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06Nov/13

… del aburrimiento (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Cuando la gente me ve con tres niños, suele decirme las mismas cosas. Lo primero es un asombro por ser tres, a lo que sigue aún más asombro cuando confirman que los tres son niños. Tras este descubrimiento, suelen hacer mención a “la niña”: que si tengo tres por buscarla (como ya dije por Twitter, parece que ir a por la niña es la única razón para tener tres hijos), que si será la cuarta (que me dan ganas de decir ¿y tú para cuándo el siguiente, que ya te toca, maja?), que si los niños son más apegados a las madres que las niñas o que me veré sola en mi vejez porque a las madres las cuidan las hijas y un largo etcétera. Vaya por donde vaya la conversación, ésta suele acaba con un “¡tú no te aburres!”.

Bueno, pues de eso, del aburrimiento, vengo a hablar hoy dentro del Diccionario de la maternidad de la A a la Z. Cuando estaba embarazada del Mayor, recuerdo haber pasado tardes enteras aburrida en casa esperando que el futuro Tripadre llegara de trabajar. Recuerdo también haber pensado que ya faltaba poco para que naciera mi bebé y, con él, seguramente ya no volvería a aburrirme jamás. Lo que yo no sabía era cuán ciertos eran mis pensamientos.

Da igual el número de hijos. No creo que haya en el mundo una madre con niños pequeños que se aburra. Cuando no es un cambio de pañal, es la hora de comer o la hora del baño. Y, si no, es la hora de jugar. Con ellos, el tiempo pasa volando. Ahora que lo pienso, yo siempre llevaba un reloj en la muñeca… hasta que nació el Mayor. Entonces me lo quité y no me lo he vuelto a poner. No me hace falta. Tenemos un reloj en el salón y otro en la cocina. No necesito ninguno más. Además, recordemos que todos los niños vienen con un reloj interno que me río yo de mi reloj biológico.

Y cuando están dormidos es cuando aprovechamos para adelantar cosas (fregar los cacharros de la comida, doblar la ropita…) o, por qué no reconocerlo, simplemente descansar y coger fuerzas para lo que vendrá después. Yo ya no me aburro. No me aburría con uno ni me da tiempo a aburrirme con tres.

CONTRAS:

  1. He dejado aparcadas varias aficiones (como leer porque es coger un libro y quedarme frita al final de la primera página) que espero retomar en un futuro no muy lejano.

  2. Los días se me pasan volando, igual que los meses. Ayer caí en la cuenta de que faltan sólo dos meses para que acabe el año. Ya hay quien está pensando en los Reyes Magos. Y yo que prácticamente acabo de guardar los bañadores…

PROS:

  1. Aunque pueda parecer que todos mis días son iguales, la verdad es que no lo son en absoluto. Que no tenga tiempo para aburrirme no tiene por qué ser algo malo. Siempre hay risas, siempre hay algo nuevo que da color a los días y, aunque tienda a ir con prisas, intento pararme a disfrutar cada momento. Como he dicho antes, el tiempo pasa muy deprisa y no quiero despertarme un día con Trastos de 15 años y darme cuenta de que no disfruté lo suficiente sus chapoteos en la bañera mientras les bañaba con prisas.

  2. Muchas veces nos amparamos en el tan manido “con los niños es que no puedo, no me da tiempo” y nos olvidamos de que ellos también son nuestro trampolín. Quizás no nos da tiempo a darnos una buena ducha y tenemos que hacerlo a todo correr, pero luego tenemos momentos con nuestros hijos que valen más que todo eso que hemos pospuesto. Hace años que no me doy un buen baño relajante, pero intento disfrutar como una niña mientras veo a mis hijos jugar en el agua y me cuentan (si es que les apetece ese día) lo que han hecho en el colegio.

No, no me aburro. Y si queréis que os diga la verdad, ni quiero. Que una cosa es tener un ratito para mí (cosa que considero muy necesario para mantener mi cordura) y otra muy distinta sería ver pasar los días sin tener nada que hacer, ningún objetivo cumplido al final del día. Os iba a preguntar si vosotras os aburrís… pero creo que ya sé la respuesta ;-).

Entrada dedicada a Pao, cuya entrada «Hielo» fue mi inspiración para escribir ésta.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
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23Oct/13

… de convertirse en una zombi

AZ de la maternidad

Venga, me he liado la manta a la cabeza y voy a estrenarme en el AZ de la maternidad con la Z de zombi. Y sí, he incluido en la misma frase las palabras “maternidad” y “zombi”. Habrá algún incrédulo por ahí que piense que esto no es posible. Bueno, veamos los hechos.

Desde el mismo momento en que me quedé embarazada, mi cuerpo empezó a cambiar. Al principio eran cambios tan leves que ni yo misma me daba cuenta. Hasta que llegó la quinta o sexta semana y mi estómago fue el primero en rebelarse. Ese malestar continuo durante todo el día (lo de las náuseas matinales para mí era un cuento chino) era signo inequívoco de lo que se me venía encima. La guinda del pastel fueron los vómitos que aparecieron pocas semanas después y que pasaron de ocasionales con mi primer embarazo a diarios con el tercero. Ese revoltijo estomacal perenne y esa manera de darle los buenos días al wáter (como le gustaba decir al Mayor) fue sólo el principio de mi mutación a zombi.

Lejos de notar el pelo más suave o brillante, lo que yo noté es que se me caía de menos a nada. Lo cual, teniendo en cuenta mi ya abultada melena, creo que no fue acertado. Y la piel, también lejos de adquirir esa luminosidad maravillosa propia del embarazo, se me llenó de granitos especialmente en la cara. Y hablando de la cara, según el embarazo se me llegó a hinchar cual pelota. Y hablando de hinchamientos, se me pusieron al final de todos los embarazos unos pies de hobbit impresionantes.

Obviamente, lo que más se me hinchó fue la tripa, que adquirió vida propia (lo siento, no he podido resistirme al juego de palabras, jeje) y dimensiones propias de una gemelar. No exagero, por el séptimo mes de embarazo, ante las desproporcionadas medidas, hubo quien me dijo que si esperaba gemelos.

Respecto a lo que no se ve, las hormonas dieron bastante juego. Aunque es cierto que estaba más sensible que de costumbre, no me dieron ataques de llanto, todo lo contrario. Yo padecía preocupantes ataques de risa, de esa que no puedes parar (parecidos a la escena de Mary Poppins). Y, por supuesto, el Tripade afirma que mis cambios de humor eran más que palpables y que debía ir con pies de plomo. Aunque yo no recuerdo nada de eso.

Llega el parto y es cuando mi cuerpo, que ya estaba a medio camino de convertirse en zombi total realiza el cambio más impresionante. Contracciones, caderas dilatadas, pujos, placenta… en fin, todas esas… ejem… ¿maravillas? cuyo resultado final es darte a conocer a tu bebé. Quien piense que todo acaba ahí se equivoca. Porque el cuerpo femenino no para de sorprenderme y, después de unos nueve meses creando una vida nueva, ésta nace y el cuerpo de la madre sigue cuidándole a través de la leche materna.

Pero la lactancia es el menos de los cambios de un cuerpo que ya está más cerca del zombi que de la mujer que antes era. En mi caso, la tripa disminuyó, pero no demasiado, adquiriendo dimensiones colganderas espeluznantes. Los pechos hinchados de leche (leche que por cierto se escapa como quiere y origina “graciosas” manchas en la ropa imposibles de evitar con la mirada) hicieron su aparición a lo grande. Porque si estás embarazada y crees que no pueden crecerte más, lo siento, pero lo harán.

Además de estos cambios físicos propios del parto, aparecieron otros debidos en exclusiva al bebé que ahora disfrutaba en tus brazos. El no dormir de corrido hizo que aparecieran “hermosas” ojeras y que perdiera la noción del tiempo, por lo que, como no sabía si era de día o de noche, pasé de peinarte. Lo que también pudo deberse a simples olvidos, como el ducharse. Aunque también pasó que, aunque me acordara de que mi piel llevaba tres días sin rozar el agua y, por muchas ganas que tuviera, lo que no tenía era tiempo.

A base de no dormir y de no saber por qué lloraba mi bebé (que ya había comido, tenía el pañal limpio y acababa de despertarse de una buena siesta), mi humor cambió y ahora sí que era una zombi total. Porque así iba por la casa, cual zombi. Me movía sin pensar. Si a eso le añadimos que salir a la calle era una tremenda aventura, no se me ocurre ninguna otra palabra para definirme en aquella época mejor que “zombi”. Además, a los pocos meses se me empezó a caer todo el pelo que había mantenido su puesto durante el embarazo. Y a los tantos meses empezó a crecerme pelo nuevo. Cómo odiaba aquel flequillo obligado que me salió y que era prácticamente indomable.

Respecto al sueño, también es curioso cómo se me acostumbró el oído a los pequeños ruidos. Estoy convencida de que yo me despertaba segundos antes de que lo hicieran mis bebés y pondría la mano en el fuego por aseguraros de que hasta podía oír cómo se le caía al Mayor el chupete.

CONTRAS:

  1. Los cambios empiezan siendo sutiles y acaban como una explosión. Llega un momento en que nos miramos en el espejo y no nos reconocemos.

  2. La ropa de embarazada y de lactancia no ayuda a cambiar esta percepción de nosotras mismas. Yo odiaba las braguitas de embarazada y los sujetadores de lactancia porque creo que no hay ropa íntima más fea.

  3. Si alguien cree que estos cambios que apreciamos nosotras mismas son muchos, siento decirle que no son nada en comparación con los cambios que vuestra gente más cercana nota en vosotras. Si no me creéis, sólo tenéis que preguntarle a cualquier padre sobre cómo cambió la madre de su hijo durante el embarazo y el post parto. Os sorprenderá cómo varía la versión siendo la del padre la que más cambios cuenta.

PROS:

  1. Aunque yo aquí lo he tratado con humor, la verdad es que es una maravilla como todos estos cambios tienen como único fin preparar el cuerpo y a la futura madre para el cuidado óptimo del bebé.

  2. Al estar tan centradas en nuestro bebé, no nos damos cuenta de cómo nos ha cambiado la cara… a peor… Menos mal porque yo alguna que me miré de soslayo en un espejo no me reconocí.

  3. A pesar de todo esto, merece la pena transformarse en zombi. Todo sea por el bebé tan maravilloso que hemos traído al mundo.

  4. Afortunadamente, nuestro cuerpo vuelve a su ser. Deja atrás el disfraz de zombi y se parece algo más a lo que fue antes del embarazo. Vale, no vuelve a ser el mismo, pero tampoco se parece a un zombi. Todo pasa.

Después de leer esto, ¿vosotras también os habéis sentido identificadas? Menos mal que la época de zombi pasa y que, mientras dura, no nos damos cuenta porque nuestra atención está en el bebé y no en nosotras. Y qué merito el bebé, que nos conoce en nuestra época de zombi y aún así nos quiere con todas sus fuerzas… cómo no va a decir después cuando es un poco más mayor que somos la mejor y más guapa mamá del mundo, si después de quitarnos disfraz de zombi sólo podemos ir a mejor ;-).

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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21Oct/13

… de ofrecer chuches a niños ajenos

Chuches

Hace unos meses, estando en la piscina con mis hijos, pasó una cosa que me gustaría comentaros porque me interesa saber si también os sucede a vosotros y cuál es vuestra reacción ante ello.

Os pongo en antecedentes: un vecino de mis padres sacó patatas fritas y se puso a compartirlas con el resto de gente (hijos incluidos) que había allí. Obviamente, ya se conocían de antes y había una relación de compadreo entre todos. Nosotros aún no conocemos a muchas de las personas que estaban por allí.

Este vecino se acercó a nosotros y nos ofreció a mis hijos y a mí las patatas. Apenas nos conocemos, aunque nos saludamos si nos cruzamos por la calle. Así que imagino que fue pura cortesía. Yo habría hecho lo mismo. Le rechacé las patatas educadamente. Él insistió. Yo le volví a rechazar las patatas educadamente y con algunos argumentos (luego no cenan, acaban de merendar…). Él volvió a insistir y al final, ante la mirada de mis hijos, no pude sino consentir. Bueno, por la mirada y porque el vecino ya le estaba acercando la bolsa al alcance de mis Trastos.

Esto también lo he vivido en la guarde. Madres que llevan chuches para dárselas a sus hijos a la salida. Y de poco o nada sirve que yo me niegue. Quizás un día lo consiga, pero al tercero ya le están dando las golosinas a mi hijo (“si no para ahora, para después” me han llegado a decir). Por cierto, así fue como el Mayor probó las chuches por primera vez con dos años.

Yo entiendo que ofrezcan. Es de buena educación. Pero también es correcto que yo me niegue. Paso por que insistan una vez más después de mi rechazo. Yo también lo suelo hacer. Pero no veo necesidad de insistir tres veces o más.

CONTRAS:

  1. Me parece respetable que las madres o padres les den caramelos a la salida de la guarde o del cole a los niños. Pero si yo me niego un día o dos, tampoco veo necesidad de insistir un tercer día o más.

  2. Esto, que parece peccata minuta, para mí en realidad es meterse en la forma de educar de otros padres.

  3. Incluso habiendo confianza, a mí no se me ocurriría insistir. Es lo que hago con mis sobrinos. Si les doy algo a mis hijos que mis sobrinos quieren, primero pregunto a mi cuñada. Si ella asiente, yo se lo doy. Y si dice que no, no insisto.

PROS:

  1. Quizás sea duro para mi hijo ver cómo los demás comen golosinas y él no. Pero también es bueno que aprenda que no siempre hay que hacer lo que otros hacen, sino lo que digan sus padres.

  2. Creo que es bueno para los hijos ver a sus padres no ceder. Así creo que aprenden a reafirmarse en sus propias convicciones. Pero claro, para que esto surja efecto, no vale ponerles la chuche en la mano porque los niños son niños y siempre van a tender a cogerlo.

No sé si estoy exagerando. ¿Os ha pasado esto alguna vez? ¿Os parece adecuado o molesto? ¿Cuál fue vuestra reacción? Ayudadme a ver si ando muy errada en mis apreciaciones. Quizás le estoy dando demasiada importancia.

09Oct/13

… de mi marido (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Habrá quien se embarque en esto de la maternidad en solitario (que no en soledad). También habrá quien llegue a la maternidad con compañero pero sin papeles de por medio. Y aunque todas estas situaciones son respetables, ninguna de ellas es la mía. Y de eso es de lo que voy a hablaros hoy.

Lo del Tripadre y yo no fue amor a primera vista. No hubo flechazo inmediato como en las películas. Él era amigo del amigo de una amiga. Nos conocimos creo que en primavera. Y ya. Tendríamos unos 15 años. Salíamos en padilla (no sé si se seguirá diciendo así, supongo que no…) y nos veíamos los fines de semana. Luego el grupo de amigos se separó. Él siguió con su vida y yo con la mía. En la veintena, algunos del viejo grupo volvimos a juntarnos. Y el (aún no) Tripadre y yo volvimos a vernos. Como los demás estaban emparejados, empezamos a salir él y yo solos y a vernos más, pero siempre como amigos. Íbamos al teatro, al cine, a tomar a un café…

Llegó la Nochevieja de 2001. Y allí una confesión por su parte entre copas y Estopa me hizo contemplar una posibilidad que yo me negaba a ver. Me dijo que yo le gustaba, pero que entendía que éramos sólo amigos. Y se fue al baño. Y ahí me quedé plantada intentando asimilar lo que acababa de soltarme.

Sólo puedo decir que antes de que acabase enero ya éramos pareja. Y ahora sí, nuestro primer beso fue como en las películas, con mariposas en el estómago. Dos años más tarde, se presentó con un anillo y me dijo que quería pasar el resto de su vida conmigo. Os podéis imaginar que le dije que sí. Nos casábamos una año y medio más tarde. Y esta semana celebramos nuestro aniversario de boda.

Ocho años después y tres niños más en el mundo, he de reconocer que ya no le quiero igual que antes. Reconozco que le amo más que entonces. Que nuestras confidencias son muy nuestras y que nuestro proyecto de vida juntos es más fuerte que nunca.

Hoy le dedico esta entrada porque gracias a él soy madre. Él me ha dado felicidad, estabilidad, comprensión, apoyo, risas, besos, abrazos y, sobre todo, tres hijos maravillosos. No puedo estarle más agradecida.

CONTRAS:

  1. Tuvimos que superar obstáculos. Pero los rebasamos con creces. Hoy estamos más unidos que nunca.
  2. No siempre estamos de acuerdo en todo, pero siempre sabemos encontrar ese punto intermedio que nos beneficia a toda la familia.

PROS:

  1. Mi marido, el Tripadre, es el mejor padre que podrían tener mis hijos.
  2. También es el mejor compañero de viaje que podría acompañarme en el camino de la vida.
  3. No nos aguantamos, nos comprendemos y apoyamos a partes iguales. Y además, nos queremos un montón.

Gracias, mi amor, por estos ocho años de feliz matrimonio y por unos once años compartiendo secretos. Te quiero .

Boda

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02Oct/13

… del vaso antigoteo

Vaso antigoteo

Un vaso anti… ¿qué? Goteo. Antigoteo. Vamos, un vaso que puedes poner boca abajo y que no derrama ni gota. Para mí, es otro de los imprescindibles cuando los niños dejan el biberón para tomar agua. Quizás el nombre no os suene, pero si lo veis, seguro que lo reconocéis.

Se supone que es un utensilio de transición entre el biberón y un vaso normal. Algunos traen hasta asas para que al bebé-ya-no-tan-bebé le resulte más fácil y cómodo cogerlo y llevárselo a la boca. Se supone también que, una vez que aprenden a beber en vaso normal, ya no les hace falta. Y se guarda en un cajón.

Bueno, pues ¿qué me diríais si os dijera que mis tres Trastos, a día de hoy, siguen usando el vaso antigoteo? Probablemente, lo primero que pensaríais es que aún no han aprendido a beber en vasos normales. Y, en este caso, os equivocaríais. Los Trastos mayores beben perfectamente en vasos “de mayores”, sin mancharse ni derramar líquidos. Obviamente, el Peque aún es chico y no sabe usar vasos normales (aunque lo intenta cada día en la bañera ;-)) y usa el vaso antigoteo como sus hermanos los otros vasos.

Mis Trastos mayores usan el vaso antigoteo para dormir. ¿Para dormir… como si fuera un chupete? No, erráis de nuevo. Todo empezó una noche en la que el Mayor aún era nuestro único descendiente, aunque en mi tripa ya se hallaba el segundo. Me llamó y pidió agua. Se la di. Bebió. Y ambos nos volvimos a dormir. A la noche siguiente, mismo ritual. La tercera noche, más de lo mismo. Un pensamiento fugaz cruzó mi mente mientras me encontraba de pie, al lado de su cuna, esperando a que terminara de beber para coger el vaso. Me vi a mí misma noche sí y noche también allí plantada a la voz de “¡mamá, agua!” o cualquiera de sus variantes.

Decidí probar una cosa. Le dejé el vaso en una esquinita de la cuna, no se fuera a dar un golpe al darse la vuelta. Le dije que si tenía sed sólo tenía que alargar el brazo hasta dar con el vaso, beber y volverse a dormir. Y, adivinad qué paso… pues que mi idea tuvo éxito. Sí, es más, es una de mis ideas “maternales” de las que más orgullosa me siento.

Se acabaron los llamamientos a media noche en pos de un poco agua para calmar la sed. Lo que estando embarazada agradecí infinito. Al poco tiempo, el Mayor empezó a intentar trepar por la cuna y, ante el miedo de que tuviera éxito en su empeño, el Tripadre y yo fuimos raudos y veloces a comprar una cama. Y volvimos con una litera. Lo que significaba que las mesillas de noche estaban descartadas. Yo pensé en una baldita que hiciera las veces de ésta para poner, por ejemplo, el vaso normal de agua. Pero pronto nos dimos cuenta de que no hacía falta. Nuestro hijo se había acostumbrado a dormir con su vaso antigoteo a mano. Y como la litera va pegada a la pared, pronto el sitio entre ésta y el colchón se convirtió en el lugar idóneo para colocar su vaso. Como podéis imaginar, ante esta perspectiva, hicimos lo propio con el Mediano obteniendo idénticos resultados.

CONTRAS:

  1. Hay que limpiar bien la válvula que evita que el agua se escape cuando el vaso no está de pie.

  2. No os mentiré. Existe el riesgo de que se den un coscorrón con el vaso en plena noche al darse una vuelta en la cama. Pero por eso es importante buscarle un sitio al vaso y que los niños se acostumbren a dejarlo siempre ahí. Os aseguro que cuento con los dedos de una mano los golpes que se han dado a causa del vaso. Es más, os diré que los que se han dado con el cabecero de la cama los superan con creces.

  3. Si duermen fuera de casa, hay que acordarse de echarlo en la maleta. Porque se acostumbran a él, ¡vaya que si se acostumbran!

  4. Hay que asegurarse de cerrarlo bien porque, si no, el agua se saldrá y mojará la cama.

PROS:

  1. Podréis decirme que lo mismo valdría una botella. Pues no. La botella hay que abrirla y cerrarla bien para que no salga el agua. Con el vaso antigoteo, este problema no existe.

  2. No se despiertan para beber. Sucede lo mismo que con un bebé lactante que busca la teta y come sin abrir los ojos.

  3. Su uso prolongado no retarda para nada el saber usar los vasos normales. Cuando los niños empiezan a beber en vasos de mayores, el vaso antigoteo se relega a la cama. Y los niños continúan su aprendizaje normal. Yo lo he comprobado con el Mayor y el Mediano. Y pienso comprobarlo también con el Peque.

  4. Hay distintos modelos con distintos tamaños, formas, colores, dibujos, con asas, sin asas… sólo tenéis que eligir el que mejor le vaya al niño.

A menos que se beban el vaso entero, no llaman por la noche a causa de la sed. Beben casi sin darse cuenta. Y lo vuelven a dejar en su sitio. Salvo enfermedades, pesadillas o vaciado del vaso, mis hijos duermen toda la noche del tirón. Que por el día no pararán quietos, pero al menos nos dan una tregua por la noche :-).

25Sep/13

… de los pañales (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Vuelvo a retomar malas costumbres. O lo que es lo mismo, a repetir letra. Hoy repito con la P de pañales. Porque si hay algo que trae la maternidad son cantidades ingentes de pañales. Da igual si son de tela o de un solo uso. Los primeros años de la maternidad están llenos de pañales… y de lo que están llenos los pañales.

No es un camino de rosas. Ojalá. Éstas al menos huelen bien, aunque pinchen. Cambiar un pañal no es tarea fácil… al principio. Recuerdo un día, a pocas semanas de nacer el Mayor, estando el Tripadre y yo solos, rodeados de las cositas para el bebé, sosteniendo un pañal tamaño recién nacido en la mano. Yo lo miraba absorta. Lo abrí, lo cerré, lo miré por delante, lo miré por detrás… y al final le pregunté al padre del bombo si él creía que sería fácil ponerlo y que si lo haríamos bien. Dudas de embarazada. Me contestó que sí, que al tercero lo haríamos perfecto. Lo que ahora no tengo claro es si en aquel momento se estaba refiriendo al tercer pañal o al tercer niño…

Si tú que estás leyendo esto, eres la madre. Felicidades. El primer pañal no es cosa tuya. Es más, intenta por todos tus medios que no sea cosa tuya. Si estás perfecta porque has tenido el parto soñado, no lo digas, cállatelo hasta después del primer cambio de pañal. Y si eres el futuro padre, no has leído nada… yo no he dicho eso… es todo producto de tu imaginación… y felicidades, vas a tener el (dudoso) honor de cambiar por primera vez los pañales a tu querido bebé…

Y es que hay una cosa que se llama meconio que ni es caca ni es nada. Eso es una sustancia entre verde y negra, súper asquerosa y súper pegajosa. Algo que cuesta mucho limpiar y que os prepara, queridos recién estrenados papás, para lo que viene después. Bueno… o eso me han contado porque aquí servidora no ha visto el meconio ni de lejos. Pero preguntadle al Tripadre…

Después de esta clase acelerada para prepararos los estómagos a lo que vendrá después, todos los padres y madres empezamos a cambiar pañales, con más o menos éxito, a un ritmo exagerado. Los primeros meses todo es dormir, comer y cambios de pañal. Y cruza los dedos para que no haya escapes, que a esa edad pises y cacas tienen parecida consistencia y las manchas en la ropa están a la orden del día.

Luego la cosa mejora, toma otra consistencia. Y cuando crees que ya está todo controlado, oh, sorpresa, el bebé que antes se estaba quietecito decide que ya es hora de poner a prueba tus habilidades maternales y empieza a moverse. Elevación de piernas, giro de torso, pataditas… más monos… Vamos, que ni tú en tus mejores años haciendo fitness… Y tú ahí, sudando la gota gorda para poder limpiarle sin mancharle más y abrocharle el pañal en el menor tiempo posible.

Con el tiempo, las cacas se tornan más espesas y más controlables. Al que no puedes controlar es a tu bebé, que ahora mueve las manos y todo su afán es tocarse justo ahí cuando más caca hay. Es la fase que yo he llamado me faltan manos o me sobra niño. El Peque está justo en esa etapa. Así que ahora, además de limpiarle el culo, también me toca limpiar manos y hasta pies. También es posible que todo esto vaya acompañado por intentos constantes de ponerse de pie. Felicidades, acabas de alcanzar el siguiente nivel: poner un pañal en vertical.

Para no asustaros, os diré que luego la cosa mejora. Las cacas tienden a quedarse en su sitio, pero hay que darse mucha prisa en cambiar el pañal porque un culetazo mal dado hará que se desparrame por fuera del pañal. A parte de esto, el bebé-ya-no-tan-bebé empieza a entender que ha de estarse quieto. Otra cosa es que le dé la gana hacerlo.

Y así, poco a poco, llegan a la edad en la que el pañal diurno desaparece. Pero os queda el nocturno. Éste parece fácil. Con el Mediano yo me confié aquí y más de un día me lo encontré después de la siesta hurgándose en el pañal porque se había hecho caca y aquello le molestaba en el culete. La imagen de las sábanas, manos y niño cubierto de caca aún me atormenta por las noches. Afortunadamente, sólo fueron un par de veces y aquella fase también pasó.

Luego están los escapes inoportunos, pero como ya le dediqué otra entrada, no me repito aquí hoy. En fin, y así es como os convertís en padres expertos en cambios de pañal. Felicidades, aquí tiene usted su diploma su niño para que le cambie el pañal, que ya huele 😉

CONTRAS:

  1. Insisto en lo del meconio, futuras madres. Si hace falta, desmayaos, llorad o alegad locura transitoria. No cambiéis el primer pañal. Y si lo hacéis (valientes), recordad que yo os avisé.

  2. Cuando el bebé empiece a moverse, vais a tener que echar mano de todo tipo de argucias para manternerle en su sitio: canciones, juegos, juguetes… Esto ayuda a desarrollar la imaginación que no veas.

  3. Mis hijos se ríen cuando lo digo, pero “un culete limpio es un culete feliz”. Bromas a parte, no dejéis pasar mucho tiempo entre las cacas y el cambio de pañal, que luego el culete se irrita y es mucho peor.

  4. Si por alguna razón alguien se ofrece a cambiar el pañal a vuestro hijo, dejadle. Por muchos pañales que cambien, vosotros siempre cambiaréis más.

PROS:

  1. Aunque os pueda poner de los nervios, es increíble ver las destrezas que van adquiriendo vuestro bebé con el paso de los meses. Tomáoslo así y no desesperéis si tardáis en cambiar un simple pañal un cuarto de hora.

  2. Haced del cambio de pañal un momento divertido. Vale que huele fatal, pero eso no es impedimento para echarse unas risas. Y ya sabéis que ♫♪con un poco de azúcar esa píldora que os dan, pasará mejor…♫♪

  3. Siempre podéis hacer fotos del momento, guardarlas y sacarlas cuando sean mayores y vengan con el novio o novia de turno a casa. La venganza es un plato que se sirve frío, frío… muajajajajaja… 😉

Puede que mis neuronas anden un poco remolonas por tanto cambio de pañal y se me haya olvidado alguna fase o algún contra o pro. No te cortes y dímelo en los comentarios.

Y para terminar, os recuerdo que el blog está de sorteo y estos gatitos pueden ser vuestros 😉

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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18Sep/13

… del inglés (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Para variar, hoy me estreno con la letra I, de inglés. ¿Inglés has dicho? Sí, he dicho inglés. ¿Que qué tiene que ver eso con la maternidad? Pues nada… o mucho. Según se mire 😉

Veréis, cuando nacen nuestros hijos, los primeros meses son un auténtico caos. Una mezcla entre pañales sucios, lavadoras a porrón, mucho sueño y cantidades abrumadoras de amor. Luego empiezan a crecer y empezamos con los “noes”, los suyos (¿quieres jugar a la pelota? No. ¿Quieres una galleta? No) y los nuestros (no te subas en el sofá, no digas palabrotas, no grites). Ahí empieza la educación de ellos como hijos y la nuestra como padres.

Pero hay otra educación, la académica. Quizás con dos años sea demasiado pronto para pensar en su futuro laboral, pero ya empezamos a pensar en los colegios. Buscamos y rebuscamos uno que se adapte a la educación que tenemos en casa, que respete ciertas cosas, que comparta la mayoría de nuestros valores. Y llegamos a la reunión de principio de curso y nos sueltan aquello de que el inglés es importante (y nos lo ejemplifican con varias muestras bochornosas de nuestra soltura internacional con el idioma). Es más, nos aseguran que la edad ideal para empezar con el idioma extranjero abarca desde los cero años hasta los tres. En ese momento, es cuando visualizamos a nuestros hijos siendo rechazados en futuras entrevistas de trabajo por no hablar el inglés correctamente o con soltura. Sudores fríos recorren nuestra espalda.

Y ahí, justo en ese momento, la educación académica de tu hijo se convierte en otro tema de debate en casa. ¿Dónde hará los deberes? ¿Deberíamos apuntarle a clases de inglés? Si yo sé algo en inglés, ¿debería hablarle en ese idioma? ¿Cuándo aprenden a leer? ¿Tengo que ir pidiendo ya la matrícula para la universidad? Y puedo seguir así hasta el infinito y más allá.

Estoy convencida de que la mayoría de quienes me estáis leyendo os sentasteis a hablar con vuestras parejas sobre cómo ibais a educar a vuestros retoños: no pegarles, no gritar, dormir o no todos juntos… Pero ¿cuántos habéis tenido la conversación sobre la educación académica? He de reconocer que nosotros no la tuvimos hasta que el Mayor empezó el colegio y aún nos dura. Y es un tema para darle de comer a parte.

CONTRAS:

  1. Cuando parece que ya más o menos tienes todos los aspectos de la vida de tu hijo y de la tuya controlados, aparece el colegio con sus asignaturas, fichas y deberes. Tu mundo se vuelve a poner de nuevo patas arribas.

  2. Tras el chino, los idiomas más hablados en el mundo son el inglés y el español. Bueno, uno de ellos lo tenemos dominado. Vamos a por el otro, pues es obvio que el inglés es el idioma que mueve el mundo.

  3. Nunca es tarde para aprender un idioma nuevo. Yo tuve mis primeros escarceos con el francés a los veinte años y mi padre con el inglés a los cincuenta. No os dejéis asustar si os aseguran que vuestro hijo tenía que haber empezado a tocar el inglés antes de ir al colegio.

PROS:

  1. Es cierto que los docentes se ponen muy pesados con esto del inglés. Por mi parte, agradezco el toque de atención.

  2. Aquello de que la letra con sangre entra está obsoleto para mí. Es mucho más eficaz aprender divirtiéndose. Así es como mis hijos han aprendido tanto sobre dinosaurios. ¿Por qué no iba a funcionar igual con el inglés o cualquier otra asignatura? Siguiendo ese camino, nosotros tendemos a ponerles películas en inglés casi todas las semanas. Para ayudarles a aguantar, hacemos un gran cuenco de palomitas. Y a comer. No os engañaré, no aguantan toda la película sentados, pero algo es algo. Su padre y yo nos ponemos con ellos y les llamamos la atención sobre determinadas expresiones (hola, gracias, de nada, buenos días, buen trabajo, los colores, animales…). También funciona con dibujos animados o canciones infantiles en inglés. Y qué decir de las aplicaciones para móviles que hay hoy en día para que empiecen a identificar letras y números.

  3. Si durante el embarazo os sentasteis a hablar sobre el tipo de educación que le ibais a dar a vuestro hijo, qué valores le ibais a inculcar, qué líneas ibais a seguir para lograrlo; entonces creo que no está de más que volváis a tener una conversación sobre qué tipo de educación académica os gustaría para vuestro hijo. Parece una tontería, pero no lo es. Sin daros casi cuenta, el colegio y sus deberes y trabajos va a ocupar gran parte del tiempo de vuestro hijo y, quizás, del vuestro también.

He cogido el inglés como hilo conductor de esta entrada. Si no os gusta, cambiarlo por otra asignatura: lectoescritura, matemáticas, etc. Lo que quería plasmar (espero haberlo logrado) es que la educación académica es parte importante de la pa/maternidad. No debemos dejar esta labor sólo en manos de los profesores, es importante involucrarse en casa tanto como podamos. Nosotros también podemos sentar las bases, junto con el colegio, para que nuestros hijos tengan más herramientas para poder desarrollar en casa lo aprendido en las clases.

Gracias, Faly, por tu idea cuando me faltaba la inspiración.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
Si estás interesada en participar, tienes toda la información a tu disposición aquí.
05Sep/13

… del sentimiento de Comunidad (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Escribo esta entrada en agosto aún a sabiendas que no verá la luz hasta septiembre. Quizá para entonces la historia se haya olvidado. O quizá haya sentado precedentes. Ojalá.

Por si acaso, pongo en antecedentes: una tienda de ropa invitó a una madre a que saliera de sus instalaciones para darle el pecho a su hijo. Podría decirse que esa es la noticia objetiva o, al menos, neutral. Mucho se ha tecleado sobre el asunto. Pero, por si eres ese alguien que se fue de vacaciones, desconectó y volvió cuando las aguas reanudaron su cauce habitual; te recomiendo que leas lo que al respecto escribieron ¡Mamá qué sabe!, La nave del bebé y La Madre Tigre (aquí y aquí).

Yo he sido madre lactante y también he dado el biberón. Nunca me han echado de ningún sitio por hacer ninguna de las dos cosas. Tampoco por dar potitos o purés a mis hijos. Ahora bien, no sé si he despertado miradas de asco o de felicidad porque, en aquellos momentos, toda mi atención era para mis hijos. También confieso que, antes de ser madre, no me daba asco ni repugnancia ver a una mujer amamantar a su bebé. Lo veía como algo natural. Después de ser madre, ya ni os cuento.

Como ya he dicho en su momento, la lactancia materna me parece la mejor opción para alimentar a un bebé. Sin embargo, entiendo que haya casos en los que se opte por la lactancia artificial. A mí me pasó. Así que respeto cualquiera de las dos opciones mientras el niño esté bien alimentado y tanto él como su madre sean felices haciendo lo que hacen. Y creo que así debería ser. Palabras clave: respeto y tolerancia. Lo importante, para mí, es el bebé. Su derecho a calmar su hambre o su sed debería, bajo mi punto de vista, estar por encima de todo lo demás. Porque, frente a esto, todo lo demás son pamplinas.

Bien, pues ésta es la historia. Pero esta entrada no va de eso. Esta entrada va de que una madre se sintió ofendida y lo denunció públicamente a través de las redes sociales. Y entonces apareció la máxima según la cual “si te metes con una madre, te metes con todas”. Yo no me quedo sólo con la defensa de dar de comer a mi hijo cuando y donde se requiera. Yo también me quedo con que todas las madres (y padres por extensión) formamos parte de una Comunidad (así, con mayúsculas). No estamos solas. No sé a vosotras, pero yo me siento arropada. Sé que si alguien se mete conmigo o con mis hijos y hay otra madre presente, ésta saldrá a la palestra a prestarme su apoyo cuando menos. Y yo creo que, independientemente de si se está a favor de un tipo de lactancia u otra, deberíamos quedarnos con este sentimiento de comunidad maternal.

CONTRAS:

  1. Soy consciente de que muchas veces las personas más críticas con una madre son otras madres. Pero creo que hay que saber levantar la mirada y ver más allá. Es decir, todas vamos en el mismo barco. Podemos defender unas posturas u otras, el diálogo es necesario. Pero sin ofender a nadie, sin juzgar, respetando a la persona que tenemos enfrente.

  2. Siempre habrá quien ponga en tela de juicio nuestra forma de hacer las cosas, nuestra forma de educar o alimentar a nuestros hijos. Pero esto pasa en todas las facetas de la vida. Hay que aprender a no escuchar las críticas que, lejos de ayudarnos, nos obstaculizan el camino que hemos elegido.

PROS:

  1. El sentimiento de comunidad es algo maravilloso. Es como cuando llegas a un sitio y te sientes fuera de lugar. Haces un esfuerzo y entablas conversación con alguien. Entonces, os dais cuenta de que fuisteis al mismo instituto, la misma universidad, vivisteis en el mismo pueblo… y, aunque no os conocíais de antes, en ese momento sientes que hay algo especial que os une.

  2. Esta comunidad maternal no hace que las injusticias acaben. Sin embargo, sientes que hay alguien detrás que puede acudir en tu ayuda si la pides. Suena genial, ¿verdad?

  3. Para muestra un botón. Primero está la historia con la que empecé esta entrada. Luego está la entrada en sí, que escribo participando en un Carnaval de blogs puesto en marcha por Trimadre a los 30. Para que veáis que esta comunidad reacciona tanto para las cosas buenas como las malas.

Ahora os toca a vosotras. Contadme, ¿también tenéis esta sensación de pertenecer a una comunidad maternal?

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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09Ago/13

… de que mis hijos aprendan por ciencia infusa

Tengo tres hijos que valen un tesoro. Es más, ellos mismos son un tesoro. De su padre y mío… nuestro tessssorooo… Como dice María Isabel, son niños buenos (nobles, sin maldad), lo que no significa que se porten bien a cada instante del día. Pero ahí estamos el Tripadre y yo para educarles, decirles lo que está bien y lo que no lo está tanto, enseñarles lo que se debe hacer y lo que no se debe.

Es un arduo trabajo. Cualquiera que tenga hijos lo sabe (y quien no los tenga, supongo que se lo imagina). Y, como dice el Tripadre, aunque él pone su granito de arena, la verdad es que, al pasar mucho más tiempo conmigo que con cualquier otra persona, el mérito de sus logros (así como la culpa de sus fracasos) me lo suelo llevar yo… ¿o no…?

Desde que nació el Mayor llevo oyendo cosas como que el niño es buenísimo por comer bien o dormir una siesta de 3 horas o no llorar tras una mañana entera en el carro. Éstas son cosas en las que yo ni pincho ni corto. Porque por mucho que yo me empeñe, él no va a dormir más horas de siesta de las que le pida su cuerpo, por poner un ejemplo. Con el Mediano se repitió la historia. Y, por supuesto, con el Peque también.

Sin embargo, hay otras cosas en las que el Tripadre y yo nos hemos esforzado mucho para que aprendan y se comporten. Por ejemplo, si dicen palabrotas y les regañamos o castigamos y entonces empiezan a decirlas menos, creo que está claro que el Tripadre y yo algo tenemos que ver.

Otro caso. Me he pasado lo que llevamos de verano diciéndoles, antes de ir a la piscina, que nos vamos a casa cuando yo diga porque si no, al día siguiente no volvemos. ¿Y qué pasa? Pues que he conseguido que no pongan pegas cuando les digo que ha llegado la hora de marcharnos de la piscina.

Como esto que aquí os cuento, tengo más ejemplos guardados en la manga. Pero creo que con estos he conseguido que entendáis lo que quiero decir. Quizás me equivoque, pero me parece que está clara la labor del Tripadre y mía. Obviamente, el carácter de mis hijos influye. Eso no lo pongo en duda. Si fueran niños más peleones, a quienes les diera igual no ir a la piscina al día siguiente o quedarse sin un chicle después de decir una palabrota, nosotros, como padres, deberíamos buscarnos las vueltas hasta dar con algo que funcione para que aprendan lo que tratamos de enseñarles.

Ya lo he dicho muchas veces, esto nos funciona a nosotros porque funciona con nuestros hijos. Los padres son quienes mejor conocen a sus hijos y, por tanto, quienes mejor saben qué método de educación les conviene utilizar en función de cómo sea su hijo.

Pero a lo que iba yo hoy. El caso es que aún hay quien pone en duda esta labor pa/materna. Me explico. ¿Que el niño se va unos días con la abuela y se sale de la piscina en cuanto ella dice “a casa”? Pues eso es porque el niño es bueno y obediente de por sí, no porque yo haya tenido algo que ver. Curioso, pues aún recuerdo los pollos que me montaba el Mayor en el parque cuando el Mediano tenía apenas un año porque no quería volverse a casa.

¿Que los niños recogen los juguetes al terminar de jugar? Eso es porque son así, tienen esa naturaleza. Que yo me pase horas repitiéndoles que hay que guardar las cosas después de jugar con ellas porque si no el próximo día que vayan a buscarlas no sabrán dónde las han puesto y, por tanto, no podrán jugar con ellas, tampoco tiene nada que ver. Es que ellos son así.

CONTRAS:

  1. Como madre, no espero que nadie me haga la ola por educar y enseñar a mis hijos. Es mi labor. Es mi trabajo. Tampoco exijo que nade me reconozca dicha labor. Es más, yo creo que se le presupone a cada padre y madre. Ahora bien, tampoco quiero que nadie desmerezca mi esfuerzo.

  2. Si se me ocurre decir que eso se lo hemos enseñado su padre o/y yo, muchas veces me encuentro con la siguiente contestación: “anda, eso es porque el niño es así, que si no, por mucho que tú le dijeras, ¿crees que él iba a recoger los juguetes/salirse el agua/dejar de decir palabrotas/etc.?”. La cara de estúpida que se me queda debe de ser todo un poema. En ese momento me doy cuenta de que, por mucho que yo diga, es una batalla perdida de antemano para mí.

PROS:

  1. Aun con todo esto que hoy os cuento, nadie me quita la satisfacción de ver a mis hijos aprender a diferenciar lo que está bien hecho de lo que no. Para mí no hay mejor recompensa que ésa.

  2. He aprendido que, muchas veces, ante tales comentarios, es mejor hacer oídos sordos porque, si no, tendría que mandar a la mierda a más de uno o morderme la lengua y no estoy por la labor de hacer ninguna de estas dos últimas cosas. Por mi salud mental.

No sé si vosotros también os habéis encontrado en situaciones así. Pero, si es el caso, me encantaría que me las contarais y cuál es vuestra reacción ante ellas. Lo mismo me dais alguna idea ;-).

28Jun/13

… de los compromisos familiares

Dicen que la familia es como una cebolla, con capas y más capas. O círculos que se van agrandando según nos vamos alejando del origen. Así, la primera familia sería, en general, los padres y los hijos. El segundo círculo, más grande, serían abuelos y tíos y así hasta llegar a la familia lejana.

En nuestra casa, el primer círculo está compuesto por cinco miembros, eso ya lo sabéis todos. El segundo círculo es más grande… de unas 10-13 personas. El tercer círculo es inmenso, gracias en su mayoría a la gran familia del Tripadre (que tiene tíos y primos e hijos de primos para aburrir).

Con todo esto, supondréis que nuestro calendario está plagado de compromisos familiares. Al principio era divertido, salíamos de casa y pasábamos el día. Con la llegada de los Trastos la cosa cambió. A mí me gusta salir de casa, desconectar y divertirme sin mirar el reloj como a la que más. Pero cuando hay un bebé por medio que tiene unas rutinas que seguir porque si no luego es peor, la cosa cambia.

Después de tres niños, he tenido que oír de todo. La frase que nunca falta es: “por un día no pasa nada”. Bueno, no pasará para ti. Mis Trastos por el día no hay quien los pare, pero por la noche duermen estupendamente, salvo dientes, fiebres y demás. Y, sobre todo siendo pequeños, si han pasado un día tranquilo. Si el día ha transcurrido con una mala siesta, con gente a la que ven de higos a brevas y acostándose más tarde lo habitual, entonces suelen despertarse de noche varias veces. Esto a los Trastos mayores ya no les pasa, pero el Peque aún está en esa edad… Todo le afecta, todo le rompe la rutina, todo lo acusa… y luego lo paga conmigo y de noche. De noche no está el resto de la familia. De noche no está quien dijo que por un día no pasaba nada. De noche sólo estoy yo (o el Tripadre, pero sobre todo yo).

Luego está el tema del horario del compromiso familiar. No me gusta ir a comer porque el Peque no duerme bien la siesta, pero aún me gusta menos ir a cenar. Hay que buscarse las vueltas para acostarle y que se duerma. Luego cogerle para meterle en el coche, con lo que suele despertarse. Y después sacarle del coche para meterle en su cuna. Otra vez que se despierta. Y ahora a ver si conseguimos que vuelva a dormirse.

Siendo tan pequeño, es lo que hay. Y esto hay quien lo entienden y quien no. Quienes tienen ya niños grandes (como mis Mayores o más), parece que no se acuerdan o les da igual. O quizás ellos en mi situación lo hicieron de otra manera. Pero esa forma, la suya, no es la mía. Y quienes no tienen niños directamente no lo entienden, lo de las rutinas les suena a chino mandarín.

Es cierto que esto no es una rutina inamovible, pero me gusta que seamos el Tripadre y yo quienes decidamos cuándo y cómo saltárnosla. Y los demás no deberían meterse. Recuerdo cuando el Mayor era un bebé que teníamos que salir todos los fines de semana: el sábado a casa de una abuela y el domingo a casa de la otra. Porque, si no, había mosqueo y sofocones.

CONTRAS:

  1. Habrá bebés que salir o no salir, dormirse tarde o pronto les dé igual. Pero no fue así en el caso del Mayor y el Mediano y, desde luego, no lo es tampoco en el caso del Peque.

  2. Esto implica que el Tripadre y yo tenemos que hacer sacrificios. Llevamos 6 años de sacrificios. Sé de lo que hablo. En verano apenas disfrutamos de las terracitas y tampoco le sacamos provecho al parque porque, cuando se empieza a estar bien y ya no hace tanto calor, hay que volverse para que cene y se acueste el Peque.

  3. La gente nos mira mal, sueltan comentarios que duelen. Con lo fácil que sería ponerse en nuestro lugar, respetar nuestras decisiones o, incluso, callarse la boca.

  4. Con el Peque, hay veces que me he quedado con él en casa mientras el Triapadre se ha ido con los Mayores al evento familiar. Aún así, hay compromisos ineludibles a los que hemos tenido que ir, nos haya venido bien o no.

  5. Muchas veces, hemos ido a estos compromisos y nos hemos vuelto antes de tiempo. Pues mal. Otras veces, directamente no hemos ido. Pues peor.

PROS:

  1. Me consuela pensar que el año que viene será distinto y que quizás disfrutemos más del día y de la noche.

  2. Con el Mayor hicimos muchas, muchísimas excepciones. Con el Mediano también pero menos. Con el Peque nos hemos plantado. Aunque sigue habiendo quien quiere que lo hagamos a su manera.

  3. Tanto sacrificio me merece la pena cuando me despierto por la mañana y veo que el Peque ha pasado una buena noche, sin sobresaltos, durmiendo plácidamente.

Sé que hay cosas que no puedo cambiar. Sé que muchas veces quienes pierden son mis hijos y, qué queréis que os diga, yo así no disfruto del rato en familia. Sé que al Peque le queda ya poco tiempo de rutinas y, a pesar de todo, he de reconocer que me da un poco de pena saber que será la última vez que haya un bebé en casa. Digo yo que ya podrían dejarnos disfrutarlo a gusto y no poner tantas pegas y cogerse tantos enfados estúpidos. Es tan fácil como dejarnos hacer las cosas a nuestra manera, sin entrometerse (vamos, lo mismo que hacemos nosotros con los demás, no meternos en sus vidas). ¿O acaso es mucho pedir?