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26Mar/14

…de dar las gracias

¡Gracias!

Me considero una persona agradecida. Siempre ando dando las gracias por todo. Varias veces. Cualquiera que haya tratado personalmente conmigo puede dar fe de que efectivamente soy así de pesada. Pero prefiero ser pesada que desagradecida.

Doy las gracias hasta en mi propia casa. Si les pido algo a mis hijos, como el mando de la tele, y me lo dan, suelo darles las gracias. Lo hago hasta con el Peque. Consecuencia inmediata: es darle algo al Peque que ya te está diciendo gracias con su lengua de trapo.

El otro día estábamos en un cumpleaños familiar y el Peque pidió pan. La prima de mi marido se lo dio y éste le dio las gracias. Aunque habla por los codos, sólo somos capaces de entenderle palabras sueltas, pero el “gracias” se le entiende a la perfección. La prima de mi marido vino a decirme que le había dado las gracias por el trocito de pan. La noté un poco alucinada.

No la culpo. Es curioso ver a un mico de casi dos años decir gracias. Pero si me pongo a pensarlo, también es curioso ver a un adulto darlas. Algo que debería ser normal en las relaciones humanas cada vez se está viendo menos. O a lo mejor son alucinaciones mías.

El otro día me llamó un comercial de una conocida marca de Internet y telefonía para proponerme cambiarme con ellos. Aunque le dije en repetidas ocasiones que no estábamos interesados en su oferta, el comercia insistió e insistió e insistió. Cuando me dio por perdida me colgó el teléfono sin más. Y me dejó con la palabra en la boca. A esto en mi pueblo se lo conoce como malos modales.

No voy a generalizar y decir que todo el mundo es así porque estaría mintiendo. Pero es cierto que, de un tiempo a esta parte, veo más malos modales que buenos (que haberlos, también los hay). Como digo, puede que sean alucinaciones mías o puede que ahora me fije más en estas cosas.

¿Por qué? Pues porque desde que tengo hijos me considero su ejemplo. El espejo donde pueden mirarse y ver si algo está bien o mal. No digo que todo lo que yo haga esté bien, no soy una madre perfecta ni una persona perfecta, pero del mismo modo que intento no decir palabrotas delante (y ya ni detrás) de ellos, también intento tener ciertos modales respetuosos para con los demás. Es lo que tiene vivir en sociedad, que o nos respetamos todos o esto se nos va al garete.

CONTRAS:

  1. Mis hijos mayores no siempre dan las gracias, pero creo que sí que saben cuándo tienen que darlas. A veces se les olvida, pero otras veces afortunadamente se acuerdan.

  2. Una cosa es que se nos olvide (a grandes y pequeños) dar las gracias y otra muy distinta es que creamos que no tenemos que darlas. Esto último es lo que trato de evitar en mis hijos.

  3. No vale dar las gracias o comportarse cívicamente bien una vez de higos a brevas. Hay que hacerlo siempre. Y aquí hago una llamada a los que, por poner un ejemplo, aparcan sus coches en medio de un paso de cebra, impidiendo así el paso tanto a quienes van en sillas de ruedas como a quienes llevan carritos de bebés.

PROS:

  1. Quiero pensar que a la larga mis hijos sabrán cuándo tienen que dar las gracias y cuándo no. Y cuando sea que sí, espero que las den.

  2. Predicar con el ejemplo a veces es duro para los padres. Cuando no tenemos hijos acostumbramos a hacer las cosas de una determinada manera y, a veces, tenemos que cambiar nuestra forma de hacer las cosas o enfrentarnos a ellas si queremos ser un buen ejemplo para nuestros hijos.

  3. Hay una frase que dice: “dar una sonrisa cuesta muy poco y puede alegrar el día de quien la reciba”. Creo que sucede lo mismo con las gracias y otros actos (dejar salir antes de entrar, no usar el móvil como si fuera una radio, ceder el asiento a quien lo necesite más que nosotros mismos…).

Lo peor es que seguro que no soy la única a la que le pasan esta serie de cosas. Lo mejor, espero, es que tampoco soy la única que intenta ser buen ejemplo para sus hijos.