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02Abr/14

… del quásar (maternidad de la A la Z)

AZ de la maternidad

Parafraseando a la RAE, quásar es un pequeño cuerpo celeste con gran luminosidad, se caracteriza, además, por la gran cantidad de radiaciones que emite en todas las frecuencias y es el astro más alejado en el universo.

Bien podríamos estar hablando de los hijos. Porque cuando son concebidos más pequeños no pueden ser. Dos células, una vida. Que vale que hay cosas más pequeñas que las células, pues sí, las hay, pero en mi día a día una célula es ya lo bastante pequeña.

Si hablamos de luminosidad, hay cientos de artículos donde dicen que el embarazo llena de luminosidad la piel, pelo y hasta las uñas de la futura mamá. Pero es que cuando nuestro bebé nace es la cara y hasta el alma lo que se nos llena de esa luz especial que trae consigo la maternidad y que lo irradia todo.

Es el amor que sentimos hacia ellos que se expande a otras áreas de nuestra vida. Yo, desde que soy madre, veo la vida de otra manera. Gracias a mis hijos me he vuelto a parar en el camino a oler las flores y a contar los puntitos de las mariquitas. He vuelto a disfrutar como una niña con la noche de Reyes o la llegada del Ratoncito Pérez.

¿Cómo algo tan pequeño puede inundarlo todo? Pues ahí está, porque cada hijo es un quásar. Cuerpos celestes, mágicos igual que el universo. Un milagro de la vida. Tan ínfimos al principio y a la vez tan grandes en nuestras vidas. Un bebé es algo mágico que, a fuerza de verlo todos los días, nos hemos acostumbrado a su magia. Pero no por ello su llegada y creación no es menos espectacular. Dos células que se unen para crear, nada más y nada menos, que vida.

Y una vez hecho esto, es nuestra propia vida la que cambia, girando alrededor de ellos cual planeta dando vueltas alrededor de su sol, su estrella. Mis hijos son las estrellas que me guían en esta vida, me complementan y me hacen mejor madre, mejor mujer y, sobre todo, mejor persona.

 

CONTRAS:

  1. No hay vuelta atrás. Jamás volveré a ver las cosas como cuando tenía una vida sin hijos.

  2. Mis hijos, ahora pequeños, crecerán y serán hombres hechos y derechos. Pero para mí siempre serán mis pequeños. Cuenta mi padre que mi abuela (su madre) hasta el día en que se murió siempre le llamó “el niño”.

PROS:

  1. Ya lo he dicho varias veces por aquí, pero me encanta que mis hijos me vuelvan a descubrir el mundo a través de sus ojos.

  2. Una madre siempre está ahí para sus hijos. Lo que ellos no saben es que ellos también están siempre ahí para sus madres. Sin proponérselo, mis Trastos me dan fuerza, apoyo, amor y valor.

  3. Por mucho que se alejen de casa (algún día se irán a vivir su propia vida), siempre tendrán un sitio al que volver. Por mucho que sus casa disten de la que ahora es su hogar, siempre estaremos presente los unos en los pensamientos de los otros. No hay amor más fuerte.

Por si aún no visualizáis lo que es un quásar, podéis teclearlo en Google y os aparecerán un montón de imágenes. Y, si no, aquí te dejo una para que te hagas una idea.

Quásar

Quásar

Fuente

 

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
Si estás interesada en participar, tienes toda la información a tu disposición aquí.

06Mar/14

… de la ñamería (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Según la RAE, ñamería es la palabra que en Panamá utilizan para decir locura. Y convendréis conmigo en que esta palabra le viene que ni pintada al Diccionario de la Maternidad de la A a la Z. Porque locura o ñamería es cuando son las 8 de la tarde de un día cualquiera y, en vez de estar mis tres trastos agotados por el día que llevan (en el cole unos y harto de correr por la casa el otro), resulta que están potreando en el sofá. Ojo, que no saltando, sino jugando a peleas de dinosaurios los mayores y el Peque intentando seguirles el juego aunque aún no sepa muy bien de qué va el asunto.

Ñamería también es tirarnos una hora de reloj un sábado por la mañana para poder ir al parque que tenemos a la vuelta de la esquina. Que haya que coger pelotas para los tres, agua para los tres, toallitas por si acaso y pañales por si esperemos que no pase. Y luego que todos lleven bien puestos los abrigos y los gorros, y que se pongan las zapatillas de deporte a ser posible (y en esto incluyo al Tripadre y él sabe por qué 😉 ).

La ñamería también me invade cuando, en un intento de que no se me despendole ninguno mientras estoy ocupada con otro, me lío la manta a la cabeza y los baño a los tres a la vez. Que sí, que tengo a todos en la misma habitación “controlados”, pero los chapoteos se multiplican por diez (eso es, por diez que no por tres como cabría esperar) y las veces que tengo que decir “tú, fuera de la bañera, es tu turno” se repiten hasta casi el infinito.

También es digno de ñamería la hora de la cena, ponga lo que ponga, siempre hay uno al que no le gusta el menú. Ahora, que yo lo tengo bien claro, en esta casa, nada de comidas a la carta. Se come lo que se pone en el plato, que no les gusta, pues que coman menos, ya comerán más mañana. Bueno, pues aún así, entre lo cansados que están (ahora sí que aparece el cansancio de todo el día) y su poco interés hacia lo que hay en el plato, la hora de la comida es una auténtica ñamería.

La ñamería también aparece cuando intento hablar por teléfono, ya sea con la abuela, el Tripadre o el de la compañía del gas, da lo mismo. En ese preciso instante la habitación se llena de mamá, esto y de mamá, lo otro, aunque, eso sí, dicho todo muy bajito, que mamá está hablando por teléfono…

Afortunadamente, la ñamería también es cuando me viene un trasto por detrás a darme un beso porque le apetece. Sin más. O cuando se acurrucan conmigo en el sofá (pocas veces y poco tiempo, que nadie se piense que aguantan más de 5 minutos en esta tesitura) y me susurran un te quiero muy bajito y muy dulce.

Ñamería también es ver cómo el Peque cada día se integra más en los juegos de sus hermanos, quiere ser uno más y poco le falta ya. O cómo los mayores le incluyen en sus juegos como pueden y cuidan de él: me avisan si ven que sube por unas escaleras o si se aleja mucho de nosotros en el parque o si le ven meterse algo en la boca que no debería.

Y, por supuesto, ñamería es entrar en sus habitaciones por la noche para asegurarme que están arropados y verles dormir, quietos y tranquilos al fin, con esa cara de no haber roto un plato en su vida, aunque en el fondo sé que lo que están es recargando las pilas para el día siguiente, un día seguro lleno de ñamerías.

CONTRAS:

  1. A veces, el tiempo que pasamos junto a nuestros hijos es una locura, una ñamería. Nos gustaría pasar esa patata caliente a otra persona, que se quedara un rato con ellos aunque sólo fuera para poder oír nuestros propios pensamientos.

  2. A veces, maldecimos el momento en el que se nos ocurrió la brillante idea de bañarles a todos juntos, sacar la pintura de dedos que ahora anda entre las paredes y el suelo, o intentar salir al parque a cansarles cuando ya andamos nosotras cansadas antes de poner un pie en la calle.

PROS:

  1. Otras veces, la locura nos saca una sonrisa o una carcajada y nos hace ver que no queremos pasar ni un minuto alejada de esos pequeñajos.

  2. Otras veces, la ñamería es necesaria para mirar las cosas desde otra perspectiva y ver las cosas realmente importantes en la vida.

Porque, ¿qué sería de la vida, de nuestra vida tal como la conocemos, sin la ñamería de esos locos bajitos? 😉

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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20Feb/14

… de la oportunidad (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Ser o no ser oportuno, he ahí la cuestión. Desde que soy madre hay un pensamiento que siempre va conmigo. Es el “mira qué oportuno”. Se me viene a la cabeza cuando, tras conseguir que mi bebé se durmiera, llamaban al timbre (normalmente, algún vendedor o falso empleado del gas). También cuando estaba dando el pecho y se me había olvidado el teléfono en la cocina y, claro, justo en ese momento, el aparato sonaba (solía ser una compañía telefónica que venía a ofrecerme la mejor oferta del mundo mundial…).

También se me pasa el mira qué oportuno por la cabeza cuando estoy con el Mayor en el baño, esperando a que termine de hacer sus cosas (no le gusta ir solo) y aparece el Mediano por la puerta con las mismas ganas de hacer lo mismo. O cuando estamos en la consulta del médico y a alguno de mis hijos le entran ganas de hacer pis justo cuando están a punto de llamarnos, después de una hora esperando… Y, hablando de pises, también grito para mis adentros el mira qué oportuno cuando, volviendo a casa, cuando quedan escasos 20 metros para pasar la puerta, uno me salta con el “mamá, tengo pis” y aquello se convierte en cuestión de ahora o exploto, nada de aguantarse un momento que ya llegamos, no, para qué… aunque nada más entrar por la puerta vean el coche que dejaron tirado en el suelo antes de salir y se dediquen a jugar con él… Ésas son las ganas inaguantables de hacer pis que traían…

También digo el mira qué oportuno, esta vez con algo de resquemor, cuando a la hora de la siesta a alguien le da por coger el taladro. Alborotando a la jauría que tengo por casa. En esta misma línea anda aquella pandilla de amigos que pasa gritando a las cinco de la mañana por la calle en verano y amenaza con interrumpir el sueño de mis retoños o el mío propio.

El mira qué oportuno es el primer pensamiento del día cuando a las 8 de la mañana llaman al teléfono, despertándome, para ver si pueden entregar una lavadora que yo no he pedido porque el anterior dueño de nuestro número de teléfono fijo no se ha acordado de darles el nuevo. Si a esto le sumamos que yo haya pasado una noche toledana con alguno de mis trastos lo pienso con un poco de no te odio, pero espero que esa lavadora se te caiga en el pie, no al que la entrega, sino al que se le olvidó su número nuevo. De éstas tengo unas cuentas, pues llevamos así 8 años.

El mira qué oportuno me asalta cuando, después de que un determinado juguete andara rondando por el salón unos meses sin que ya nadie le hiciera el más mínimo caso, me da por guardarlo, en su sitio, lejos del salón, y justo ese día alguno de mis hijos se da cuenta de su ausencia y le entran unas ganas desmesuradas de jugar con él. Con lo que a los pocos minutos lo tengo de vuelta al salón.

Esto es lo que podríamos llamar el don de la oportunidad, con O. A la que no recuerdo yo con tanta inquina antes de ser madre. Y por ello le dedico a ella, a la oportunidad, esta entrada del Diccionario maternal de la A a la Z.

CONTRAS:

  1. Todos. La oportunidad entendida así como la he explicado yo hoy, siempre viene mal.

  2. Quizás hubiera sido más acertado hablar del oportunismo o la inoportunidad, pero ya había hablado de otra palabra con la I y, además, mi pensamiento no es mirá qué inoportuno, sino mira qué oportuno.

PROS:

  1. Hay cosas que se pueden controlar, como intentar no olvidarse lejos el teléfono, o comprar uno que tenga modo noche y programarlo para evitar llamadas antes de una hora o después de otra.

  2. Hay otras cosas que no se pueden controlar. En este caso, hay que aprender a vivir con ello.

Por cierto, oportuno también es quien acaba de llamar justo ahora al telefonillo, cuando me faltaban pocas palabras para terminar esta entrada…

Y, para terminar, os recuerdo que andamos de sorteo. Uno muy especial de cumpleblog. Nos hemos juntado 4 blogueras y hemos tirado la casa por la ventana, con mucho cariño, eso sí. Si quieres saber más sobre el sorteo, pincha aquí.

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05Feb/14

… de los silencios (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Después de saltarme a la torera la entrada del lunes (no por falta de ganas o de temas, sino por falta de tiempo), hoy venía dispuesta a resarcirme. Pero acabo de darme cuenta de que esta semana hay el Carnaval de la Maternidad de la A a la Z. Y hoy me estreno con la letra S de silencios.

Primero, creo que es necesario hacer una distinción. Para ello, me remonto al análisis morfológico de la palabra, en concreto, a su número. Porque no es lo mismo el silencio que los silencios. El silencio es algo mágico donde no hay ruido o sonido. Yo creo que el silencio absoluto no existe salvo en el espacio exterior. Pero como no he ido a averiguarlo, tampoco os lo puedo asegurar al cien por cien. Pensaréis que exagero. Bueno, pues pensemos en sitios donde haya silencio.

Una biblioteca, lugar por excelencia del silencio. Pues no. Siempre habrá alguien susurrando, pasando páginas, con los auriculares puestos y el volumen más alto de lo que debería o, simplemente, moviendo la pierna insistentemente y a una velocidad que da la impresión que la pierna va a irse sola y dejar al resto del cuerpo pegado a la silla y al libro de Chomsky.

Otro lugar podría ser la cama por la noche. Si convives con alguien, seguro que hay ruiditos que hace al dormir: suspiros, hablar en sueños, respiración algo más fuerte de lo deseable para conciliar el sueño, ronquidos en toda regla, etc. También caben aquí los ruidos de las sábanas. Y, si es verano y la ventana esá abierta, el perro de un vecino ladrando o una panda de chavales caminando por la calle algo más contentos y envalentonados de lo que debieran para ser las cuatro de la mañana. Y, por la mañana, el “agradable” cantar de los pájaros. Si vives sola o solo, me atrevería a decir que, en mitad de lo que tú crees que es el silencio de la noche, se puede oír en tu casa el tic-tac de un reloj o el ruido del frigorífico (¿por qué suenan los frigoríficos? ¿Alguien lo sabe?).

Pero digamos que a todo esto nos hemos acostumbrado y por eso lo obviamos y decimos que hay silencio. Cuando me convertí en madre, empecé a distinguir el silencio de los silencios. El número, singular o plural, importa. ¡Vaya que si importa! Una madre añora, extraña, desea, anhela el silencio; pero desconfía, se pone nerviosa y tiene ansiedad ante los silencios.

Si eres madre y tienes un bebé, los silencios hacen que vayas rauda y veloz a ver si tu mini-nosotros (entiéndase del padre y de la madre) respira. Si no se ha enredado con la sábana o se ha tragado el chupete entero. Sin embargo, buscas el silencio para darle de comer o para dormirle.

Si eres madre y tus hijos ya van por los tres o cinco años y los dejas un momento solos en el salón y de repente de oír un “quítate tú de ahí” o “que ese coche es mío” pasas a oír absolutamente nada, entonces sabes a ciencia cierta que algo traman. Porque de que haya silencio en el espacio exterior no estoy yo muy segura, pero si mis dos Trastos mayores están en silencio en el salón sí que estoy segura de que no se avecina nada bueno. Son los temidos silencios de la maternidad. No confundir con el silencio que dejan tras de sí una vez que duermen plácidamente en sus camas. Ese rato de tranquilidad y paz (si no hay sorpresas de por medio, como un “tengo sed”, “tengo miedo”, “tengo mocos” y similares) que toda madre aprovecha para desconectar un poco y babear en el sofá, a riesgo de desnucarse en el camino.

CONTRAS:

  1. No estoy muy segura de si seré capaz algún día de volver a disfrutar del silencio en casa si mis hijos están en ella sin preocuparme de que algo terriblemente malo y muy poco probable les ocurra.

  2. La desconfianza que me producen esos silencios y el asombro (para mal) al descubrir que mis sospechas estaban bien fundadas. Como bien demuestra algún que otro monigote en la pared o el golpe de la tele o la sorpresa con mi ordenador, dos veces (aquí y aquí, por si tenéis curiosidad), o las tendencias escapistas del Peque.

PROS:

  1. Ahora valoro mucho más el silencio. Así, en singular.

  2. Voy a decir que en esos momentos desarrollan la imaginación, pero que conste que luego quien tiene que arreglar o recoger o barrer ese brillante momento de expresión artística es servidora. Y que conste que a servidora esta última parte no le hace nada de gracia.

¿Qué me decís? ¿Soy la única que, desde que es madre, distingue entre el silencio y los silencios? ¿Verdad que no? 😉

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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22Ene/14

… de educar (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Cuando vamos al colegio, nuestra seño (suelen ser mujeres) es alguien especial. La mamá del cole. Luego pasamos a la profe. Esa ya nos cae mejor o peor según el día que nos abraza o que nos corrige al leer en voz alta. Pero la seguimos queriendo mucho.

Pasamos al instituto, ahí los profesores se convierten en objeto de todas nuestras críticas y son la causa de gran parte de nuestros males (pobrecitos ellos). Porque, vamos a ver, poner un examen de latín el lunes cuando este sábado teníamos que salir, sí o sí, para ver si nos encontrábamos “por casualidad” con Fulanito porque, al parecer, éste le ha dicho a Mengano, quien se lo ha dicho a Puri, que se lo ha dicho a Pepita, nuestra amiga del alma, que le gustamos un poco; eso, queridas mías, no es más que una putada por parte del profesor.

Llegamos a la universidad y aquí los profesores son admirados (hay que ver cuánto sabe éste de lo que está hablando) o no saben explicar porque son de los que les encanta oírse a ellos mismos. La relación con estos profesores suele ser más distante y ya no nos recuerdan a mamá ni a papá.

Vamos, que pasamos gran parte de nuestra vida viendo a los profesores como el enemigo. Pero nuestros padres no corren mejor suerte. Pasamos de admirarlos en nuestra niñez para despreciarles en nuestra adolescencia. Y todo porque quieren enseñarnos a ser buenas personas, personas de provecho. ¡Habráse visto semejante despropósito!

Pero la vida, que da muchas vueltas y tiene un sentido del humor un tanto peculiar, decide un día que te pique el gusanillo de la maternidad y que quieras tener un bebé en brazos. Tuyo a poder ser. De esos que te los puedas llevar a casa sin que nadie los reclame. Lo que vienen siendo tus hijos. Y otro día, un lunes o un miércoles cualquiera, por decir alguno, nace ese ser que te llenará de amor y al que querrás más que a nada en este mundo.

Al principio es fácil. Comer, dormir, bañarle, pañal por aquí, cólico por allá. Pero, ay, luego empiezan a crecer, sin pedirte permiso ni nada (eso ya debería hacernos sospechar por dónde van a ir los tiros el resto de nuestra vida). Y otro día, un jueves o un domingo cualquiera, por decir algo, te descubres diciéndole “¡no!”. Que si eso no se toca, que si lo otro no se lleva a la boca, que si no se tira del pelo, etc.

Y entonces, otro día, esta vez podría ser un sábado o un miércoles cualquiera, te encuentras a tu mico haciéndote preguntas incómodas, como por ejemplo, si no se debe mentir, ¿por qué hacemos bromas, si son como mentiras? Y te ves buscando una respuesta apta para niños que satisfaga su curiosidad. O mejor aún, va tu mico y te pregunta que por qué helado se escribe con la letra H si no se pronuncia.

Bueno, pues así, sin darnos apenas cuentas, resulta que nos hemos convertido en maestras y profesores improvisados. Ahora somos nosotros, como madres (y padres) quien tenemos que enseñar a nuestros hijos a ser personas de bien, inculcarles ciertos valores que creemos que les ayudarán en su vida adulta. Y lo peor de todo, como he dicho antes, es que esto lo hacemos de manera improvisada. Cruzando los dedos mientras intentamos que nuestros hijos comprendan lo que les estamos diciendo. Confiando en que capten la sutileza de nuestras palabras.

CONTRAS:

  1. No hay libro de instrucciones. Habrá manuales o algún libro de algún gurú de turno con sus prácticas y consejos. Pero a la hora de la verdad, sólo estamos nosotros como padres y nuestros hijos. Y, como lo que vale para un niño no vale para otro, aunque ambos sean hermanos, no nos queda nada más que la prueba y error.

  2. Asumidlo, dentro de unos años, nosotros seremos los malos. Nos lo cuestionarán todo, cosa que no es de por sí mala, pero nos sacarán de los nervios. Me temo que los desafíos que nos lanzan con 4 años se van a quedar en peccata minuta cuando tengan 16.

PROS:

  1. Como todo en esto de la maternidad, hay que confiar en nosotras mismas y pensar que estos valores que hoy les transmitimos, cuando sean adultos de verdad les serán de gran utilidad. Hay que darles las herramientas para que puedan salir al mundo y volar libres.

  2. Como nadie nos obliga a nada, podemos enseñar a nuestros hijos de la manera que más adecuada consideremos. Un ejemplo de ello, es el reto del rinoceronte naranja, que tan buenos resultados les ha dado a algunas madres.

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20Nov/13

… de la koiné (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Buscando palabras que abarquen todas las letras de mi particular Diccionario de la maternidad (dentro de la Maternidad de la A a la Z de Trimadre a los Treinta), me he topado con esta palabreja tan rara koiné. Podéis encontrar su definición oficial en la RAE y también la recoge la Wikipedia.

No voy a repetirme, así que daré un par de pinceladas. Históricamente, koiné es una lengua hablada en el mundo helenístico tras Alejandro Magno. Es un dialecto griego que se diferencia del griego clásico básicamente en la pronunciación. Como curiosidad, el griego del Nuevo Testamento es koiné. Lingüísticamente, se llama koiné a una lengua común resultado de la unión de algunas variedades idiomáticas.

Y dicho todo esto, seguro que ahora sí intuís por dónde voy. Tras las definiciones, he llegado a la conclusión de que en mi casa hablamos koiné. Y no me refiero a un dialecto griego antiguo, no. Me refiero a la segunda acepción de la RAE. Y, una vez establecido que aquí hablamos koiné, tengo la obligación de deciros que soy traductora y bilingüe, pues hablo perfectamente tanto el castellano como koiné.

Palabras como “che”, “papae”, “má”, “anna”, “abua”, “papapi”, “aha”, “pepe”, “pi” o “eie” (por decir algunas) están en uso constante en nuestra casa. Y básicamente soy yo quien las comprende y las traduce al resto del mundo. Incluida, a veces, mi propia familia.

Pero, claro, si yo soy la traductora, ¿quién es el miembro de la familia que habla koiné? Pues el Peque, quién si no. Ese pequeñajo con lengua de trapo se ha dado cuenta de que en ocasiones los gestos no le valen, por mucho que señale con el dedo y yo crea que se va a descoyuntar el hombro, y que en el lenguaje oral tiene un increíble instrumento para hacerse entender. Con año y medio, habla muchísimo y puede tirarse hablando veinte minutos seguidos sin parar. Lo malo es que la gran mayoría de las veces, sólo él se entiende. Mientras le oigo muy atentamente (cogiendo notas en mi libreta de koiné-español), sonrío, asiento y le digo cosas como: “claro, hijo”, “di que sí” o “ajá” temiendo el día que haya examen sorpresa. Yo me he considerado siempre alumna aplicada, de las que no le gusta dejarlo todo para el último día, así que estudio koiné a diario. Pero no sé yo si voy por buen camino…

CONTRAS:

  1. Como el koiné-hablante es un mico de 18 meses que no habla bien nuestro idioma, es complicado encontrar el significado de una palabra nueva. A veces, puedo tardar días.

  2. Es frustante cuando el Peque dice una palabra nueva en koiné y todos los de la habitación me miran esperando traducción… y resulta que yo estoy tan perdida como ellos.

  3. Si no fuera porque estoy segura de que cada bebé habla su propio koiné, publicaría un diccionario de koiné y creo firmemente que me haría rica. O al menos ganaría dinero para salir del paso. Seguro.

PROS:

  1. Una vez desentrañado el significado de una palabra, es divertido sentarse a ver cómo los demás intentan descubrir a qué se refiere el Peque… y no dan pie con bola. Pero no soy tan mala, a los cinco minutos ya les estoy chivando la respuesta.

  2. Es gratificante que el Peque vaya adquiriendo más vocabulario y que consiga hacerse entender con él. Aunque dicho vocabulario esté plagado de palabras en koiné…

  3. Seguro que cuando erais pequeñas teníais un lenguaje secreto con vuestra hermana o mejor amiga que sólo entendíais vosotras. Era genial que nadie más os entendiera, ¿verdad? Yo estoy reviviendo aquello con el Peque ahora, pero también lo reviví con el Mayor y el Mediano en su momento.

  4. Suerte que el Peque también está aprendiendo nuestro idioma. “Papá” y, sobre todo, “mamá” las dice a la perfección. Pero a diferencia de sus hermanos, quienes dijeron antes “mamá” que “papá”, el Peque dijo antes “papá”, para gran satisfacción de su progenitor. Luego se dio cuenta de que quien iba a quedarse en casa con él todos los días era yo y empezó a decir “mamá” de forma desmesurada. A peloteo no le gana nadie.

Para terminar y como sé que lleváis un buen rato dándole a la cabeza para ver si sabíais qué palabras son las que dice el Peque, he decidido no dejaros con la intriga. A continuación, el significado de las palabras antes mencionadas en el koiné propio de esta casa:

  • che → coche

  • papae → mariposa (sólo el Peque sabe por qué)

  • → más o “dame eso que quiero y que lo quiero ahora mismo”. Suele acompañarse de un insistente movimiento de dedo acusador al objeto de deseo en cuestión

  • anna → rana

  • papapi → Peppa Pig o cualquier animal grande y rosa

  • aha →hola

  • pepe → Pepe, en concreto, el Burro Pepe

  • pi → pito (suele ir acompañado de un tocamiento de órgano reproductor masculino)

  • eie → iPod, toma el nombre de una foto de su prima que hay en dicho aparato y que le encanta ver una y otra vez

  • abua → agua

Quien las haya acertado todas está invitada el próximo fin de semana a casa. Tarta y café corren por mi cuenta.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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12Sep/13

… de las cosquillas (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

– Mamá, hazme cosquillas…

– ¿Ahora?

– Sí, ahora…

– ¿Puedes esperar un momento? Estoy terminado de…

– Vengaaa… porfi… hazme cosquillas…

Y ahí estoy yo, con un mico de 6 años haciéndole cosquillas como si no hubiera un mañana. Y se ríe. Y su risa es pura. Es diversión en grado máximo. Puro placer de reír por reír. Él se estira, se retuerce, a ratos no puede respirar. Paro. Coge aire. Creo que le he agotado. Un “mamá, ahora hazme cosquillas por aquí” me deja claro cristalino que tiene ganas de más.

El Peque nos mira y se ríe. Se ríe con ganas. La risa es contagiosa, está claro. Con su lengua de trapo me dice “má, má”, lo que con el pequediccionario en la mano viene a significar que siga cosquilleando a su hermano y que, por supuesto, él también quiere. Alargo la mano que me sobra y le hago cosquillas a él también. Más risas.

Con el rabillo del ojo miro al Mediano. Le veo con los ojos como platos. Con una sonrisa de oreja a oreja. Se acerca cauteloso. El Mayor sigue revolviéndose y dando carcajadas. Espera paciente dos o tres nanosegundos. Después me suelta el “¡ahora a mí, mamá!”.

Cuento a los Trastos… uno… dos… tres… Cuento mis manos… una… y dos… Vaya, esto es un problema… Dejo de cosquillear al Peque y empiezo con el pipiolo de en medio. Ahora las risas suenan más altas, pero igual de puras. Me sorprendo a mí misma riéndome también. Alterno entre mis hijos para dar a basto con todas mis manos. Nos reímos los cuatro. Creo que si alguien pudiera vernos en ese instante por un agujerito, se convencería de que estamos algo chiflados en esta casa. Quizá no le falte razón. Pero aquí nos seguimos riendo.

CONTRAS:

  1. Hacer cosquillas es cansado para quien las hace. Qué dolor de manos se me pone algunas veces.

  2. En ocasiones, los adultos llegamos a la conclusión de que ese momento no es buen momento para hacer cosquillas a los niños. Creo que deberíamos pararnos a sopesarlo un poco más. ¿En serio no hay buenos momentos para hacer cosquillas? Yo estoy empezando a creer que cualquier momento es bueno para sacarle una risa a un niño.

  3. Se forma mucho alboroto. Bueno, para quienes estáis con el reto del rinoceronte naranja, ¿esto no cuenta como grito, verdad? 😉

PROS:

  1. Quien recibe las cosquillas acaba cansado. Y todos sabemos que después de la tempestad viene la calma… ¿Queréis cansar a un niño? ¿Pero de verdad? Hacedle cosquillas. Muchas. Por todo el cuerpo.

  2. La risa es contagiosa. Raro es que empecéis a hacerles cosquillas a vuestros hijos y no acabéis riéndoos vosotros también.

  3. Las cosquillas traen risas, las risas traen felicidad. Si habéis tenido un mal día, hacedles cosquillas a vuestros retoños. A los treinta segundos se os habrán olvidado todas las penas.

  4. Las cosquillas también son un juego. Jugad con vuestros hijos. Todos lo agradeceréis.

¿Que por qué incluyo las cosquillas en el Diccionario de la Maternidad de la A a la Z? Pues porque yo sólo hago cosquillas a mis hijos. El Tripadre no tiene y, además, prefiero no buscárselas ;-). Las cosquillas significan un rato en familia, un rato de juegos, un rato de diversión pura y dura. Las cosquillas implican prestar atención a las demandas de mis hijos, es dedicarles toda mi atención en ese preciso instante, buscar ese recoveco por dónde meter la mano y cosquillearles a gusto.

Y, si os animáis, después de hacerles cosquillas a ellos, que ellos os hagan cosquillas a vosotros. ¿Recordáis la última vez que alguien os hizo cosquillas de verdad y os reísteis a placer? ¿No es un rato genial?

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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