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12Jul/13

… del biberón cuchara

Biberón cuchara

El mundo de los bebés tiene cosas que no te esperas. Cuando nace el bebé te suelen regalar un montón de cosas que, si es el primero, es probable que no sepas para qué sirvan. Luego llegan otras que no tenías ni idea de que existían, pero que están ahí. Y hasta puede que, por muy estúpidas que las consideras al principio, resulta que andan por tu casa.

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04Mar/13

… del biberón

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Es muy probable que, aunque le hayas dado el pecho a tu bebé, al final, con la alimentación complementaria, acabes dándole también el biberón. Te imaginas que va a ser fácil porque más complicado que conseguir que tu bebé se agarre bien al pecho sin que te duela no puede ser… ¿o sí?

CONTRAS:

  1. Hay que ir a comprarlo, las tetas ya las traías tú de antes. Y entonces empiezas con las dudas existenciales, que se resumen en ¿cuál leches compro? Los hay para todo: anticólicos, con forma de teta, anchos, estrechos, altos, bajos, para que sea más fácil sujetarlo, bonitos, feos, horrorosos, caros, no tan caros… Si el bebé en cuestión tiene un hermano mayor, ya sabrás algo de biberones. Y digo “algo” porque cada día salen al mercado modelos nuevos y te toca empollártelos otra vez. Y tú que pensabas que iba a ser tan fácil como ir a comprar el más bonito porque tu bebé lo vale…

  2. Cuando ya te has decidido por un biberón, aparece el siguiente problema: las tetinas. Cuya duda existencial viene a ser ¿cuál leches compro? Las hay de látex, de caucho, con una gota, dos gotas, tres gotas, de tres posiciones, primeras tomas, anchas, estrechas, para papilla… y no te recuerdas tan indecisa desde… desde… desde… nunca. ¡Joer, que sólo son un biberón y una tetina para que tu bebé se alimente! En ese momento, odias al pediatra por hablarte de alimentación complementaria y cereales… y te acuerdas de tus tetas. Esperemos que tu bebé se conforme con la que te has traído y no tengas que volver a comprar la que has dejado.

  3. Después de usar biberón y tetina, hay que lavarlos para volver a usarlos. Tu teta te la guardabas en el sujetador y, como mucho, le ponías un protector para que no se te escapara la leche. Y éste es otro problema porque, a menos que tengas un biberón pequeño al que llegues al fondo con tus dedos, necesitas un limpiador de biberones. Los hay, como no podía ser de otra manera, de muchos tipos. Sólo con cerdas, con cerdas y esponja, con limpiatetinas, sin ellas… De nuevo, la duda… ¿cuál leches compro? Tus tetas no las lavabas tanto, como mucho una ducha diaria… si es que consigues ducharte todos los días esas primeras semanas tras el parto.

  4. Hay que esterilizarlo. Todo. Biberón y tetina, chupete si tu bebé lo usa, y tus manos si me apuras, que menudo miedo te mete el pediatra con los gérmenes, sistema inmunológico y demás. Que vale que tampoco es que hayas ido refregando tus tetas por la acera, pero dudas de que tus pezones estén tan esterilizados como la tetina… y tu bebé sigue sano y salvo. Así que ahora te toca comprar el esterilizador. ¿Cómo lo quieres? Los hay de pastillas, de microondas, para un par de biberones, para cinco biberones, con pinzas para coger el biberón sin quemarte los dedos, sin pinzas… De nuevo, la dichosa duda existencial, ¿cuál leches compro?

  5. El agua. ¿Qué? ¿Te creías que iba a ser tan fácil como abrir el grifo? Pues no, al menos los primeros meses. Así que te toca comprar agua mineral embotellada o hervir la del grifo tú misma en casa.

  6. La leche. No, no es una expresión. Me refiero a la leche en polvo necesaria para hacer el biberón a tu bebe. Miles de dudas existenciales… otra vez. Las hay con prebióticos, con fibra, reforzadas, mineralizas, dulces sueños… De nuevo, ¿cuál leches compro? Nunca mejor dicho. En este punto, te preguntas por qué no habrás estudiado química o ingeniería, porque vaya con el dichoso biberón. Vuelves a acordarte de tus tetas y llegas a la conclusión de que no las has valorado lo suficiente.

  7. Y, por supuesto, los cereales. Razón por la que probablemente te has metido en este berenjenal y has perdido media mañana para poder darle un simple biberón a tu bebé… para que luego no lo quiera y berreé desconsoladamente porque quiere tu teta otra vez.

  8. Se enfría. Ya no está a la temperatura ideal para tu bebé. No puedes dejarlo frío ni puede quemar. Vas a tener que probarlo para asegurarte de que tu retoño lo puede tomar tranquilamente. Y si tarda mucho en tomárselo, volver a calentarlo. Los microondas que miden el tiempo por segundos adquieren una nueva dimensión para ti. Odias los de la ruedecita. Y ya que estás odiando, vuelves a odiar al pediatra. Y llegas a la conclusión de que, definitivamente, no habías valorado tus tetas como se merecían.

  9. Si sales de casa y te va a tocar una toma, tienes que prepararlo todo. Ya no sólo tienes que llevarte ropa limpia, toallitas y pañales por si las moscas. Ahora incorporas otra bolsita, la del biberón. Y que no se te olvide porque tendrás que volverte a casa o correr a comprarlo todo otra vez. Como dice mi madre, quien no tiene cabeza tiene que tener pies.

PROS:

  1. El biberón puede dárselo cualquiera. La alimentación de tu bebé no es exclusividad tuya (esto, suponiendo que no hayas usado antes el sacaleches, se entiende). Lo que te permite poder dejar a tu retoño al cuidado de otra persona y salir sin estar mirando el reloj.

  2. Con el biberón, sabes exactamente la cantidad de leche y cereales que toma tu bebé. Con el Tercero, en una revisión para ponerle la vacuna, la enfermera me preguntó si tomaba pecho o biberón. Yo le dije que pecho y acto seguido me soltó que, con la edad que tenía, debía tomar, al menos, X cantidad de leche. Que cara se me pondría que, al mirarme, se dio cuenta de la absurdez que acababa de soltar. “Bueno, si le das pecho, no sabes cuánta leche toma”, bien por ella. Por un momento pensé que tendría que explicárselo yo…

  3. Como ya dije en la entrada de la lactancia, que tu bebé ya no vaya a usar tus tetas significa que tu Marido puede volver a disponer de ellas. Chiribitas en los ojos y aplausos con las orejas. No digo más.

El biberón es una lata. Y no, no es un juego de palabras. Si la lactancia va bien, lo mejor es dar el pecho. Pero la cruda realidad es que a veces no se puede o no se quiere. Y, aunque le des el pecho a tu bebé, en algún momento va a necesitar una alimentación que complemente a la leche materna para que se desarrolle de manera adecuada y no tenga carencias. Así que te armas de valor y paciencia y te vas a comprar todo lo necesario para prepararle su primer biberón. No te vendrá mal para cuando crezca que vayas desarrollando estas cualidades.

02Mar/13

… de la lactancia materna

Me enorgullece decir que mis tres hijos tomaron leche materna. Alguno más que otro. Yo había leído lo beneficioso que es para la madre y para el bebé dar el pecho. Nació el Mayor y en cuanto llegué a la habitación me lo arrimé. Los bebes vienen “programados” para lactar, había leído. Será arrimarle a la teta y empezar a comer, recuerdo haber pensado. Pues no. Los bebés vendrán con lo de chupar de fábrica, pero lo de agarrarse bien al pezón hay que enseñárselo. Y ahí estábamos los tres: madre, padre y enfermera; intentando que mi bebé lactara. Al final, lo conseguimos… éramos tres frente a uno, el pobre tuvo que consentir. Y de ahí en adelante, con alguna grieta en el pezón (solventada con jabón de la abuela, sí, ése que se hace con aceite y sosa caústica, mano de santo, pero de verdad), mi bebé lactó hasta los 6 meses. El Mayor se estableció él solito un horario de comida. Cada cuatro horas, de reloj. Al introducir la alimentación complementaria decidió por su cuenta y riesgo que aquello estaba más rico y que la teta ya le aburría. Se acabó dar el pecho.

Cuando nació el Mediano, yo iba de ya-me-lo-sé-todo. Fue llegar a la habitación y no esperé ni a la enfermera ni nada. Arrimar a mi bebé al pecho y agarrarse fue todo uno. Yo, ilusa, pensaba que sería igual que con el primero. Y mi hijo me dio una lección de humildad. Él no iba a ser como su hermano ni de lejos. Para empezar, lloraba cada 15 o 20 minutos. Qué digo llorar, más bien berreaba. Y yo, cada vez que se ponía así, me lo arrimaba al pecho. De nada servía. Esto ya hubiera sido duro si hubiera estado mi bebé solo, pero es que ya tenía un hermano mayor al que también había que atender. La lactancia fracasó estrepitosamente a pesar de poner todo mi empeño en ella. Confluyeron varias cosas. Por un lado, mi desconsolado bebé que no paraba de llorar (después sabríamos que la razón era su piel atópica). Por otro, un pediatra que daba palos de ciego y no acertaba a decirnos por qué lloraba tanto. Además de esto, mi padre pasó por una enfermedad muy grave (que afortunadamente superó) y pasé por mucho, mucho estrés. La lactancia se resintió y mi hijo pagó el pato. Empezó a tomar el biberón al mes de nacer y, aunque intenté darle lactancia mixta para no perder los beneficios de dar pecho, a los dos meses ya tomaba exclusivamente biberón. Los pechos llenos de leche no eran más que un recuerdo del pasado que mi segundo hijo no conoció. Por supuesto, hubo quien aseveró que yo no producía la leche necesaria porque le arrimaba al pecho demasiado a menudo. Justo lo que necesitaba oír una madre que apenas dormía y que veía como su lactancia estaba destinada al fracaso. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sé que fue más por culpa del estrés que pasé aquellos meses.

Con el tercero, yo ya estaba en plan a-ver-qué-me-encuentro. Tras dos partos vaginales sin complicaciones, el Pequeño tuvo que venir al mundo con una cesárea de urgencia (“cesárea violenta” en palabras del anestesista y “una de las peores de mi vida profesional” según mi ginecóloga). Perdí mucha sangre y estuve en REA algunas horas. Horas interminables alejada de mi bebé. Pero el bebé tenía que comer con o sin su madre. Así que lo primero que probó mi hijo en este mundo fue un biberón. Una vez más, en cuanto llegué a la habitación, le arrimé al pecho y mi bebé comió. He de decir que chupaba con poca fuerza, se quedaba dormido comiendo y le costó recuperar el peso al nacer (le agradezco en el alma a su pediatra la ayuda que nos dio para mantener la lactancia). Pasado el bache inicial, mi bebé fue un bebé lactante. Lactante a demanda y hasta los 8 meses, cuando él solo decidió que la teta ya la tenía muy vista. De nuevo, hubo quien se aventuró a decir que, como estaba todo el día colgado a la teta, es que tenía hambre y que yo debería darle un biberón para que se hartase más y no comiera tanta teta. A estas alturas, yo, trimadre, tenía dos cosas claras: una era que cada nuevo hijo te convierte en madre primeriza, pues cien hijos tendrás y ninguno será igual. La otra cosa que tenía clara era, tras el fracaso con el Mediano, que iba a mantener la lactancia materna de la manera, tiempo y forma que mi bebé y yo quisiéramos (más él que yo, he de reconocer). Hacer oídos sordos era mi lema de cabecera.

Dicho todo esto y teniendo en cuenta de que la lactancia de mis tres hijos ha sido totalmente distinta en los tres casos, desde mi punto de vista, estos son sus contras y pros.

CONTRAS:

  1. Es cuando el bebé quiera. Da igual si son las tres de la tarde o las cuatro de la mañana, el bebé quiere comer y tienes que sacar la teta. Tampoco importa si estás tranquila en casa, si hay visitas agotadoras o si tienes a uno de sus hermanos trepándote por la espalda mientras que el otro hace saltos mortales desde el sofá.

  2. Es donde el bebé quiera. Cuando tiene hambre, tiene hambre. Y no atiende a razones. Poco importa que estés en un restaurante, en mitad del supermercado o dando un paseo a 5 minutos de casa. Intenta explicarle a tu bebé que es cuestión de 10 minutos, más o menos lo que vais a tardar en llegar a casa y sacarte la teta. Suerte.

  3. Las manchas de leche. En cuanto te sube la leche, los protectores para la leche están a la orden del día. Imprescindibles si quieres mantener la poca dignidad que te queda. Ya vas hecha una piltrafa, con ojeras, despeinada, muerta de sueño y llena de manchas de las regurgitaciones. Lo que te faltaba ya eran unas llamativas y enormes manchas alrededor de tus pezones. Protectores a go-gó.

  4. El sujetador se convierte en parte de tu anatomía. De día, de noche, estés vestida para salir o en pijama. El sujetador es como tus bragas, va siempre contigo. En invierno es más llevadero, pero en verano es horroroso… Y además suelen ser feos (los bonitos cuestan una pasta que yo no me llegué a gastar). Lo que va genial para tu autoestima de madre-piltrafa.

  5. Yo no usé sacaleches (salvo con el Tercero y sólo durante una semana para salvar la lactancia), así que la única que podía darle de comer era yo. Eso significaba que si tenía que ir a algún sitio y dejaba a mis hijos con los abuelos, por ejemplo, tenía que volver rápida y veloz, dejando aquello que estuviera haciendo, para darle de comer al bebé.

  6. Todo lo que comes, lo come tu bebé. De ahí que no bebes alcohol, reduces el café o te pasas al descafeinado y evitas el café, los espárragos, las coles y las medicinas. Cruzas los dedos para no pillar una gripe de aúpa y tener que recurrir a los antibióticos.
  7. Habrá a quien no le pase, pero, en mi caso, cuando estoy dando el pecho, mis tetas son propiedad exclusiva de mi bebé. Así que este contra es más por el padre, pobre… Pues por muchas ganas que tenga, no dejo que mi bebé las comparta, pues no me siento cómoda y mi marido, afortunadamente, lo entiende. No voy a relatar aquí cómo le hicieron chiribitas los ojos al tripadre cuando le comuniqué que el Tercero, tras ocho meses, había dicho adiós a la lactancia…

PROS:

  1. La comida de tu bebé siempre está lista. La cantidad necesaria a la temperatura ideal. No tienes que preparar nada cuando sales de casa. Va siempre contigo.

  2. No tienes que lavar ni esterilizar ni secar nada. Que tiene hambre, teta fuera y ya. No hay que hacer nada más.

  3. Los beneficios inmunológicos de la lactancia están más que demostrados científicamente. Yo no soy, ni de lejos, una experta en la materia, pero no deja de resultarme curioso que el Mediano, el que menos pecho tomó de bebé, sea ahora el más propenso a enfermar y que sus constipados acaben siempre complicándose.

  4. Ese momento íntimo y de conexión entre tu bebé y tú cuando mama es fantástico. Es cierto que también existe con el biberón, pero, al menos yo, me siento más unida a mi bebé cuando se trata del pecho. Es asombroso que un ser humano, una persona, se forme en tu vientre. Y sigue siendo asombroso que, una vez que llega al mundo, tu cuerpo siga haciéndose cargo de él produciendo el alimento exacto que el bebé necesita. Quien diga que no cree en los milagros no ha tenido hijos.

Resultado final: me salen más contras que pros. Cualquiera podría decir que entonces sería mejor no darle el pecho. Pues, bajo mi punto de vista, no. ¿Por qué no? Pues porque para mí los pros tienen más importancia que los contras. He dado tanto el pecho como el biberón, así que tengo las dos experiencias para comparar. Y, si alguien me pregunta, siempre le recomendaré la lactancia materna y exigiré un total respeto y comprensión para aquellas madres que den el biberón a sus bebés.

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Si buscas más información o ayuda sobre la lactancia, no dejes de mirar estos enlaces proporcionados por Mamá sin complejos: