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08May/13

… del sacaleches

Sacaleches

He tenido tres hijos y un solo sacaleches que he usado apenas una semana (si junto las horas totales que lo usé). No trabajo fuera de casa desde antes del Mayor, así que no había tenido necesidad de uno. Mis razones para usarlo fueron otras. Y, a pesar del poco tiempo que lo usé, le cogí un inmenso cariño.

Ya os conté cómo fue el nacimiento del Pequeño, una cesárea violenta en la que mi bebé tuvo que hacer un esfuerzo para salir al mundo. Como nos dijeron en el hospital, “había nacido cansado”. Al principio no entendía qué repercusiones podría tener esta afirmación, pero no tardé en averiguarlo. Dormía mucho y le costaba mamar y no precisamente porque no supiera. Dormía y al Tripadre y a mí (y también a las enfermeras de noche del hospital) nos costaba horrores despertarlo, horas interminables haciéndole todo tipo de perrerías para que abriera los ojos (quitarle ropa, tocarle los pies, menearle, cogerle, dejarle…). Ya sabéis que, sobre todo durante los primeros quince días, los bebés deben comer más o menos cada 4 horas para evitar la hipoglucemia. Pues nada, mi Peque prefería dormir a comer. Cuando por fin se espabilaba un poco, le ponía corriendo a la teta. Empezaba a comer y ¡otra vez dormido! Apenas habían pasado 5 minutos y ya estábamos igual que hace un par de horas. Era un auténtico suplicio.

A los 10 días fuimos a una revisión con su pediatra y aún no había recuperado su peso al nacer. Yo le dije a la pediatra que quería seguir con la lactancia materna, que con el Mediano la había perdido, pero que estaba decidida a hacer lo que fuera por no recurrir al biberón si no era estrictamente necesario. Y aquella pediatra me entendió a la perfección. Me propuso utilizar un sacaleches para darle mi propia leche con una jeringuilla. Así evitábamos el biberón y nos asegurábamos que comía aunque tuviera un sueño profundo.

Nos hicimos con uno simple, aunque automático. Cuando se quedaba dormido, el Tripadre me traía el aparato y, mientras él intentaba despertar al Peque, yo me sacaba la leche. Después, con la jeringuilla, le dábamos la leche, mi leche. Y así estuvimos una semana. A la siguiente cita con la pediatra, mi bebé había recuperado el peso al nacer e incluso había puesto unos gramos más. ¡Estupendo!

Nunca le agradeceré lo suficiente a aquella pediatra que me echara una mano para salvar la lactancia en vez de tomar el camino fácil y “recetarme” el biberón. Gracias a su comprensión y sus consejos, mi bebé estuvo con lactancia materna exclusiva los seis meses recomendados. Poco a poco, logramos despertarle para comer y él conseguía quedarse más o menos despierto… porque se enganchaba, se dormía, volvía a mamar, otra vez se quedaba frito, ahora lactaba un poco más, otro rato dormido con la teta en la boca… y así hora y media, a veces más.

De manera que, teniendo en cuenta esta particularidad, aquí van mis pros y contras del sacaleches.

CONTRAS:

  1. Tiene muchas partes, casi hay que hacer un máster para entenderlo. Vale, a lo mejor no son tantas y yo exagero un pelín, pero sí son más partes que un biberón normal, que era lo más complejo que había tenido que montar y desmontar hasta la fecha.

  2. Hay que esterilizar todas las pares y todas las veces tras su uso. Esto implica desmontarlo y montarlo varias veces al día, en mi caso, prácticamente en todas las tomas. Si tenemos en cuenta que los bebés maman muy a menudo nada más nacer, para mí eran demasiadas esterilizaciones y se me hacía muy cuesta arriba.

  3. Con la calculadora en la mano, me salió muy caro teniendo en cuenta el poco tiempo que lo usé.

  4. Las primeras veces me molestaba un montón. Era como un vacío en el pecho que me costaba soportar.

  5. Viendo salir la leche, no podía evitar sentirme como una vaca lechera a la que estaban ordeñando. Al Mayor le hacía mucha gracia el aparatejo y, cuando me veía con él, me preguntaba si ya iba a ordeñarme otra vez… muy majo como véis 😛

PROS:

  1. Por mucho que costara el cachivache en cuestión, doy por bien empleado ese dinero pues permitió que mi hijo siguiera alimentándose de leche materna de forma exclusiva, sin tener que recurrir al biberón.

  2. Como era automático, una vez enchufado y establecida la frecuencia de succión, el trabajo lo hacía todo el sacaleches.

  3. Con la práctica, conseguí ajustármelo de manera que ese vacío que me hacía en el pecho no me molestara.

  4. El complejo de vaca lechera ordeñada pasaba con el simple pensamiento de que así ayudaba a mi bebé sin recurrir al biberón.

  5. Viene muy bien para aquellas madres que tienen que separase de sus bebés durante algunas tomas pero quieren seguir dándoles leche materna, pues ésta se puede refrigerar o congelar. ¿Alguien lo duda?

  6. El mío era simple, para sacar leche de los dos pechos, éstos tenían que turnarse. Sin embargo, los hay dobles, de esta manera, se puede sacar leche de los dos pechos a la vez.

Esta entrada está dedicada al sacaleches, pero en realidad es un agradecimiento a aquella pediatra que apostó por la lactancia materna. Una pena que tuviera que irse por motivos personales y no poder contar con ella para otras cosas, pues pensábamos igual en muchos aspectos de la maternidad, los bebés y los niños en general.

Una profesional como la copa de un pino que, cuando le dije evitaba tomar cualquier medicamento durante la lactancia, por muy seguro que se suponiera que era, por el temor a que afectara a mi leche, en lugar de hacerme sentir como una tonta por tal decisión, me dijo que me entendía perfectamente, sin juzgarme. Una pediatra que prácticamente me rogó que no dejara llorar a mi bebé si podía evitarlo (recordemos que mi bebé no era hijo único y que su madre no tiene el don de la ubicuidad, aunque lo intenta). Una pediatra que, además de preguntarme cómo estaba mi bebé, también me preguntaba cómo estaba yo. No todos los pediatras son así. Espero de todo corazón que haya conseguido hacer realidad su sueño.

12Mar/13

… de las presuposiones

Desde luego, el primer pediatra que tuvieron mis hijos se llenó de gloria. Un hombre aparentemente profesional que resultó ser todo lo contrario. Trató al Mayor desde el primer momento, revisiones y algún constipado esporádico. Poco más. Luego llegó el Mediano con su dermatitis atópica y ahí ya se cubrió de gloria. Al Pequeño no le llegó a conocer. Salimos espantados después de la experiencia del Mediano.

Con el Mayor, su receta mágica para todo eran los “mimitos de mamá”. ¿Que el niño tiene mocos? Mimitos de mamá. ¿Que el niño vomita? Mimitos de mamá. ¿Que el niño tiene 39 de fiebre? Mimitos de mamá. Esto ya debió hacerme sospechar porque, digo yo que si por mimitos de mamá fuera, el niño no se pondría enfermo… Pero yo era madre primeriza del todo y mi primer bebé un bebé de cuento. Sí, de cuento porque a los 15 días él solito dormía del tirón 6 horas, comía perfectamente, apenas lloraba, le salieron los dientes y nos enteramos hasta que le vimos algo blanco en medio de las encías… supongo que os hacéis una idea.

Lo segundo que debió hacerme poner los pies en polvorosa fue cuando me prejuzgó. Le pasó a él y a otras tantas personas. Me pasó entonces y me sigue pasando ahora. Como ya comenté, yo decidí quedarme en casa para tener hijos. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquel hombre, pero desde luego se hizo una idea sobre mí que distaba mucho de la realidad. Cada vez que yo iba a consulta con mi bebé, yo notaba que las explicaciones que me daba eran muy toscas, muy simples… pero bueno, mi hijo estaba sano y se desarrollaba con normalidad. No le di mayor importancia. Nunca había ejercido de madre, así que pensé que quizás era el comportamiento típico de los pediatras. No sé.

El caso es que un día, durante una revisión de mi hijo, le mencioné que había ido a la universidad y que, además, había acabado dos carreras. Su cara de asombro fue un poema. Entonces lo vi claro. Aquel pediatra, al ver que yo estaba en casa, se había pensado que yo lo hacía porque no tenía otro remedio, que era una inculta o algo peor. Imaginaciones mías, podríais pensar. Bueno, quizá. Lo que es un hecho es que, desde aquella conversación, su actitud hacia mí cambió radicalmente. Y digo hacia mí porque el trato hacia mi hijo no cambió. De la noche a la mañana, se entretenía en explicarme más los diagnósticos, me empezó a hablar de cosas que antes ni mencionaba (como estudios o investigaciones médicas) e, incluso, empezó a hablarme de política. ¿Coincidencia? Yo creo que no.

Y esta misma actitud me la he encontrado y padecido en varias ocasiones. La gente te ve, cargada con tres hijos, te pregunta si trabajas, “fuera de casa no” contestas tú y ya está. Suman palotes y llegan a la conclusión de que eres una pobre mujer recluida en su casa y sometida al cuidado de tus hijos. “Estarás deseando que empiecen las clases”, me han llegado a decir algunas madres este verano. Pues no, mire, me encanta estar con mis hijos, los tres, y me apena que empiece el colegio y tengan que volver a clase porque les echo de menos cuando no están, por muy trastos que sean.

CONTRAS:

  1. Los errores. Cuando presuponemos algo, lo hacemos y nos sentimos muy listos. Somos casi como Sherlock Holmes juntando pistas. Unimos premisas y llegamos a una conclusión. Imposible equivocarnos. Bueno, pues pasa. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría reconocer. Pero no aprendemos de nuestros errores.

  2. Cuando se nos presupone algo y no es cierto, nos enfadamos, nos indignamos… y nos quedamos pensando cómo es que esa otra persona ha llegado a esa conclusión sobre nosotros. Al menos yo me quedo con el run-run el resto del día.

  3. Una mala presuposición puede llevarnos a actuar de una manera equivocada. Antes de presuponer nada, es mejor informarse. Puede pasar que actuemos erróneamente y después no podamos arreglarlo.

PRO:

  1. El segundo contra debería enseñarnos a no presuponer nada de nadie y así no caer en el contra número 1.

A mí me ha pasado con mis hijos. Pero esta mala costumbre se repite en otros ámbitos de la vida: en el trabajo, con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, con un cliente, etc. Yo intento no quedarme con la primera impresión. A veces lo consigo. Otras no.

Nota: quiero dejar claro que, cuando hablo de este pediatra, me refiero única y exclusivamente a él. El gremio de la pediatría es muy amplio y, como en todos, hay profesionales mejores que otros. No estoy generalizando, sino contando mi experiencia real con un pediatra en concreto. También me he topado con pediatras excepcionales a los que les estaré eternamente agradecida.
02Mar/13

… de la lactancia materna

Me enorgullece decir que mis tres hijos tomaron leche materna. Alguno más que otro. Yo había leído lo beneficioso que es para la madre y para el bebé dar el pecho. Nació el Mayor y en cuanto llegué a la habitación me lo arrimé. Los bebes vienen “programados” para lactar, había leído. Será arrimarle a la teta y empezar a comer, recuerdo haber pensado. Pues no. Los bebés vendrán con lo de chupar de fábrica, pero lo de agarrarse bien al pezón hay que enseñárselo. Y ahí estábamos los tres: madre, padre y enfermera; intentando que mi bebé lactara. Al final, lo conseguimos… éramos tres frente a uno, el pobre tuvo que consentir. Y de ahí en adelante, con alguna grieta en el pezón (solventada con jabón de la abuela, sí, ése que se hace con aceite y sosa caústica, mano de santo, pero de verdad), mi bebé lactó hasta los 6 meses. El Mayor se estableció él solito un horario de comida. Cada cuatro horas, de reloj. Al introducir la alimentación complementaria decidió por su cuenta y riesgo que aquello estaba más rico y que la teta ya le aburría. Se acabó dar el pecho.

Cuando nació el Mediano, yo iba de ya-me-lo-sé-todo. Fue llegar a la habitación y no esperé ni a la enfermera ni nada. Arrimar a mi bebé al pecho y agarrarse fue todo uno. Yo, ilusa, pensaba que sería igual que con el primero. Y mi hijo me dio una lección de humildad. Él no iba a ser como su hermano ni de lejos. Para empezar, lloraba cada 15 o 20 minutos. Qué digo llorar, más bien berreaba. Y yo, cada vez que se ponía así, me lo arrimaba al pecho. De nada servía. Esto ya hubiera sido duro si hubiera estado mi bebé solo, pero es que ya tenía un hermano mayor al que también había que atender. La lactancia fracasó estrepitosamente a pesar de poner todo mi empeño en ella. Confluyeron varias cosas. Por un lado, mi desconsolado bebé que no paraba de llorar (después sabríamos que la razón era su piel atópica). Por otro, un pediatra que daba palos de ciego y no acertaba a decirnos por qué lloraba tanto. Además de esto, mi padre pasó por una enfermedad muy grave (que afortunadamente superó) y pasé por mucho, mucho estrés. La lactancia se resintió y mi hijo pagó el pato. Empezó a tomar el biberón al mes de nacer y, aunque intenté darle lactancia mixta para no perder los beneficios de dar pecho, a los dos meses ya tomaba exclusivamente biberón. Los pechos llenos de leche no eran más que un recuerdo del pasado que mi segundo hijo no conoció. Por supuesto, hubo quien aseveró que yo no producía la leche necesaria porque le arrimaba al pecho demasiado a menudo. Justo lo que necesitaba oír una madre que apenas dormía y que veía como su lactancia estaba destinada al fracaso. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sé que fue más por culpa del estrés que pasé aquellos meses.

Con el tercero, yo ya estaba en plan a-ver-qué-me-encuentro. Tras dos partos vaginales sin complicaciones, el Pequeño tuvo que venir al mundo con una cesárea de urgencia (“cesárea violenta” en palabras del anestesista y “una de las peores de mi vida profesional” según mi ginecóloga). Perdí mucha sangre y estuve en REA algunas horas. Horas interminables alejada de mi bebé. Pero el bebé tenía que comer con o sin su madre. Así que lo primero que probó mi hijo en este mundo fue un biberón. Una vez más, en cuanto llegué a la habitación, le arrimé al pecho y mi bebé comió. He de decir que chupaba con poca fuerza, se quedaba dormido comiendo y le costó recuperar el peso al nacer (le agradezco en el alma a su pediatra la ayuda que nos dio para mantener la lactancia). Pasado el bache inicial, mi bebé fue un bebé lactante. Lactante a demanda y hasta los 8 meses, cuando él solo decidió que la teta ya la tenía muy vista. De nuevo, hubo quien se aventuró a decir que, como estaba todo el día colgado a la teta, es que tenía hambre y que yo debería darle un biberón para que se hartase más y no comiera tanta teta. A estas alturas, yo, trimadre, tenía dos cosas claras: una era que cada nuevo hijo te convierte en madre primeriza, pues cien hijos tendrás y ninguno será igual. La otra cosa que tenía clara era, tras el fracaso con el Mediano, que iba a mantener la lactancia materna de la manera, tiempo y forma que mi bebé y yo quisiéramos (más él que yo, he de reconocer). Hacer oídos sordos era mi lema de cabecera.

Dicho todo esto y teniendo en cuenta de que la lactancia de mis tres hijos ha sido totalmente distinta en los tres casos, desde mi punto de vista, estos son sus contras y pros.

CONTRAS:

  1. Es cuando el bebé quiera. Da igual si son las tres de la tarde o las cuatro de la mañana, el bebé quiere comer y tienes que sacar la teta. Tampoco importa si estás tranquila en casa, si hay visitas agotadoras o si tienes a uno de sus hermanos trepándote por la espalda mientras que el otro hace saltos mortales desde el sofá.

  2. Es donde el bebé quiera. Cuando tiene hambre, tiene hambre. Y no atiende a razones. Poco importa que estés en un restaurante, en mitad del supermercado o dando un paseo a 5 minutos de casa. Intenta explicarle a tu bebé que es cuestión de 10 minutos, más o menos lo que vais a tardar en llegar a casa y sacarte la teta. Suerte.

  3. Las manchas de leche. En cuanto te sube la leche, los protectores para la leche están a la orden del día. Imprescindibles si quieres mantener la poca dignidad que te queda. Ya vas hecha una piltrafa, con ojeras, despeinada, muerta de sueño y llena de manchas de las regurgitaciones. Lo que te faltaba ya eran unas llamativas y enormes manchas alrededor de tus pezones. Protectores a go-gó.

  4. El sujetador se convierte en parte de tu anatomía. De día, de noche, estés vestida para salir o en pijama. El sujetador es como tus bragas, va siempre contigo. En invierno es más llevadero, pero en verano es horroroso… Y además suelen ser feos (los bonitos cuestan una pasta que yo no me llegué a gastar). Lo que va genial para tu autoestima de madre-piltrafa.

  5. Yo no usé sacaleches (salvo con el Tercero y sólo durante una semana para salvar la lactancia), así que la única que podía darle de comer era yo. Eso significaba que si tenía que ir a algún sitio y dejaba a mis hijos con los abuelos, por ejemplo, tenía que volver rápida y veloz, dejando aquello que estuviera haciendo, para darle de comer al bebé.

  6. Todo lo que comes, lo come tu bebé. De ahí que no bebes alcohol, reduces el café o te pasas al descafeinado y evitas el café, los espárragos, las coles y las medicinas. Cruzas los dedos para no pillar una gripe de aúpa y tener que recurrir a los antibióticos.
  7. Habrá a quien no le pase, pero, en mi caso, cuando estoy dando el pecho, mis tetas son propiedad exclusiva de mi bebé. Así que este contra es más por el padre, pobre… Pues por muchas ganas que tenga, no dejo que mi bebé las comparta, pues no me siento cómoda y mi marido, afortunadamente, lo entiende. No voy a relatar aquí cómo le hicieron chiribitas los ojos al tripadre cuando le comuniqué que el Tercero, tras ocho meses, había dicho adiós a la lactancia…

PROS:

  1. La comida de tu bebé siempre está lista. La cantidad necesaria a la temperatura ideal. No tienes que preparar nada cuando sales de casa. Va siempre contigo.

  2. No tienes que lavar ni esterilizar ni secar nada. Que tiene hambre, teta fuera y ya. No hay que hacer nada más.

  3. Los beneficios inmunológicos de la lactancia están más que demostrados científicamente. Yo no soy, ni de lejos, una experta en la materia, pero no deja de resultarme curioso que el Mediano, el que menos pecho tomó de bebé, sea ahora el más propenso a enfermar y que sus constipados acaben siempre complicándose.

  4. Ese momento íntimo y de conexión entre tu bebé y tú cuando mama es fantástico. Es cierto que también existe con el biberón, pero, al menos yo, me siento más unida a mi bebé cuando se trata del pecho. Es asombroso que un ser humano, una persona, se forme en tu vientre. Y sigue siendo asombroso que, una vez que llega al mundo, tu cuerpo siga haciéndose cargo de él produciendo el alimento exacto que el bebé necesita. Quien diga que no cree en los milagros no ha tenido hijos.

Resultado final: me salen más contras que pros. Cualquiera podría decir que entonces sería mejor no darle el pecho. Pues, bajo mi punto de vista, no. ¿Por qué no? Pues porque para mí los pros tienen más importancia que los contras. He dado tanto el pecho como el biberón, así que tengo las dos experiencias para comparar. Y, si alguien me pregunta, siempre le recomendaré la lactancia materna y exigiré un total respeto y comprensión para aquellas madres que den el biberón a sus bebés.

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