21Mar/13

… de ser emprendedora

Antes de que naciera el Mayor, por razones que hoy no vienen al caso, estuve un tiempo en casa sin trabajo. Esto de estar de brazos cruzados mientras esperaba el ansiado embarazo me aburría. Además, la economía familiar no estaba para bromas. Era consciente de que, si estaba buscando quedarme embarazada, no era el mejor momento para que me contrataran en ningún sitio. ¿Qué hice? Decidí trabajar desde casa. Al principio, me salieron cosillas, pero no eran suficiente, aunque a mí me encantaba lo que hacía. Básicamente, trabajaba con textos, corrigiéndolos y redactándolos. Cuando nació mi bebé, visto que eran más bien trabajos esporádicos y nada constantes, decidí aparcarlo para dedicarme a la nueva personita que había llegado a mi vida.

Con la llegada de la Navidad, se me ocurrió hacerme mi propio calendario de pared con fotos de mi hijo (recordad que tenía a montones) y los cumpleaños de la familia. Sé que ahora hay miles de programas que los hacen como churros, pero hace 5 años no había tantos y se podría incluir lo que yo quería. Total, que como sé maquetar, a ello que me puse. No es por tirarme flores, pero me quedó bien. Así que animada por familiares y por mí misma, hice una agenda del mismo estilo. Me quedó preciosa (y sí, tengo abuela 😛 ).

Así que me tiré a la piscina. Decidí hacerme autónoma y montar un servicio de maquetación tanto para empresas como para particulares. Productos que ofrecía: calendarios (de mesa, pared y bolsillo), agendas (personales y escolares), cuadernos, marcapáginas, etc. Me llegó algún encargo que otro. Pero no fue suficiente y al año tuve que darme de baja. Aquí os dejo mi opinión sobre esta experiencia, resumida de la manera de siempre.

CONTRAS:

  1. Hacerse autónomo. Es un lío. Se pierde una mañana entre trámites, papeleos y formularios. Sobre todo por las colas que siempre hay.

  2. Hay que estar muy atenta al realizar las facturas, incluir el IVA, desglose del dinero (base, total, IVA…). Algo que a mí, que soy de letras de toda la vida, me costó mucho entender y llevar a cabo. La de vueltas que di hasta que conseguí hacer una factura correctamente.

  3. No hay ayudas inmediatas para emprendedores. Todas hay que pedirlas y, si te las dan, tardan en llegar. No se puede contar con ellas para poner en marcha un negocio.

  4. Ganes lo que ganes, te toca pagar impuestos. Antes de saber incluso si va a funcionar tu idea, ya tienes pérdidas. Porque si te va bien, entiendo que se paguen impuestos. Pero es que yo aún no había hecho ningún pedido y ya estaba pagando.

  5. Debido al contra anterior, hay muchas buenas ideas que no salen adelante. Es más, hay ideas que no se sabe si son buenas o no porque o triunfan al principio o se pierden por el camino entre tanto trámite y tanto impuesto.

  6. Hay que convertirse en gestoría andante. Porque si estás empezando, como era mi caso, apenas hay dinero para pagar los trimestres, así que menos aún para pagar gestorías y derivados.

  7. Todo esto teniendo en cuenta que yo sólo me di de alta como autónoma, sin empresa y sin nada. De haberlo hecho, las trabas para poner en marcha una idea se multiplican y se complican.

  8. Sobre todo al principio, vives por y para el negocio. Después de tantos obstáculos, algo tienes que hacer para sacarlo adelante y hacer que funcione.

PRO:

  1. Es fantástico tener una idea y decidir sacarla adelante.

  2. Cuando no encuentras el trabajo que buscas, es una alternativa genial. Ya sabes aquello de que si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.

  3. Cuando el negocio es tuyo, con tu dinero, y sólo dispones de tu esfuerzo para sacarlo adelante, te lo curras mucho más. Y, lo que es mejor, disfrutas haciéndolo.

  4. Es toda una experiencia.

Creo que en sitios como EE.UU. la cosa es distinta. Creo que puedes poner en marcha tu negocio y no tienes que dar cuentas a nadie hasta que alcanzas un determinado beneficio (por favor, si hay alguien por aquí que sepa del tema, que me corrija si me equivoco o me amplíe la información). De ser así, me parece mucho mejor sistema. Así se puede ver si tu idea o producto funciona, sin líos de impuestos, bases imponibles, informes trimestrales y demás. Sólo tú y tu idea. Que funciona, genial. Pagas impuestos, pero ya vas sabiendo que no tienes pérdidas. Que es una idea malísima o no tienes clientes, sólo has perdido tiempo y lo que te haya costado ponerla en práctica, pero nadie va a venir a pedirte más dinero. Según mi opinión, en este país hay demasiada burocracia. Para todo.

Y, por si a alguien le interesa, después de casi un año maquetando, con algunos trabajos importantes que me salieron, no sólo salí lo comido por lo servido, sino que además perdí dinero. Bastante. A mí ya se me han quitado las ganas de volver a emprender.

21Mar/13

… de las fotografías

No es un secreto que, cuando nace el primer retoño, unas de las cosas que más hacemos los padres primerizos es hacer fotos. Fotos durmiendo, fotos comiendo, fotos cambiándole el pañal, fotos del primer paseo, más fotos durmiendo… fotos de todos los meses, de todos los eventos familiares, fotos de todos los logros del pequeñín. Fotos y fotos hasta la saciedad. Quien inventó la cámara digital no sabía lo peligrosa que puede llegar a ser en manos de padres, tíos y abuelos primerizos. Yo me junté con miles de fotos del Mayor.

Luego llega el segundo y el número de fotos decrece considerablemente. Ahora, para hacerle una foto, tenemos que proponérnoslo. Con el primero, yo tenía la cámara siempre a mano, no se me fuera a escapar ese amago de sonrisa. Pero con el segundo, tenía que esconderla, no fuera a ser que al primero se le ocurriera hacer de fotógrafo en prácticas y se le cayera el artefacto de sus pequeñas manitas. Así que, muchas veces, entre que el segundo hacía algo digno de retratar y yo buscaba la cámara, ya había pasado el momento. Y esto si la foto es sólo al nuevo bebé. Hacerles una foto a los dos hermanos juntos me costaba amenazas, sudor y lágrimas. Y, a veces, ni por ésas.

Con el tercero, la cosa empeoró. Tengo que proponerme firmemente hacerle una sesión de fotos al mes. Elijo un día al azar y esa mañana le hago 50 fotos. Así me aseguro de que él también tiene imágenes de su primer año de vida. Es triste, pero es lo que a mí me funciona. Cuando crezcan, tendré que oír quejas sobre el número de fotografías tomadas a cada uno (discusión en la que el Pequeño gana de goleada, pues será el que menos fotos tenga). Estoy concienciada de que va a pasar y estoy empezando a prepararme para ello. Ahora bien, por lo que no estoy dispuesta a pasar es por saltarme un mes de mis bebés sin fotografiarles. Así que, como decía, una sesión de fotos al mes. Toda para él.

En cualquier caso, siempre llega un momento en que te preguntas qué hacer con tal cantidad de documentación gráfica. Porque, claro, las fotos las hemos hecho para algo más que para guardarlas en una carpeta del ordenador. Yo hago varias cosas para preservarlas. Las guardo en un disco duro, las copio a un CD (o dos o cuatro…) y, además, hago un álbum digital del primer año de cada uno. Habrá quien piense que me paso. Y quizás tenga razón. Pero es que se oyen tantas cosas de virus que te escacharran el ordenador y lo pierdes todo (fotos incluidas), CDs que se rallan y no se pueden leer… En fin, esas bromas de las nuevas tecnologías y la informática. Como decía el refrán, ande yo caliente, ríase la gente.

CONTRAS:

  1. La organización. Es un rollo. A veces me armo de paciencia y ordeno todas las fotos. Pero al poco tiempo me junto con otras tantas fotos que hay que ordenar. Qué pereza empezar de nuevo…

  2. Hacer las copias de seguridad. Otro rollo. El ordenador me ordena las carpetas cronológicamente, pero cuando las paso al CD, aparecen en orden alfabético. Ya no sé cuál está copiada y cuál no. Doy mil vueltas, no vaya a ser que borre una carpeta y me quede sin ella… para siempre…

  3. Cuando haces fotos, parece que nunca habrá bastante. Le hago una, pero ahora le hago otra porque ese gesto en la otra no lo tenía. Y ahora otra por si acaso. Cuando pasa el tiempo y las veo, me doy cuenta de que son tres fotos prácticamente iguales del mismo momento.

  4. Con el primero, le haces una foto y ya está. Cuando tiene hermanos, siempre buscas una de todos juntos. Con dos hijos, esto es difícil, pues cuando uno no está llorando, el otro sale con los ojos cerrados. Pero cuando tienes tres, al menos en mi caso, es misión imposible… y eso que el Pequeño ya se sienta solo y no hay que sujetarle. Pero está empezando a gatear. Así que cuando consigo que el Mayor no ponga caras raras y que el Mediano levante la cabeza (fotos de su coronilla tengo a patadas), me encuentro con que el Pequeño ha decidido explorar mundo y en la foto sólo se aprecia su culo escaqueándose.

PROS:

  1. Por muchas fotos que haga, por muy parecidas que sean, siempre pienso que eso es mejor que no haber hecho ninguna.

  2. A veces, cuando echo de menos a los bebés que fueron mis Trastos, vuelvo a por los álbumes de su primer año. Puedo verlos una y otra vez. No me canso nunca. Me entra la nostalgia. Ya me avisaron de que los niños crecen rápido, pero nunca me imaginé cuánto.

  3. Me encanta hacer fotos. Si son fotos de mis hijos más. Tengo mucho que aprender, pero sigo intentando hacer mejores encuadres. Quizás algún día consiga hacer fotos perfectas. Otra cosa más que me ha traído la maternidad y que le tengo que agradecer a mis hijos.

Conclusión: voy a seguir haciendo fotos. No importa cuántos CDs más tenga que comprar. No importa el tiempo que pase intentando hacer una buena foto. No importa que me pase horas ordenándolas en carpetas por orden cronológico. Nada de eso importa. Lo importante es retratar los momentos que pasamos juntos. Aunque más importante es no perderme cómo crecen, ya sea con una cámara al lado o sin ella.

20Mar/13

… de mear de pie

Yo creo que todas las mujeres, en algún momento de nuestra vida, hemos deseado ser un hombre. ¿Por qué? Pues porque ellos no tienen que depilarse por obligación y, además, pueden mear de pie. Lo de la depilación lo dejaré para otro día. Hoy me centraré en lo segundo. Por favor, que levante la mano la señorita o señora que, una noche de sábado cualquiera, harta ya de bailar porque si se queda quieta se mea encima, no haya ido rápida y veloz hacia los baños, ha aguantado una cola que creía que no aguantaría, para entrar, por fin, en el aseo, se ha bajado los pantalones mientras se subía la pernera del pantalón para no mancharse con el charquito del suelo, se ha puesto de cuclillas porque la taza estaba aún peor que el suelo y, así, en esa postura tan poco femenina, no ha deseado ser un hombre para tener que bajarse sólo la cremallera para poder vaciar la vejiga. Como decía, manos levantadas, por favor… ¿Nadie? Ya me imaginaba yo. Pues eso, todas, sin excepción, en algún momento hemos deseado ser un hombre. Afortunadamente, luego se nos pasa.

Este gran chollo que es mear de pie pierde toda su aura mágica cuando empiezas a convivir con un hombre. Un hombre que a veces se acuerda y otras veces no de subir la tapa del inodoro. Y cuando vas tú a hacer lo propio, te encuentras limpiando la tapa con un trocito de papel higiénico mientras bailas el “me meo, me meo”. Por lo general, con un hombre adulto, la cosa queda ahí.

Ayer me dispuse a limpiar los baños. Por si hay alguien nuevo por aquí, recuerdo que tengo tres hijos como tres soles. Al Pequeño ahora no le cuento porque es un bebé con su pañal y todo. Pero los otros dos Trastos… madre mía la que me lían. Ahora que al padre ya le tenía concienciado de la importancia de la tapita y de limpiar lo que se ensucia. Ahora tengo que lidiar con esos pequeños proyectos de hombres de bien. Y todo hombre de bien que se precie no debería jugar con su susodicho mientras mea. Porque, ay, amigas, ya no es que se salgan, cosa que entiendo porque están aprendiendo y, en el caso del Mediano, hasta hace poco no llegaba de pie a la taza y no quería hacerlo sentado porque su hermano mayor no se sentaba. Pues como decía, no es que se salgan, es que el chorrito en cuestión llega a la pared o a la ducha de al lado si hace falta. Y cuando están mosqueados el uno con el otro, si van juntos a hacer pis al baño, intentan mearse el uno al otro. Las que tenéis niñas, niñas que mean sentadas y no se salen, no sabéis lo que tenéis en casa.

CONTRAS:

  1. Hay que aprender a apuntar. No vienen con ello de serie. Y, al parecer, es algo que cuesta lograr.

  2. Cuando me quejo de cómo está el baño, la tiquismiquis soy yo. Y no ellos unos guarros.

  3. Hacen piña. Sí, como lo leéis. Aquí el adulto hace piña con los Trastos y se tapan los unos a los otros. Estoy en inferioridad numérica. Y me consta que están empezando a darse cuenta de ello. Me da miedito el día que hagan piña con asuntos más serios.

PRO:

  1. A pesar de todo lo que yo les diga, ellos siguen siendo hombres. Siguen siendo capaces de mear de pie. Cuando entro en un baño público lleno de charquitos, sigo queriendo ser un hombre… hasta que salgo por la puerta. Luego recupero mi cordura.

  2. Pueden escribir con el chorrito. Ahora bien, creo que un “Te quiero” escrito en la arena perdería todo su romanticismo al saber cómo se ha escrito.

  3. Cuando los niños empiezan a ir por la vida sin pañal, la frase “mamá, pis” está a la orden del día. La pueden soltar en casa o fuera de ella. No importa el sitio ni el momento, ellos tiene que hacer pis. Ya. Más de una vez me he tenido que parar frente a un arbustillo porque no llegábamos a casa. En estos momentos, me alegra que sean niños porque me consta que con las niñas es más complicado. Digamos que este pro es a los niños lo que el baño asqueroso de antes a los adultos.

  4. Quiero pensar que algún día conseguiré que apunten bien. Espero que mis futuras nueras sepan agradecérmelo. Y, si no, espero que mis futuros nietos tengan aún menos puntería que mis hijos.

Conclusión: como hacerles sentarse para mear no es algo habitual en esta sociedad y, para evitar que se rían de ellos en un futuro, voy a dejarles que sigan vaciando vejiga de pie. Ahora bien, en cuanto sean un poquito más grandes, les hago limpiar el baño. A ver si así les duele y ponen más empeño en apuntar y menos en salirse. Si no aprenden a apuntar, al menos, que aprendan a limpiar. Veremos a ver si lo consigo… Deseadme suerte, especialmente aquellas que tengan niñas. Nunca se sabe, quizás algún día nos conviertan en parientes ;-).

15Mar/13

… de la amaxofobia

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ACLARACIÓN: esta entrada está basada en hechos reales. Cualquier parecido con la ficción es pura casualidad. Por favor, que no se ría nadie… más de lo necesario.

Me tapo los ojos y digo con voz clara: soy amaxofóbica. Esto es, sufro de amaxofobia. ¿Y esto qué es? Seguro que muchos no la habéis oído en la vida. ¿Y si os digo que es, simple y llanamente, miedo a conducir? Ahora sí, ¿verdad? Pues eso. Que es ponerme delante de un volante, qué digo ponerme, imaginarme, y las piernas empiezan a temblarme, sudores fríos y escalofríos recorren mi cuerpo. Ansiedad al máximo.

Ahora que lo habéis entendido, pensaréis que no tengo carné de conducir porque, claro, teniendo en cuenta todo esto, es imposible que haya podido hacer el examen práctico. Pues bien, sí que lo tengo. Nuevecito. Nuevecito éste y nuevecito el que tuve que renovar. Qué poema el psicopráctico que tuve que hacer para la renovación.

– ¿Cuántos kilómetros se hace usted al año?

– ¿Yo? Uy, muy muy pocos. Ahora mismo no le sabría decir…

– ¿Por carretera o poblado?

– De municipio a municipio, básicamente.

– ¿Y no podría darme una cifra?

– Ufff, yo qué sé… ¿Al año? Ponga cien…

Y todo por no reconocer que desde que me saqué el carné no he conducido más de 5 días juntando todas las horas. No fuera a ser que no me renovaran el carné y tuviera que volver a examinarme. No por tener que repetir trámites y pagarlos, que también. No, más bien porque con el pánico que le he cogido al coche me sería imposible volver a hacer el examen práctico.

Alguno habrá que piense que entonces el miedo me viene de algún accidente, más o menos aparatoso, que haya tenido después de sacarme el carné. Pues no. Tampoco. Yo es que a veces soy así de rara. Esto es un círculo vicioso: estás un tiempo sin coger el coche, lo coges y te pones nerviosa porque hace bastante que no lo coges, así que retrasas todavía más la siguiente vez que te sientas a conducir y, cuando lo haces, estás más nerviosa que la última vez. Así que llega un día en que te das cuenta de que te es físicamente imposible conducir porque eres una estatua temblorosa al volante. Eres un peligro andante… andante si es que consigues que el coche se mueva, claro. Si a esto se le añade que la última vez que conduje se me caló el coche unas 20 veces (y os aseguro que no exagero) en un cruce, con esos pitidos maravillosos de otros conductores animándome, pues ya tenemos el pánico asegurado.

Por si esto no fuera suficiente, quiero recordaros que, con el paso de los años, las personas a mi cargo han ido aumentando y el hecho de tener que llevar a tres niños en el coche tampoco me ayudaba a calmar los nervios.

Así que en este 2013 me he marcado unos propósitos de año nuevo muy concretos. Y muy realistas, creo. Uno de ellos era volver a conducir. Así que tras la vuelta de los mayores al colegio, ni corta ni perezosa me puse a buscar una buena autoescuela como quien busca su primer piso.

– Así que hace mucho que no conduce…

– Sí, así es.

– Entonces quiere clases de reciclaje.

– No. Bueno, eso también, para refrescarme la memoria y volver a coger hábito con las marchas, que buena falta me hace… Pero lo que yo buscaba era más bien clases dirigidas a quitarme el miedo a conducir. Lo del reciclaje vendrá después, ¿no le parece?

– Pero usted tiene miedo porque hace mucho que no conduce…

– Más bien no conduzco porque tengo miedo…

– … entonces necesita clases de reciclaje.

– Ya… bueno, vale… deme precios y el número de teléfono. Ya les llamaré si me decido…

– Muy bien, aquí le apunto el coste de las clases de reciclaje, IVA incluido.

– Grrrr…

Esta conversación se repitió en varias ocasiones. A ver, chicos de autoescuela. Que no es lo mismo clases de reciclaje que clases especiales para quitar el miedo a conducir. Al final di con una que tenía un gabinete de amaxofobia. ¿Y esto qué es? Porque dicho así queda muy de alto copete… Pues bien, consiste en que das una primera clase práctica de evaluación para ver hasta dónde llegas (si eres capaz de arrancar el coche, moverlo, etc.) porque en esto, como en tantas otras cosas, hay grados, amaxofobias leves y otras más profundas. Además, hay un profesor que habla contigo para ver exactamente a qué tienes miedo. Si lo consideran, te pasan a hablar con un psicólogo (yo esto me lo ahorré porque mi miedo no provenía de un accidente y yo sabía exactamente a qué le tenía miedo, tenía las situaciones muy claras en mi cabeza). Después das clases prácticas con otro profesor dirigidas a controlar esas situaciones en las que te sientes insegura para que adquieras seguridad al volante y dejes los nervios a un lado… o los tires por la ventana, directamente.

Yo ya llevo 5 clases prácticas. Soy capaz de arrancarlo y conducir. Tenía pánico a que se me calara el coche. Ahora se me cala y ya ni me pongo nerviosa. Me queda coger soltura con el cambio de marcha. Y coger velocidad, que en autovía me cuesta llegar a los 120 km/h casi tanto como conseguir que los mayores vean una peli de principio a fin. De momento, no he conducido sola, pero sé que ese día está cerca. Ya os avisaré para que no salgáis a la calle. De mis peripecias al volante, os hablo otro día.

CONTRAS:

  1. La dependencia. Siempre que es necesario ir a un sitio, aunque yo tenga tiempo para ir, siempre tengo que llamar a alguien para que me lleve. Y, por supuesto, acomodarme a los horarios en que esa persona pueda acercarme al sitio en cuestión. Si se trata del Tripadre, la cosa queda en casa. Pero si tengo que recurrir a abuelos o tíos, me angustio.

  2. Veo el coche en la puerta, sé que tengo carné y que, en teoría, puedo conducirlo. Pero en la práctica me cuesta horrores darle al contacto. Sensación de ser inútil total.

PROS:

  1. Nunca voy sola a ningún sitio. Ni al médico ni a comprar un regalo.

Por cierto, después de la primera clase, les dije a mis hijos que esa mañana mamá había cogido el coche. El Mediano se levantó, miró por la ventana y dijo: “¿Y dónde lo has puesto, mamá?”. Pa’ comérselo.

14Mar/13

… de un mes de blog

Hoy hace justo un mes que abrí el blog. Me lancé a la piscina dejando atrás mis miedos. No tenía ni idea de blogs, entradas, comentarios o cualquier cosa que se le pareciera. Es verdad que había seguido blogs (y aún los sigo), pero siempre desde un reader. No solía comentar, por muy de acuerdo o muy en contra que estuviera de aquello que leía. Tenía la impresión de que era un pensamiento pequeño que no interesaría a nadie, así que no comentaba.

Desde hace un mes, estoy aprendiendo a pasos agigantados. ¡Incluso he aprendido a usar Twitter! Un hurra por mí, por favor, que no sabéis lo que me ha costado aprenderme eso del hastag. Las primeras semanas las pasé intentando aclararme sobre cómo publicar una entrada. Poniendo bonito el blog con la plantilla que había elegido. Añadiendo y poniendo widgets. ¡Widgets! Que no los había oído en la vida, pues, hale, ya soy una experta… o eso creo, jajaja… aún estoy aprendiendo. No voy a engañaros.

Recapitulando, he aquí mis contras y pros. ¿Listos? ¿Preparados? Pues allá vamos.

CONTRAS:

  1. La obsesión. Ay, todo el día mirando cuántas visitas ha recibido el blog y si alguien ha comentado y qué ha comentado. Nota mental, tomármelo con más calma. Y ponerme al día con la lavadora.

  2. Los temas. Me levanto por la mañana y pienso sobre qué podría escribir. Una vez decidido el tema, sigo dándole vueltas. ¿Y cómo lo hago? ¿Cómo lo enfoco?

  3. Releyendo las entradas desde la primera (vamos, vamos, no son tantas…) me he dado cuenta de que me quedan muy serias, muy formales. Yo no es que sea un chiste andante, pero tampoco pienso que sea así. Creo que debería relajarme un poco, ser más yo misma.

  4. Lo despacio que va todo. Al publicar mi primera entrada, tampoco esperaba un aluvión de visitas o comentarios, van llegando poco a poco. Mejor, así no se me atraganta el éxito 🙂

  5. Empollarme el manejo de Twitter, WordPress y demás. No es que sea algo difícil, pero las cosas hasta que no se conocen se hacen un mundo, ¿no os pasa? Aunque ahora que lo pienso, esto podría ser un pro porque ahora sé usarlos y conozco el significado de #FF.

PROS:

  1. He aprendido el valor de los comentarios. Me gusta recibirlos en mis entradas. Así que he decidido participar en otros blogs. Blogs que, por otra parte, sigo desde hace tiempo, aunque haya sido en la distancia.

  2. Nuevos blogs. Desde los antiguos y desde el Twitter, he dado con otros blogs que también me interesan. Hay gente estupenda por ahí y yo me la estaba perdiendo.

  3. Mi blog me ayuda a poner en orden mis pensamientos. Teniendo en cuenta el ajetreo que tengo todo el día, un ratito para pensar no me viene nada mal.

  4. Empiezo a tener mirada de blogger. Ahora todo es susceptible de ser tema para una entrada.

  5. Sigo siendo anónima y me gusta. La existencia del blog sólo la conoce mi marido y me encanta que sea así. De esta manera, no hay presiones.

  6. Primer mes, 10 seguidores. Bueno, 10 oficiales, porque me gustaría creer que hay gente que me lee sin hacerse seguidor de mi blog, al igual que yo era seguidora en la distancia de otros tantos.

  7. Compartir mis experiencias con los demás. Y ver que no soy la única a la que le pasan determinadas cosas. Aquí quien no se consuela es porque no quiere.

Así que, después de contaros todo esto, estoy dispuesta a ir a por otro mes más. Con todas mis ganas. A pesar de la lavadora. ¿Me seguís? Tengo mucho que contar 😉

13Mar/13

… de privarse

Mi hijo Mediano (pobrecito, que parece que todo le pasa a él) se priva. Cada vez le pasa menos. Cada vez es más mayor. Sin embargo, ayer fue la última vez. A esto se le conoce como espasmos del llanto. Básicamente, consiste en que, cuando va a llorar, en vez de arrancarse, se queda sin respiración. Hay niños que les pasa de rabia, por ejemplo, cuando les quitas un juguete o les dices que no a algo. En el caso de mi hijo, los espasmos siempre los desencadena un golpe.

No soy médica. Soy una madre con un hijo que, a veces, se priva. Y en nuestro caso, la secuencia de hechos va así: primero, mi hijo se da un golpe que no tiene por qué ser fuerte (le he visto darse grandes golpetazos y seguir como si nada y, sin embargo, a veces, con un topecito de nada se priva). Me busca y viene hacia mí. Llega y me echa los brazos, quiere que le coja. A todo esto, no ha sido capaz de empezar a llorar y no puede respirar, ni para adelante ni para atrás, el aire no circula. Imaginaos la cara de un niño pequeño cuando llora, ¿ya? Pues ahora congeladla. Ésa es la cara que tiene. Yo le digo que respire. Él no respira. Empieza a ponerse morado. Le sigo espetando a que respire. Él sigue sin respirar. Se cae al suelo. Las piernas ya no le aguantan. Busco su mirada. Le sigo diciendo que respire. No es capaz de respirar. Si la situación se prolonga, los ojos se le ponen en blanco. Sigue morado berenjena. Los labios pierden color. Mandíbula apretada al máximo. Le grito que respire. No respira. Pienso cuánto tiempo llevará así. Para mí, una eternidad. Me planteo llamar a una ambulancia. Sigo gritándole que respire. Sigue sin respirar. Ya no me oye. Pienso que se me va, que le pierdo ahí mismo, entre mis brazos. El corazón me va a mil por hora. Salgo corriendo hacia un grifo mientras voy pensando dónde coño he dejado el teléfono. Al final respira. Llora. Respiro yo también. Nos abrazamos. Me tiembla todo el cuerpo. Al rato, mi hijo está jugando como si nada. A mí los nervios me duran el resto del día. Todo esto se resume en pánico. Aunque me cuesta escribirlo, tengo que confesar que alguna vez yo he visto a mi hijo prácticamente muerto en mis brazos. ¿Exagerada? Tal vez. Pero ésa fue la sensación que me dio. Quien haya pasado por esto lo sabe.

Según los médicos, es hago normal en los niños pequeños. Tiene que ver con el grado de maduración de su sistema neurológico. Por tanto, cuanto mayores sean, menos riesgo de padecer estos episodios. Te dicen que el niño siempre acaba respirando, que los padres no tenemos por qué ponernos nerviosos. Lo que no te dicen es cómo se consigue eso. Además, a mi hijo le hicieron pruebas para descartar que se tratase de alguna forma de epilepsia. Y se descartó.

¿Qué hay que hacer ante un episodio así? Respuesta del primer pediatra: dejarle. Aunque esté morado, con los ojos en blanco y tirado en el suelo. Ya se le pasará. Respuesta del segundo pediatra: ignorarle, sólo busca llamar la atención. Respuesta del neurólogo: controlar la lengua, no se le vaya para atrás y se ahogue él solo. Y dejarle. Tener paciencia porque acabará respirando. Si has llegado leyendo hasta aquí, déjame que te haga una pregunta: ¿crees que puedes mantener la sangre fría suficiente como para llevar a cabo todos estos consejos que se pueden resumir en ignorar a tu hijo mientras ves cómo se ahoga? Antes de contestar, vuelve a leer el segundo párrafo de esta entrada.

¿Ya has contestado? Bueno, pues ahora mi respuesta: no. Yo no puedo permanecer impasible mientras mi hijo se cae redondo al suelo y pierde la consciencia. Marido y yo nos dimos cuenta de que, cuando se caída o se daba un golpe, era mejor no ir raudos y veloces en su busca porque eso le hacía más propenso a los espasmos. Le dejábamos que se levantara solo y viniera hacia mí (siempre me busca a mí, da igual las personas que se encuentre en su camino, él viene directo a buscarme a mí). Una vez que llegaba, me tiraba los brazos, pero yo sabía que si le cogía podía privarse. Así que nada de cogerle. La solución pasaba por decirle con la voz más tranquila que tuviera que respirara y, una vez que rompía el llanto, cogerle, abrazarle, mimarle hasta que él se encontrara mejor y siguiera con su juego. Esto pareció funcionar. Así que pusimos a toda la familia sobre aviso: no cogerle hasta que llore. Es duro ver que se cae o se golpea y no acudir en su ayuda. Es muy duro que te eche los brazos y no cogerle. Pero es más duro lo que puede venir después.

Pero, ay, a veces nada de esto funciona. Mi hijo Mediano no aguanta el tirón y se cae redondo al suelo. Veo en sus ojos el miedo, está asustado porque quiere respirar y no sale. Hay que intentar tranquilizarle. Nada de gritos. Nada de movimientos rápidos. Todo hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa. A veces funciona. Otras veces no. Es entonces cuando me acuerdo de lo que me dijo una enfermera cuando fui a ponerle una vacuna: un estímulo fuerte. O dicho de otra manera, hacerle daño. Un buen pellizco en el cuello suele funcionar, nos dijo. Yo tampoco soy capaz de hacerle daño a propósito a mi hijo. Lo he intentado, por ayudarle. Pero no he podido. Le hago el boca a boca. Nada. Paso a quemar el último cartucho. Agua. Agua fría. Cuanto más fría mejor. En toda la cabeza evitando que le entre por la nariz. Respira. Respira él. Respiro yo. Si esto no funciona, sólo queda llamar a una ambulancia y cruzar los dedos para que llegue a tiempo.

Antes de seguir, quiero advertir que, en este caso, el boca a boca es una muy mala, malísima opción. Puede que el niño quiera respirar y, con el aire que le metemos dentro, no le estamos dejando. Si alguna vez os pasa, estaréis tentadas a hacerlo. No lo hagáis.

Como iba diciendo, el niño se da un golpe, va a llorar pero no puede. Dejamos que se levante solo, viene hacia nosotros, le decimos que le cogeremos cuando llore. No sólo no llora, sino que, además, se derrumba. Por fin, llegamos a la solución. De la mano de la última pediatra, la que salvó la lactancia del Pequeño. A parte de mantener la calma, pues de lo contrario el niño se pone más nervioso y ya está suficientemente asustado, hay que mirarle a los ojos. Los ojos son los que nos van a decir en qué punto está el niño. Si nos mira, todo va “bien”. Tranquilidad porque él sigue oyéndolo todo. Se le tumba en una superficie plana (un sofá, una cama, el suelo) mirando hacia arriba. Se le coge el brazo y la pierna más separada de nosotros. Le giramos hacia nosotros de manera que también gire la cabeza. De esta manera evitamos que la lengua se vaya hacia atrás. Otra cosa a evitar siempre: meterle algo en la boca para abrírsela. Ni cucharillas ni dedos. La presión de la mandíbula es increíblemente fuerte. Intentamos que flexione dicho brazo y dicha pierna. Será difícil porque tienden a ponerse totalmente rígidos. Pero al menos hay que intentarlo. Mantener al niño así hasta que respire. Con un ojo, detectar dónde está el teléfono. Con el otro, mirarle a los ojos. Si pasa así mucho tiempo, hay que llamar a una ambulancia. Si se le ponen los ojos en blanco, también. Llegados a este punto, antes de llamar, yo lo que hago es correr a buscar agua. Se la echo por encima para que reaccione. Eso sí, evitando la nariz, no vaya a ser que respire y le entre agua.

Afortunadamente, yo nunca he tenido que llamar a una ambulancia. Pero he estado a punto varias veces. Es un mal trago para todos los presentes. Si tú eres la madre, mantén la calma. Olvídate de quienes te rodean. Siempre habrá alguien con algún consejo magistral. Hay que esforzarse en seguir las pautas marcadas por el médico. Manda a la mierda a quien sea, sea quien sea. Si no eres la madre, mírala cómo actúa. Si sabe lo que hace, déjala hacer. Lo que menos queremos en esa situación es a alguien que nos estorbe.

CONTRAS:

  1. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo todos estos pasos mientras ves a tu hijo sufrir.

  2. Incluso en estas situaciones, suele haber alguien que sabe más que tú. Y te lo deja bien claro.

  3. El niño puede hacerse pis. Si se le va la consciencia, no controla su cuerpo.

  4. Puede pasar en cualquier sitio. Si te pasa fuera de tu casa y tienes que pedir ayuda, pídela. Es mejor un “ya no hace falta, gracias” que el pensamiento de que podrías haber hecho más.

  5. Ante todo, la frustración del momento. No puedes respirar por tu hijo.

  6. La cara que pone mientras dura el espasmo no se olvida nunca.

  7. Ante cualquier golpe, surge el temor de si volverá a pasar. Aunque haga meses del último.

PROS:

Lo siento, por mucho que me esfuerzo, no encuentro ni un pro.

12Mar/13

… de las presuposiones

Desde luego, el primer pediatra que tuvieron mis hijos se llenó de gloria. Un hombre aparentemente profesional que resultó ser todo lo contrario. Trató al Mayor desde el primer momento, revisiones y algún constipado esporádico. Poco más. Luego llegó el Mediano con su dermatitis atópica y ahí ya se cubrió de gloria. Al Pequeño no le llegó a conocer. Salimos espantados después de la experiencia del Mediano.

Con el Mayor, su receta mágica para todo eran los “mimitos de mamá”. ¿Que el niño tiene mocos? Mimitos de mamá. ¿Que el niño vomita? Mimitos de mamá. ¿Que el niño tiene 39 de fiebre? Mimitos de mamá. Esto ya debió hacerme sospechar porque, digo yo que si por mimitos de mamá fuera, el niño no se pondría enfermo… Pero yo era madre primeriza del todo y mi primer bebé un bebé de cuento. Sí, de cuento porque a los 15 días él solito dormía del tirón 6 horas, comía perfectamente, apenas lloraba, le salieron los dientes y nos enteramos hasta que le vimos algo blanco en medio de las encías… supongo que os hacéis una idea.

Lo segundo que debió hacerme poner los pies en polvorosa fue cuando me prejuzgó. Le pasó a él y a otras tantas personas. Me pasó entonces y me sigue pasando ahora. Como ya comenté, yo decidí quedarme en casa para tener hijos. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquel hombre, pero desde luego se hizo una idea sobre mí que distaba mucho de la realidad. Cada vez que yo iba a consulta con mi bebé, yo notaba que las explicaciones que me daba eran muy toscas, muy simples… pero bueno, mi hijo estaba sano y se desarrollaba con normalidad. No le di mayor importancia. Nunca había ejercido de madre, así que pensé que quizás era el comportamiento típico de los pediatras. No sé.

El caso es que un día, durante una revisión de mi hijo, le mencioné que había ido a la universidad y que, además, había acabado dos carreras. Su cara de asombro fue un poema. Entonces lo vi claro. Aquel pediatra, al ver que yo estaba en casa, se había pensado que yo lo hacía porque no tenía otro remedio, que era una inculta o algo peor. Imaginaciones mías, podríais pensar. Bueno, quizá. Lo que es un hecho es que, desde aquella conversación, su actitud hacia mí cambió radicalmente. Y digo hacia mí porque el trato hacia mi hijo no cambió. De la noche a la mañana, se entretenía en explicarme más los diagnósticos, me empezó a hablar de cosas que antes ni mencionaba (como estudios o investigaciones médicas) e, incluso, empezó a hablarme de política. ¿Coincidencia? Yo creo que no.

Y esta misma actitud me la he encontrado y padecido en varias ocasiones. La gente te ve, cargada con tres hijos, te pregunta si trabajas, “fuera de casa no” contestas tú y ya está. Suman palotes y llegan a la conclusión de que eres una pobre mujer recluida en su casa y sometida al cuidado de tus hijos. “Estarás deseando que empiecen las clases”, me han llegado a decir algunas madres este verano. Pues no, mire, me encanta estar con mis hijos, los tres, y me apena que empiece el colegio y tengan que volver a clase porque les echo de menos cuando no están, por muy trastos que sean.

CONTRAS:

  1. Los errores. Cuando presuponemos algo, lo hacemos y nos sentimos muy listos. Somos casi como Sherlock Holmes juntando pistas. Unimos premisas y llegamos a una conclusión. Imposible equivocarnos. Bueno, pues pasa. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría reconocer. Pero no aprendemos de nuestros errores.

  2. Cuando se nos presupone algo y no es cierto, nos enfadamos, nos indignamos… y nos quedamos pensando cómo es que esa otra persona ha llegado a esa conclusión sobre nosotros. Al menos yo me quedo con el run-run el resto del día.

  3. Una mala presuposición puede llevarnos a actuar de una manera equivocada. Antes de presuponer nada, es mejor informarse. Puede pasar que actuemos erróneamente y después no podamos arreglarlo.

PRO:

  1. El segundo contra debería enseñarnos a no presuponer nada de nadie y así no caer en el contra número 1.

A mí me ha pasado con mis hijos. Pero esta mala costumbre se repite en otros ámbitos de la vida: en el trabajo, con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, con un cliente, etc. Yo intento no quedarme con la primera impresión. A veces lo consigo. Otras no.

Nota: quiero dejar claro que, cuando hablo de este pediatra, me refiero única y exclusivamente a él. El gremio de la pediatría es muy amplio y, como en todos, hay profesionales mejores que otros. No estoy generalizando, sino contando mi experiencia real con un pediatra en concreto. También me he topado con pediatras excepcionales a los que les estaré eternamente agradecida.
09Mar/13

… del regalo de papá

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Llega un día en que te fijas en un chico. Puede que sea la primera vez que le veas o puede que hasta seáis amigos. En cualquier caso, os miráis con otros ojos. Os gustáis. Dais un paso más. Empezáis una relación. Entonces os dais cuenta de compartís más cosas de las que parecía a simple vista. De repente, tenéis un proyecto de vida muy parecido. Tan parecido que decidís uniros para el resto de vuestra vida. Al poco tiempo, os dais cuenta de que deseáis tener un hijo vuestro, fruto del amor que os profesáis. Y os ponéis a ello. Son meses de incertidumbres, dudas y esperas. Pero al final el milagro sucede y podéis tener a vuestro primer bebé en brazos. Ha nacido una nueva persona. Ha nacido una mamá. Ha nacido un padre. Ha nacido una familia.

Obviamente, éste puede no ser vuestro caso. De manera muy, muy simple, es el mío. El día que nació el Mayor fue un día muy feliz. Pero, sobre todo, fue un día donde uno más uno pasaron a ser tres. Recuerdo perfectamente mis miedos frente a esa personita que tenía dormida en brazos. Pero mi Marido también tenía los suyos. El camino a casa, Marido iba en tensión… tantos años conduciendo y parecía que acababa de sacarse el carné… era la responsabilidad de ser padre, que le golpeaba de frente y le hacía extremadamente cuidadoso con cada curva y con cada bache.

Cuando se habla de hijos, tengo la impresión de que se habla más de maternidad que de paternidad. Son dos puntos de vista de lo mismo, los hijos. Ambas son complementarias y una sin la otra parece coja. El sentimiento de protección que yo tengo como madre que ha notado crecer en su vientre a un ser humano no lo tiene mi Marido. Él tiene otro. Ni mejor ni peor. Él me complementa en muchos aspectos. Respecto a nuestros hijos también.

Por todo esto, cuando se acerca el día del padre y toca pensar en algún detalle para él, no me gusta caer en los tópicos de colonia, cobarta, camisa… Para mí, esos regalos son para otras ocasiones, como cumpleaños o Reyes. Tampoco me gusta regalar otro tipo de cosas como viajes, noches de hotel, aparatos tecnológicos, entradas para el teatro… Yo los veo más para aniversarios o cumpleaños. Cuando se acerca el día del padre, me gusta que en el regalo estén presentes nuestro hijos. Al fin y al cabo, son ellos los que le han hecho padre. Nuestros hijos aún son pequeños para comprar nada, pero hacen cosas en el colegio que le regalan con mucha ilusión, toda la ilusión del mundo. Y eso es lo que cuenta. Sin embargo, a mí me gusta hacerle a Marido un regalo en nombre de nuestros hijos, que son lo mejor que hemos hecho juntos en esta vida.

Ahora, con Internet, se pueden encontrar regalos muy graciosos. Hace unos años, el regalo fue una taza con la foto de (por aquel entonces) nuestros dos hijos (los Trastos mayores). El año pasado, aprovechando que el Mayor ya manejaba algo mejor el lápiz, el regalo consistió en un llavero hecho a partir de un papá que dibujó con mucho esmero y detalles (el que ilustra esta entrada), por delante lleva el dibujo y por detrás un “te queremos mucho, papá” con fecha incluida también escrita por el Mayor. Sobre el regalo de este año no digo nada, no vaya a ser, casualidades de la vida, que se pase por el blog y me chafe la sorpresa… Volviendo al tema, hay muchos regalos del mismo estilo: cojines, parchís, gemelos, cuadros… Es cuestión de buscar el que más nos guste y que esté dentro de las posibilidades. Algunos regalos no son tan caros y, como ya he dicho, la ilusión con la que se reciben es lo que cuenta. Por supuesto, siempre quedan los regalos manuales (galletas, esa comida especial que tanto le gusta, etc.) que podemos hacer con los niños.

CONTRAS:

  1. Lo haga quien lo haga o le compres lo que le compres, hay que pararse a pensarlo. Yo creo que lo mejor de regalar es, obviamente, dar el regalo, pero también pensar en esa persona especial, sus gustos e intereses y preocuparse por buscar un obsequio apropiado para ella.

  2. El dinero. Muchas veces damos con el regalo perfecto, pero desafortunadamente, el dinero no nos llega. Me consta que al Tripadre le hará mucha ilusión ir a dar una vuelta en pista con un Fórmula1, pero el dinero hace imposible el regalo. Hay que ajustarse a lo que se puede gastar.

  3. Las dudas de si le gustará o no. Pero si lo hemos hecho bien, pensando en sus gustos (contra 1), es muy difícil que el regalo elegido no le guste.

PROS:

  1. Aunque el dinero puede parecer un impedimento, muchas veces propicia el uso de la imaginación. Insisto en que hay cosas muy chulas por ahí que valen poco dinero y en que siempre se puede hacer manual o casero para la ocasión.

  2. Si en el regalo están presente los hijos, es casi acierto seguro. El amor de un padre por sus hijos hace que el regalo siempre acierte.

  3. El hecho de demostrarle al padre de las criaturas lo mucho apreciamos su labor paterna. Aunque creo que esto hay que demostrarlo cada día, pues todos los días el padre se esfuerza por darle lo mejor a sus hijos, no viene mal que se le reconozca el esfuerzo. A nosotras también nos gustará lo mismo en mayo, ¿verdad?

Sea lo que sea lo que decidáis regalar al padre de vuestro(s) hijo(s), que sea siempre con amor. Y si no le regaláis nada, que sea también con amor.

08Mar/13

… de quedarse en casa

Con la que está cayendo ahora mismo, no es raro encontrarse a mujeres que se quedan en casa. Y a hombres también. Personas, al fin y al cabo, que hacen la comida, limpian, planchan… pero que también bañan a los niños, les recogen del colegio, les dan de cenar y les acuestan. Ahora disponen de un tiempo (forzoso, pues entiendo que nadie está en paro por gusto) para estar con sus hijos. Y éste es el lado bueno.

Pero también hay gente (más madres que padres) que deciden quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Y la palabra clave es “deciden”. Nadie les obliga. Tienen la opción de elegir y eligen libremente quedarse en casa. Como cualquier opción en esta vida, debería respetarse. Al fin y al cabo, cada familia es un mundo y todo es muy distinto de puertas para adentro. Si has ido a la universidad y tienes una carrera (o dos), si tienes cierto futuro profesional, si eres joven… entonces parece que esta decisión no se entiende. Éste es y ha sido mi caso.

Cuando Marido y yo nos casamos, sabíamos que no queríamos esperar mucho para tener hijos, pero tampoco nos habíamos marcado una fecha. Las circunstancias quisieron que a mí no me renovaran el contrato al casarme y que mi intento de trabajar desde casa no tuviera tanto éxito como yo pretendía. Así que nos sentamos a hablar de nuestra situación y decidimos que aquél era un buen momento para empezar a formar nuestra familia. Yo elegí quedarme en casa para tener hijos (y no tener hijos porque estaba en casa, como alguna vecina me comentó una vez). Y así lo hicimos.

Las críticas nos llovieron de todos lados. Desde la familia directa hasta el camarero del restaurante de turno. Todo el mundo se veía con el derecho a opinar. Y nada de críticas constructivas. Eran del tipo “teniendo dos carreras y te quedas en casa pudiendo salir a trabajar” o “estás dando un paso atrás en la emancipación de la mujer”. Me río por no llorar. Vamos a ver, ¿mi decisión de quedarme en casa mientras mis hijos sean pequeños implica que no vaya a volver a trabajar nunca más en la vida? Y, si éste fuera el caso, ¿sería el fin del mundo? Respecto a la emancipación de la mujer, es obvio que, afortunadamente, no se obliga a ninguna mujer a quedarse en casa para tener hijos (al menos no de manera expresa). Para mí, la grandeza de la emancipación de la mujer reside en la capacidad que ésta tiene de elegir qué quiere hacer y, sobre todo, qué quiere hacer en cada momento de su vida. Puede darse el caso de que a mí lo que me realiza como mujer no es ser una alta ejecutiva, sino ser madre. Y nadie debería cuestionarme esto. También me han llegado a decir que no trabajo porque estoy mejor en casa. Pues resulta que a lo mejor yo, con tres hijos, trabajo más que una persona que viva sola sin nadie a su cargo y que trabaje 8 horas al día. O a lo mejor trabajo desde casa, que también se puede. Y aún así, todo esto es una decisión personal que yo he tomado y donde mi Marido me apoya al doscientos por ciento. No entiendo esa capacidad de la gente de juzgar a quienes, por una u otra razón, nos quedamos en casa. Que al final parece que tenemos que ir pidiendo perdón al resto del mundo y justificando nuestras decisiones.

CONTRAS:

  1. Quedarse en casa a cuidar de los hijos viene de la mano de llevar la casa. Admiro a aquellas mujeres que trabajan fuera de casa, cuidan de sus hijos y aún así tienen tiempo de llevar la colada al día.

  2. En casa no hay horarios. El niño quiere hacer pis ya sean las 11 de la mañana o las 4 de la noche.

  3. Hay que aguantar comentarios malintencionados que sólo buscan dejarte como la vaga mayor del reino. Luego podrás hacer oídos sordos o no, pero escucharlos los vas a escuchar.

  4. En una sociedad donde lo que se lleva es ser madre trabajadora fuera del hogar, quedarse en casa por voluntad propia implica incomprensión y rechazo. Vas a ser el bicho raro.

PROS:

  1. Ves crecer a tus hijos. Razón por la cual seguramente has decidido quedarte en casa. Y eso te da más satisfacciones que otra cosa. Todo lo demás pasa a un segundo plano. Hasta hace poco, mi Marido me preguntaba si era feliz quedándome en casa. Y yo le contestaba que, si no salía a la calle, sí era feliz; pero no cuando estaba fuera, pues era cuando más me criticaban. Ahora, gracias a esta Tribu que anda por Internet y a blog maravilloso como los de la columna de la derecha, me tomo las cosas de otra manera y soy feliz dentro y fuera de casa.

  2. No tienes horarios. Así que si has pasado mala noche, siempre puedes dar una cabezadita… si los Trastos te dejan, claro.

¿Tanto dar la murga con el tema de quedarse en casa y ésta sólo escribe dos pros? Pues sí, mira, pero el pro número uno vale por cien contras. Y otros cien que vengan. En el Día de la mujer trabajadora (que vaya con el nombre que le han puesto), quisiera felicitar a todas las mujeres, todas, pues estoy convencida de que no hay ninguna que no trabaje de una u otra manera. Y, ya que estoy, exijo respeto por todas aquellas cuyo trabajo no se considera como tal. El trabajo más antiguo del mundo es el de ama de casa.

07Mar/13

… de empezar el colegio

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Lo sé, lo sé, lo sé… llego tarde… Hace ya siete días (¿siete ya? ¿En serio?) que Madresfera propuso como tema de la semana la elección de colegio. No tengo excusa… bueno, sí la tengo, pero es larga de contar y no viene al caso. En fin, que volviendo al tema del colegio, quería hacer mi humilde aportación. Como os podréis imaginar, las dudas y las indagaciones vienen con el primer hijo. Al segundo sólo hay que apuntarle al cole del mayor y ya. Más allá de hablar del baremos de puntos, de si es mejor un colegio público, concertado o incluso privado; más allá de eso, me gustaría contar lo que me pasó a mí cuando el Mayor tenía que empezar el colegio y por qué casi no lo empieza.

Vaya por delante que un niño de 3 años no está obligado a ir al colegio. Se le escolariza, pero no hay ley que te obligue a ello hasta que el niño cumpla los 6 años, cuando debe empezar Primaria. Dicho esto, comienzo mi historia. El Mayor iba a la guardería y, desde ella, nos informaron de todo lo que había que hacer para conseguir plaza en un colegio público o concertado en la Comunidad de Madrid. Marido y yo hicimos nuestras indagaciones, nos informamos y elegimos colegio. Presentamos la solicitud de plaza y esperamos. Esperamos a que salieran las listas provisionales. En teoría, hay que llamar al colegio elegido en primera opción para ver si han cogido a tu hijo. El Mayor no había entrado. Vale, entonces ¿qué hacemos? ¿Llamamos al de segunda opción? Pues de acuerdo, allí que llamamos. Nada. Tampoco le habían cogido allí. Probamos con el de tercera opción… y con el de cuarta opción. Y nada de nada. Ya no habíamos puesto más colegios. ¿Dónde llamamos? ¿A la Comunidad de Madrid? No, allí no tienen esa información. Tras muchas llamadas pasándose la pelota unos a otros, al final di con el teléfono de la Comisión de escolarización. ¿Me pueden decir qué colegio le han dado a mi hijo? Pues tampoco. Tenía que ir en persona. Y allí que me fui, con el carrito y el Mediano (quien apenas tenía 6 meses).

Llego a la Comisión y después de aguantar borderías varias por parte de la funcionaria de turno me quedan claro un par de cosas: uno, que mi hijo no tiene plaza en ningún colegio; dos, que me dan plaza provisional en uno de los que aún tienen plazas libres. Me dan la documentación a rellenar y me dice la funcionaria de la Comisión de escolarización que tengo hasta el día D del mes M para presentarla en el colegio que acaba de elegir. “¿Día D incluido?” pregunto, “sí, día D incluido” me responde ella muy digna. Diez minutos duró todo aquello. Tres cuartos de hora tardé en llegar. Otros tres cuartos de hora en regresar. Ya en casa, relleno la documentación y la dejo preparada. Por varias cuestiones, resultó que no pudimos entregar la documentación hasta el último día, el día D. Que nadie se piense que el plazo era de un par de semanas, el plazo era de unos 4 días. Total, que el día D a primerísima hora de la mañana, se presenta Marido en el sitio indicado para presentar los papeles. Y había llegado tarde. Resulta que el último día era el D-1. A pesar de que dijo que era lo que la funcionaria de la Comisión nos había dicho, a pesar de que entendían perfectamente que había sido cuestión de unas horas, a pesar de llamar a la Comunidad de Madrid… a pesar de todo, mi hijo se quedó sin plaza. Todo el verano sin saber a qué colegio iría, si es que iba a poder ir a alguno ese año (recordad que os dije que hasta los 6 años los niños no tienen obligación de escolarizarse). La gente me preguntaba que a qué colegio iba a ir el Mayor y yo sólo podía decirles que no tenía ni idea. Al final, todo salió bien y mi hijo fue al colegio. Colegio donde aún sigue y donde va el Mediano. Mis hijos van felices a clase y nosotros estamos muy contentos por ello. ¿Pros y contras del colegio? Empezamos.

CONTRAS:

  1. Son muchas horas fuera de casa. En mi caso, mi hijo iba a una guardería 4 horas por la mañana, el resto del día lo pasaba en casa. Supuso un gran cambio. Aunque los primeros días yo no daba pie con bola…

  2. Las horas fuera implican dudas y miedos. No falta quien te empuje a ese abismo. Algunas personas, en cuanto oyen que tu hijo va a empezar el colegio, no tardan ni dos segundos en contarte cómo a la hija de su vecina le dejaban salir al patio sin abrigo o que no le sonaban los mocos por mucho que la niña se lo pidiese a la profesora. Tranquilidad, estas historias para no dormir están más cerca de ser leyendas urbanas que de ser ciertas.

  3. Tu hijo también tiene miedos. Si no el primer día (porque no se hace a la idea de qué le espera), es posible que sí a la semana siguiente. Hay que tragarse los miedos propios y darle seguridad a tu hijo. Aunque por dentro tengas tú más angustia que él.

  4. Nace nuestro bebé y nos concienciamos de que cada niño es un mundo. Algunos andan antes que otros, otros dicen “mamá” antes que unos, tu primer hijo comió puré hasta los dos años y el segundo engulle macarrones desde el año y medio… Pero, ay, empieza el colegio y aquí ya todos deben seguir el mismo ritmo: los niños (independientemente de si han nacido en enero o en diciembre) no pueden llevar pañal, deben comer sólido (se acabó el puré) y deben comer e ir al baño solos. Para lograr todo esto, a menudo el verano antes del colegio se convierte en una carrera de obstáculos contra reloj en la que tanto los padres como el niño en cuestión acaban estresados. Aquello de que cada niño tiene su propio ritmo de hacer las cosas se quedó en el olvido.

  5. Los mocos. Y las toses. Y los constipados. Es empezar el colegio y los niños empiezan a intercambiarse virus como si fueran cromos. Da igual que haya ido antes a una guardería. Los mocos se quedan hasta junio.

  6. El papeleo. De la noche a la mañana empiezas a sumar puntos. Puntos por domicilio, por hermanos en el centro, por tener alergia alimenticia, por ser familia numerosa… ¿Si el niño ya sabe escribir su nombre, le dan más puntos? Porque si es así, mientras le enseño a ir al baño, puedo aprovechar para hacer el pino puente y enseñarle a escribirlo con el dedo… Y, por favor, no lo dejéis para última hora. Atentos a las fechas y a la documentación a presentar.

PROS:

  1. Tu hijo adquiere más independencia. Él se siente mayor y está contento. Enorgullécete por ello.

  2. Las profesoras (suelen ser mujeres) saben tratar a los niños tan pequeños. Son conscientes del gran paso que supone para hijos y padres e intentan que el cambio sea lo más natural posible. Van a ayudaros en todo.

  3. Tu hijo va a empezar a cultivar sus primeras amistades. No serán como las nuestras, pero no hay que desmerecerlas por ello.

  4. A menos que tengas que cambiar de colegio, lo normal es que el trámite de elegir cole lo hagas sólo una vez. Da igual los hijos que tengas, como ya he dicho antes, el centro se elige con el primero, los que vengan detrás irán a su mismo colegio.

  5. Las profesoras les van a sonar los mocos. Olvídate de leyendas urbanas que sólo te pondrán más nerviosa.

  6. Es un cambio para toda la familia. Sé consciente de ello y vívelo como se merece. No se trata de verlo como algo negativo porque no lo es. Busca el lado bueno. Si trabajas fuera de casa, ya no tendrás que dejar a tu hijo al cuidado de otra persona, aunque sean los abuelos. Si trabajas en casa, puedes centrarte en otras cosas sin ser interrumpida. Aprovecha el tiempo.

Los Trastos mayores ya van a al colegio. El Mediano ha empezado este año. La experiencia ha sido completamente distinta a la que tuvo el Mayor. En parte por él mismo y en parte porque algunos miedos sobre la escolarización los desterró el Mayor. Veremos a ver qué nos depara el Pequeño cuando le toque ir a él…

 

05Mar/13

… de tener piel atópica

piel atópica en niños

El Mediano tiene dermatitis atópica. Al parecer, cada vez nacen más niños con este tipo de alergia (porque sí, es una alergia dérmica), aunque se desconocen las causas. Un bebé tiene más probabilidades de tener dermatitis atópica si ya hay algún atópico en la familia. Pero no siempre es así. Mi hijo es el primero de la familia, él se ha convertido en el antecedente familiar. Afortunadamente, los niños atópicos que llegan a ser adultos atópicos son muy pocos. Según los dermatólogos y los pediatras, esta dermatitis suele desaparecer entre los 3 y 5 años o en la adolescencia, con el cambio hormonal. Mi hijo tiene 3 años y aún la tiene.

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04Mar/13

… del biberón

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Es muy probable que, aunque le hayas dado el pecho a tu bebé, al final, con la alimentación complementaria, acabes dándole también el biberón. Te imaginas que va a ser fácil porque más complicado que conseguir que tu bebé se agarre bien al pecho sin que te duela no puede ser… ¿o sí?

CONTRAS:

  1. Hay que ir a comprarlo, las tetas ya las traías tú de antes. Y entonces empiezas con las dudas existenciales, que se resumen en ¿cuál leches compro? Los hay para todo: anticólicos, con forma de teta, anchos, estrechos, altos, bajos, para que sea más fácil sujetarlo, bonitos, feos, horrorosos, caros, no tan caros… Si el bebé en cuestión tiene un hermano mayor, ya sabrás algo de biberones. Y digo “algo” porque cada día salen al mercado modelos nuevos y te toca empollártelos otra vez. Y tú que pensabas que iba a ser tan fácil como ir a comprar el más bonito porque tu bebé lo vale…

  2. Cuando ya te has decidido por un biberón, aparece el siguiente problema: las tetinas. Cuya duda existencial viene a ser ¿cuál leches compro? Las hay de látex, de caucho, con una gota, dos gotas, tres gotas, de tres posiciones, primeras tomas, anchas, estrechas, para papilla… y no te recuerdas tan indecisa desde… desde… desde… nunca. ¡Joer, que sólo son un biberón y una tetina para que tu bebé se alimente! En ese momento, odias al pediatra por hablarte de alimentación complementaria y cereales… y te acuerdas de tus tetas. Esperemos que tu bebé se conforme con la que te has traído y no tengas que volver a comprar la que has dejado.

  3. Después de usar biberón y tetina, hay que lavarlos para volver a usarlos. Tu teta te la guardabas en el sujetador y, como mucho, le ponías un protector para que no se te escapara la leche. Y éste es otro problema porque, a menos que tengas un biberón pequeño al que llegues al fondo con tus dedos, necesitas un limpiador de biberones. Los hay, como no podía ser de otra manera, de muchos tipos. Sólo con cerdas, con cerdas y esponja, con limpiatetinas, sin ellas… De nuevo, la duda… ¿cuál leches compro? Tus tetas no las lavabas tanto, como mucho una ducha diaria… si es que consigues ducharte todos los días esas primeras semanas tras el parto.

  4. Hay que esterilizarlo. Todo. Biberón y tetina, chupete si tu bebé lo usa, y tus manos si me apuras, que menudo miedo te mete el pediatra con los gérmenes, sistema inmunológico y demás. Que vale que tampoco es que hayas ido refregando tus tetas por la acera, pero dudas de que tus pezones estén tan esterilizados como la tetina… y tu bebé sigue sano y salvo. Así que ahora te toca comprar el esterilizador. ¿Cómo lo quieres? Los hay de pastillas, de microondas, para un par de biberones, para cinco biberones, con pinzas para coger el biberón sin quemarte los dedos, sin pinzas… De nuevo, la dichosa duda existencial, ¿cuál leches compro?

  5. El agua. ¿Qué? ¿Te creías que iba a ser tan fácil como abrir el grifo? Pues no, al menos los primeros meses. Así que te toca comprar agua mineral embotellada o hervir la del grifo tú misma en casa.

  6. La leche. No, no es una expresión. Me refiero a la leche en polvo necesaria para hacer el biberón a tu bebe. Miles de dudas existenciales… otra vez. Las hay con prebióticos, con fibra, reforzadas, mineralizas, dulces sueños… De nuevo, ¿cuál leches compro? Nunca mejor dicho. En este punto, te preguntas por qué no habrás estudiado química o ingeniería, porque vaya con el dichoso biberón. Vuelves a acordarte de tus tetas y llegas a la conclusión de que no las has valorado lo suficiente.

  7. Y, por supuesto, los cereales. Razón por la que probablemente te has metido en este berenjenal y has perdido media mañana para poder darle un simple biberón a tu bebé… para que luego no lo quiera y berreé desconsoladamente porque quiere tu teta otra vez.

  8. Se enfría. Ya no está a la temperatura ideal para tu bebé. No puedes dejarlo frío ni puede quemar. Vas a tener que probarlo para asegurarte de que tu retoño lo puede tomar tranquilamente. Y si tarda mucho en tomárselo, volver a calentarlo. Los microondas que miden el tiempo por segundos adquieren una nueva dimensión para ti. Odias los de la ruedecita. Y ya que estás odiando, vuelves a odiar al pediatra. Y llegas a la conclusión de que, definitivamente, no habías valorado tus tetas como se merecían.

  9. Si sales de casa y te va a tocar una toma, tienes que prepararlo todo. Ya no sólo tienes que llevarte ropa limpia, toallitas y pañales por si las moscas. Ahora incorporas otra bolsita, la del biberón. Y que no se te olvide porque tendrás que volverte a casa o correr a comprarlo todo otra vez. Como dice mi madre, quien no tiene cabeza tiene que tener pies.

PROS:

  1. El biberón puede dárselo cualquiera. La alimentación de tu bebé no es exclusividad tuya (esto, suponiendo que no hayas usado antes el sacaleches, se entiende). Lo que te permite poder dejar a tu retoño al cuidado de otra persona y salir sin estar mirando el reloj.

  2. Con el biberón, sabes exactamente la cantidad de leche y cereales que toma tu bebé. Con el Tercero, en una revisión para ponerle la vacuna, la enfermera me preguntó si tomaba pecho o biberón. Yo le dije que pecho y acto seguido me soltó que, con la edad que tenía, debía tomar, al menos, X cantidad de leche. Que cara se me pondría que, al mirarme, se dio cuenta de la absurdez que acababa de soltar. “Bueno, si le das pecho, no sabes cuánta leche toma”, bien por ella. Por un momento pensé que tendría que explicárselo yo…

  3. Como ya dije en la entrada de la lactancia, que tu bebé ya no vaya a usar tus tetas significa que tu Marido puede volver a disponer de ellas. Chiribitas en los ojos y aplausos con las orejas. No digo más.

El biberón es una lata. Y no, no es un juego de palabras. Si la lactancia va bien, lo mejor es dar el pecho. Pero la cruda realidad es que a veces no se puede o no se quiere. Y, aunque le des el pecho a tu bebé, en algún momento va a necesitar una alimentación que complemente a la leche materna para que se desarrolle de manera adecuada y no tenga carencias. Así que te armas de valor y paciencia y te vas a comprar todo lo necesario para prepararle su primer biberón. No te vendrá mal para cuando crezca que vayas desarrollando estas cualidades.