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29Ene/14

… de tener un escapista en casa

Escapismo

Ya lo dije ayer en Twitter, ni muerta ni de parranda, lo que estoy es muy liada. Se me acumula todo. Cualquier cosa, por poco tiempo que lleve hacerla, va directa a mi lista de tareas pendientes. Y lo peor de todo es que ya por Navidad me imaginaba que hoy por hoy iba a estar así.

Y la razón de todo esto es pequeñita. Tan pequeñita que quienes os pasáis a menudo por aquí la conocéis como Peque. Ese bichejo que apenas llega al metro de altura me tiene en jaque todo el día. Ese mico de poco más de 21 meses se me ha pegado a las faldas (como dice mi abuela) y me persigue allá donde vaya. Dentro de casa, eso sí, porque luego ni llora ni me echa de menos si tiene que pasar una tarde con su prima (la de la Peppa tarta) pero sin su madre.

Y es que el Peque ha decidido que pasa del parque, que las puertas cerradas se la refanfinflan y que las escaleras y el sofá son lo más divertido del mundo. Para quebradero de cabeza de su sufrida madre. O sea, yo. Así que lo único que lo mantiene en un lugar seguro algo más de 5 minutos seguidos es la trona. Pero claro, tampoco es plan de tenerle ahí sentado todo el día.

Ya os conté lo que pensaba del parque aquí. Me ayudaba mucho a la hora de poner orden en esta leonera que a los de aquí nos gusta llamar “hogar”. Podía recoger y limpiar la casa, poner la lavadora y tender la ropa e incluso hacer las camas aunque fuera a ratitos. Ahí le dejaba tan feliz jugando con sus juguetes mientras yo iba rauda y veloz haciendo cosas aquí y allá para sacarle a la mañana otro ratito que dedicarle al Peque en exclusiva.

Pero, ay, ese chollo ha pasado a mejor vida. Ya poco antes de las vacaciones de Navidad, el Peque descubrió cómo salirse del parque. Y ahí me lo encontraba yo a mis espaldas cuando menos me lo esperaba. Aparecía de repente con el “mamáaaa” en la boca. Al principio yo me asustaba pensando en el porrazo que se podría haber dado al salir de aquel espacio seguro. Pero a la quinta vez ya me quedó claro que él sabía muy bien cómo hacerlo sin estamparse en el camino.

Yo me consolaba pensando que al menos aún no llegaba al pomo de las puertas. Pero al niño le ha dado por crecer. Y la consecuencia inmediata de todo esto es que ha llegado a la altura suficiente para abrir la puerta. Con un poco de observación a sus hermanos, ha conseguido descifrar él solito el mecanismo de abrir la susodicha e incluso salir y cerrarla dejando a la madre que lo parió dentro de la habitación de la que él acaba de escaparse.

A esto hay que sumarle su afán por subirse y bajarse del sofá (nueva habilidad que adquirió en Navidades) y su obsesión por escalar las escaleras. Respecto a bajarlas, está en ello. Así que si un día veis que no aparezco por Twitter o Facebook, que abandono una conversación en el punto álgido, que tardo más en publicar una entrada o que, directamente, no la publico; no os asustéis. Sigo aquí. En concreto apalancada en la puerta, haciéndole placajes al Peque para que no cotilleé donde no debe.

 

CONTRAS:

  1. Antes aprovechaba la hora de la siesta del Peque para desconectar del día a día, escribir entradas para el blog o ponerme al día en las redes sociales. Ahora me toca hacer en ese ratito todo lo que puedo para tener las cosas a punto antes de que ir a buscar a los Mayores al cole.

PROS:

  1. Si antes estaba deseando tener a todos mis hijos conmigo, ahora lo estoy más. La razón es bien sencilla. Puedo dejar a los Mayores vigilando al Peque a ratos. Me avisan si intenta salirse del parque o si intenta abrir la puerta a mis espaldas. Además, cuando está con sus hermanos parece que se desengancha algo de mí. Se conforma con estar con ellos y disminuyen sus ganas de perseguirme.

  2. La trona ha pasado de ser un sitio exclusivo para comer a ser también un sitio donde jugar. En concreto, donde cantar o pintar. ¡Le encanta! Cantamos un montón de canciones, que él sólo entona a la vez que yo le canto. Y hace un montón de garabatos, pero también le gusta que yo le pinte cosas (sencillas) como el sol, un coche, una caracol, un pez, el uno, el dos, el tres, la luna, un pato… Lo que le sirve también para ir cogiendo más vocabulario. La última palabra ha sido “verde” o, como dice el Peque, “veddddd-de”.

  3. Teniendo en cuenta que el Mayor y el Mediano no han tenido ese afán persecutorio por su madre, en el fondo me gusta que el Peque me busque y se ría en cuanto le miro. A pillo no le gana nadie.

Y dicho esto, os dejo que voy a perseguir a mi pequeño Houdini. A ver si llega ya la hora de salir del cole para que lleguen los guardianes del Peque y yo pueda, al menos, fregar las tazas del desayuno o barrer el suelo para que luego puedan corretear a gusto mis tres mosqueteros.