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05Sep/13

… del sentimiento de Comunidad (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Escribo esta entrada en agosto aún a sabiendas que no verá la luz hasta septiembre. Quizá para entonces la historia se haya olvidado. O quizá haya sentado precedentes. Ojalá.

Por si acaso, pongo en antecedentes: una tienda de ropa invitó a una madre a que saliera de sus instalaciones para darle el pecho a su hijo. Podría decirse que esa es la noticia objetiva o, al menos, neutral. Mucho se ha tecleado sobre el asunto. Pero, por si eres ese alguien que se fue de vacaciones, desconectó y volvió cuando las aguas reanudaron su cauce habitual; te recomiendo que leas lo que al respecto escribieron ¡Mamá qué sabe!, La nave del bebé y La Madre Tigre (aquí y aquí).

Yo he sido madre lactante y también he dado el biberón. Nunca me han echado de ningún sitio por hacer ninguna de las dos cosas. Tampoco por dar potitos o purés a mis hijos. Ahora bien, no sé si he despertado miradas de asco o de felicidad porque, en aquellos momentos, toda mi atención era para mis hijos. También confieso que, antes de ser madre, no me daba asco ni repugnancia ver a una mujer amamantar a su bebé. Lo veía como algo natural. Después de ser madre, ya ni os cuento.

Como ya he dicho en su momento, la lactancia materna me parece la mejor opción para alimentar a un bebé. Sin embargo, entiendo que haya casos en los que se opte por la lactancia artificial. A mí me pasó. Así que respeto cualquiera de las dos opciones mientras el niño esté bien alimentado y tanto él como su madre sean felices haciendo lo que hacen. Y creo que así debería ser. Palabras clave: respeto y tolerancia. Lo importante, para mí, es el bebé. Su derecho a calmar su hambre o su sed debería, bajo mi punto de vista, estar por encima de todo lo demás. Porque, frente a esto, todo lo demás son pamplinas.

Bien, pues ésta es la historia. Pero esta entrada no va de eso. Esta entrada va de que una madre se sintió ofendida y lo denunció públicamente a través de las redes sociales. Y entonces apareció la máxima según la cual “si te metes con una madre, te metes con todas”. Yo no me quedo sólo con la defensa de dar de comer a mi hijo cuando y donde se requiera. Yo también me quedo con que todas las madres (y padres por extensión) formamos parte de una Comunidad (así, con mayúsculas). No estamos solas. No sé a vosotras, pero yo me siento arropada. Sé que si alguien se mete conmigo o con mis hijos y hay otra madre presente, ésta saldrá a la palestra a prestarme su apoyo cuando menos. Y yo creo que, independientemente de si se está a favor de un tipo de lactancia u otra, deberíamos quedarnos con este sentimiento de comunidad maternal.

CONTRAS:

  1. Soy consciente de que muchas veces las personas más críticas con una madre son otras madres. Pero creo que hay que saber levantar la mirada y ver más allá. Es decir, todas vamos en el mismo barco. Podemos defender unas posturas u otras, el diálogo es necesario. Pero sin ofender a nadie, sin juzgar, respetando a la persona que tenemos enfrente.

  2. Siempre habrá quien ponga en tela de juicio nuestra forma de hacer las cosas, nuestra forma de educar o alimentar a nuestros hijos. Pero esto pasa en todas las facetas de la vida. Hay que aprender a no escuchar las críticas que, lejos de ayudarnos, nos obstaculizan el camino que hemos elegido.

PROS:

  1. El sentimiento de comunidad es algo maravilloso. Es como cuando llegas a un sitio y te sientes fuera de lugar. Haces un esfuerzo y entablas conversación con alguien. Entonces, os dais cuenta de que fuisteis al mismo instituto, la misma universidad, vivisteis en el mismo pueblo… y, aunque no os conocíais de antes, en ese momento sientes que hay algo especial que os une.

  2. Esta comunidad maternal no hace que las injusticias acaben. Sin embargo, sientes que hay alguien detrás que puede acudir en tu ayuda si la pides. Suena genial, ¿verdad?

  3. Para muestra un botón. Primero está la historia con la que empecé esta entrada. Luego está la entrada en sí, que escribo participando en un Carnaval de blogs puesto en marcha por Trimadre a los 30. Para que veáis que esta comunidad reacciona tanto para las cosas buenas como las malas.

Ahora os toca a vosotras. Contadme, ¿también tenéis esta sensación de pertenecer a una comunidad maternal?

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
Si estás interesada en participar, tienes toda la información a tu disposición aquí.

09Ago/13

… de que mis hijos aprendan por ciencia infusa

Tengo tres hijos que valen un tesoro. Es más, ellos mismos son un tesoro. De su padre y mío… nuestro tessssorooo… Como dice María Isabel, son niños buenos (nobles, sin maldad), lo que no significa que se porten bien a cada instante del día. Pero ahí estamos el Tripadre y yo para educarles, decirles lo que está bien y lo que no lo está tanto, enseñarles lo que se debe hacer y lo que no se debe.

Es un arduo trabajo. Cualquiera que tenga hijos lo sabe (y quien no los tenga, supongo que se lo imagina). Y, como dice el Tripadre, aunque él pone su granito de arena, la verdad es que, al pasar mucho más tiempo conmigo que con cualquier otra persona, el mérito de sus logros (así como la culpa de sus fracasos) me lo suelo llevar yo… ¿o no…?

Desde que nació el Mayor llevo oyendo cosas como que el niño es buenísimo por comer bien o dormir una siesta de 3 horas o no llorar tras una mañana entera en el carro. Éstas son cosas en las que yo ni pincho ni corto. Porque por mucho que yo me empeñe, él no va a dormir más horas de siesta de las que le pida su cuerpo, por poner un ejemplo. Con el Mediano se repitió la historia. Y, por supuesto, con el Peque también.

Sin embargo, hay otras cosas en las que el Tripadre y yo nos hemos esforzado mucho para que aprendan y se comporten. Por ejemplo, si dicen palabrotas y les regañamos o castigamos y entonces empiezan a decirlas menos, creo que está claro que el Tripadre y yo algo tenemos que ver.

Otro caso. Me he pasado lo que llevamos de verano diciéndoles, antes de ir a la piscina, que nos vamos a casa cuando yo diga porque si no, al día siguiente no volvemos. ¿Y qué pasa? Pues que he conseguido que no pongan pegas cuando les digo que ha llegado la hora de marcharnos de la piscina.

Como esto que aquí os cuento, tengo más ejemplos guardados en la manga. Pero creo que con estos he conseguido que entendáis lo que quiero decir. Quizás me equivoque, pero me parece que está clara la labor del Tripadre y mía. Obviamente, el carácter de mis hijos influye. Eso no lo pongo en duda. Si fueran niños más peleones, a quienes les diera igual no ir a la piscina al día siguiente o quedarse sin un chicle después de decir una palabrota, nosotros, como padres, deberíamos buscarnos las vueltas hasta dar con algo que funcione para que aprendan lo que tratamos de enseñarles.

Ya lo he dicho muchas veces, esto nos funciona a nosotros porque funciona con nuestros hijos. Los padres son quienes mejor conocen a sus hijos y, por tanto, quienes mejor saben qué método de educación les conviene utilizar en función de cómo sea su hijo.

Pero a lo que iba yo hoy. El caso es que aún hay quien pone en duda esta labor pa/materna. Me explico. ¿Que el niño se va unos días con la abuela y se sale de la piscina en cuanto ella dice “a casa”? Pues eso es porque el niño es bueno y obediente de por sí, no porque yo haya tenido algo que ver. Curioso, pues aún recuerdo los pollos que me montaba el Mayor en el parque cuando el Mediano tenía apenas un año porque no quería volverse a casa.

¿Que los niños recogen los juguetes al terminar de jugar? Eso es porque son así, tienen esa naturaleza. Que yo me pase horas repitiéndoles que hay que guardar las cosas después de jugar con ellas porque si no el próximo día que vayan a buscarlas no sabrán dónde las han puesto y, por tanto, no podrán jugar con ellas, tampoco tiene nada que ver. Es que ellos son así.

CONTRAS:

  1. Como madre, no espero que nadie me haga la ola por educar y enseñar a mis hijos. Es mi labor. Es mi trabajo. Tampoco exijo que nade me reconozca dicha labor. Es más, yo creo que se le presupone a cada padre y madre. Ahora bien, tampoco quiero que nadie desmerezca mi esfuerzo.

  2. Si se me ocurre decir que eso se lo hemos enseñado su padre o/y yo, muchas veces me encuentro con la siguiente contestación: “anda, eso es porque el niño es así, que si no, por mucho que tú le dijeras, ¿crees que él iba a recoger los juguetes/salirse el agua/dejar de decir palabrotas/etc.?”. La cara de estúpida que se me queda debe de ser todo un poema. En ese momento me doy cuenta de que, por mucho que yo diga, es una batalla perdida de antemano para mí.

PROS:

  1. Aun con todo esto que hoy os cuento, nadie me quita la satisfacción de ver a mis hijos aprender a diferenciar lo que está bien hecho de lo que no. Para mí no hay mejor recompensa que ésa.

  2. He aprendido que, muchas veces, ante tales comentarios, es mejor hacer oídos sordos porque, si no, tendría que mandar a la mierda a más de uno o morderme la lengua y no estoy por la labor de hacer ninguna de estas dos últimas cosas. Por mi salud mental.

No sé si vosotros también os habéis encontrado en situaciones así. Pero, si es el caso, me encantaría que me las contarais y cuál es vuestra reacción ante ellas. Lo mismo me dais alguna idea ;-).

28Jun/13

… de los compromisos familiares

Dicen que la familia es como una cebolla, con capas y más capas. O círculos que se van agrandando según nos vamos alejando del origen. Así, la primera familia sería, en general, los padres y los hijos. El segundo círculo, más grande, serían abuelos y tíos y así hasta llegar a la familia lejana.

En nuestra casa, el primer círculo está compuesto por cinco miembros, eso ya lo sabéis todos. El segundo círculo es más grande… de unas 10-13 personas. El tercer círculo es inmenso, gracias en su mayoría a la gran familia del Tripadre (que tiene tíos y primos e hijos de primos para aburrir).

Con todo esto, supondréis que nuestro calendario está plagado de compromisos familiares. Al principio era divertido, salíamos de casa y pasábamos el día. Con la llegada de los Trastos la cosa cambió. A mí me gusta salir de casa, desconectar y divertirme sin mirar el reloj como a la que más. Pero cuando hay un bebé por medio que tiene unas rutinas que seguir porque si no luego es peor, la cosa cambia.

Después de tres niños, he tenido que oír de todo. La frase que nunca falta es: “por un día no pasa nada”. Bueno, no pasará para ti. Mis Trastos por el día no hay quien los pare, pero por la noche duermen estupendamente, salvo dientes, fiebres y demás. Y, sobre todo siendo pequeños, si han pasado un día tranquilo. Si el día ha transcurrido con una mala siesta, con gente a la que ven de higos a brevas y acostándose más tarde lo habitual, entonces suelen despertarse de noche varias veces. Esto a los Trastos mayores ya no les pasa, pero el Peque aún está en esa edad… Todo le afecta, todo le rompe la rutina, todo lo acusa… y luego lo paga conmigo y de noche. De noche no está el resto de la familia. De noche no está quien dijo que por un día no pasaba nada. De noche sólo estoy yo (o el Tripadre, pero sobre todo yo).

Luego está el tema del horario del compromiso familiar. No me gusta ir a comer porque el Peque no duerme bien la siesta, pero aún me gusta menos ir a cenar. Hay que buscarse las vueltas para acostarle y que se duerma. Luego cogerle para meterle en el coche, con lo que suele despertarse. Y después sacarle del coche para meterle en su cuna. Otra vez que se despierta. Y ahora a ver si conseguimos que vuelva a dormirse.

Siendo tan pequeño, es lo que hay. Y esto hay quien lo entienden y quien no. Quienes tienen ya niños grandes (como mis Mayores o más), parece que no se acuerdan o les da igual. O quizás ellos en mi situación lo hicieron de otra manera. Pero esa forma, la suya, no es la mía. Y quienes no tienen niños directamente no lo entienden, lo de las rutinas les suena a chino mandarín.

Es cierto que esto no es una rutina inamovible, pero me gusta que seamos el Tripadre y yo quienes decidamos cuándo y cómo saltárnosla. Y los demás no deberían meterse. Recuerdo cuando el Mayor era un bebé que teníamos que salir todos los fines de semana: el sábado a casa de una abuela y el domingo a casa de la otra. Porque, si no, había mosqueo y sofocones.

CONTRAS:

  1. Habrá bebés que salir o no salir, dormirse tarde o pronto les dé igual. Pero no fue así en el caso del Mayor y el Mediano y, desde luego, no lo es tampoco en el caso del Peque.

  2. Esto implica que el Tripadre y yo tenemos que hacer sacrificios. Llevamos 6 años de sacrificios. Sé de lo que hablo. En verano apenas disfrutamos de las terracitas y tampoco le sacamos provecho al parque porque, cuando se empieza a estar bien y ya no hace tanto calor, hay que volverse para que cene y se acueste el Peque.

  3. La gente nos mira mal, sueltan comentarios que duelen. Con lo fácil que sería ponerse en nuestro lugar, respetar nuestras decisiones o, incluso, callarse la boca.

  4. Con el Peque, hay veces que me he quedado con él en casa mientras el Triapadre se ha ido con los Mayores al evento familiar. Aún así, hay compromisos ineludibles a los que hemos tenido que ir, nos haya venido bien o no.

  5. Muchas veces, hemos ido a estos compromisos y nos hemos vuelto antes de tiempo. Pues mal. Otras veces, directamente no hemos ido. Pues peor.

PROS:

  1. Me consuela pensar que el año que viene será distinto y que quizás disfrutemos más del día y de la noche.

  2. Con el Mayor hicimos muchas, muchísimas excepciones. Con el Mediano también pero menos. Con el Peque nos hemos plantado. Aunque sigue habiendo quien quiere que lo hagamos a su manera.

  3. Tanto sacrificio me merece la pena cuando me despierto por la mañana y veo que el Peque ha pasado una buena noche, sin sobresaltos, durmiendo plácidamente.

Sé que hay cosas que no puedo cambiar. Sé que muchas veces quienes pierden son mis hijos y, qué queréis que os diga, yo así no disfruto del rato en familia. Sé que al Peque le queda ya poco tiempo de rutinas y, a pesar de todo, he de reconocer que me da un poco de pena saber que será la última vez que haya un bebé en casa. Digo yo que ya podrían dejarnos disfrutarlo a gusto y no poner tantas pegas y cogerse tantos enfados estúpidos. Es tan fácil como dejarnos hacer las cosas a nuestra manera, sin entrometerse (vamos, lo mismo que hacemos nosotros con los demás, no meternos en sus vidas). ¿O acaso es mucho pedir?

23May/13

… del sentido del Humor (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Otra semana más estoy por aquí sumándome al carnaval Maternidad de la A a la Z iniciado por Trimadre a los 30 hace unas semanas y que ha sido todo un exitazo. ¡Felicidades!

Llevo pensando todo el fin de semana sobre qué escribir y cómo plantearlo (ya sabéis, con sus pros y sus contras). Y me he dado cuenta de que, en sobre este tema, me sale la vena sensible o reivindicativa y mis entradas se tornan muy serias. Y me puse a pensar que sí, que la maternidad es algo serio, pues te haces cargo de una personita que depende totalmente de sus padres para vivir, pero también de su educación, de las bases sobre las que se levantará la persona que será mañana. Y esto es algo muy serio. Pero también hay otras cosas.

Así que hoy voy a hablaros del sentido del Humor. Que no todo va a ser ponernos serios y místicos. A mí la maternidad me cambió el sentido del humor. Porque si no, a ver de qué te va a dar por reírte con la primera caca que tienes que cambiar a tu retoño recién nacido, o te va a hacer gracia cuando llame “vieja” a la hermana de tu abuela “porque está muy arrugada” (esto pasó de verdad tal cual lo escribo), o te vas a partir de risa mientras ves la pompa verde que acaba de salirle de la nariz… Pues eso, que cuando te dan a tu bebé en brazos por primera vez, ahí, metido entre el primer pañal, te dan también una ración de humor surrealista.

Y luego están las contestaciones, ésas que sólo se le pueden ocurrir a un niño porque son tan obvias y tan de verdad que sólo puedes reírte, aunque estéis en mitad de una regañina o una rabieta. Hace poco el Mayor vino corriendo a buscarme a la cocina para que le acompañara al baño a hacer caca. Dejé lo que estaba haciendo y me dispuse a acompañarle, pero viendo lo despacito que iba, le pregunté por qué no se daba prisa y su contestación fue: “mamá, es que la caca pesa”. Y yo sólo pude reírme. Vamos, que a mí eso me lo dicen con 16 años y mando a quien me lo dijera al quinto pino a la voz de “serás guarro”.

Y a quién no le ha pasado, cambiando un pañal, que justo en ese instante ha habido un escape, más o menos líquido, que nos ha dado de lleno y, lejos de tirar al niño al suelo y salir pitando para darnos una ducha de 20 minutos como poco, no hemos tenido más remedio que reírnos junto a la otra parte (entiéndase el padre o madre de la criatura que seguro que estaba mirando). Anda, que si alguien te mea encima antes de ser madre o padre, vas a reírle tú la gracia…

Por supuesto, también están las risas que nos sacan los de fuera de casa con sus comentarios. Esos que llegan y empiezan a hacerle las palmitas al bebé (algo que llevas tú haciéndole una semana) y que, precisamente esa vez, tu hijo decide hacerlas también por primera vez y entonces esa persona ajena a tu hogar dice llena de orgullo: “mira, le he enseñado a dar palmitas” y entonces tú piensas para tus adentros “claro, que todas las veces que se lo he hecho yo no tienen nada que ver” mientras que sueltas una carcajada (también para adentro, no vaya a ser que se ofendan los de fuera).

CONTRAS:

  1. Puede que te rías después, pero a veces esas contestaciones tan inocentes o esos comportamientos propios de los niños pueden sacarte los colores más de una vez.

  2. Como dice el refrán, quien con niños se acuesta, meado se levanta. Puede que te haya hecho gracia que tu hijo juegue en la bañera y haya chapoteado a gusto, pero al final tú has acabado como si también te hubieras duchado.

PROS:

  1. La maternidad (o paternidad) te da una perspectiva distintas de las cosas. Esto es posible porque también te da un sentido del humor más puro si cabe porque es el humor de los niños.

  2. Con este nuevo sentido del humor, vuelves a descubrir la gracia de las cosas. Porque a ver, antes de ser madre o padre, ¿cuánto jugabas a las cosquillas…? Pero a las de verdad, no a encontrarle las cosquillas al padre o madre de tu criatura… ay, golosones… 😉

  3. Cuando pensamos en la maternidad, se nos pueden venir a la cabeza rabietas, falta de sueño, estrés, cansancio… pero no debemos olvidarnos de las cosas buenas y divertidas. Que también las hay y muchas.

Ahora os toca a vosotros, venga, contadme cuál fue la última ocurrencia de vuestros peques que os hizo reír a carcajadas y que si os llega a pasar antes de la maternidad no os hubiera hecho ni pizca de gracia 😉

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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09May/13

… del instinto de Protección (maternidad de la A a la Z)

AZmaternidad

Hoy me uno al carnaval de blog de Trimadre a los Treinta para formar un diccionario sobre la maternidad. Lo primero que quiero hacer es felicitarla por la iniciativa, que me parece que va a ser todo un éxito. Y ahora paso a poner mi granito de arena estrenándome con la letra P de Protección (instinto de).

A menos que el embarazo sea fruto de un desliz, el instinto de protección aflora en cuanto empiezas a ser consciente de que quieres ser madre. Antes de quedarte embarazada, es posible que mires con desdén a aquellas mujeres en estado de buena esperanza que siempre se están tocando la tripa. Sin embargo, un día resulta que te enteras de que estás embarazada y, otro día cualquiera, pero no muy lejano al anterior, te sorprendes a ti misma tocándote la aún-no-barriga. Pues, amigas, justo ahí empieza a manifestarse ese instinto de protección.

Aún no ha nacido, aún no sabes si será niño o niña, probablemente aún no te hayas parado a pensar en qué nombres te gustan más… pero tu mano ya anda protegiéndole. Esto se intensifica a medida que la tripa va en aumento. Llega un día en que te vuelves a sorprender a ti misma tocándote la ya-sí-gran-barriga con las dos manos porque con una no la abarcas entera.

Este instinto de protección se exterioriza hacia el mundo de puertas para afuera con un remarcado “¡ay, pobre!” cada vez que un bebé llora desconsoladamente o un niño se cae delante de tus narices. Entre las cuatro paredes de casa, el instinto de protección empieza a notarse cuando lloras desconsoladamente (esta vez tú, no el niño) ante cualquier noticia desagradable en la que se vean implicados bebés o menores. Al principio piensas que serán tus hormonas, pero no, éste es el principio del resto de tu vida.

El instinto de protección lo tienen todos los animales en mayor o menor medida. Creo que todo el mundo sabe lo peligroso que es acercarse a una hembra recién parida, ya sea la gata del vecino o tu propia perra, si no eres bienvenido por ella. Hay incluso especies en que la madre da su propia vida por salvar la de sus retoños. Y tú, amiga, perteneces a una de esas especies.

En cuanto te ponen a tu bebé en tus brazos, te das cuenta de dos cosas. Una, ese amor que experimentas es único e irrepetible, no se parece al amor que le tienes a tus padres, ni a tus hermanos, ni a tu marido, ni a tu perro. Ese amor es único, dura para toda la vida y no se puede explicar con palabras. Si tú, que me lees, eres madres, sabes de lo que te estoy hablando, pero seguro que, como yo, no puedes explicar con palabras el alcance de ese amor.

La segunda cosa que sabes es que le protegerás con tu propia vida si fuera necesario. No quieres que ese pequeño ser tan frágil que tienes en tus brazos sufra daño alguno, ni físico ni psicológico. Y te sabes dispuesta a todo por evitarlo. Es el instinto de protección que, una vez más, aparece para quedarse.

CONTRAS:

  1. En su justa medida, el instinto de protección está bien y es necesario. Pero hay una línea muy fina y casi inapreciable entre proteger y sobreproteger a tu hijo. A veces, las madres (y padres también) tenemos que hacer un gran esfuerzo por dejar hacer a nuestros pequeños, aún a sabiendas que se equivocarán. Es un gran acto de fe (porque esperas que aprendan de sus errores) y de amor (amarles es dejarles ser ellos mismos tomando sus propias decisiones).

  2. Yo ya no puedo ver una película del fin del mundo (tómense como ejemplos Soy leyenda, La hora más oscura o Armagedon) sin que se me rompa el corazón pensando en todos los bebés y embarazadas.

  3. Las noticias de abusos a menores me afectan enormemente. Tanto que muchas veces tengo que cambiar de canal o dejar de leer la noticia porque lloro. Y lloro amargamente con rabia contenida.

  4. Ahora voy por la vida viendo peligros. Peligro en ese enchufe que no está tapado, peligro en ese paso de cebra que no está bien señalizado… miedo me doy cuando los Trastos tengan 15 años y empiecen a salir por las noches. Menos mal que seguro que ahí está el Tripadre para frenarme un poco y no dejarme caer en el primer contra 😉 (nota mental: preguntarles a mis padres cómo leches lo hicieron ellos).

  5. Me he posicionado totalmente en contra del aborto como medida anticonceptiva. Si has tenido narices para hacerlo libremente y sin protección y porque te apetecía, ahora tienes que apechugar con las consecuencias, aunque haya sido por un calentón. Y digo esto pensando tanto en el chico como en la chica, que para hacer un bebé hacen falta dos.

PROS:

  1. Sé que mis hijos van a tenerme ahí para lo que ellos necesiten. Quizás unos pasos más atrás, pero lo suficientemente cerca para correr a su lado si me llaman.

  2. Este instinto de protección me hace ser mejor madre y también mejor persona. Hay injusticias y abusos por los que no paso. No pasaba antes, ahora menos.

  3. Espero que no sé dé nunca el caso, pero me veo perfectamente capaz de todo con tal de proteger a mis hijos. Puedo enfrentarme al mundo si hace falta.

Todo lo dicho aquí, lo he dicho en femenino porque es la parte que me toca, pero también se aplica al género masculino. Los padres también tienen este instinto, aunque a veces se manifieste de otras maneras. Lo veo a diario en el Tripadre (aunque no llore viendo Soy leyenda al pensar en los pobres niños, jejeje).

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blog iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.

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30Abr/13

… del Día de la madre

Tengo la suerte de tener a mi madre y a mi suegra a un golpe de teléfono. Con esto quiero decir que, si necesito que vengan, les llamo por teléfono y cualquiera de ellas se planta en mi casa en 15 minutos (en coche). Puedo recurrir a las abuelas (y abuelos, por supuesto) si un niño se pone malo y hay que llevarle al médico, si hay reunión en el cole o si me surge cualquier otra cosa que hacer fuera de casa. Si no están en el pueblo o de viaje, puedo contar con ellas.

Mis Trastos tienen la suerte de ver a sus abuelas bastante a menudo. No viven con nosotros, pero podemos ir a verlas una tarde o un día entero. Es más, pueden quedarse con ellas algunos días si es necesario, como pasó con los nacimientos del Mediano y el Pequeño, o por gusto.

Esto que seguro que a más de una (o uno) os parecerá genial (sobre todo a las expatriadas), a mí a veces me estresa. Hay determinados días, o mejor dicho, fiestas, a lo largo del año en que me gustaría estar lejos. Una de esas fechas es Navidad. Otra es el Día del padre. Otra es el Día de la madre. ¿Por qué? Pues porque teniendo a ambos pares de abuelos tan cerca, en estas fechas hay que dividirse.

La semana pasada andaba yo tan feliz porque mis hijos tienen tres días de fiesta que, junto con el fin de semana, hacen 5 días. Ya estaba yo haciendo planes en la cabeza: que si el zoo, que otro día en casa, que a ver si hace bueno y podemos salir al parque otro día… Entonces me doy cuenta de que es el Día de la madre. Esto significa celebrarlo dos veces (una por cada abuela) dos días distintos con cada una. Lo que implica que los 5 días para nosotros se quedan en 3. A éstos hay que restarles uno porque el Tripadre no hace puente el viernes. Nos quedan 2 en familia. Y esto me cabrea.

Si alguien anda por ahí haciendo palitos, a lo mejor se pregunta que cuándo celebramos nosotros cinco el Día de la madre. Bueno, pues no lo celebramos. Como pasa con el Día del padre, se hará entrega de regalos y desde ese momento, seremos todo prisas. Prisas porque tenemos que irnos a comer con la abuela que lo celebre el domingo.

CONTRAS:

  1. Siento que hay celebraciones que no son nuestras. Nada de pasar el Día de la madre en familia. Bueno, sí, en familia sí, la de fuera de casa.

  2. Odio tener que andar corriendo. Sobre todo en un día que es tanto de las abuelas, por ser madres, como mío, por tener mis propios hijos. La diferencia es que ellas siempre han celebrado este día en su casa, con sus hijos. Yo aún estoy por la primera vez. Y el Tripadre también en su respectivo día.

  3. Como esta fecha siempre cae en domingo, si la que lo celebra ese día quiere ir a comer fuera, adiós siesta de los Trastos. El Pequeño dormirá mal y poco y el Mediano no dormirá. Llega el lunes y está reventado. Y este año va a ser así.

PROS:

  1. La ilusión con que mis hijos me dan los regalos que han hecho en el cole para mí es fantástica. Todos los años se me escapa alguna lagrimilla.

  2. Ese día no hay que hacer de comer ni recoger ni fregar después.

  3. Si la celebración es en casa de la abuela, todavía podemos salvar una siesta. Aunque, como en casa, en ningún sito.

  4. Mis hijos tienen mucha suerte de tener a sus padres y a sus cuatro abuelos detrás.

Así que yo, como regalo para el Día de la madre, quiero un día en casa, en familia, sin peleas ni discusiones de los Trastos a poder ser (aunque no es imprescindible, soy realista…). Y, si esto no fuera posible, al menos me gustaría remolonear a gusto en la cama, sin prisas. El desayuno en el catre también es opcional ;-).

12Mar/13

… de las presuposiones

Desde luego, el primer pediatra que tuvieron mis hijos se llenó de gloria. Un hombre aparentemente profesional que resultó ser todo lo contrario. Trató al Mayor desde el primer momento, revisiones y algún constipado esporádico. Poco más. Luego llegó el Mediano con su dermatitis atópica y ahí ya se cubrió de gloria. Al Pequeño no le llegó a conocer. Salimos espantados después de la experiencia del Mediano.

Con el Mayor, su receta mágica para todo eran los “mimitos de mamá”. ¿Que el niño tiene mocos? Mimitos de mamá. ¿Que el niño vomita? Mimitos de mamá. ¿Que el niño tiene 39 de fiebre? Mimitos de mamá. Esto ya debió hacerme sospechar porque, digo yo que si por mimitos de mamá fuera, el niño no se pondría enfermo… Pero yo era madre primeriza del todo y mi primer bebé un bebé de cuento. Sí, de cuento porque a los 15 días él solito dormía del tirón 6 horas, comía perfectamente, apenas lloraba, le salieron los dientes y nos enteramos hasta que le vimos algo blanco en medio de las encías… supongo que os hacéis una idea.

Lo segundo que debió hacerme poner los pies en polvorosa fue cuando me prejuzgó. Le pasó a él y a otras tantas personas. Me pasó entonces y me sigue pasando ahora. Como ya comenté, yo decidí quedarme en casa para tener hijos. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquel hombre, pero desde luego se hizo una idea sobre mí que distaba mucho de la realidad. Cada vez que yo iba a consulta con mi bebé, yo notaba que las explicaciones que me daba eran muy toscas, muy simples… pero bueno, mi hijo estaba sano y se desarrollaba con normalidad. No le di mayor importancia. Nunca había ejercido de madre, así que pensé que quizás era el comportamiento típico de los pediatras. No sé.

El caso es que un día, durante una revisión de mi hijo, le mencioné que había ido a la universidad y que, además, había acabado dos carreras. Su cara de asombro fue un poema. Entonces lo vi claro. Aquel pediatra, al ver que yo estaba en casa, se había pensado que yo lo hacía porque no tenía otro remedio, que era una inculta o algo peor. Imaginaciones mías, podríais pensar. Bueno, quizá. Lo que es un hecho es que, desde aquella conversación, su actitud hacia mí cambió radicalmente. Y digo hacia mí porque el trato hacia mi hijo no cambió. De la noche a la mañana, se entretenía en explicarme más los diagnósticos, me empezó a hablar de cosas que antes ni mencionaba (como estudios o investigaciones médicas) e, incluso, empezó a hablarme de política. ¿Coincidencia? Yo creo que no.

Y esta misma actitud me la he encontrado y padecido en varias ocasiones. La gente te ve, cargada con tres hijos, te pregunta si trabajas, “fuera de casa no” contestas tú y ya está. Suman palotes y llegan a la conclusión de que eres una pobre mujer recluida en su casa y sometida al cuidado de tus hijos. “Estarás deseando que empiecen las clases”, me han llegado a decir algunas madres este verano. Pues no, mire, me encanta estar con mis hijos, los tres, y me apena que empiece el colegio y tengan que volver a clase porque les echo de menos cuando no están, por muy trastos que sean.

CONTRAS:

  1. Los errores. Cuando presuponemos algo, lo hacemos y nos sentimos muy listos. Somos casi como Sherlock Holmes juntando pistas. Unimos premisas y llegamos a una conclusión. Imposible equivocarnos. Bueno, pues pasa. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría reconocer. Pero no aprendemos de nuestros errores.

  2. Cuando se nos presupone algo y no es cierto, nos enfadamos, nos indignamos… y nos quedamos pensando cómo es que esa otra persona ha llegado a esa conclusión sobre nosotros. Al menos yo me quedo con el run-run el resto del día.

  3. Una mala presuposición puede llevarnos a actuar de una manera equivocada. Antes de presuponer nada, es mejor informarse. Puede pasar que actuemos erróneamente y después no podamos arreglarlo.

PRO:

  1. El segundo contra debería enseñarnos a no presuponer nada de nadie y así no caer en el contra número 1.

A mí me ha pasado con mis hijos. Pero esta mala costumbre se repite en otros ámbitos de la vida: en el trabajo, con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, con un cliente, etc. Yo intento no quedarme con la primera impresión. A veces lo consigo. Otras no.

Nota: quiero dejar claro que, cuando hablo de este pediatra, me refiero única y exclusivamente a él. El gremio de la pediatría es muy amplio y, como en todos, hay profesionales mejores que otros. No estoy generalizando, sino contando mi experiencia real con un pediatra en concreto. También me he topado con pediatras excepcionales a los que les estaré eternamente agradecida.