarlo. Al fin y al cabo, fui yo quien no dio las instrucciones correctas. Y así, de paso, no mermo su autoestima. Quizás el día de mañana pueda mandarle a buscar una camiseta y no piense que no puede hacerlo.

Para terminar, os diré que mientras él se bañaba feliz en la piscina con sus hermanos y mi tía, yo me tuve que quedar a recoger la ropa, volver a ordenarla por tamaño y, de nuevo, a medio meterla en la maleta con más pena aún que la primera vez porque al día siguiente poníamos rumbo a casa y se nos acababa lo bueno.

20Abr/13

… de plantar semillas

Plantando semillas de calabaza.

Plantando semillas de calabaza.

El pasado fin de semana, aprovechando que hacía buen tiempo, me decidí a plantar algunas semillas. En concreto, semillas de calabazas que he ido guardando. El tiempo acompañaba y mis Trastos mayores parecían estar por la labor.

En las vacaciones de Semana Santa ya les comenté que teníamos semillas para plantar y parecieron ilusionarse con la idea. Especialmente encantado estaba el Mediano, quien había hecho hace poco una excursión a la granja y había traído “de regalo” una bolsita con tierra para plantar. Digo yo que hubiera sido mejor que les dieran semillas, pues no, una bolsita de plástico llena de tierra, que no abono.

Pues el pasado sábado por la mañana empezamos la operación siembra. Lo de hacer agujeros en la tierra pensaba que les iba a encantar. Pero por alguna razón que no llego a entender, prefirieron no mancharse las manos. Bueno, pensé, menos que limpiarles después… Lo de poner unas poquitas de semillas en cada agujero sí quisieron hacerlo ellos. Lo que nos llevó a una discusión absurda sobre quién tenía más semillas en la mano y que se solucionó contando las semillas de cada uno. Ahora entiendo al rey Salomón

De nuevo, fui yo quien tapó las semillas, no vaya a ser que la finura recién estrenada de mis Trastos se ensuciara. Una vez plantadas, tocaba regar, para que la tierra se asentara y todo eso que dicen los que saben de estas cosas. Entonces sí que la finura pasó a ser un vago recuerdo. No sé vuestros hijos, pero los míos es ver una regadera y volverse locos. En un momento ya había agua por todas partes. Agua en la tierra donde habíamos plantado las semillas. Agua de las manos hasta los codos. Agua en las zapatillas. Menos mal que hacía casi calor porque, si no, se hubieran resfriado seguro. Y bueno, ya sabéis qué pasa si se junta agua con tierra. Pues eso, que la finura momentánea de mis hijos se fue a paseo.

CONTRAS:

  1. Plantar es una actividad para realizar, preferiblemente, al aire libre, aunque también se puede hacer dentro de casa, en la cocina, por ejemplo. Si se hace fuera, hay que procurar que no sea un día frío o de viento. Si hace solecito y buena temperatura mejor.

  2. Esta vez no usamos pinturas, pero que no se engañe nadie, se manchan igual. Si no es a la hora de plantar, será a la hora de regar.

  3. Si se usan herramientas de jardinería, aunque sean pequeñitas, hay que tener mucho cuidado con los golpes y los deditos.

  4. Nosotros plantamos semillas, pero también se puede transplantar una planta ya crecida. Sólo hay que tener la precaución de que no sea muy delicada, pues las pequeñas manitas de nuestros retoños podrían doblarlas y echarla a perder.

PROS:

  1. Los trabajos manuales les encantan a mis hijos, seguro que a los vuestros también. Tocar la tierra con sus manos (si no aparece la finura), poner las semillas, taparlas y regalas les va a encantar.

  2. Se puede hacer con plantas o semillas, pero ver salir los brotes y convertirse en un planta hecha y derecha les emociona muchísimo. La primavera es la época ideal porque se pueden plantar hoy unas pocas semillas y ver salir los primeros brotes a las pocas semanas.

  3. Respecto a las semillas, se pueden comprar o podéis hacer como yo, que me he ido guardando semillas de calabaza para esta ocasión. Por supuesto, podéis utilizar semillas de flores o de frutos, supongo que ya os lo habíais imaginado ;-).

  4. Si usáis las macetas pintadas del otro día, tendréis una actividad completa.

  5. Para realizar esta actividad, se necesita poca cosa: tierra, macetas o una parte de jardín, una plantita o unas semillas. También es útil algo para cavar y hacer el agujero, aunque se puede hacer con las manos, y algo para regar, a ser posible, una regadera, que hará felices a vuestros pequeños jardineros. Y, como siempre, ropa que no sea a estrenar y con la que se puedan manchar a gusto.

  6. Simple y llanamente, es divertido.

Brote de calabaza.

Brote de calabaza.

Y aquí os dejo una muestra de los brotes que están empezando a salir, en apenas una semana. Mis hijos andan locos de contento desde que asomaron las primeras hojillas por la tierra. A ver si tenemos suerte y nos sale alguna calabaza ;-).

Os recomiendo que probéis a hacerlo y luego os paséis por aquí y me contéis si les ha gustado a vuestros churumbeles y a vosotros.

01Mar/13

… de romper la tele

Pues sí, aquí estamos otra vez con cosas rotas. Supongo que algunas personas no tendrán televisión en su casa. Si tienen niños, las admiro por ello, de verdad. Nosotros sí tenemos… aunque su uso normal se le esté dando de un tiempo a esta parte. Me explico. Seguro que habéis oído aquello de que no hay que dejar que los niños vean mucho la tele, que es mejor que salgan a jugar al parque o que usen juguetes que les estimule la imaginación. Totalmente de acuerdo. Dejar a un niño horas y horas o sin la compañía de un adulto viendo la caja tonta no entra en mi cabeza.

Cuando el Mayor empezó el colegio, no había quien le sentara más de 5 minutos. Ni a ver la tele, ni a jugar, ni a pintar… sólo se paraba al acostarse. Menos mal. No fue consecuencia del colegio, mi hijo ya venía así de serie. Para que os hagáis una idea, mi sobrino tiene la misma edad que el Mayor y en una tarde en casa ha jugado más rato con algunos juguetes de mi hijo que el Mayor en un año entero. Con este panorama, a Marido y a mí no nos extrañó cuando empezó el cole y su profesora nos dijo que le sentáramos un ratito a ver la tele, a ver si se acostumbraba a parar un poco. El día que aguantó media hora viendo Dora di palmas con las orejas. Mediano iba por el mismo camino. Pero tener un hermano mayor al que imitar en todo le vino bien para coger la costumbre de descansar un poco viendo la tele. Y digo un poco, que nadie piense que mis Trastos pueden tirarse más de una hora delante de la caja tonta porque se equivocaría. Esto es estupendo porque así no tengo que hacer de mamá-ogro.

Por otra parte, yo siempre me he sentado con ellos a ver la tele. Y siempre significa siempre. Me he visto infinidad de veces el mismo capítulo de Dora, Mickey, Many o Little Einsteins. Llega un momento en que iba por la casa cantando las canciones. Toqué fondo, lo reconozco. El año pasado empezamos con las películas de dibujos. Tampoco me enorgullece reconocer que me sé los diálogos de Peter Pan (1 y 2), la Sirenita, Rayo McQueen o Cenicienta entre otros. Después de haber visto la peli de cabo a rabo, una se permite dejar a los Trastos mayores viendo a Peter Pan mientras va a cambiarle el pañal al bebé. Y en plena operación toallita por aquí cremita por allá, pedorreta en la tripita inlcuida, se oye un “pum”. Así, cortito, sutil… dudas de tus oídos. Silencio en el salón. Indicio contundente de algo ha pasado. De vuelta al salón, Trastos sentados en el sofá con cara de no haber roto un plato en la vida. Sabes a ciencia cierta que algo han hecho pero los dos están callados viendo la tele como si les fuera la vida en ello. Te sientas y miras la película. Unos 5 minutos después ves algo raro en la pantalla. Hay un puntito blanco justo en medio de la tele. Te acercas. Tocas con el dedo y no se va. Tocas con la uña y parece un arañazo… pero ¿un arañazo de un puntito? ¿Eso existe? Más bien parece… ¡un golpe! ¡Es un golpe! ¿Cómo ha pasado? Miras a tus Trastos, impasibles. Miras sus manos y entonces caes en la cuenta… les falta un coche. Segundos después ves el coche tirado en el suelo delante de la tele. Tu mente entrenada en estas cosas ata cabos rápidamente. Preguntas que quién ha sido. Casi al unísono, tus adorables hijos responden: “¡Yo no he sido! ¡¡Ha sido éste!!”. Dedo acusador incluido, por supuesto. Uno dice que el otro es un mentiroso. El otro, indignado, responde que el mentiroso es el uno. Bucle infinito.

CONTRAS:

  1. Cuando tienes un hijo y éste hace una trastada, aunque tú no estés presente, sabes que, a la fuerza, ha sido él. Por mucho que se empeñe en negarlo o le eche la culpa al gato. Cuando son dos, el “yo no he sido” es una putada.

  2. A veces, con suerte, puedes saber a ciencia cierta quién ha sido el autor de la trastada. Si ves en la pared perfectamente dibujado un monigote, con sus manos y sus zapatos bien delineados y tu hijo de 3 años apenas hace círculos mientras que el de 5 años es un Picasso en potencia; entonces, no hay duda. Pero si se trata de unas pinturas tiradas por el suelo, pues la cosa cambia. Bastante. Ya puedes ponerte a preguntar quién ha sido y entrar en el bucle infinito.

  3. Si no sabes quién ha sido, ¿qué haces? ¿Les castigas a los dos, aun sabiendo que pagará el justo por el pecador? ¿No castigas a ninguno, por lo que el autor quedará impune y, además, ambos se darán cuenta de que es una manera perfecta para evitar las consecuencias y de que se puede mentir? Yo opto por una u otra opción según sea la gravedad del asunto. Si son unas pinturas, les regaño a los dos y ya. Si le han dado un balonazo a la lámpara y la han dejado descolgada del techo, entonces hay regañina y castigo para los dos… hasta que alguno asuma su autoría. Hay que armarse de paciencia.

PROS:

  1. Si la vida te sonríe, sabrás quién ha cometido la trastada. Él posiblemente lo niegue. En este caso, ya puedes empezar a memorizar su cara de mentir. Te vendrá bien para cuando tenga 15 años y llegue a casa a las 6 de la mañana malo malísimo y sin saber el porqué.

  2. Puedes aprovechar la ocasión para hablar con tu hijo, tranquilamente pues ya sabes que ha sido él, explicarle por qué está mal y las consecuencias de esa acción. También le explicas lo mal que está mentir a papá y a mamá y cruzas los dedos para él mismo se dé cuenta de que ha obrado mal y te reconozca que ha sido él. En nuestro caso, suele funcionar con el Mayor. Al Mediano, le daremos de margen un año más.

  3. Alguien habrá que piense que lo mejor de que se rompa la tele es poder otra nueva. Sí, es un buen pro. Lástima que la economía familiar no esté a la altura de las trastadas de mis hijos. Nos quedamos con tele rota, o más bien, perjudicada hasta nuevo aviso.

El ordenador lo pude quitar de en medio, pero ¿qué hago con la tele? ¿Me la llevo también del salón? Dame paciencia…

25Feb/13

… de dejar abierto el portátil encima de la mesa (II)

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Habrá quien piense, tras la entrada anterior, que aprendí la lección, que no me iba a la cama sin cerrar el portátil. No podéis estar más errados. Es cierto que, tras el susto inicial y visualizar a mi hijo tirando el ordenador de la mesa (si había podido quitar las teclas, ¿de qué más podría ser capaz el angelito?), hubo una época en la que cuidé y mimé a mi viejo portátil. Le daba los buenos días, las buenas noches, lo cerraba cuando no lo usaba y hasta le hubiera traído un café si me lo hubiera pedido. Por otra parte, mi Trasto también pasó una temporada sin acercarse al aparato en cuestión.

Más de uno estará pensando que por qué ese interés en dejar abierto el ordenador si no lo estaba usando. La respuesta es Skype. A estas alturas supongo que a todo el mundo, lo use o no, le sonará la palabreja. Por si acaso: Skype es un programa como antes el Messenger, sólo que te registras con cualquier correo que ya tengas, permite mensajes en tiempo real y, para los más aventajados, llamadas telefónicas pero sin teléfono. ¿Y por qué tanto interés en Skype? Pues porque mi Marido lo usa mucho en el trabajo y, cuando tenemos que hablar, en vez de llamarnos por teléfono (reservado a cosas importantes y urgente o ambas) o mandarnos mensajitos sms (antes no había Whatsapp ni nada, el móvil sólo servía para lo que es, vamos, para hablar), hablábamos por Skype. Ahora viaja más que antes, también por trabajo, y dado que el programita en cuestión también admite vídeo llamadas, pues en casa lo usamos como si fuera el mando de la tele. Obviamente, para poder recibir un mensaje del tipo “hoy llego tarde” por Skype, el ordenador debe estar encendido, lo que en un portátil significa con la tapa levantada.

Pues bien, con el tiempo, volví a retomar malas costumbres. En parte, confiada porque ahora el Trasto Mayor pedía permiso antes de acercarse al portátil. Ahora ya estaba también por aquí el Trasto Mediado, pero éste no había tenido experiencia previa con ese cacharro que tenía mamá sobre la mesa. La verdad es que tampoco se había interesado por él, así que yo estaba tranquila al respecto.

Una mañana me levanté y fui a hacer unas gestiones con el ordenador. Vi algo raro en la pantalla y al principio pensé que alguno había estado trasteando y me había cambiado el protector de pantalla. En esas andaba yo, pensando cómo leches habían sido capaces, cuando me di cuenta. Aquello que mis ojos veían no eran una imagen chula sino un golpe en toda regla en la pantalla que había provocado un derrame. Que nadie me pregunte cómo porque yo soy de letras y de ordenadores sólo entiendo el reiniciar. Sólo puedo decir que está relacionado con que las pantallas son de plástico duro y que por dentro tiene algo así como un líquido que reacciona a la luz de lo que estemos viendo, supongo que algo parecido a las televisiones de plasma. Para más información, consulten con un experto en la materia. Yo lo consulté con mi Marido, quien tuvo a bien explicármelo, pero yo sólo entendía palabras sueltas, a saber: roto, arreglar, roto, roto, costar una pasta, roto, roto, ¡roto!

Según investigaciones e interrogaciones posteriores, he aquí el relato de cómo creo que acontecieron los hechos. Marido se levantó para levantar a los Trastos, vestirlos, darles el desayuno y llevarles al colegio como todos los días que hay clase (los fines de semana, la cosa cambia). Yo me quedé en la cama avalada por los despertares nocturnos que por aquel entonces tenía el Trasto Pequeño. Una vez desayunados y listos, los Trastos mayores pasaron al salón a “hacer tiempo”. Marido se queda en la cocina preparándose para la mañana que le esperaba en el trabajo. Antes de ir al cole, la tele no se pone. Quedarse tranquilos en el sofá es un concepto que mis hijos no entienden, sean las 8 de la mañana o las 11 de la noche. Así que decidieron jugar a tirarse cosas. En el salón no hay muchos juguetes, algún peluche como mucho. Pues el día anterior, el Mediano decidió llevarse al salón un muñeco de la bañera, de esos que son de goma y que disparan agua. En concreto, el de la foto que ilustra esta entrada. Como ya he dicho, era de goma, no vi peligro y dejé que se lo llevara. Pero el muñequito en cuestión tiene una base de plástico que le hace flotar. Y esa fue mi perdición. Bueno, esa y la puntería que se gastó el Mediano cuando, al hacerle un pase del muñeco en cuestión al Mayor, dio de pleno en la pantalla del ordenador. Marido ni se enteró, no sonó a roto, no había pasado nada. Los Trastos, que tontos no son, no dijeron tampoco esta boca es mía. Todos al cole, todos contentos.

La sorpresa me la llevé yo horas después. Cómo al final se arregló el ordenador, es otra historia para no dormir. Para resumir, diré que el mes que me quedé yo sin portátil, los Trastos se quedaron sin aparatos tecnológicos.

CONTRAS:

  1. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo seguro que soy capaz de tropezar más veces e incluso caerme si llega el caso. Aún así, dudo de que aprenda la lección.

  2. He dejado el Skype, salvo para los viajes del Marido. Ahora me he enganchado al Whatsapp.

  3. Lo de la reparación del ordenador fue de traca. No se lo recomiendo a nadie.

  4. Dos Trastos pululando, dos incidentes con el portátil. Miedo me da cuando el Pequeño llegue a los dos años, edad en que los Mayores realizaron su trastada. Pienso poner cerrojo en la puerta, a ver si evitando la tentación evito el peligro.

PROS:

  1. El ordenador ha pasado a otra habitación. Intento acordarme de apagarlo cada noche, no todas lo consigo. Cuando voy a la cama, muerta de sueño, y lo veo con la tapa levantada, muchas veces bajo la cabeza y me digo a mí misma que en el estudio no entran los niños. Me meto en la cama con los dedos cruzados. Y las piernas y las orejas también, por si acaso.

  2. El ordenador no lo han vuelto a tocar. Sólo se acercan a él en presencia de un adulto. De otros aparatos (como la tele o el iPad del trabajo de mi Marido), no puedo decir lo mismo. Pero eso queda para otro día.

  3. El mes que estuve sin ordenador, me desenganché. Pero cuando volvió a estar entre mis manos, lo cogí con unas ganas… Ahora sí que le llevo un café todos los días.

Conclusión: el ordenador no es algo de primera necesidad. Lo sabemos todos. No todo el mundo tiene ordenador y no pasa nada. Lo sabemos. Estar unas semanas sin poder entrar en Internet no es el fin del mundo. Lo sabemos. Pero es mejor no probar. Y sobre todo, mantengan los ordenadores alejados de los niños. Sus nervios y sus bolsillos se lo agradecerán.

23Feb/13

… de dejar abierto el portátil encima de la mesa (I)

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En casa, hace tiempo que el ordenador de sobremesa (ese grandote con su torre, su teclado, su pantalla y su ratón) pasó a ser un simple elemento decorativo recoge-polvo encima de una mesa a la que, por otra parte, no le sobraba el espacio. Primero por el trabajo de mi Marido y después por comodidad mía, los portátiles entraron pisando fuerte. Junto a mi primer portátil y el disco de arranque, también me vino en la caja la mala costumbre de dejar el aparato abierto, con la tapa levantada, vamos. Esto no tendría la mayor importancia si no fuera porque los Trastos siempre andan a sus anchas por aquí como si fueran los reyes de la casa.

La primera vez que tendría que haber puesto el ordenador portátil a buen recaudo fue cuando Mayor apenas contaba con 2 tiernos años y el Mediano aún estaba bien custodiado en la tripa de la que escribe. Recuerdo que acababa de pasar de la cuna a su cama de mayor y que le daba por levantarse al despertarse. Era sábado y yo aún estaba en la cama. Le oí levantarse. Le oí ir hacia el salón. Y durante un momento, no oí nada más. En ese instante, debí de sospechar, pero ¡ay!, es que estaba tan a gusto en la cama… Primer error.

Al poco, empecé a oír un “click”. Y luego otro. Y otro. Y otro… Yo aún seguía en la cama con los dedos cruzados para ver si encendía la tele y podía remolonear un poco más. Click. Porque hay que ver qué rápido se hacen los niños con las nuevas tecnologías. Click. Aprenden a poner el vídeo en lo que tú aún andas leyendo las instrucciones. Click. Pues bien, mi entonces único hijo sabía perfectamente encender y apagar la tele. Click. Pero aquel día no fue la tele lo que le llamó la atención. Click. Qué va. Click. ¿Pero por dónde iba, que me pierdo? ¡Ah! Sí. Por los “clicks”. Mi mente repasó rápidamente todos y cada uno de los juguetes que había en el salón buscando al autor de ese sonido. Click. Como no encontré ninguno, empecé a repasar mentalmente los que tenía mi hijo en su habitación. Click. Tampoco di con el susodicho. Click. Incapaz de dar con el artefacto en cuestión, click, me levanté más por curiosidad que por otra cosa. Click. Cuando llegué al salón, vi al angelito, click, con su chupete puesto, click, y sus pequeñas manitas con su pequeños deditos, click, quitando con gran cuidado y paciencia, click, las teclas del portátil, click, una a una. He de agradecerle, click, que las fuera poniendo pacientemente al lado del ordenador. Click. Hasta la barra espaciadora había logrado desprender mi Trasto con ayuda de sus pequeñas uñitas. Click.

Os podéis hacer una idea de la impresión que me dio ver mi portátil despojado de lo que lo hacía ordenador, sus preciadas teclas. Por un momento pensé que ahí se terminaba la vida útil del aparato, por otra parte, prácticamente nuevo. Menos mal que con paciencia pude recomponer el teclado. Aunque la “B” sufrió daños irreparables y durante un tiempo estuve evitando palabras con dicha letra. Si alguien piensa que aprendí de mi error, que se pase el próximo día por aquí y le demostraré cuánto se equivoca.

CONTRAS:

  1. Es un tostón cerrar el ordenador para abrirlo otra vez. Pero si tienes Trastos pululando por la casa, es una opción a plantearse seriamente. Click.

  2. Igual que es una pérdida de tiempo levantar la tapa, también lo es volver a entrar en las páginas web que visitas todos los días. Con lo fácil que es darle a recargar… Click.

  3. Todo lo anterior adquiere un nuevo matiz si tienes que recomponer las teclas una por una para poder mirar tu correo. Es para pensárselo. Click.

PROS:

  1. Una vez que vuelves al ordenador, si lo has dejado abierto, puedes seguir exactamente por donde lo dejaste. Esto incluye seguir poniendo las letras por donde las dejó tu hijo. Click.

Siento no poner más argumentos a favor de dejarse el portátil abierto. Click. La imagen de las teclas esparcidas por la mesa, aun habiendo pasado 3 años, no deja de estar presente en mi memoria. Click.