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08Abr/13

… del puré

Después de hablar de la lactancia y del biberón, la lógica me dice que ahora toca hablar de purés. Tarde o temprano, todo bebé necesita alimentación complementaria, la leche (de pecho o de biberón) ya no es suficiente y debe probar alimentos nuevos. Es la época en la que se descubren algunas alergias alimenticias (al pescado, al huevo…). Se puede optar por el método baby-led weaning (BLW), que básicamente consiste en darle al bebé alimentos sólidos, sin pasar antes por el puré. A quien quiera saber más sobre este método, lo que es y cómo se aplica, le recomiendo encarecidamente que se pase por el blog de Annabel.

Yo opté por los purés. Más que nada porque desconocía otros métodos (como el BLW). No sé por cuál hubiera optado de saber que había alternativas al pué, la verdad. La cuestión es que mis tres hijos han comido purés. El Pequeño está en ello ahora mismo. Así que, como siempre, aquí os dejo de relación de contras y pros. ¡Empezamos!

CONTRAS:

  1. Las cantidades. Según el primer pediatra al que acudí (allá cuando el Mayor era un bebé) me dio la siguiente relación: 20 g de pollo por 200 g de verduras en cada toma de puré. Os podéis imaginar, como madre primeriza que era, cómo iba con la báscula (de cocina, se entiende) pesándolo todo. Exactitud al máximo. Nada de 22 g de pollo, tenían que ser 20 g exactos. Y con la verdura lo mismo. Como anécdota, os diré que cuando mi primer bebé probó el arroz, ni corta ni perezosa, eché los 20 g de pollo con 200 g de arroz. Aquello ni era papilla ni era nada. Una plasta en toda regla que, lejos de probarla mi bebé, tuvo que ir directamente a la basura. Por cierto, yo ya con el tercero lo hago a ojo. La báscula me echa de menos.

  2. El tiempo. Si el bebé en cuestión come bien el puré, estupendo. Pero si no, puedes pasarte un buen rato cucharita va, cucharita viene. Cansado el bebé, cansado quien le dé de comer. Con lo fácil que era arrimarle al pecho y entretenerte viendo la tele, leyendo algo o simplemente mirándole embobada mientras mamaba, ¿verdad?

  3. Si al bebé le da por hacer pedorretas (pasa más veces de las que nos gustaría recordar), va a haber puré hasta debajo de los armarios. Que al principio te hace gracia, mírale, qué mono el bebé, si sabe hacer pedorretas… qué tierno, se ha puesto de puré hasta las orejas, sí, pero es taaannn mono… A la quinta, ni mono, ni mona, ni orangután ni nada. Te lo tomas como algo personal. Cuando el puré llega hasta tus orejas, empiezas a maldecir el día en que le enseñaste a pedorrear. Si quien se lo enseñó fue otra persona, le declaras ahí mismo odio eterno. Y, si además, dicha persona aún no se ha estrenado en esto de la pa/maternidad, decides que lo primero que le enseñarás a su vástago será a hacer pedorretas, a la hora de la comida a poder ser.

  4. El puré hay que prepararlo. Y con más antelación que el biberón. Con el biberón sólo hay que calentar el agua y echarle los polvos. Y ya. El puré hay que hacerlo antes porque hay que batirlo y dejar que adquiera la temperatura adecuada para no escaldar la lengua del bebé. Y luego, además, hay que fregar la olla, la batidora y demás.

  5. Cuando salimos fuera de casa, hay que calentarlo. Esto implica encontrar un sitio donde te hagan el favor. Y, una vez que te lo hacen, esperar para que no esté ni demasiado frío ni demasiado caliente (a ver cómo le explicas a un bebé hambriento que ese puré que tiene delante quema demasiado para que se lo coma ya y que ni soplando consigues que se temple…). Después de tres niños, yo me hice con una bolsita térmica y, antes de salir de casa, caliento el puré a tope y lo guardo ahí. Así mantiene el calor y, si calculo bien, se lo puedo dar a su hora sin depender de tener que calentarlo fuera de casa.

PROS:

  1. Como pasa con el biberón, el puré se lo puede dar cualquiera. Puedes dejar a alguien encargado de dárselo al bebé e irte a hacer otras cosas (como una ducha o comprar verdura para el siguiente puré).

  2. Ya que te pones, puedes hacer purés para varios días. La olla a presión (exprés, rápida) para esto es genial. Multiplicas las cantidades, lo repartes en recipientes y al congelador. Ahí lo tienes para varios días. Así no es necesario liarte todos los días en la cocina. Yo lo hago una vez a la semana.

  3. Creo firmemente que mi bebé nunca volverá a comer tantas verduras juntas como en este periodo de su vida. Madre mía la cantidad de verdura (vitaminas, minerales) que se mete para el cuerpo. O quien sabe, quizás te pase como a mis Trastos mayores, que ahora han empezado a aficionarse a los purés de verduras a base de ver al Pequeño los platazos que se mete entre pecho y espalda. Alguna cucharadita le han regateado al Peque. Y eso que para el bebé los hago sin sal…

  4. El puré les llena. Es tontería, me llena a mí, imaginaos a un bebé con el estómago más pequeñito. Así que normalmente, después de comer, la siesta se la echa sin problemas. Al menos eso me ha pasado a mí con los tres.

Dentro de poco, empezará con la comida sólida. Cuando empiece a guiarse por los ojos y a decir “esto no me gusta” sólo porque sea de un determinado color o tenga cierto aspecto, estoy segura de que echaré de menos esta etapa en la que se comía todo lo que yo le echara al puré. Y, para que no se me olvide, tengo que hacerle una foto pringado hasta los codos, porque, por mucho que se manche y por mucho que tenga que limpiar yo después, en las fotos así, los bebés están taaannn monos… 😉

04Mar/13

… del biberón

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Es muy probable que, aunque le hayas dado el pecho a tu bebé, al final, con la alimentación complementaria, acabes dándole también el biberón. Te imaginas que va a ser fácil porque más complicado que conseguir que tu bebé se agarre bien al pecho sin que te duela no puede ser… ¿o sí?

CONTRAS:

  1. Hay que ir a comprarlo, las tetas ya las traías tú de antes. Y entonces empiezas con las dudas existenciales, que se resumen en ¿cuál leches compro? Los hay para todo: anticólicos, con forma de teta, anchos, estrechos, altos, bajos, para que sea más fácil sujetarlo, bonitos, feos, horrorosos, caros, no tan caros… Si el bebé en cuestión tiene un hermano mayor, ya sabrás algo de biberones. Y digo “algo” porque cada día salen al mercado modelos nuevos y te toca empollártelos otra vez. Y tú que pensabas que iba a ser tan fácil como ir a comprar el más bonito porque tu bebé lo vale…

  2. Cuando ya te has decidido por un biberón, aparece el siguiente problema: las tetinas. Cuya duda existencial viene a ser ¿cuál leches compro? Las hay de látex, de caucho, con una gota, dos gotas, tres gotas, de tres posiciones, primeras tomas, anchas, estrechas, para papilla… y no te recuerdas tan indecisa desde… desde… desde… nunca. ¡Joer, que sólo son un biberón y una tetina para que tu bebé se alimente! En ese momento, odias al pediatra por hablarte de alimentación complementaria y cereales… y te acuerdas de tus tetas. Esperemos que tu bebé se conforme con la que te has traído y no tengas que volver a comprar la que has dejado.

  3. Después de usar biberón y tetina, hay que lavarlos para volver a usarlos. Tu teta te la guardabas en el sujetador y, como mucho, le ponías un protector para que no se te escapara la leche. Y éste es otro problema porque, a menos que tengas un biberón pequeño al que llegues al fondo con tus dedos, necesitas un limpiador de biberones. Los hay, como no podía ser de otra manera, de muchos tipos. Sólo con cerdas, con cerdas y esponja, con limpiatetinas, sin ellas… De nuevo, la duda… ¿cuál leches compro? Tus tetas no las lavabas tanto, como mucho una ducha diaria… si es que consigues ducharte todos los días esas primeras semanas tras el parto.

  4. Hay que esterilizarlo. Todo. Biberón y tetina, chupete si tu bebé lo usa, y tus manos si me apuras, que menudo miedo te mete el pediatra con los gérmenes, sistema inmunológico y demás. Que vale que tampoco es que hayas ido refregando tus tetas por la acera, pero dudas de que tus pezones estén tan esterilizados como la tetina… y tu bebé sigue sano y salvo. Así que ahora te toca comprar el esterilizador. ¿Cómo lo quieres? Los hay de pastillas, de microondas, para un par de biberones, para cinco biberones, con pinzas para coger el biberón sin quemarte los dedos, sin pinzas… De nuevo, la dichosa duda existencial, ¿cuál leches compro?

  5. El agua. ¿Qué? ¿Te creías que iba a ser tan fácil como abrir el grifo? Pues no, al menos los primeros meses. Así que te toca comprar agua mineral embotellada o hervir la del grifo tú misma en casa.

  6. La leche. No, no es una expresión. Me refiero a la leche en polvo necesaria para hacer el biberón a tu bebe. Miles de dudas existenciales… otra vez. Las hay con prebióticos, con fibra, reforzadas, mineralizas, dulces sueños… De nuevo, ¿cuál leches compro? Nunca mejor dicho. En este punto, te preguntas por qué no habrás estudiado química o ingeniería, porque vaya con el dichoso biberón. Vuelves a acordarte de tus tetas y llegas a la conclusión de que no las has valorado lo suficiente.

  7. Y, por supuesto, los cereales. Razón por la que probablemente te has metido en este berenjenal y has perdido media mañana para poder darle un simple biberón a tu bebé… para que luego no lo quiera y berreé desconsoladamente porque quiere tu teta otra vez.

  8. Se enfría. Ya no está a la temperatura ideal para tu bebé. No puedes dejarlo frío ni puede quemar. Vas a tener que probarlo para asegurarte de que tu retoño lo puede tomar tranquilamente. Y si tarda mucho en tomárselo, volver a calentarlo. Los microondas que miden el tiempo por segundos adquieren una nueva dimensión para ti. Odias los de la ruedecita. Y ya que estás odiando, vuelves a odiar al pediatra. Y llegas a la conclusión de que, definitivamente, no habías valorado tus tetas como se merecían.

  9. Si sales de casa y te va a tocar una toma, tienes que prepararlo todo. Ya no sólo tienes que llevarte ropa limpia, toallitas y pañales por si las moscas. Ahora incorporas otra bolsita, la del biberón. Y que no se te olvide porque tendrás que volverte a casa o correr a comprarlo todo otra vez. Como dice mi madre, quien no tiene cabeza tiene que tener pies.

PROS:

  1. El biberón puede dárselo cualquiera. La alimentación de tu bebé no es exclusividad tuya (esto, suponiendo que no hayas usado antes el sacaleches, se entiende). Lo que te permite poder dejar a tu retoño al cuidado de otra persona y salir sin estar mirando el reloj.

  2. Con el biberón, sabes exactamente la cantidad de leche y cereales que toma tu bebé. Con el Tercero, en una revisión para ponerle la vacuna, la enfermera me preguntó si tomaba pecho o biberón. Yo le dije que pecho y acto seguido me soltó que, con la edad que tenía, debía tomar, al menos, X cantidad de leche. Que cara se me pondría que, al mirarme, se dio cuenta de la absurdez que acababa de soltar. “Bueno, si le das pecho, no sabes cuánta leche toma”, bien por ella. Por un momento pensé que tendría que explicárselo yo…

  3. Como ya dije en la entrada de la lactancia, que tu bebé ya no vaya a usar tus tetas significa que tu Marido puede volver a disponer de ellas. Chiribitas en los ojos y aplausos con las orejas. No digo más.

El biberón es una lata. Y no, no es un juego de palabras. Si la lactancia va bien, lo mejor es dar el pecho. Pero la cruda realidad es que a veces no se puede o no se quiere. Y, aunque le des el pecho a tu bebé, en algún momento va a necesitar una alimentación que complemente a la leche materna para que se desarrolle de manera adecuada y no tenga carencias. Así que te armas de valor y paciencia y te vas a comprar todo lo necesario para prepararle su primer biberón. No te vendrá mal para cuando crezca que vayas desarrollando estas cualidades.