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10Jul/13

… de ser un niño delgado o no

Estamos en verano, época de poca ropa y lorzas al aire. Esto también es válido para los niños. Como ya dije en mis primeras entradas, mis tres Trastos son hijos de su padre y de su madre, aunque sean los mismos. El Mayor ha sido un niño normal, ni gordo ni flaco, normal. El Mediano ha sido y es excesivamente delgado (a pesar de que come bastante y de que está súper sano). El Peque es el más rellenito de los tres (aunque su percentil de peso no sobrepasa el 30).

Con estos datos que os doy hoy, el otro día en la piscina hubo quien insinuó que estaba algo gordito. El comentario no me lo tomé a mal, sobre todo porque quien lo dijo fue una persona que pasaba por allí y con la que no tengo relación ninguna.

El caso es que me hizo gracia que ahora me digan que el Peque está gordo cuando hace tres años me decían que fuera como alma que lleva el diablo corriendo al médico con el Mediano porque tanta delgadez era síntoma de enfermedad grave cuanto menos. Es más, me lo siguen diciendo. De nada sirve que les diga que él está sano o que no les haga caso. Los consejos bien intencionados siguen lloviéndome por doquier.

Una anda ya curada de espanto y les hace poco caso. Sin embargo, no deja de sorprenderme la facilidad de la gente para opinar y aconsejar a los demás. Yo soy incapaz de decirle algo parecido a una madre si ésta no me ha preguntado antes. Mucho menos si es para meterle miedo sobre la salud de su hijo. Yo sé que mis hijos están sanos. Y las palabras clave son “yo” y “sanos”.

CONTRAS:

  1. Si yo no me meto con esos niños, supuestamente sanos, que para merendar se comen la bolsa de gusanitos que tan alegremente le han dado sus padres; lo mínimo que habría de esperar es que no se metiesen con la complexión física de mis hijos.

  2. Llueve sobre mojado. Esto que hoy comento no es más que otro ejemplo de los consejos gratuitos que nos llueven a las madres (y padres, obviamente) dándonos donde más nos duele: la salud de nuestros hijos.

  3. Teniendo un hijo delgado y otro que tiene algunas lorcillas, creo que me va a tocar aguantar estos comentarios bastantes años más.

  4. Ojo, que esas “lorcillas” son las mismas que se os vienen a la mente cuando os imagináis a un bebé. Las mismas que tienen los bebés que salen en los anuncios. Vamos, que de gordo nada.

  5. Si fuera gordo, yo tampoco trataría de ocultarlo. Pero sigo manteniendo que eso sería un asunto familiar que nadie más atañe. Especialmente a un desconocido.

  6. ¿Y si estos comentarios los escuchan mis hijos? El Mediano ya va teniendo una edad en la que entiende lo que se dice. Seguro que muchos complejos estúpidos empiezan así, por un mal comentario.

PROS:

  1. Con el paso de los años y el nacimiento de mis hijos, puedo decir que no me asusto fácilmente ante estos comentarios. He aprendido a que me resbalen y darles credibilidad cero.

  2. Aún no he llegado al punto de contestar con una bordería, pero desde luego muchas veces es lo que tendría que hacer. Con lo tímida que yo era antes de ser madre…

Repito que mis hijos, los tres, están sanos. Y, si no fuera así, ya tendría yo bastante preocupación sin que nadie tuviera que meterme más en el cuerpo y, además, ya estaría yo buscando remedio para su enfermedad sin necesidad de que nadie me dijera qué es lo que tengo que hacer. Insisto en que, cuerpos a parte, la palabra clave es “sano”. Y su madre soy yo.

08May/13

… del sacaleches

Sacaleches

He tenido tres hijos y un solo sacaleches que he usado apenas una semana (si junto las horas totales que lo usé). No trabajo fuera de casa desde antes del Mayor, así que no había tenido necesidad de uno. Mis razones para usarlo fueron otras. Y, a pesar del poco tiempo que lo usé, le cogí un inmenso cariño.

Ya os conté cómo fue el nacimiento del Pequeño, una cesárea violenta en la que mi bebé tuvo que hacer un esfuerzo para salir al mundo. Como nos dijeron en el hospital, “había nacido cansado”. Al principio no entendía qué repercusiones podría tener esta afirmación, pero no tardé en averiguarlo. Dormía mucho y le costaba mamar y no precisamente porque no supiera. Dormía y al Tripadre y a mí (y también a las enfermeras de noche del hospital) nos costaba horrores despertarlo, horas interminables haciéndole todo tipo de perrerías para que abriera los ojos (quitarle ropa, tocarle los pies, menearle, cogerle, dejarle…). Ya sabéis que, sobre todo durante los primeros quince días, los bebés deben comer más o menos cada 4 horas para evitar la hipoglucemia. Pues nada, mi Peque prefería dormir a comer. Cuando por fin se espabilaba un poco, le ponía corriendo a la teta. Empezaba a comer y ¡otra vez dormido! Apenas habían pasado 5 minutos y ya estábamos igual que hace un par de horas. Era un auténtico suplicio.

A los 10 días fuimos a una revisión con su pediatra y aún no había recuperado su peso al nacer. Yo le dije a la pediatra que quería seguir con la lactancia materna, que con el Mediano la había perdido, pero que estaba decidida a hacer lo que fuera por no recurrir al biberón si no era estrictamente necesario. Y aquella pediatra me entendió a la perfección. Me propuso utilizar un sacaleches para darle mi propia leche con una jeringuilla. Así evitábamos el biberón y nos asegurábamos que comía aunque tuviera un sueño profundo.

Nos hicimos con uno simple, aunque automático. Cuando se quedaba dormido, el Tripadre me traía el aparato y, mientras él intentaba despertar al Peque, yo me sacaba la leche. Después, con la jeringuilla, le dábamos la leche, mi leche. Y así estuvimos una semana. A la siguiente cita con la pediatra, mi bebé había recuperado el peso al nacer e incluso había puesto unos gramos más. ¡Estupendo!

Nunca le agradeceré lo suficiente a aquella pediatra que me echara una mano para salvar la lactancia en vez de tomar el camino fácil y “recetarme” el biberón. Gracias a su comprensión y sus consejos, mi bebé estuvo con lactancia materna exclusiva los seis meses recomendados. Poco a poco, logramos despertarle para comer y él conseguía quedarse más o menos despierto… porque se enganchaba, se dormía, volvía a mamar, otra vez se quedaba frito, ahora lactaba un poco más, otro rato dormido con la teta en la boca… y así hora y media, a veces más.

De manera que, teniendo en cuenta esta particularidad, aquí van mis pros y contras del sacaleches.

CONTRAS:

  1. Tiene muchas partes, casi hay que hacer un máster para entenderlo. Vale, a lo mejor no son tantas y yo exagero un pelín, pero sí son más partes que un biberón normal, que era lo más complejo que había tenido que montar y desmontar hasta la fecha.

  2. Hay que esterilizar todas las pares y todas las veces tras su uso. Esto implica desmontarlo y montarlo varias veces al día, en mi caso, prácticamente en todas las tomas. Si tenemos en cuenta que los bebés maman muy a menudo nada más nacer, para mí eran demasiadas esterilizaciones y se me hacía muy cuesta arriba.

  3. Con la calculadora en la mano, me salió muy caro teniendo en cuenta el poco tiempo que lo usé.

  4. Las primeras veces me molestaba un montón. Era como un vacío en el pecho que me costaba soportar.

  5. Viendo salir la leche, no podía evitar sentirme como una vaca lechera a la que estaban ordeñando. Al Mayor le hacía mucha gracia el aparatejo y, cuando me veía con él, me preguntaba si ya iba a ordeñarme otra vez… muy majo como véis 😛

PROS:

  1. Por mucho que costara el cachivache en cuestión, doy por bien empleado ese dinero pues permitió que mi hijo siguiera alimentándose de leche materna de forma exclusiva, sin tener que recurrir al biberón.

  2. Como era automático, una vez enchufado y establecida la frecuencia de succión, el trabajo lo hacía todo el sacaleches.

  3. Con la práctica, conseguí ajustármelo de manera que ese vacío que me hacía en el pecho no me molestara.

  4. El complejo de vaca lechera ordeñada pasaba con el simple pensamiento de que así ayudaba a mi bebé sin recurrir al biberón.

  5. Viene muy bien para aquellas madres que tienen que separase de sus bebés durante algunas tomas pero quieren seguir dándoles leche materna, pues ésta se puede refrigerar o congelar. ¿Alguien lo duda?

  6. El mío era simple, para sacar leche de los dos pechos, éstos tenían que turnarse. Sin embargo, los hay dobles, de esta manera, se puede sacar leche de los dos pechos a la vez.

Esta entrada está dedicada al sacaleches, pero en realidad es un agradecimiento a aquella pediatra que apostó por la lactancia materna. Una pena que tuviera que irse por motivos personales y no poder contar con ella para otras cosas, pues pensábamos igual en muchos aspectos de la maternidad, los bebés y los niños en general.

Una profesional como la copa de un pino que, cuando le dije evitaba tomar cualquier medicamento durante la lactancia, por muy seguro que se suponiera que era, por el temor a que afectara a mi leche, en lugar de hacerme sentir como una tonta por tal decisión, me dijo que me entendía perfectamente, sin juzgarme. Una pediatra que prácticamente me rogó que no dejara llorar a mi bebé si podía evitarlo (recordemos que mi bebé no era hijo único y que su madre no tiene el don de la ubicuidad, aunque lo intenta). Una pediatra que, además de preguntarme cómo estaba mi bebé, también me preguntaba cómo estaba yo. No todos los pediatras son así. Espero de todo corazón que haya conseguido hacer realidad su sueño.

08Abr/13

… del puré

Después de hablar de la lactancia y del biberón, la lógica me dice que ahora toca hablar de purés. Tarde o temprano, todo bebé necesita alimentación complementaria, la leche (de pecho o de biberón) ya no es suficiente y debe probar alimentos nuevos. Es la época en la que se descubren algunas alergias alimenticias (al pescado, al huevo…). Se puede optar por el método baby-led weaning (BLW), que básicamente consiste en darle al bebé alimentos sólidos, sin pasar antes por el puré. A quien quiera saber más sobre este método, lo que es y cómo se aplica, le recomiendo encarecidamente que se pase por el blog de Annabel.

Yo opté por los purés. Más que nada porque desconocía otros métodos (como el BLW). No sé por cuál hubiera optado de saber que había alternativas al pué, la verdad. La cuestión es que mis tres hijos han comido purés. El Pequeño está en ello ahora mismo. Así que, como siempre, aquí os dejo de relación de contras y pros. ¡Empezamos!

CONTRAS:

  1. Las cantidades. Según el primer pediatra al que acudí (allá cuando el Mayor era un bebé) me dio la siguiente relación: 20 g de pollo por 200 g de verduras en cada toma de puré. Os podéis imaginar, como madre primeriza que era, cómo iba con la báscula (de cocina, se entiende) pesándolo todo. Exactitud al máximo. Nada de 22 g de pollo, tenían que ser 20 g exactos. Y con la verdura lo mismo. Como anécdota, os diré que cuando mi primer bebé probó el arroz, ni corta ni perezosa, eché los 20 g de pollo con 200 g de arroz. Aquello ni era papilla ni era nada. Una plasta en toda regla que, lejos de probarla mi bebé, tuvo que ir directamente a la basura. Por cierto, yo ya con el tercero lo hago a ojo. La báscula me echa de menos.

  2. El tiempo. Si el bebé en cuestión come bien el puré, estupendo. Pero si no, puedes pasarte un buen rato cucharita va, cucharita viene. Cansado el bebé, cansado quien le dé de comer. Con lo fácil que era arrimarle al pecho y entretenerte viendo la tele, leyendo algo o simplemente mirándole embobada mientras mamaba, ¿verdad?

  3. Si al bebé le da por hacer pedorretas (pasa más veces de las que nos gustaría recordar), va a haber puré hasta debajo de los armarios. Que al principio te hace gracia, mírale, qué mono el bebé, si sabe hacer pedorretas… qué tierno, se ha puesto de puré hasta las orejas, sí, pero es taaannn mono… A la quinta, ni mono, ni mona, ni orangután ni nada. Te lo tomas como algo personal. Cuando el puré llega hasta tus orejas, empiezas a maldecir el día en que le enseñaste a pedorrear. Si quien se lo enseñó fue otra persona, le declaras ahí mismo odio eterno. Y, si además, dicha persona aún no se ha estrenado en esto de la pa/maternidad, decides que lo primero que le enseñarás a su vástago será a hacer pedorretas, a la hora de la comida a poder ser.

  4. El puré hay que prepararlo. Y con más antelación que el biberón. Con el biberón sólo hay que calentar el agua y echarle los polvos. Y ya. El puré hay que hacerlo antes porque hay que batirlo y dejar que adquiera la temperatura adecuada para no escaldar la lengua del bebé. Y luego, además, hay que fregar la olla, la batidora y demás.

  5. Cuando salimos fuera de casa, hay que calentarlo. Esto implica encontrar un sitio donde te hagan el favor. Y, una vez que te lo hacen, esperar para que no esté ni demasiado frío ni demasiado caliente (a ver cómo le explicas a un bebé hambriento que ese puré que tiene delante quema demasiado para que se lo coma ya y que ni soplando consigues que se temple…). Después de tres niños, yo me hice con una bolsita térmica y, antes de salir de casa, caliento el puré a tope y lo guardo ahí. Así mantiene el calor y, si calculo bien, se lo puedo dar a su hora sin depender de tener que calentarlo fuera de casa.

PROS:

  1. Como pasa con el biberón, el puré se lo puede dar cualquiera. Puedes dejar a alguien encargado de dárselo al bebé e irte a hacer otras cosas (como una ducha o comprar verdura para el siguiente puré).

  2. Ya que te pones, puedes hacer purés para varios días. La olla a presión (exprés, rápida) para esto es genial. Multiplicas las cantidades, lo repartes en recipientes y al congelador. Ahí lo tienes para varios días. Así no es necesario liarte todos los días en la cocina. Yo lo hago una vez a la semana.

  3. Creo firmemente que mi bebé nunca volverá a comer tantas verduras juntas como en este periodo de su vida. Madre mía la cantidad de verdura (vitaminas, minerales) que se mete para el cuerpo. O quien sabe, quizás te pase como a mis Trastos mayores, que ahora han empezado a aficionarse a los purés de verduras a base de ver al Pequeño los platazos que se mete entre pecho y espalda. Alguna cucharadita le han regateado al Peque. Y eso que para el bebé los hago sin sal…

  4. El puré les llena. Es tontería, me llena a mí, imaginaos a un bebé con el estómago más pequeñito. Así que normalmente, después de comer, la siesta se la echa sin problemas. Al menos eso me ha pasado a mí con los tres.

Dentro de poco, empezará con la comida sólida. Cuando empiece a guiarse por los ojos y a decir “esto no me gusta” sólo porque sea de un determinado color o tenga cierto aspecto, estoy segura de que echaré de menos esta etapa en la que se comía todo lo que yo le echara al puré. Y, para que no se me olvide, tengo que hacerle una foto pringado hasta los codos, porque, por mucho que se manche y por mucho que tenga que limpiar yo después, en las fotos así, los bebés están taaannn monos… 😉

04Mar/13

… del biberón

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Es muy probable que, aunque le hayas dado el pecho a tu bebé, al final, con la alimentación complementaria, acabes dándole también el biberón. Te imaginas que va a ser fácil porque más complicado que conseguir que tu bebé se agarre bien al pecho sin que te duela no puede ser… ¿o sí?

CONTRAS:

  1. Hay que ir a comprarlo, las tetas ya las traías tú de antes. Y entonces empiezas con las dudas existenciales, que se resumen en ¿cuál leches compro? Los hay para todo: anticólicos, con forma de teta, anchos, estrechos, altos, bajos, para que sea más fácil sujetarlo, bonitos, feos, horrorosos, caros, no tan caros… Si el bebé en cuestión tiene un hermano mayor, ya sabrás algo de biberones. Y digo “algo” porque cada día salen al mercado modelos nuevos y te toca empollártelos otra vez. Y tú que pensabas que iba a ser tan fácil como ir a comprar el más bonito porque tu bebé lo vale…

  2. Cuando ya te has decidido por un biberón, aparece el siguiente problema: las tetinas. Cuya duda existencial viene a ser ¿cuál leches compro? Las hay de látex, de caucho, con una gota, dos gotas, tres gotas, de tres posiciones, primeras tomas, anchas, estrechas, para papilla… y no te recuerdas tan indecisa desde… desde… desde… nunca. ¡Joer, que sólo son un biberón y una tetina para que tu bebé se alimente! En ese momento, odias al pediatra por hablarte de alimentación complementaria y cereales… y te acuerdas de tus tetas. Esperemos que tu bebé se conforme con la que te has traído y no tengas que volver a comprar la que has dejado.

  3. Después de usar biberón y tetina, hay que lavarlos para volver a usarlos. Tu teta te la guardabas en el sujetador y, como mucho, le ponías un protector para que no se te escapara la leche. Y éste es otro problema porque, a menos que tengas un biberón pequeño al que llegues al fondo con tus dedos, necesitas un limpiador de biberones. Los hay, como no podía ser de otra manera, de muchos tipos. Sólo con cerdas, con cerdas y esponja, con limpiatetinas, sin ellas… De nuevo, la duda… ¿cuál leches compro? Tus tetas no las lavabas tanto, como mucho una ducha diaria… si es que consigues ducharte todos los días esas primeras semanas tras el parto.

  4. Hay que esterilizarlo. Todo. Biberón y tetina, chupete si tu bebé lo usa, y tus manos si me apuras, que menudo miedo te mete el pediatra con los gérmenes, sistema inmunológico y demás. Que vale que tampoco es que hayas ido refregando tus tetas por la acera, pero dudas de que tus pezones estén tan esterilizados como la tetina… y tu bebé sigue sano y salvo. Así que ahora te toca comprar el esterilizador. ¿Cómo lo quieres? Los hay de pastillas, de microondas, para un par de biberones, para cinco biberones, con pinzas para coger el biberón sin quemarte los dedos, sin pinzas… De nuevo, la dichosa duda existencial, ¿cuál leches compro?

  5. El agua. ¿Qué? ¿Te creías que iba a ser tan fácil como abrir el grifo? Pues no, al menos los primeros meses. Así que te toca comprar agua mineral embotellada o hervir la del grifo tú misma en casa.

  6. La leche. No, no es una expresión. Me refiero a la leche en polvo necesaria para hacer el biberón a tu bebe. Miles de dudas existenciales… otra vez. Las hay con prebióticos, con fibra, reforzadas, mineralizas, dulces sueños… De nuevo, ¿cuál leches compro? Nunca mejor dicho. En este punto, te preguntas por qué no habrás estudiado química o ingeniería, porque vaya con el dichoso biberón. Vuelves a acordarte de tus tetas y llegas a la conclusión de que no las has valorado lo suficiente.

  7. Y, por supuesto, los cereales. Razón por la que probablemente te has metido en este berenjenal y has perdido media mañana para poder darle un simple biberón a tu bebé… para que luego no lo quiera y berreé desconsoladamente porque quiere tu teta otra vez.

  8. Se enfría. Ya no está a la temperatura ideal para tu bebé. No puedes dejarlo frío ni puede quemar. Vas a tener que probarlo para asegurarte de que tu retoño lo puede tomar tranquilamente. Y si tarda mucho en tomárselo, volver a calentarlo. Los microondas que miden el tiempo por segundos adquieren una nueva dimensión para ti. Odias los de la ruedecita. Y ya que estás odiando, vuelves a odiar al pediatra. Y llegas a la conclusión de que, definitivamente, no habías valorado tus tetas como se merecían.

  9. Si sales de casa y te va a tocar una toma, tienes que prepararlo todo. Ya no sólo tienes que llevarte ropa limpia, toallitas y pañales por si las moscas. Ahora incorporas otra bolsita, la del biberón. Y que no se te olvide porque tendrás que volverte a casa o correr a comprarlo todo otra vez. Como dice mi madre, quien no tiene cabeza tiene que tener pies.

PROS:

  1. El biberón puede dárselo cualquiera. La alimentación de tu bebé no es exclusividad tuya (esto, suponiendo que no hayas usado antes el sacaleches, se entiende). Lo que te permite poder dejar a tu retoño al cuidado de otra persona y salir sin estar mirando el reloj.

  2. Con el biberón, sabes exactamente la cantidad de leche y cereales que toma tu bebé. Con el Tercero, en una revisión para ponerle la vacuna, la enfermera me preguntó si tomaba pecho o biberón. Yo le dije que pecho y acto seguido me soltó que, con la edad que tenía, debía tomar, al menos, X cantidad de leche. Que cara se me pondría que, al mirarme, se dio cuenta de la absurdez que acababa de soltar. “Bueno, si le das pecho, no sabes cuánta leche toma”, bien por ella. Por un momento pensé que tendría que explicárselo yo…

  3. Como ya dije en la entrada de la lactancia, que tu bebé ya no vaya a usar tus tetas significa que tu Marido puede volver a disponer de ellas. Chiribitas en los ojos y aplausos con las orejas. No digo más.

El biberón es una lata. Y no, no es un juego de palabras. Si la lactancia va bien, lo mejor es dar el pecho. Pero la cruda realidad es que a veces no se puede o no se quiere. Y, aunque le des el pecho a tu bebé, en algún momento va a necesitar una alimentación que complemente a la leche materna para que se desarrolle de manera adecuada y no tenga carencias. Así que te armas de valor y paciencia y te vas a comprar todo lo necesario para prepararle su primer biberón. No te vendrá mal para cuando crezca que vayas desarrollando estas cualidades.

02Mar/13

… de la lactancia materna

Me enorgullece decir que mis tres hijos tomaron leche materna. Alguno más que otro. Yo había leído lo beneficioso que es para la madre y para el bebé dar el pecho. Nació el Mayor y en cuanto llegué a la habitación me lo arrimé. Los bebes vienen “programados” para lactar, había leído. Será arrimarle a la teta y empezar a comer, recuerdo haber pensado. Pues no. Los bebés vendrán con lo de chupar de fábrica, pero lo de agarrarse bien al pezón hay que enseñárselo. Y ahí estábamos los tres: madre, padre y enfermera; intentando que mi bebé lactara. Al final, lo conseguimos… éramos tres frente a uno, el pobre tuvo que consentir. Y de ahí en adelante, con alguna grieta en el pezón (solventada con jabón de la abuela, sí, ése que se hace con aceite y sosa caústica, mano de santo, pero de verdad), mi bebé lactó hasta los 6 meses. El Mayor se estableció él solito un horario de comida. Cada cuatro horas, de reloj. Al introducir la alimentación complementaria decidió por su cuenta y riesgo que aquello estaba más rico y que la teta ya le aburría. Se acabó dar el pecho.

Cuando nació el Mediano, yo iba de ya-me-lo-sé-todo. Fue llegar a la habitación y no esperé ni a la enfermera ni nada. Arrimar a mi bebé al pecho y agarrarse fue todo uno. Yo, ilusa, pensaba que sería igual que con el primero. Y mi hijo me dio una lección de humildad. Él no iba a ser como su hermano ni de lejos. Para empezar, lloraba cada 15 o 20 minutos. Qué digo llorar, más bien berreaba. Y yo, cada vez que se ponía así, me lo arrimaba al pecho. De nada servía. Esto ya hubiera sido duro si hubiera estado mi bebé solo, pero es que ya tenía un hermano mayor al que también había que atender. La lactancia fracasó estrepitosamente a pesar de poner todo mi empeño en ella. Confluyeron varias cosas. Por un lado, mi desconsolado bebé que no paraba de llorar (después sabríamos que la razón era su piel atópica). Por otro, un pediatra que daba palos de ciego y no acertaba a decirnos por qué lloraba tanto. Además de esto, mi padre pasó por una enfermedad muy grave (que afortunadamente superó) y pasé por mucho, mucho estrés. La lactancia se resintió y mi hijo pagó el pato. Empezó a tomar el biberón al mes de nacer y, aunque intenté darle lactancia mixta para no perder los beneficios de dar pecho, a los dos meses ya tomaba exclusivamente biberón. Los pechos llenos de leche no eran más que un recuerdo del pasado que mi segundo hijo no conoció. Por supuesto, hubo quien aseveró que yo no producía la leche necesaria porque le arrimaba al pecho demasiado a menudo. Justo lo que necesitaba oír una madre que apenas dormía y que veía como su lactancia estaba destinada al fracaso. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sé que fue más por culpa del estrés que pasé aquellos meses.

Con el tercero, yo ya estaba en plan a-ver-qué-me-encuentro. Tras dos partos vaginales sin complicaciones, el Pequeño tuvo que venir al mundo con una cesárea de urgencia (“cesárea violenta” en palabras del anestesista y “una de las peores de mi vida profesional” según mi ginecóloga). Perdí mucha sangre y estuve en REA algunas horas. Horas interminables alejada de mi bebé. Pero el bebé tenía que comer con o sin su madre. Así que lo primero que probó mi hijo en este mundo fue un biberón. Una vez más, en cuanto llegué a la habitación, le arrimé al pecho y mi bebé comió. He de decir que chupaba con poca fuerza, se quedaba dormido comiendo y le costó recuperar el peso al nacer (le agradezco en el alma a su pediatra la ayuda que nos dio para mantener la lactancia). Pasado el bache inicial, mi bebé fue un bebé lactante. Lactante a demanda y hasta los 8 meses, cuando él solo decidió que la teta ya la tenía muy vista. De nuevo, hubo quien se aventuró a decir que, como estaba todo el día colgado a la teta, es que tenía hambre y que yo debería darle un biberón para que se hartase más y no comiera tanta teta. A estas alturas, yo, trimadre, tenía dos cosas claras: una era que cada nuevo hijo te convierte en madre primeriza, pues cien hijos tendrás y ninguno será igual. La otra cosa que tenía clara era, tras el fracaso con el Mediano, que iba a mantener la lactancia materna de la manera, tiempo y forma que mi bebé y yo quisiéramos (más él que yo, he de reconocer). Hacer oídos sordos era mi lema de cabecera.

Dicho todo esto y teniendo en cuenta de que la lactancia de mis tres hijos ha sido totalmente distinta en los tres casos, desde mi punto de vista, estos son sus contras y pros.

CONTRAS:

  1. Es cuando el bebé quiera. Da igual si son las tres de la tarde o las cuatro de la mañana, el bebé quiere comer y tienes que sacar la teta. Tampoco importa si estás tranquila en casa, si hay visitas agotadoras o si tienes a uno de sus hermanos trepándote por la espalda mientras que el otro hace saltos mortales desde el sofá.

  2. Es donde el bebé quiera. Cuando tiene hambre, tiene hambre. Y no atiende a razones. Poco importa que estés en un restaurante, en mitad del supermercado o dando un paseo a 5 minutos de casa. Intenta explicarle a tu bebé que es cuestión de 10 minutos, más o menos lo que vais a tardar en llegar a casa y sacarte la teta. Suerte.

  3. Las manchas de leche. En cuanto te sube la leche, los protectores para la leche están a la orden del día. Imprescindibles si quieres mantener la poca dignidad que te queda. Ya vas hecha una piltrafa, con ojeras, despeinada, muerta de sueño y llena de manchas de las regurgitaciones. Lo que te faltaba ya eran unas llamativas y enormes manchas alrededor de tus pezones. Protectores a go-gó.

  4. El sujetador se convierte en parte de tu anatomía. De día, de noche, estés vestida para salir o en pijama. El sujetador es como tus bragas, va siempre contigo. En invierno es más llevadero, pero en verano es horroroso… Y además suelen ser feos (los bonitos cuestan una pasta que yo no me llegué a gastar). Lo que va genial para tu autoestima de madre-piltrafa.

  5. Yo no usé sacaleches (salvo con el Tercero y sólo durante una semana para salvar la lactancia), así que la única que podía darle de comer era yo. Eso significaba que si tenía que ir a algún sitio y dejaba a mis hijos con los abuelos, por ejemplo, tenía que volver rápida y veloz, dejando aquello que estuviera haciendo, para darle de comer al bebé.

  6. Todo lo que comes, lo come tu bebé. De ahí que no bebes alcohol, reduces el café o te pasas al descafeinado y evitas el café, los espárragos, las coles y las medicinas. Cruzas los dedos para no pillar una gripe de aúpa y tener que recurrir a los antibióticos.
  7. Habrá a quien no le pase, pero, en mi caso, cuando estoy dando el pecho, mis tetas son propiedad exclusiva de mi bebé. Así que este contra es más por el padre, pobre… Pues por muchas ganas que tenga, no dejo que mi bebé las comparta, pues no me siento cómoda y mi marido, afortunadamente, lo entiende. No voy a relatar aquí cómo le hicieron chiribitas los ojos al tripadre cuando le comuniqué que el Tercero, tras ocho meses, había dicho adiós a la lactancia…

PROS:

  1. La comida de tu bebé siempre está lista. La cantidad necesaria a la temperatura ideal. No tienes que preparar nada cuando sales de casa. Va siempre contigo.

  2. No tienes que lavar ni esterilizar ni secar nada. Que tiene hambre, teta fuera y ya. No hay que hacer nada más.

  3. Los beneficios inmunológicos de la lactancia están más que demostrados científicamente. Yo no soy, ni de lejos, una experta en la materia, pero no deja de resultarme curioso que el Mediano, el que menos pecho tomó de bebé, sea ahora el más propenso a enfermar y que sus constipados acaben siempre complicándose.

  4. Ese momento íntimo y de conexión entre tu bebé y tú cuando mama es fantástico. Es cierto que también existe con el biberón, pero, al menos yo, me siento más unida a mi bebé cuando se trata del pecho. Es asombroso que un ser humano, una persona, se forme en tu vientre. Y sigue siendo asombroso que, una vez que llega al mundo, tu cuerpo siga haciéndose cargo de él produciendo el alimento exacto que el bebé necesita. Quien diga que no cree en los milagros no ha tenido hijos.

Resultado final: me salen más contras que pros. Cualquiera podría decir que entonces sería mejor no darle el pecho. Pues, bajo mi punto de vista, no. ¿Por qué no? Pues porque para mí los pros tienen más importancia que los contras. He dado tanto el pecho como el biberón, así que tengo las dos experiencias para comparar. Y, si alguien me pregunta, siempre le recomendaré la lactancia materna y exigiré un total respeto y comprensión para aquellas madres que den el biberón a sus bebés.

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Si buscas más información o ayuda sobre la lactancia, no dejes de mirar estos enlaces proporcionados por Mamá sin complejos: