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04Jun/13

… de tener caracoles en casa

Caracol

Cuando era pequeña, insistí e insistí e insistí… (bueno, creo que lo habéis pillado) a mis padres para tener un perro en casa. Que yo recuerde, tuvimos tres: los dos primeros fueron cosa de mis padres, pero el tercero, ay, el tercero fue por pura cabezonería mía. Fue una perra preciosa, hija de una perrita de una prima de mi madre, que tuvo a bien dárnosla para que nos la lleváramos a casa. La perrita en cuestión estuvo con nosotros unos 13 años, se murió de vieja el año antes de que me casara. No sin antes haber traído al mundo otros dos cachorritos preciosos (uno de los cuales fue a parar a la casa de un compañero de trabajo de mi padre).

El caso es que, tan pesada me puse, que mi madre me dijo que, cuando yo tuviera mi propia casa, ella me regalaría un perro. Y, ¿qué queréis que os diga? Al principio me parecía una buena idea, pero ahora es una amenaza en toda regla. Con tres niños en casa, uno de ellos de un año, ni el Tripadre ni yo nos vemos con un perro, que al final es como un niño más. Sé las bondades de tener animal de compañía, como he dicho, tuve perro en casa de mis padres y mis abuelos tenían perros y gatos (y gallinas, cabras y burro). Sin embargo, creo que ahora no es un buen momento para tener perro (y el gato está descartado, pues al Tripadre no le caen nada bien… traumas infantiles, no puedo contaros más).

Sin embargo, yo sí que quería algún animalillo en casa. Tras arduas deliberaciones (mentira ;)), el Tripadre y yo decidimos (allá en la era A.T. o lo que es lo mismo, antes de los trastos) tener peces. ¡Menuda experta en el tema me volví! Bueno, sin explayarme mucho, diré que los peces siguen con nosotros… ellos y sus crías, que en esta casa somos muy prolíficos hasta los peces.

Pero hace poco se nos han unido un par de miembros más a nuestra familia animal (y no, no me refiero a un nuevo Trasto en camino ni a los alevines de mis peces). Todo empezó un día de esos de lluvia con una visita a casa de unos de los abuelos. A ver, ¿qué animal sale con la lluvia? ¡Los caracoles! Pues eso, que nos volvimos a casa con un caracol dentro de una caja.

Como vi que el Mayor le cogía cariño, le cuidaba y se preocupaba por que le diéramos de comer, me fui a por una tortuguera o como se diga. Vamos, una caja de plástico transparente con asa y con tapa por la que circula el aire y con una mini tapa que se abre para echarles de comer. Y ahí mudamos al caracol. Y el Mayor tan encantado que incluso se lo llevó a clase un día. Y, lo más increíble de todo, volvió con la caja entera y el caracol vivito y coleando.

A los pocos días, nuestro caracol se subió a una pared, se pegó a ella y ahí se quedó unos cuatro o cinco días. Empezaron a asaltarme las dudas… mira que si el caracol se ha puesto ahí para morirse… de hambre, suponía porque por más lechuga fresca que le echaba, no se dignaba a bajar a comer.

Una vez más, trasteando por Internet, aprendí que, para mantenerlos, hace falta una capa de tierra, del mismo tipo que la de donde se encontrara el caracol (tierra de maceta, en mi caso). Pues ahí se la puse. ¿Y el caracol? Pues en su pared. Entonces llegó la otra abuela con otro caracol. Enterada de lo emocionado que estaba el Mayor con su caracol, en cuanto vio uno no dudó en guardarlo para traérselo. Resumiendo, dos caracoles. Como la caja en la que teníamos al primero se dio un golpe que, aunque no llegó a romperla, sí que hizo una grieta por donde se escapaba el agua que le echábamos, me fui a por otra igual pero más grande. Y le eché una buena capa de tierra, como unos dos dedos, y agua, para mantener la humedad. Y ahí metimos a los dos caracoles.

Y, ahora sí, ambos salieron de sus conchas. Supongo que se presentaron o lo que sea que hagan los caracoles… Sin comerlo ni beberlo, habíamos armado un caracolario. El primer caracol hizo un hueco en la tierra (no me preguntéis cómo porque para mí sigue siendo un enigma) y ahí pasa la mayor parte del tiempo. El segundo es más explorador y se le ve más… ¡por favor! ¡Qué largo puede ser un caracol!

CONTRAS:

  1. Si sois asquerositos/as, no tengáis caracoles porque babosos son un rato.

  2. La cajita es de plástico, así que hay que tener mucho cuidado con las caídas y golpes, no se vaya a romper y luego toque encontrar al caracol. Os aviso, lo de que los caracoles son lentos es un mito. Les he visto recorrer la caja en muy poco tiempo. No os fiéis de ellos ;).

  3. Hay que mantener la cajita limpia. Esto implica quitar la lechuga vieja y reemplazarla por otra fresca. La tierra también hay que cambiarla, aunque no tan a menudo como la comida.

PROS:

  1. No hay que sacarles a que hagan sus necesidades.

  2. No sólo de lechuga vive un caracol. Leí por internet que les gusta la zanahoria. Yo le he echado un par de trocitos, además de un poco de calabacín. Los míos prefieren sin lugar a dudas éste último. ¿Será que está más blando y mis caracoles son un poco vaguetes?

  3. Tener un caracol implica una responsabilidad más para el niño. Vale que al final os va a tocar a vosotros, pero se puede aprovechar para inculcar un poco de responsabilidad a los peques.

  4. Hemos guardado la cajita pequeña por si quieren sacarlos de paseo o volver a llevárselos al cole. Os garantizo que ese día son el rey de la clase.

Al parecer, los caracoles son hermafroditas, así que, visto lo mucho que nos gusta procrear en esta casa, no descarto tener pequeños caracolitos dentro de un tiempo… Os mantendré informados.