14Mar/13

… de un mes de blog

Hoy hace justo un mes que abrí el blog. Me lancé a la piscina dejando atrás mis miedos. No tenía ni idea de blogs, entradas, comentarios o cualquier cosa que se le pareciera. Es verdad que había seguido blogs (y aún los sigo), pero siempre desde un reader. No solía comentar, por muy de acuerdo o muy en contra que estuviera de aquello que leía. Tenía la impresión de que era un pensamiento pequeño que no interesaría a nadie, así que no comentaba.

Desde hace un mes, estoy aprendiendo a pasos agigantados. ¡Incluso he aprendido a usar Twitter! Un hurra por mí, por favor, que no sabéis lo que me ha costado aprenderme eso del hastag. Las primeras semanas las pasé intentando aclararme sobre cómo publicar una entrada. Poniendo bonito el blog con la plantilla que había elegido. Añadiendo y poniendo widgets. ¡Widgets! Que no los había oído en la vida, pues, hale, ya soy una experta… o eso creo, jajaja… aún estoy aprendiendo. No voy a engañaros.

Recapitulando, he aquí mis contras y pros. ¿Listos? ¿Preparados? Pues allá vamos.

CONTRAS:

  1. La obsesión. Ay, todo el día mirando cuántas visitas ha recibido el blog y si alguien ha comentado y qué ha comentado. Nota mental, tomármelo con más calma. Y ponerme al día con la lavadora.

  2. Los temas. Me levanto por la mañana y pienso sobre qué podría escribir. Una vez decidido el tema, sigo dándole vueltas. ¿Y cómo lo hago? ¿Cómo lo enfoco?

  3. Releyendo las entradas desde la primera (vamos, vamos, no son tantas…) me he dado cuenta de que me quedan muy serias, muy formales. Yo no es que sea un chiste andante, pero tampoco pienso que sea así. Creo que debería relajarme un poco, ser más yo misma.

  4. Lo despacio que va todo. Al publicar mi primera entrada, tampoco esperaba un aluvión de visitas o comentarios, van llegando poco a poco. Mejor, así no se me atraganta el éxito 🙂

  5. Empollarme el manejo de Twitter, WordPress y demás. No es que sea algo difícil, pero las cosas hasta que no se conocen se hacen un mundo, ¿no os pasa? Aunque ahora que lo pienso, esto podría ser un pro porque ahora sé usarlos y conozco el significado de #FF.

PROS:

  1. He aprendido el valor de los comentarios. Me gusta recibirlos en mis entradas. Así que he decidido participar en otros blogs. Blogs que, por otra parte, sigo desde hace tiempo, aunque haya sido en la distancia.

  2. Nuevos blogs. Desde los antiguos y desde el Twitter, he dado con otros blogs que también me interesan. Hay gente estupenda por ahí y yo me la estaba perdiendo.

  3. Mi blog me ayuda a poner en orden mis pensamientos. Teniendo en cuenta el ajetreo que tengo todo el día, un ratito para pensar no me viene nada mal.

  4. Empiezo a tener mirada de blogger. Ahora todo es susceptible de ser tema para una entrada.

  5. Sigo siendo anónima y me gusta. La existencia del blog sólo la conoce mi marido y me encanta que sea así. De esta manera, no hay presiones.

  6. Primer mes, 10 seguidores. Bueno, 10 oficiales, porque me gustaría creer que hay gente que me lee sin hacerse seguidor de mi blog, al igual que yo era seguidora en la distancia de otros tantos.

  7. Compartir mis experiencias con los demás. Y ver que no soy la única a la que le pasan determinadas cosas. Aquí quien no se consuela es porque no quiere.

Así que, después de contaros todo esto, estoy dispuesta a ir a por otro mes más. Con todas mis ganas. A pesar de la lavadora. ¿Me seguís? Tengo mucho que contar 😉

13Mar/13

… de privarse

Mi hijo Mediano (pobrecito, que parece que todo le pasa a él) se priva. Cada vez le pasa menos. Cada vez es más mayor. Sin embargo, ayer fue la última vez. A esto se le conoce como espasmos del llanto. Básicamente, consiste en que, cuando va a llorar, en vez de arrancarse, se queda sin respiración. Hay niños que les pasa de rabia, por ejemplo, cuando les quitas un juguete o les dices que no a algo. En el caso de mi hijo, los espasmos siempre los desencadena un golpe.

No soy médica. Soy una madre con un hijo que, a veces, se priva. Y en nuestro caso, la secuencia de hechos va así: primero, mi hijo se da un golpe que no tiene por qué ser fuerte (le he visto darse grandes golpetazos y seguir como si nada y, sin embargo, a veces, con un topecito de nada se priva). Me busca y viene hacia mí. Llega y me echa los brazos, quiere que le coja. A todo esto, no ha sido capaz de empezar a llorar y no puede respirar, ni para adelante ni para atrás, el aire no circula. Imaginaos la cara de un niño pequeño cuando llora, ¿ya? Pues ahora congeladla. Ésa es la cara que tiene. Yo le digo que respire. Él no respira. Empieza a ponerse morado. Le sigo espetando a que respire. Él sigue sin respirar. Se cae al suelo. Las piernas ya no le aguantan. Busco su mirada. Le sigo diciendo que respire. No es capaz de respirar. Si la situación se prolonga, los ojos se le ponen en blanco. Sigue morado berenjena. Los labios pierden color. Mandíbula apretada al máximo. Le grito que respire. No respira. Pienso cuánto tiempo llevará así. Para mí, una eternidad. Me planteo llamar a una ambulancia. Sigo gritándole que respire. Sigue sin respirar. Ya no me oye. Pienso que se me va, que le pierdo ahí mismo, entre mis brazos. El corazón me va a mil por hora. Salgo corriendo hacia un grifo mientras voy pensando dónde coño he dejado el teléfono. Al final respira. Llora. Respiro yo también. Nos abrazamos. Me tiembla todo el cuerpo. Al rato, mi hijo está jugando como si nada. A mí los nervios me duran el resto del día. Todo esto se resume en pánico. Aunque me cuesta escribirlo, tengo que confesar que alguna vez yo he visto a mi hijo prácticamente muerto en mis brazos. ¿Exagerada? Tal vez. Pero ésa fue la sensación que me dio. Quien haya pasado por esto lo sabe.

Según los médicos, es hago normal en los niños pequeños. Tiene que ver con el grado de maduración de su sistema neurológico. Por tanto, cuanto mayores sean, menos riesgo de padecer estos episodios. Te dicen que el niño siempre acaba respirando, que los padres no tenemos por qué ponernos nerviosos. Lo que no te dicen es cómo se consigue eso. Además, a mi hijo le hicieron pruebas para descartar que se tratase de alguna forma de epilepsia. Y se descartó.

¿Qué hay que hacer ante un episodio así? Respuesta del primer pediatra: dejarle. Aunque esté morado, con los ojos en blanco y tirado en el suelo. Ya se le pasará. Respuesta del segundo pediatra: ignorarle, sólo busca llamar la atención. Respuesta del neurólogo: controlar la lengua, no se le vaya para atrás y se ahogue él solo. Y dejarle. Tener paciencia porque acabará respirando. Si has llegado leyendo hasta aquí, déjame que te haga una pregunta: ¿crees que puedes mantener la sangre fría suficiente como para llevar a cabo todos estos consejos que se pueden resumir en ignorar a tu hijo mientras ves cómo se ahoga? Antes de contestar, vuelve a leer el segundo párrafo de esta entrada.

¿Ya has contestado? Bueno, pues ahora mi respuesta: no. Yo no puedo permanecer impasible mientras mi hijo se cae redondo al suelo y pierde la consciencia. Marido y yo nos dimos cuenta de que, cuando se caída o se daba un golpe, era mejor no ir raudos y veloces en su busca porque eso le hacía más propenso a los espasmos. Le dejábamos que se levantara solo y viniera hacia mí (siempre me busca a mí, da igual las personas que se encuentre en su camino, él viene directo a buscarme a mí). Una vez que llegaba, me tiraba los brazos, pero yo sabía que si le cogía podía privarse. Así que nada de cogerle. La solución pasaba por decirle con la voz más tranquila que tuviera que respirara y, una vez que rompía el llanto, cogerle, abrazarle, mimarle hasta que él se encontrara mejor y siguiera con su juego. Esto pareció funcionar. Así que pusimos a toda la familia sobre aviso: no cogerle hasta que llore. Es duro ver que se cae o se golpea y no acudir en su ayuda. Es muy duro que te eche los brazos y no cogerle. Pero es más duro lo que puede venir después.

Pero, ay, a veces nada de esto funciona. Mi hijo Mediano no aguanta el tirón y se cae redondo al suelo. Veo en sus ojos el miedo, está asustado porque quiere respirar y no sale. Hay que intentar tranquilizarle. Nada de gritos. Nada de movimientos rápidos. Todo hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa. A veces funciona. Otras veces no. Es entonces cuando me acuerdo de lo que me dijo una enfermera cuando fui a ponerle una vacuna: un estímulo fuerte. O dicho de otra manera, hacerle daño. Un buen pellizco en el cuello suele funcionar, nos dijo. Yo tampoco soy capaz de hacerle daño a propósito a mi hijo. Lo he intentado, por ayudarle. Pero no he podido. Le hago el boca a boca. Nada. Paso a quemar el último cartucho. Agua. Agua fría. Cuanto más fría mejor. En toda la cabeza evitando que le entre por la nariz. Respira. Respira él. Respiro yo. Si esto no funciona, sólo queda llamar a una ambulancia y cruzar los dedos para que llegue a tiempo.

Antes de seguir, quiero advertir que, en este caso, el boca a boca es una muy mala, malísima opción. Puede que el niño quiera respirar y, con el aire que le metemos dentro, no le estamos dejando. Si alguna vez os pasa, estaréis tentadas a hacerlo. No lo hagáis.

Como iba diciendo, el niño se da un golpe, va a llorar pero no puede. Dejamos que se levante solo, viene hacia nosotros, le decimos que le cogeremos cuando llore. No sólo no llora, sino que, además, se derrumba. Por fin, llegamos a la solución. De la mano de la última pediatra, la que salvó la lactancia del Pequeño. A parte de mantener la calma, pues de lo contrario el niño se pone más nervioso y ya está suficientemente asustado, hay que mirarle a los ojos. Los ojos son los que nos van a decir en qué punto está el niño. Si nos mira, todo va “bien”. Tranquilidad porque él sigue oyéndolo todo. Se le tumba en una superficie plana (un sofá, una cama, el suelo) mirando hacia arriba. Se le coge el brazo y la pierna más separada de nosotros. Le giramos hacia nosotros de manera que también gire la cabeza. De esta manera evitamos que la lengua se vaya hacia atrás. Otra cosa a evitar siempre: meterle algo en la boca para abrírsela. Ni cucharillas ni dedos. La presión de la mandíbula es increíblemente fuerte. Intentamos que flexione dicho brazo y dicha pierna. Será difícil porque tienden a ponerse totalmente rígidos. Pero al menos hay que intentarlo. Mantener al niño así hasta que respire. Con un ojo, detectar dónde está el teléfono. Con el otro, mirarle a los ojos. Si pasa así mucho tiempo, hay que llamar a una ambulancia. Si se le ponen los ojos en blanco, también. Llegados a este punto, antes de llamar, yo lo que hago es correr a buscar agua. Se la echo por encima para que reaccione. Eso sí, evitando la nariz, no vaya a ser que respire y le entre agua.

Afortunadamente, yo nunca he tenido que llamar a una ambulancia. Pero he estado a punto varias veces. Es un mal trago para todos los presentes. Si tú eres la madre, mantén la calma. Olvídate de quienes te rodean. Siempre habrá alguien con algún consejo magistral. Hay que esforzarse en seguir las pautas marcadas por el médico. Manda a la mierda a quien sea, sea quien sea. Si no eres la madre, mírala cómo actúa. Si sabe lo que hace, déjala hacer. Lo que menos queremos en esa situación es a alguien que nos estorbe.

CONTRAS:

  1. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo todos estos pasos mientras ves a tu hijo sufrir.

  2. Incluso en estas situaciones, suele haber alguien que sabe más que tú. Y te lo deja bien claro.

  3. El niño puede hacerse pis. Si se le va la consciencia, no controla su cuerpo.

  4. Puede pasar en cualquier sitio. Si te pasa fuera de tu casa y tienes que pedir ayuda, pídela. Es mejor un “ya no hace falta, gracias” que el pensamiento de que podrías haber hecho más.

  5. Ante todo, la frustración del momento. No puedes respirar por tu hijo.

  6. La cara que pone mientras dura el espasmo no se olvida nunca.

  7. Ante cualquier golpe, surge el temor de si volverá a pasar. Aunque haga meses del último.

PROS:

Lo siento, por mucho que me esfuerzo, no encuentro ni un pro.

12Mar/13

… de las presuposiones

Desde luego, el primer pediatra que tuvieron mis hijos se llenó de gloria. Un hombre aparentemente profesional que resultó ser todo lo contrario. Trató al Mayor desde el primer momento, revisiones y algún constipado esporádico. Poco más. Luego llegó el Mediano con su dermatitis atópica y ahí ya se cubrió de gloria. Al Pequeño no le llegó a conocer. Salimos espantados después de la experiencia del Mediano.

Con el Mayor, su receta mágica para todo eran los “mimitos de mamá”. ¿Que el niño tiene mocos? Mimitos de mamá. ¿Que el niño vomita? Mimitos de mamá. ¿Que el niño tiene 39 de fiebre? Mimitos de mamá. Esto ya debió hacerme sospechar porque, digo yo que si por mimitos de mamá fuera, el niño no se pondría enfermo… Pero yo era madre primeriza del todo y mi primer bebé un bebé de cuento. Sí, de cuento porque a los 15 días él solito dormía del tirón 6 horas, comía perfectamente, apenas lloraba, le salieron los dientes y nos enteramos hasta que le vimos algo blanco en medio de las encías… supongo que os hacéis una idea.

Lo segundo que debió hacerme poner los pies en polvorosa fue cuando me prejuzgó. Le pasó a él y a otras tantas personas. Me pasó entonces y me sigue pasando ahora. Como ya comenté, yo decidí quedarme en casa para tener hijos. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquel hombre, pero desde luego se hizo una idea sobre mí que distaba mucho de la realidad. Cada vez que yo iba a consulta con mi bebé, yo notaba que las explicaciones que me daba eran muy toscas, muy simples… pero bueno, mi hijo estaba sano y se desarrollaba con normalidad. No le di mayor importancia. Nunca había ejercido de madre, así que pensé que quizás era el comportamiento típico de los pediatras. No sé.

El caso es que un día, durante una revisión de mi hijo, le mencioné que había ido a la universidad y que, además, había acabado dos carreras. Su cara de asombro fue un poema. Entonces lo vi claro. Aquel pediatra, al ver que yo estaba en casa, se había pensado que yo lo hacía porque no tenía otro remedio, que era una inculta o algo peor. Imaginaciones mías, podríais pensar. Bueno, quizá. Lo que es un hecho es que, desde aquella conversación, su actitud hacia mí cambió radicalmente. Y digo hacia mí porque el trato hacia mi hijo no cambió. De la noche a la mañana, se entretenía en explicarme más los diagnósticos, me empezó a hablar de cosas que antes ni mencionaba (como estudios o investigaciones médicas) e, incluso, empezó a hablarme de política. ¿Coincidencia? Yo creo que no.

Y esta misma actitud me la he encontrado y padecido en varias ocasiones. La gente te ve, cargada con tres hijos, te pregunta si trabajas, “fuera de casa no” contestas tú y ya está. Suman palotes y llegan a la conclusión de que eres una pobre mujer recluida en su casa y sometida al cuidado de tus hijos. “Estarás deseando que empiecen las clases”, me han llegado a decir algunas madres este verano. Pues no, mire, me encanta estar con mis hijos, los tres, y me apena que empiece el colegio y tengan que volver a clase porque les echo de menos cuando no están, por muy trastos que sean.

CONTRAS:

  1. Los errores. Cuando presuponemos algo, lo hacemos y nos sentimos muy listos. Somos casi como Sherlock Holmes juntando pistas. Unimos premisas y llegamos a una conclusión. Imposible equivocarnos. Bueno, pues pasa. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría reconocer. Pero no aprendemos de nuestros errores.

  2. Cuando se nos presupone algo y no es cierto, nos enfadamos, nos indignamos… y nos quedamos pensando cómo es que esa otra persona ha llegado a esa conclusión sobre nosotros. Al menos yo me quedo con el run-run el resto del día.

  3. Una mala presuposición puede llevarnos a actuar de una manera equivocada. Antes de presuponer nada, es mejor informarse. Puede pasar que actuemos erróneamente y después no podamos arreglarlo.

PRO:

  1. El segundo contra debería enseñarnos a no presuponer nada de nadie y así no caer en el contra número 1.

A mí me ha pasado con mis hijos. Pero esta mala costumbre se repite en otros ámbitos de la vida: en el trabajo, con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, con un cliente, etc. Yo intento no quedarme con la primera impresión. A veces lo consigo. Otras no.

Nota: quiero dejar claro que, cuando hablo de este pediatra, me refiero única y exclusivamente a él. El gremio de la pediatría es muy amplio y, como en todos, hay profesionales mejores que otros. No estoy generalizando, sino contando mi experiencia real con un pediatra en concreto. También me he topado con pediatras excepcionales a los que les estaré eternamente agradecida.
09Mar/13

… del regalo de papá

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Llega un día en que te fijas en un chico. Puede que sea la primera vez que le veas o puede que hasta seáis amigos. En cualquier caso, os miráis con otros ojos. Os gustáis. Dais un paso más. Empezáis una relación. Entonces os dais cuenta de compartís más cosas de las que parecía a simple vista. De repente, tenéis un proyecto de vida muy parecido. Tan parecido que decidís uniros para el resto de vuestra vida. Al poco tiempo, os dais cuenta de que deseáis tener un hijo vuestro, fruto del amor que os profesáis. Y os ponéis a ello. Son meses de incertidumbres, dudas y esperas. Pero al final el milagro sucede y podéis tener a vuestro primer bebé en brazos. Ha nacido una nueva persona. Ha nacido una mamá. Ha nacido un padre. Ha nacido una familia.

Obviamente, éste puede no ser vuestro caso. De manera muy, muy simple, es el mío. El día que nació el Mayor fue un día muy feliz. Pero, sobre todo, fue un día donde uno más uno pasaron a ser tres. Recuerdo perfectamente mis miedos frente a esa personita que tenía dormida en brazos. Pero mi Marido también tenía los suyos. El camino a casa, Marido iba en tensión… tantos años conduciendo y parecía que acababa de sacarse el carné… era la responsabilidad de ser padre, que le golpeaba de frente y le hacía extremadamente cuidadoso con cada curva y con cada bache.

Cuando se habla de hijos, tengo la impresión de que se habla más de maternidad que de paternidad. Son dos puntos de vista de lo mismo, los hijos. Ambas son complementarias y una sin la otra parece coja. El sentimiento de protección que yo tengo como madre que ha notado crecer en su vientre a un ser humano no lo tiene mi Marido. Él tiene otro. Ni mejor ni peor. Él me complementa en muchos aspectos. Respecto a nuestros hijos también.

Por todo esto, cuando se acerca el día del padre y toca pensar en algún detalle para él, no me gusta caer en los tópicos de colonia, cobarta, camisa… Para mí, esos regalos son para otras ocasiones, como cumpleaños o Reyes. Tampoco me gusta regalar otro tipo de cosas como viajes, noches de hotel, aparatos tecnológicos, entradas para el teatro… Yo los veo más para aniversarios o cumpleaños. Cuando se acerca el día del padre, me gusta que en el regalo estén presentes nuestro hijos. Al fin y al cabo, son ellos los que le han hecho padre. Nuestros hijos aún son pequeños para comprar nada, pero hacen cosas en el colegio que le regalan con mucha ilusión, toda la ilusión del mundo. Y eso es lo que cuenta. Sin embargo, a mí me gusta hacerle a Marido un regalo en nombre de nuestros hijos, que son lo mejor que hemos hecho juntos en esta vida.

Ahora, con Internet, se pueden encontrar regalos muy graciosos. Hace unos años, el regalo fue una taza con la foto de (por aquel entonces) nuestros dos hijos (los Trastos mayores). El año pasado, aprovechando que el Mayor ya manejaba algo mejor el lápiz, el regalo consistió en un llavero hecho a partir de un papá que dibujó con mucho esmero y detalles (el que ilustra esta entrada), por delante lleva el dibujo y por detrás un “te queremos mucho, papá” con fecha incluida también escrita por el Mayor. Sobre el regalo de este año no digo nada, no vaya a ser, casualidades de la vida, que se pase por el blog y me chafe la sorpresa… Volviendo al tema, hay muchos regalos del mismo estilo: cojines, parchís, gemelos, cuadros… Es cuestión de buscar el que más nos guste y que esté dentro de las posibilidades. Algunos regalos no son tan caros y, como ya he dicho, la ilusión con la que se reciben es lo que cuenta. Por supuesto, siempre quedan los regalos manuales (galletas, esa comida especial que tanto le gusta, etc.) que podemos hacer con los niños.

CONTRAS:

  1. Lo haga quien lo haga o le compres lo que le compres, hay que pararse a pensarlo. Yo creo que lo mejor de regalar es, obviamente, dar el regalo, pero también pensar en esa persona especial, sus gustos e intereses y preocuparse por buscar un obsequio apropiado para ella.

  2. El dinero. Muchas veces damos con el regalo perfecto, pero desafortunadamente, el dinero no nos llega. Me consta que al Tripadre le hará mucha ilusión ir a dar una vuelta en pista con un Fórmula1, pero el dinero hace imposible el regalo. Hay que ajustarse a lo que se puede gastar.

  3. Las dudas de si le gustará o no. Pero si lo hemos hecho bien, pensando en sus gustos (contra 1), es muy difícil que el regalo elegido no le guste.

PROS:

  1. Aunque el dinero puede parecer un impedimento, muchas veces propicia el uso de la imaginación. Insisto en que hay cosas muy chulas por ahí que valen poco dinero y en que siempre se puede hacer manual o casero para la ocasión.

  2. Si en el regalo están presente los hijos, es casi acierto seguro. El amor de un padre por sus hijos hace que el regalo siempre acierte.

  3. El hecho de demostrarle al padre de las criaturas lo mucho apreciamos su labor paterna. Aunque creo que esto hay que demostrarlo cada día, pues todos los días el padre se esfuerza por darle lo mejor a sus hijos, no viene mal que se le reconozca el esfuerzo. A nosotras también nos gustará lo mismo en mayo, ¿verdad?

Sea lo que sea lo que decidáis regalar al padre de vuestro(s) hijo(s), que sea siempre con amor. Y si no le regaláis nada, que sea también con amor.

08Mar/13

… de quedarse en casa

Con la que está cayendo ahora mismo, no es raro encontrarse a mujeres que se quedan en casa. Y a hombres también. Personas, al fin y al cabo, que hacen la comida, limpian, planchan… pero que también bañan a los niños, les recogen del colegio, les dan de cenar y les acuestan. Ahora disponen de un tiempo (forzoso, pues entiendo que nadie está en paro por gusto) para estar con sus hijos. Y éste es el lado bueno.

Pero también hay gente (más madres que padres) que deciden quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Y la palabra clave es “deciden”. Nadie les obliga. Tienen la opción de elegir y eligen libremente quedarse en casa. Como cualquier opción en esta vida, debería respetarse. Al fin y al cabo, cada familia es un mundo y todo es muy distinto de puertas para adentro. Si has ido a la universidad y tienes una carrera (o dos), si tienes cierto futuro profesional, si eres joven… entonces parece que esta decisión no se entiende. Éste es y ha sido mi caso.

Cuando Marido y yo nos casamos, sabíamos que no queríamos esperar mucho para tener hijos, pero tampoco nos habíamos marcado una fecha. Las circunstancias quisieron que a mí no me renovaran el contrato al casarme y que mi intento de trabajar desde casa no tuviera tanto éxito como yo pretendía. Así que nos sentamos a hablar de nuestra situación y decidimos que aquél era un buen momento para empezar a formar nuestra familia. Yo elegí quedarme en casa para tener hijos (y no tener hijos porque estaba en casa, como alguna vecina me comentó una vez). Y así lo hicimos.

Las críticas nos llovieron de todos lados. Desde la familia directa hasta el camarero del restaurante de turno. Todo el mundo se veía con el derecho a opinar. Y nada de críticas constructivas. Eran del tipo “teniendo dos carreras y te quedas en casa pudiendo salir a trabajar” o “estás dando un paso atrás en la emancipación de la mujer”. Me río por no llorar. Vamos a ver, ¿mi decisión de quedarme en casa mientras mis hijos sean pequeños implica que no vaya a volver a trabajar nunca más en la vida? Y, si éste fuera el caso, ¿sería el fin del mundo? Respecto a la emancipación de la mujer, es obvio que, afortunadamente, no se obliga a ninguna mujer a quedarse en casa para tener hijos (al menos no de manera expresa). Para mí, la grandeza de la emancipación de la mujer reside en la capacidad que ésta tiene de elegir qué quiere hacer y, sobre todo, qué quiere hacer en cada momento de su vida. Puede darse el caso de que a mí lo que me realiza como mujer no es ser una alta ejecutiva, sino ser madre. Y nadie debería cuestionarme esto. También me han llegado a decir que no trabajo porque estoy mejor en casa. Pues resulta que a lo mejor yo, con tres hijos, trabajo más que una persona que viva sola sin nadie a su cargo y que trabaje 8 horas al día. O a lo mejor trabajo desde casa, que también se puede. Y aún así, todo esto es una decisión personal que yo he tomado y donde mi Marido me apoya al doscientos por ciento. No entiendo esa capacidad de la gente de juzgar a quienes, por una u otra razón, nos quedamos en casa. Que al final parece que tenemos que ir pidiendo perdón al resto del mundo y justificando nuestras decisiones.

CONTRAS:

  1. Quedarse en casa a cuidar de los hijos viene de la mano de llevar la casa. Admiro a aquellas mujeres que trabajan fuera de casa, cuidan de sus hijos y aún así tienen tiempo de llevar la colada al día.

  2. En casa no hay horarios. El niño quiere hacer pis ya sean las 11 de la mañana o las 4 de la noche.

  3. Hay que aguantar comentarios malintencionados que sólo buscan dejarte como la vaga mayor del reino. Luego podrás hacer oídos sordos o no, pero escucharlos los vas a escuchar.

  4. En una sociedad donde lo que se lleva es ser madre trabajadora fuera del hogar, quedarse en casa por voluntad propia implica incomprensión y rechazo. Vas a ser el bicho raro.

PROS:

  1. Ves crecer a tus hijos. Razón por la cual seguramente has decidido quedarte en casa. Y eso te da más satisfacciones que otra cosa. Todo lo demás pasa a un segundo plano. Hasta hace poco, mi Marido me preguntaba si era feliz quedándome en casa. Y yo le contestaba que, si no salía a la calle, sí era feliz; pero no cuando estaba fuera, pues era cuando más me criticaban. Ahora, gracias a esta Tribu que anda por Internet y a blog maravilloso como los de la columna de la derecha, me tomo las cosas de otra manera y soy feliz dentro y fuera de casa.

  2. No tienes horarios. Así que si has pasado mala noche, siempre puedes dar una cabezadita… si los Trastos te dejan, claro.

¿Tanto dar la murga con el tema de quedarse en casa y ésta sólo escribe dos pros? Pues sí, mira, pero el pro número uno vale por cien contras. Y otros cien que vengan. En el Día de la mujer trabajadora (que vaya con el nombre que le han puesto), quisiera felicitar a todas las mujeres, todas, pues estoy convencida de que no hay ninguna que no trabaje de una u otra manera. Y, ya que estoy, exijo respeto por todas aquellas cuyo trabajo no se considera como tal. El trabajo más antiguo del mundo es el de ama de casa.

07Mar/13

… de empezar el colegio

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Lo sé, lo sé, lo sé… llego tarde… Hace ya siete días (¿siete ya? ¿En serio?) que Madresfera propuso como tema de la semana la elección de colegio. No tengo excusa… bueno, sí la tengo, pero es larga de contar y no viene al caso. En fin, que volviendo al tema del colegio, quería hacer mi humilde aportación. Como os podréis imaginar, las dudas y las indagaciones vienen con el primer hijo. Al segundo sólo hay que apuntarle al cole del mayor y ya. Más allá de hablar del baremos de puntos, de si es mejor un colegio público, concertado o incluso privado; más allá de eso, me gustaría contar lo que me pasó a mí cuando el Mayor tenía que empezar el colegio y por qué casi no lo empieza.

Vaya por delante que un niño de 3 años no está obligado a ir al colegio. Se le escolariza, pero no hay ley que te obligue a ello hasta que el niño cumpla los 6 años, cuando debe empezar Primaria. Dicho esto, comienzo mi historia. El Mayor iba a la guardería y, desde ella, nos informaron de todo lo que había que hacer para conseguir plaza en un colegio público o concertado en la Comunidad de Madrid. Marido y yo hicimos nuestras indagaciones, nos informamos y elegimos colegio. Presentamos la solicitud de plaza y esperamos. Esperamos a que salieran las listas provisionales. En teoría, hay que llamar al colegio elegido en primera opción para ver si han cogido a tu hijo. El Mayor no había entrado. Vale, entonces ¿qué hacemos? ¿Llamamos al de segunda opción? Pues de acuerdo, allí que llamamos. Nada. Tampoco le habían cogido allí. Probamos con el de tercera opción… y con el de cuarta opción. Y nada de nada. Ya no habíamos puesto más colegios. ¿Dónde llamamos? ¿A la Comunidad de Madrid? No, allí no tienen esa información. Tras muchas llamadas pasándose la pelota unos a otros, al final di con el teléfono de la Comisión de escolarización. ¿Me pueden decir qué colegio le han dado a mi hijo? Pues tampoco. Tenía que ir en persona. Y allí que me fui, con el carrito y el Mediano (quien apenas tenía 6 meses).

Llego a la Comisión y después de aguantar borderías varias por parte de la funcionaria de turno me quedan claro un par de cosas: uno, que mi hijo no tiene plaza en ningún colegio; dos, que me dan plaza provisional en uno de los que aún tienen plazas libres. Me dan la documentación a rellenar y me dice la funcionaria de la Comisión de escolarización que tengo hasta el día D del mes M para presentarla en el colegio que acaba de elegir. “¿Día D incluido?” pregunto, “sí, día D incluido” me responde ella muy digna. Diez minutos duró todo aquello. Tres cuartos de hora tardé en llegar. Otros tres cuartos de hora en regresar. Ya en casa, relleno la documentación y la dejo preparada. Por varias cuestiones, resultó que no pudimos entregar la documentación hasta el último día, el día D. Que nadie se piense que el plazo era de un par de semanas, el plazo era de unos 4 días. Total, que el día D a primerísima hora de la mañana, se presenta Marido en el sitio indicado para presentar los papeles. Y había llegado tarde. Resulta que el último día era el D-1. A pesar de que dijo que era lo que la funcionaria de la Comisión nos había dicho, a pesar de que entendían perfectamente que había sido cuestión de unas horas, a pesar de llamar a la Comunidad de Madrid… a pesar de todo, mi hijo se quedó sin plaza. Todo el verano sin saber a qué colegio iría, si es que iba a poder ir a alguno ese año (recordad que os dije que hasta los 6 años los niños no tienen obligación de escolarizarse). La gente me preguntaba que a qué colegio iba a ir el Mayor y yo sólo podía decirles que no tenía ni idea. Al final, todo salió bien y mi hijo fue al colegio. Colegio donde aún sigue y donde va el Mediano. Mis hijos van felices a clase y nosotros estamos muy contentos por ello. ¿Pros y contras del colegio? Empezamos.

CONTRAS:

  1. Son muchas horas fuera de casa. En mi caso, mi hijo iba a una guardería 4 horas por la mañana, el resto del día lo pasaba en casa. Supuso un gran cambio. Aunque los primeros días yo no daba pie con bola…

  2. Las horas fuera implican dudas y miedos. No falta quien te empuje a ese abismo. Algunas personas, en cuanto oyen que tu hijo va a empezar el colegio, no tardan ni dos segundos en contarte cómo a la hija de su vecina le dejaban salir al patio sin abrigo o que no le sonaban los mocos por mucho que la niña se lo pidiese a la profesora. Tranquilidad, estas historias para no dormir están más cerca de ser leyendas urbanas que de ser ciertas.

  3. Tu hijo también tiene miedos. Si no el primer día (porque no se hace a la idea de qué le espera), es posible que sí a la semana siguiente. Hay que tragarse los miedos propios y darle seguridad a tu hijo. Aunque por dentro tengas tú más angustia que él.

  4. Nace nuestro bebé y nos concienciamos de que cada niño es un mundo. Algunos andan antes que otros, otros dicen “mamá” antes que unos, tu primer hijo comió puré hasta los dos años y el segundo engulle macarrones desde el año y medio… Pero, ay, empieza el colegio y aquí ya todos deben seguir el mismo ritmo: los niños (independientemente de si han nacido en enero o en diciembre) no pueden llevar pañal, deben comer sólido (se acabó el puré) y deben comer e ir al baño solos. Para lograr todo esto, a menudo el verano antes del colegio se convierte en una carrera de obstáculos contra reloj en la que tanto los padres como el niño en cuestión acaban estresados. Aquello de que cada niño tiene su propio ritmo de hacer las cosas se quedó en el olvido.

  5. Los mocos. Y las toses. Y los constipados. Es empezar el colegio y los niños empiezan a intercambiarse virus como si fueran cromos. Da igual que haya ido antes a una guardería. Los mocos se quedan hasta junio.

  6. El papeleo. De la noche a la mañana empiezas a sumar puntos. Puntos por domicilio, por hermanos en el centro, por tener alergia alimenticia, por ser familia numerosa… ¿Si el niño ya sabe escribir su nombre, le dan más puntos? Porque si es así, mientras le enseño a ir al baño, puedo aprovechar para hacer el pino puente y enseñarle a escribirlo con el dedo… Y, por favor, no lo dejéis para última hora. Atentos a las fechas y a la documentación a presentar.

PROS:

  1. Tu hijo adquiere más independencia. Él se siente mayor y está contento. Enorgullécete por ello.

  2. Las profesoras (suelen ser mujeres) saben tratar a los niños tan pequeños. Son conscientes del gran paso que supone para hijos y padres e intentan que el cambio sea lo más natural posible. Van a ayudaros en todo.

  3. Tu hijo va a empezar a cultivar sus primeras amistades. No serán como las nuestras, pero no hay que desmerecerlas por ello.

  4. A menos que tengas que cambiar de colegio, lo normal es que el trámite de elegir cole lo hagas sólo una vez. Da igual los hijos que tengas, como ya he dicho antes, el centro se elige con el primero, los que vengan detrás irán a su mismo colegio.

  5. Las profesoras les van a sonar los mocos. Olvídate de leyendas urbanas que sólo te pondrán más nerviosa.

  6. Es un cambio para toda la familia. Sé consciente de ello y vívelo como se merece. No se trata de verlo como algo negativo porque no lo es. Busca el lado bueno. Si trabajas fuera de casa, ya no tendrás que dejar a tu hijo al cuidado de otra persona, aunque sean los abuelos. Si trabajas en casa, puedes centrarte en otras cosas sin ser interrumpida. Aprovecha el tiempo.

Los Trastos mayores ya van a al colegio. El Mediano ha empezado este año. La experiencia ha sido completamente distinta a la que tuvo el Mayor. En parte por él mismo y en parte porque algunos miedos sobre la escolarización los desterró el Mayor. Veremos a ver qué nos depara el Pequeño cuando le toque ir a él…

 

05Mar/13

… de tener piel atópica

piel atópica en niños

El Mediano tiene dermatitis atópica. Al parecer, cada vez nacen más niños con este tipo de alergia (porque sí, es una alergia dérmica), aunque se desconocen las causas. Un bebé tiene más probabilidades de tener dermatitis atópica si ya hay algún atópico en la familia. Pero no siempre es así. Mi hijo es el primero de la familia, él se ha convertido en el antecedente familiar. Afortunadamente, los niños atópicos que llegan a ser adultos atópicos son muy pocos. Según los dermatólogos y los pediatras, esta dermatitis suele desaparecer entre los 3 y 5 años o en la adolescencia, con el cambio hormonal. Mi hijo tiene 3 años y aún la tiene.

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04Mar/13

… del biberón

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Es muy probable que, aunque le hayas dado el pecho a tu bebé, al final, con la alimentación complementaria, acabes dándole también el biberón. Te imaginas que va a ser fácil porque más complicado que conseguir que tu bebé se agarre bien al pecho sin que te duela no puede ser… ¿o sí?

CONTRAS:

  1. Hay que ir a comprarlo, las tetas ya las traías tú de antes. Y entonces empiezas con las dudas existenciales, que se resumen en ¿cuál leches compro? Los hay para todo: anticólicos, con forma de teta, anchos, estrechos, altos, bajos, para que sea más fácil sujetarlo, bonitos, feos, horrorosos, caros, no tan caros… Si el bebé en cuestión tiene un hermano mayor, ya sabrás algo de biberones. Y digo “algo” porque cada día salen al mercado modelos nuevos y te toca empollártelos otra vez. Y tú que pensabas que iba a ser tan fácil como ir a comprar el más bonito porque tu bebé lo vale…

  2. Cuando ya te has decidido por un biberón, aparece el siguiente problema: las tetinas. Cuya duda existencial viene a ser ¿cuál leches compro? Las hay de látex, de caucho, con una gota, dos gotas, tres gotas, de tres posiciones, primeras tomas, anchas, estrechas, para papilla… y no te recuerdas tan indecisa desde… desde… desde… nunca. ¡Joer, que sólo son un biberón y una tetina para que tu bebé se alimente! En ese momento, odias al pediatra por hablarte de alimentación complementaria y cereales… y te acuerdas de tus tetas. Esperemos que tu bebé se conforme con la que te has traído y no tengas que volver a comprar la que has dejado.

  3. Después de usar biberón y tetina, hay que lavarlos para volver a usarlos. Tu teta te la guardabas en el sujetador y, como mucho, le ponías un protector para que no se te escapara la leche. Y éste es otro problema porque, a menos que tengas un biberón pequeño al que llegues al fondo con tus dedos, necesitas un limpiador de biberones. Los hay, como no podía ser de otra manera, de muchos tipos. Sólo con cerdas, con cerdas y esponja, con limpiatetinas, sin ellas… De nuevo, la duda… ¿cuál leches compro? Tus tetas no las lavabas tanto, como mucho una ducha diaria… si es que consigues ducharte todos los días esas primeras semanas tras el parto.

  4. Hay que esterilizarlo. Todo. Biberón y tetina, chupete si tu bebé lo usa, y tus manos si me apuras, que menudo miedo te mete el pediatra con los gérmenes, sistema inmunológico y demás. Que vale que tampoco es que hayas ido refregando tus tetas por la acera, pero dudas de que tus pezones estén tan esterilizados como la tetina… y tu bebé sigue sano y salvo. Así que ahora te toca comprar el esterilizador. ¿Cómo lo quieres? Los hay de pastillas, de microondas, para un par de biberones, para cinco biberones, con pinzas para coger el biberón sin quemarte los dedos, sin pinzas… De nuevo, la dichosa duda existencial, ¿cuál leches compro?

  5. El agua. ¿Qué? ¿Te creías que iba a ser tan fácil como abrir el grifo? Pues no, al menos los primeros meses. Así que te toca comprar agua mineral embotellada o hervir la del grifo tú misma en casa.

  6. La leche. No, no es una expresión. Me refiero a la leche en polvo necesaria para hacer el biberón a tu bebe. Miles de dudas existenciales… otra vez. Las hay con prebióticos, con fibra, reforzadas, mineralizas, dulces sueños… De nuevo, ¿cuál leches compro? Nunca mejor dicho. En este punto, te preguntas por qué no habrás estudiado química o ingeniería, porque vaya con el dichoso biberón. Vuelves a acordarte de tus tetas y llegas a la conclusión de que no las has valorado lo suficiente.

  7. Y, por supuesto, los cereales. Razón por la que probablemente te has metido en este berenjenal y has perdido media mañana para poder darle un simple biberón a tu bebé… para que luego no lo quiera y berreé desconsoladamente porque quiere tu teta otra vez.

  8. Se enfría. Ya no está a la temperatura ideal para tu bebé. No puedes dejarlo frío ni puede quemar. Vas a tener que probarlo para asegurarte de que tu retoño lo puede tomar tranquilamente. Y si tarda mucho en tomárselo, volver a calentarlo. Los microondas que miden el tiempo por segundos adquieren una nueva dimensión para ti. Odias los de la ruedecita. Y ya que estás odiando, vuelves a odiar al pediatra. Y llegas a la conclusión de que, definitivamente, no habías valorado tus tetas como se merecían.

  9. Si sales de casa y te va a tocar una toma, tienes que prepararlo todo. Ya no sólo tienes que llevarte ropa limpia, toallitas y pañales por si las moscas. Ahora incorporas otra bolsita, la del biberón. Y que no se te olvide porque tendrás que volverte a casa o correr a comprarlo todo otra vez. Como dice mi madre, quien no tiene cabeza tiene que tener pies.

PROS:

  1. El biberón puede dárselo cualquiera. La alimentación de tu bebé no es exclusividad tuya (esto, suponiendo que no hayas usado antes el sacaleches, se entiende). Lo que te permite poder dejar a tu retoño al cuidado de otra persona y salir sin estar mirando el reloj.

  2. Con el biberón, sabes exactamente la cantidad de leche y cereales que toma tu bebé. Con el Tercero, en una revisión para ponerle la vacuna, la enfermera me preguntó si tomaba pecho o biberón. Yo le dije que pecho y acto seguido me soltó que, con la edad que tenía, debía tomar, al menos, X cantidad de leche. Que cara se me pondría que, al mirarme, se dio cuenta de la absurdez que acababa de soltar. “Bueno, si le das pecho, no sabes cuánta leche toma”, bien por ella. Por un momento pensé que tendría que explicárselo yo…

  3. Como ya dije en la entrada de la lactancia, que tu bebé ya no vaya a usar tus tetas significa que tu Marido puede volver a disponer de ellas. Chiribitas en los ojos y aplausos con las orejas. No digo más.

El biberón es una lata. Y no, no es un juego de palabras. Si la lactancia va bien, lo mejor es dar el pecho. Pero la cruda realidad es que a veces no se puede o no se quiere. Y, aunque le des el pecho a tu bebé, en algún momento va a necesitar una alimentación que complemente a la leche materna para que se desarrolle de manera adecuada y no tenga carencias. Así que te armas de valor y paciencia y te vas a comprar todo lo necesario para prepararle su primer biberón. No te vendrá mal para cuando crezca que vayas desarrollando estas cualidades.

02Mar/13

… de la lactancia materna

Me enorgullece decir que mis tres hijos tomaron leche materna. Alguno más que otro. Yo había leído lo beneficioso que es para la madre y para el bebé dar el pecho. Nació el Mayor y en cuanto llegué a la habitación me lo arrimé. Los bebes vienen “programados” para lactar, había leído. Será arrimarle a la teta y empezar a comer, recuerdo haber pensado. Pues no. Los bebés vendrán con lo de chupar de fábrica, pero lo de agarrarse bien al pezón hay que enseñárselo. Y ahí estábamos los tres: madre, padre y enfermera; intentando que mi bebé lactara. Al final, lo conseguimos… éramos tres frente a uno, el pobre tuvo que consentir. Y de ahí en adelante, con alguna grieta en el pezón (solventada con jabón de la abuela, sí, ése que se hace con aceite y sosa caústica, mano de santo, pero de verdad), mi bebé lactó hasta los 6 meses. El Mayor se estableció él solito un horario de comida. Cada cuatro horas, de reloj. Al introducir la alimentación complementaria decidió por su cuenta y riesgo que aquello estaba más rico y que la teta ya le aburría. Se acabó dar el pecho.

Cuando nació el Mediano, yo iba de ya-me-lo-sé-todo. Fue llegar a la habitación y no esperé ni a la enfermera ni nada. Arrimar a mi bebé al pecho y agarrarse fue todo uno. Yo, ilusa, pensaba que sería igual que con el primero. Y mi hijo me dio una lección de humildad. Él no iba a ser como su hermano ni de lejos. Para empezar, lloraba cada 15 o 20 minutos. Qué digo llorar, más bien berreaba. Y yo, cada vez que se ponía así, me lo arrimaba al pecho. De nada servía. Esto ya hubiera sido duro si hubiera estado mi bebé solo, pero es que ya tenía un hermano mayor al que también había que atender. La lactancia fracasó estrepitosamente a pesar de poner todo mi empeño en ella. Confluyeron varias cosas. Por un lado, mi desconsolado bebé que no paraba de llorar (después sabríamos que la razón era su piel atópica). Por otro, un pediatra que daba palos de ciego y no acertaba a decirnos por qué lloraba tanto. Además de esto, mi padre pasó por una enfermedad muy grave (que afortunadamente superó) y pasé por mucho, mucho estrés. La lactancia se resintió y mi hijo pagó el pato. Empezó a tomar el biberón al mes de nacer y, aunque intenté darle lactancia mixta para no perder los beneficios de dar pecho, a los dos meses ya tomaba exclusivamente biberón. Los pechos llenos de leche no eran más que un recuerdo del pasado que mi segundo hijo no conoció. Por supuesto, hubo quien aseveró que yo no producía la leche necesaria porque le arrimaba al pecho demasiado a menudo. Justo lo que necesitaba oír una madre que apenas dormía y que veía como su lactancia estaba destinada al fracaso. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sé que fue más por culpa del estrés que pasé aquellos meses.

Con el tercero, yo ya estaba en plan a-ver-qué-me-encuentro. Tras dos partos vaginales sin complicaciones, el Pequeño tuvo que venir al mundo con una cesárea de urgencia (“cesárea violenta” en palabras del anestesista y “una de las peores de mi vida profesional” según mi ginecóloga). Perdí mucha sangre y estuve en REA algunas horas. Horas interminables alejada de mi bebé. Pero el bebé tenía que comer con o sin su madre. Así que lo primero que probó mi hijo en este mundo fue un biberón. Una vez más, en cuanto llegué a la habitación, le arrimé al pecho y mi bebé comió. He de decir que chupaba con poca fuerza, se quedaba dormido comiendo y le costó recuperar el peso al nacer (le agradezco en el alma a su pediatra la ayuda que nos dio para mantener la lactancia). Pasado el bache inicial, mi bebé fue un bebé lactante. Lactante a demanda y hasta los 8 meses, cuando él solo decidió que la teta ya la tenía muy vista. De nuevo, hubo quien se aventuró a decir que, como estaba todo el día colgado a la teta, es que tenía hambre y que yo debería darle un biberón para que se hartase más y no comiera tanta teta. A estas alturas, yo, trimadre, tenía dos cosas claras: una era que cada nuevo hijo te convierte en madre primeriza, pues cien hijos tendrás y ninguno será igual. La otra cosa que tenía clara era, tras el fracaso con el Mediano, que iba a mantener la lactancia materna de la manera, tiempo y forma que mi bebé y yo quisiéramos (más él que yo, he de reconocer). Hacer oídos sordos era mi lema de cabecera.

Dicho todo esto y teniendo en cuenta de que la lactancia de mis tres hijos ha sido totalmente distinta en los tres casos, desde mi punto de vista, estos son sus contras y pros.

CONTRAS:

  1. Es cuando el bebé quiera. Da igual si son las tres de la tarde o las cuatro de la mañana, el bebé quiere comer y tienes que sacar la teta. Tampoco importa si estás tranquila en casa, si hay visitas agotadoras o si tienes a uno de sus hermanos trepándote por la espalda mientras que el otro hace saltos mortales desde el sofá.

  2. Es donde el bebé quiera. Cuando tiene hambre, tiene hambre. Y no atiende a razones. Poco importa que estés en un restaurante, en mitad del supermercado o dando un paseo a 5 minutos de casa. Intenta explicarle a tu bebé que es cuestión de 10 minutos, más o menos lo que vais a tardar en llegar a casa y sacarte la teta. Suerte.

  3. Las manchas de leche. En cuanto te sube la leche, los protectores para la leche están a la orden del día. Imprescindibles si quieres mantener la poca dignidad que te queda. Ya vas hecha una piltrafa, con ojeras, despeinada, muerta de sueño y llena de manchas de las regurgitaciones. Lo que te faltaba ya eran unas llamativas y enormes manchas alrededor de tus pezones. Protectores a go-gó.

  4. El sujetador se convierte en parte de tu anatomía. De día, de noche, estés vestida para salir o en pijama. El sujetador es como tus bragas, va siempre contigo. En invierno es más llevadero, pero en verano es horroroso… Y además suelen ser feos (los bonitos cuestan una pasta que yo no me llegué a gastar). Lo que va genial para tu autoestima de madre-piltrafa.

  5. Yo no usé sacaleches (salvo con el Tercero y sólo durante una semana para salvar la lactancia), así que la única que podía darle de comer era yo. Eso significaba que si tenía que ir a algún sitio y dejaba a mis hijos con los abuelos, por ejemplo, tenía que volver rápida y veloz, dejando aquello que estuviera haciendo, para darle de comer al bebé.

  6. Todo lo que comes, lo come tu bebé. De ahí que no bebes alcohol, reduces el café o te pasas al descafeinado y evitas el café, los espárragos, las coles y las medicinas. Cruzas los dedos para no pillar una gripe de aúpa y tener que recurrir a los antibióticos.
  7. Habrá a quien no le pase, pero, en mi caso, cuando estoy dando el pecho, mis tetas son propiedad exclusiva de mi bebé. Así que este contra es más por el padre, pobre… Pues por muchas ganas que tenga, no dejo que mi bebé las comparta, pues no me siento cómoda y mi marido, afortunadamente, lo entiende. No voy a relatar aquí cómo le hicieron chiribitas los ojos al tripadre cuando le comuniqué que el Tercero, tras ocho meses, había dicho adiós a la lactancia…

PROS:

  1. La comida de tu bebé siempre está lista. La cantidad necesaria a la temperatura ideal. No tienes que preparar nada cuando sales de casa. Va siempre contigo.

  2. No tienes que lavar ni esterilizar ni secar nada. Que tiene hambre, teta fuera y ya. No hay que hacer nada más.

  3. Los beneficios inmunológicos de la lactancia están más que demostrados científicamente. Yo no soy, ni de lejos, una experta en la materia, pero no deja de resultarme curioso que el Mediano, el que menos pecho tomó de bebé, sea ahora el más propenso a enfermar y que sus constipados acaben siempre complicándose.

  4. Ese momento íntimo y de conexión entre tu bebé y tú cuando mama es fantástico. Es cierto que también existe con el biberón, pero, al menos yo, me siento más unida a mi bebé cuando se trata del pecho. Es asombroso que un ser humano, una persona, se forme en tu vientre. Y sigue siendo asombroso que, una vez que llega al mundo, tu cuerpo siga haciéndose cargo de él produciendo el alimento exacto que el bebé necesita. Quien diga que no cree en los milagros no ha tenido hijos.

Resultado final: me salen más contras que pros. Cualquiera podría decir que entonces sería mejor no darle el pecho. Pues, bajo mi punto de vista, no. ¿Por qué no? Pues porque para mí los pros tienen más importancia que los contras. He dado tanto el pecho como el biberón, así que tengo las dos experiencias para comparar. Y, si alguien me pregunta, siempre le recomendaré la lactancia materna y exigiré un total respeto y comprensión para aquellas madres que den el biberón a sus bebés.

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Si buscas más información o ayuda sobre la lactancia, no dejes de mirar estos enlaces proporcionados por Mamá sin complejos:

 
 

 

01Mar/13

… de romper la tele

Pues sí, aquí estamos otra vez con cosas rotas. Supongo que algunas personas no tendrán televisión en su casa. Si tienen niños, las admiro por ello, de verdad. Nosotros sí tenemos… aunque su uso normal se le esté dando de un tiempo a esta parte. Me explico. Seguro que habéis oído aquello de que no hay que dejar que los niños vean mucho la tele, que es mejor que salgan a jugar al parque o que usen juguetes que les estimule la imaginación. Totalmente de acuerdo. Dejar a un niño horas y horas o sin la compañía de un adulto viendo la caja tonta no entra en mi cabeza.

Cuando el Mayor empezó el colegio, no había quien le sentara más de 5 minutos. Ni a ver la tele, ni a jugar, ni a pintar… sólo se paraba al acostarse. Menos mal. No fue consecuencia del colegio, mi hijo ya venía así de serie. Para que os hagáis una idea, mi sobrino tiene la misma edad que el Mayor y en una tarde en casa ha jugado más rato con algunos juguetes de mi hijo que el Mayor en un año entero. Con este panorama, a Marido y a mí no nos extrañó cuando empezó el cole y su profesora nos dijo que le sentáramos un ratito a ver la tele, a ver si se acostumbraba a parar un poco. El día que aguantó media hora viendo Dora di palmas con las orejas. Mediano iba por el mismo camino. Pero tener un hermano mayor al que imitar en todo le vino bien para coger la costumbre de descansar un poco viendo la tele. Y digo un poco, que nadie piense que mis Trastos pueden tirarse más de una hora delante de la caja tonta porque se equivocaría. Esto es estupendo porque así no tengo que hacer de mamá-ogro.

Por otra parte, yo siempre me he sentado con ellos a ver la tele. Y siempre significa siempre. Me he visto infinidad de veces el mismo capítulo de Dora, Mickey, Many o Little Einsteins. Llega un momento en que iba por la casa cantando las canciones. Toqué fondo, lo reconozco. El año pasado empezamos con las películas de dibujos. Tampoco me enorgullece reconocer que me sé los diálogos de Peter Pan (1 y 2), la Sirenita, Rayo McQueen o Cenicienta entre otros. Después de haber visto la peli de cabo a rabo, una se permite dejar a los Trastos mayores viendo a Peter Pan mientras va a cambiarle el pañal al bebé. Y en plena operación toallita por aquí cremita por allá, pedorreta en la tripita inlcuida, se oye un “pum”. Así, cortito, sutil… dudas de tus oídos. Silencio en el salón. Indicio contundente de algo ha pasado. De vuelta al salón, Trastos sentados en el sofá con cara de no haber roto un plato en la vida. Sabes a ciencia cierta que algo han hecho pero los dos están callados viendo la tele como si les fuera la vida en ello. Te sientas y miras la película. Unos 5 minutos después ves algo raro en la pantalla. Hay un puntito blanco justo en medio de la tele. Te acercas. Tocas con el dedo y no se va. Tocas con la uña y parece un arañazo… pero ¿un arañazo de un puntito? ¿Eso existe? Más bien parece… ¡un golpe! ¡Es un golpe! ¿Cómo ha pasado? Miras a tus Trastos, impasibles. Miras sus manos y entonces caes en la cuenta… les falta un coche. Segundos después ves el coche tirado en el suelo delante de la tele. Tu mente entrenada en estas cosas ata cabos rápidamente. Preguntas que quién ha sido. Casi al unísono, tus adorables hijos responden: “¡Yo no he sido! ¡¡Ha sido éste!!”. Dedo acusador incluido, por supuesto. Uno dice que el otro es un mentiroso. El otro, indignado, responde que el mentiroso es el uno. Bucle infinito.

CONTRAS:

  1. Cuando tienes un hijo y éste hace una trastada, aunque tú no estés presente, sabes que, a la fuerza, ha sido él. Por mucho que se empeñe en negarlo o le eche la culpa al gato. Cuando son dos, el “yo no he sido” es una putada.

  2. A veces, con suerte, puedes saber a ciencia cierta quién ha sido el autor de la trastada. Si ves en la pared perfectamente dibujado un monigote, con sus manos y sus zapatos bien delineados y tu hijo de 3 años apenas hace círculos mientras que el de 5 años es un Picasso en potencia; entonces, no hay duda. Pero si se trata de unas pinturas tiradas por el suelo, pues la cosa cambia. Bastante. Ya puedes ponerte a preguntar quién ha sido y entrar en el bucle infinito.

  3. Si no sabes quién ha sido, ¿qué haces? ¿Les castigas a los dos, aun sabiendo que pagará el justo por el pecador? ¿No castigas a ninguno, por lo que el autor quedará impune y, además, ambos se darán cuenta de que es una manera perfecta para evitar las consecuencias y de que se puede mentir? Yo opto por una u otra opción según sea la gravedad del asunto. Si son unas pinturas, les regaño a los dos y ya. Si le han dado un balonazo a la lámpara y la han dejado descolgada del techo, entonces hay regañina y castigo para los dos… hasta que alguno asuma su autoría. Hay que armarse de paciencia.

PROS:

  1. Si la vida te sonríe, sabrás quién ha cometido la trastada. Él posiblemente lo niegue. En este caso, ya puedes empezar a memorizar su cara de mentir. Te vendrá bien para cuando tenga 15 años y llegue a casa a las 6 de la mañana malo malísimo y sin saber el porqué.

  2. Puedes aprovechar la ocasión para hablar con tu hijo, tranquilamente pues ya sabes que ha sido él, explicarle por qué está mal y las consecuencias de esa acción. También le explicas lo mal que está mentir a papá y a mamá y cruzas los dedos para él mismo se dé cuenta de que ha obrado mal y te reconozca que ha sido él. En nuestro caso, suele funcionar con el Mayor. Al Mediano, le daremos de margen un año más.

  3. Alguien habrá que piense que lo mejor de que se rompa la tele es poder otra nueva. Sí, es un buen pro. Lástima que la economía familiar no esté a la altura de las trastadas de mis hijos. Nos quedamos con tele rota, o más bien, perjudicada hasta nuevo aviso.

El ordenador lo pude quitar de en medio, pero ¿qué hago con la tele? ¿Me la llevo también del salón? Dame paciencia…

28Feb/13

… de los amigos que vienen y van pero siempre están

Hay amigos que estuvieron y se fueron y nunca más se supo de ellos. Otros, sin embargo, estuvieron contigo un tiempo y fuisteis muy buenos amigos. Luego hubo una racha en que no supiste nada de ellos pero tenías ganas de verlos algún día. Entonces, al cabo del tiempo, una llamada o un mensaje os vuelve a juntar, os ponéis al día y parece que nada ha cambiado. A lo mejor tú te has casado y tienes tres hijos y tu amiga sigue soltera y tiene el trabajo que siempre había soñado. Aparentemente ya no tenéis nada en común. Y, sin embargo, os tiráis hablando tres horas y se os hacen cortas.

Esta clase de amigos valen un potosí. Son los amigos que son conscientes de que vuestras vidas son distintas, pero que entre vosotros sigue habiendo una gran amistad. Puede que haga siglos que no os veáis, pero sabes que siempre puedes levantar el teléfono y llamar para ver qué tal está porque nada ha cambiado entre vosotras. Éstos son los verdaderos amigos.

Se me viene a la cabeza que cuando estaba en el instituto conocí por casualidad una chica que iba a otro instituto. Con el tiempo, esta chica y yo fuimos congeniando y al final nos convertimos en amigas. Esta nueva amistad no gustó mucho a mis amigas de entonces, quienes tuvieron a bien advertirme de que mi nueva amiga les daba mala espina y de que tuviera cuidado porque me traicionaría a las primeras de cambio, me dejaría tirada y ellas, mis verdaderas amigas, no querían verme sufrir. Más majas ellas… Quiso el tiempo pasar y casi 20 años después mis viejas amigas ya no están, ahora sólo son conocidas con las que, después de saludarnos, no sabríamos de qué hablar. Sin embargo, aquella nueva amiga cuya amistad iba a durar dos telediarios es hoy en día una de mis mejores amigas, de esas con las que siempre puedo contar, ya sea para contarle mis penas, escuchar las suyas o simplemente pasarnos hablando 3 horas y ver que el tiempo no ha pasado para nosotras. No deja de tener cierta ironía.

CONTRAS:

  1. A los amigos que vienen y van pero siempre están no siempre se les reconoce al primer vistazo. Hace falta tiempo y hay que saber verlos.

  2. En algunos casos, pueden verse eclipsados por otras amistades-espejismos. Si tienes mala suerte, éstas últimas intentaran apartarte de las primeras. Esperemos que no te dejes embaucar.

  3. Como son amistades que perduran a través de los años y no siempre de manera continua, puedes cometer el error de verlas como amigas que estuvieron y se fueron y considerarlas simples conocidas. En cuanto cruces dos palabras con ellas, verás que son amigas de verdad.

PROS:

  1. El tiempo pone a cada uno en su lugar. A ti también. Si has cometido el error de pensar que estas amistades sólo eran conocidos, antes o después te darás cuenta de que fueron y son amigas de verdad. Probablemente a los cinco minutos de hablar con ellas de nuevo.

  2. Siempre que os veis os sabe a poco. Aunque hayáis pasado una tarde entera juntas. Te vas a casa con ganas de volver a veros y con una sonrisa en la cara.

  3. Si han pasado 20 años y seguís siendo amigas, seguramente pasarán otros 20 y seréis amigas también.

  4. Sabes que siempre puedes contar con ellas.

Conclusión: quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y estas amistades que siempre están valen su peso en oro. Date cuenta de ello y cuídalas bien.

Dedicado a mis amigas que siempre están ahí. Especialmente a María.
27Feb/13

… de los amigos que estuvieron y se fueron

El otro fin de semana quedé con unas amigas mías. Somos amigas desde la universidad y, aunque nuestras vidas se han ido distanciando, seguimos haciendo por vernos. Y cuando nos reencontramos, nos ponemos al día y seguimos como cuando íbamos a clase. Esta última vez que quedamos, una de ellas me preguntó si me parecía bien que viniera un chico que también venía con nosotras a clase. Según me dijo, tenía ganas de conocer a mis hijos. Como me pilló desprevenida, le dije que sí, pero no entendía bien por qué alguien que, por muy amigo de mi amiga que fuera, no era amigo mío. Había sido un compañero. Tras la universidad, sólo le he visto en contadas ocasiones. Lo que a mí no me importa. Pero no deja de sorprenderme ese interés en conocer a mis hijos cuando ni él ni yo tenemos interés en vernos. De hecho, no nos vemos si no es a través de esta amiga en común.

Esto me hizo pensar en los amigos que he ido haciendo hasta el momento. A fecha de hoy, y sin contar a los que aún haré a lo largo de mi vida, mis amigos han quedado reducidos a dos grupos. Los que estuvieron y se fueron. Y los que vienen y van pero siempre están. Los demás sólo han sido compañeros (de colegio, de instituto, de trabajo, de universidad, de cursos…).

Los amigos que estuvieron y se fueron ya no son amigos. Ahora con conocidos. Te los encuentras por la calle y no dices “ésa es amiga mía”. Lo que dices es “a ésa la conozco yo”. A mí me duele. Y duele porque esa persona una vez fue mi amiga, lo que implica confidencias, alegrías y penas compartidas. Y ahora todo eso se ha esfumado. Quizás haya sido falta de interés, incompatibilidad de agendas, vidas que ahora ya nada tienen que ver… Si fue por ambas partes, todavía se lleva mejor. Pero algunas veces me ha pasado que he intentado mantener esa amistad pese a que nuestras vidas llevasen caminos distintos y tanto esfuerzo no ha servido para nada.

Siempre me acuerdo de una entonces amiga que, estando yo embarazada del Mayor, la invité a venir a mi casa porque siempre iba yo a verla a ella y ella nunca a verme a mí, a pesar de que nos separaban los mismos 20 minutos en coche. Pues bien, mi amiga tuvo a bien decirme que eligiera: si venía a verme en ese momento, no vendría para conocer a mi bebé cuando naciera; pero que si no iba en ese momento, vendría después del parto. Yo fui tonta. Tan de sorpresa me pilló aquello, que sólo pude decirle que eligiera ella. Por si a alguien le interesa, aquella amiga vino a mi casa antes de que yo diera a luz. Y después de aquella visita no he vuelto a verla. El Mayor tiene ya 5 años. No le conoce a él ni a sus hermanos. Vamos a buscarle las dos caras a la moneda.

CONTRAS:

  1. Este tipo de amigos fueron muy buenos amigos mientras duró la amistad. De no haber sido así, sólo hubieran sido compañeros. Y la amistad duró mientras se compartieron los mismos intereses. Se acaba la carrera, te mudas de casa, cambias de trabajo y nunca vuelves a saber de ellos si no es oídas. Una amistad que no resiste los cambios de la vida no es una amistad sólida.

  2. Aún hoy, cuando pienso en ciertas personas, me da pena que nos hayamos distanciado tanto. Eran buenas amigas y seguro que siguen siendo buenas personas.

  3. Cuando pienso en otras personas, sin embargo, me alegro de que ya no formen parte de mi círculo de amistades. Con el tiempo, he visto que su amistad no era tal, sino sólo interés que te quiero, Andrés. Alguien dijo que el tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Cierto.

  4. Como ya dije, toda historia tiene dos versiones. Yo aquí cuento la historia bajo mi punto de vista. Y bajo mi punto de vista, no creo que nadie pueda reprocharme nada. Siempre he contestado a las llamadas y he respondido a los mensajes o mails que me han enviado. Nunca he optado por el silencio, algo que no todos pueden decir.

PROS:

  1. Llega un momento en que decides que esa persona sólo es un conocido para ti. Y yo al menos vivo más feliz.

  2. Te das cuenta de que no eran verdaderos amigos. Tan importante es saber quiénes son tus amigos como quiénes no lo son.

  3. Has aprendido una lección sobre la amistad de verdad y la amistad como espejismo. No la olvides.

Conclusión: ahora valoro a mis amigas por lo que son en cada momento. Disfruto de su amistad e intento conservarla. Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Pero si no, no es el fin del mundo. Hay que mirar hacia delante. Punto pelota.

Dedicado a la Tata de mis hijos. Con mucho cariño.