Archivos de la categoría: Salir con niños

24Jun/14

… del mini botiquín portátil

mini botiquín poartátil niños

Con tres hijos que no paran quietos ni un momento y con el buen tiempo y sus pantalones cortos, una cosa que intento llevar siempre conmigo cuando salimos de casa es un mini botiquín portátil. No es que lleve media farmacia, sino lo imprescindible para curar alguna heridita o rasponazo.

Compré un estuche pequeñito y ahí dentro metí:

  • suero fisiológico en monodosis (para limpiar la herida, aunque también viene bien para los mocos)

  • gasas, que sirven tanto para limpiar una herida como para usar como tirita

  • esparadrapo, que junto a la gasa, hace las veces de tirita.

  • cristalmina en espray, que la veo más cómoda de usar que el betadine (y mancha menos también)

  • gel de manos desinfectante sin necesidad de agua, así puedo limpiar mis manos antes de tocarles y curarles la herida

  • arnidol, o, como la llamamos en casa, la crema mágica de los golpes. Es fantástica, me hablaron de ella en la guarde cuando iba el Mayor. Te das un golpe, te la aplicas y no hay chichones. También sirve para los moratones e incluso para las picaduras de mosquitos, pues calma el picor. Se puede aplicar siempre y cuando no haya una herida abierta

Todo esto va en el estuche y éste al bolso o la mochila que nos llevamos cuando salimos de casa. Nos es muy útil cuando se hacen un rasponazo o una heridilla. El estuche lo mantiene todo ordenado y a mano. Lo que más utilizamos es, como podréis imaginar, el arnidol.

Quizás estéis pensando por qué no incluyo agua oxigenada o tiritas. Bien, podéis incluirlo si queréis o si os cabe. La idea es llevar lo menos posible (recordad que estamos hablando de salir fuera de casa) y que, lo que llevéis, os dé mucho juego. Siguiendo esta idea, no llevo agua oxigenada, pero llevo suero fisiológico para limpiar la herida, la cristalmina también desinfecta. No llevo tiritas, pero sí gasas y esparadrapo (de ése que es de papel y se corta fácilmente), que juntos hacen de tiritas, con la salvedad de que puedo aplicarlo a la medida que necesite. Pensad en un rasponazo en el brazo. Eso no hay tirita que lo tape, pero con la gasa y el esparadrapo puedo hacer una especie de tirita gigante. Al llegar a casa, se cura otra vez la herida en condiciones si hace falta. Aunque si echáis tiritas, yo os aconsejaría pequeñitas (para un dedo, por ejemplo) y que ya vengan cortadas.

CONTRAS:

  1. El mini botiquín es otro cachivache más que hay que llevar al salir de casa. Pero si lo dejáis en la bolsa o la mochila donde lleváis los pañales o el agua de los niños no se os olvidará cogerlo al salir de casa.

  2. Tampoco es algo que se vaya a usar muy a menudo, pero cuando lo necesitéis, os alegraréis de haberlo echado. No sé vuestros hijos, pero los míos se quedan más tranquilos si les curo la herida en el momento y no esperamos a llegar a casa. Es algo psicológico, pues las heridillas que se hacen no son gran cosa. Aún no hemos tenido que salir corriendo al hospital ninguna vez 😉

  3. Hay que revisarlo de vez en cuando para asegurarnos de que no ha caducado nada de lo que llevamos.

PROS:

  1. No sólo mis hijos se quedan más tranquilos si les curo la herida o el rasponazo en el momento, sino que yo también. Teniendo en cuenta lo que se ensucian cuando salimos (si no es en el parque con la arena es en la calle con la pelota), prefiero curarles lo que sea que se hayan hecho y que sigan jugando tranquilamente.

  2. Seguro que hay muchas cosas en vuestras bolsas o mochilas de salir de casa que apenas usáis. Como la mía, estarán llenas de por si acasos (pañales, toallitas, mudas, algún pañito quizás…). Si llevamos un montón de cosas que apenas usamos, creo que merece la pena llevar también un mini botiquín que, aunque se use poco, es muy útil cuando se hacen una herida, por pequeña que sea.

  3. Aunque haya que revisarlo de vez en cuando, no son productos que caduquen pronto. Así que tampoco hay que obsesionarse. Como no se le va a dar un uso continuado, hasta podéis incluir botes que tengáis a medias y dejar los nuevos para casa.

  4. Ahora que llegan las vacaciones, también se puede incluir en la maleta. Vamos, que no es sólo algo para llevar al parque. Ya sabréis por experiencia que basta que se necesite algo para no llevarlo encima en ese momento 😉

Como os decía, no es algo que se use muy a menudo, pero sí me ha pasado echarlo de menos unas cuantas veces. En la última ocasión, me propuse llevar siempre conmigo algo para esas heriditas puntuales que se suelen hacer los niños. Y desde entonces lo habré usado un par de veces. ¿Vosotras lleváis algo parecido en el bolso cuando salís de casa?

18Oct/13

… del Zoo Aquarium de Madrid

Zoo

Me encanta el otoño para salir a los sitios. No hace ni mucho frío ni, en teoría, mucho calor. Porque vaya otoño más veraniego llevamos este año, ¿verdad? Así que aprovechando que el pasado fin de semana las temperaturas fueron agradables y no había amenaza de lluvia, decidimos irnos a pasar el día al Zoo Aquarium de Madrid. De nuevo, con suegros, cuñados y sobrinos.

Aunque fui de pequeña, ésta era la tercera vez que iba siendo madre. La primera vez estaba embarazada del Mayor, la segunda, el Mediano era apenas un bebé de unos seis meses y, claro está, no se acordaba. Así que esta vez fue más o menos la primera para él. Y, aunque también vino el Peque, me consta que volveremos dentro de unos años, cuando ya sea más consciente, para verlo todo como si fuera la primera vez.

En el Zoo se juntan dos elementos que nunca fallan: animales y niños. Estos animales, a diferencia de los de Faunia, se podría decir que son más salvajes. En Faunia hay cerdos, canguros, avestruces… mientras que en el Zoo hay leones, hipopótamos, jirafas… Algunos animales se repiten, como los pingüinos, pero por lo general, lo que hay en un sitio, no lo hay en otro.

Después de la experiencia en Faunia, donde se puede tocar al burro o la cabra, los niños (mis hijos y mis sobrinos) también quisieron tocar a los animales del Zoo, pero a estos no se puede. Sólo si entras en la parte de La Granja, donde hay cabras, puedes tocarlas. También se puede comprar comida para dársela de comer a las cabras. Pero, por lo general, no está permitido darles de comer a los animales. Y digo esto porque vi a gente lanzando cacahuetes a los animales justo al lado del cartel donde ponía bien clarito que no había que darles de comer.

Nosotros ya fuimos con las entradas compradas (por Internet salen más baratas que en la taquilla) y entramos sin aguardar cola. No nos preguntaron si llevábamos comida ni revisaron la mochila. Yo llevaba la comida del Peque y un par de batidos y barritas de cereales para la merienda de los mayores. Una vez dentro, llegada la hora de comer, hay dos opciones: al aire libre para la comida rápida y unos restaurantes donde se puede comer de menú o pedir a la carta. También disponen de menú infantil y microondas para calentar purés. Más menos, cuesta lo mismo si no os excedéis pidiendo a la carta.

Ahora mismo en el Zoo, hay muchas crías de animales: el elefante asiático, el hipopótamo, el oso panda, los monos de culo rojo… todos ellos tienen crías. Además, nosotros vimos el espectáculo de los delfines, el de las aves exóticas y el de las rapaces.

Zoo montaje

CONTRAS:

  1. El aparcamiento. Es mejor ir a principio de la mañana para encontrar un buen sitio. Pero es una zona muy extensa y no es de extrañar que haya que darse un paseo para llegar del coche al Zoo.

  2. La salida. Está fatal hecha y se tarda un montón en salir de las proximidades del Zoo y llegar a carretera.

  3. La gente lista. Para ver al panda, hay una cola que nosotros esperamos pacientemente. Sin embargo, muchas personas optaban por entrar por la salida. Esto implica que se creen más listos que los demás, pero también que retrasan el avance de la cola. A nosotros no nos hizo la más mínima gracia.

PROS:

  1. A los niños les encanta ver a los animales. Los míos al menos se volvieron locos porque una cosa es ver un león o un rinoceronte en la tele o en una foto y otra muy distinta ver lo grande que es en persona. Vamos, me impresiona hasta a mí, imaginaos a ellos que son más pequeños.

  2. A los bebés de año y medio también les llama la atención. Posiblemente no sepan lo que están viendo, pero el Peque también alucinó por ejemplo, en el espectáculo de los delfines.

  3. El espectáculo de los delfines va por libre, pero los dos de las aves son uno a continuación del otro. Cada uno dura aproximadamente media hora.

  4. Los niños acaban reventados. El Mediano se durmió nada más arrancar el coche, ¡aún no habíamos salido del aparcamiento!

Si tenéis niños pequeños, os recomiendo ir a este tipo de sitios. Ven a los animales tal como son y les encanta. También ven a las crías con sus mamás y les emociona. Es cierto que no es un sitio para ir todos los fines de semana (a menos que disfrutéis del bono-parques), pero de vez en cuando está bien hacer un esfuerzo y llevarles a ver algo más de cerca la naturaleza.

¿Vosotros habéis ido a algún zoo? ¿Qué tal la experiencia? ¿Algún pro o contra que se me haya olvidado? Contádmelo todo en los comentarios.

16Sep/13

… de Faunia

Faunia

Hace un par de sábados, nos fuimos al Parque Faunia. Ahora que el tiempo da un respiro de vez en cuando, pero no hace frío, para mí es el momento ideal de ir a este tipo de sitios. Además, hasta el 30 de septiembre cuentan con la “experiencia dinosaurios”, vamos unos 18 muñecos a tamaño real que se mueven colocados a lo largo de una senda. Después del éxito que tuvo entre los Trastos la visita a Dinópolis, os podéis imaginar que ir a Faunia era visita obligada para nosotros.

Faunia montajeAunque hay animales, no es como el zoo. En Faunia hay animales más de andar por casa. Bueno, todo lo que un cerdo vietnamita o un canguro puedan considerarse “animales de andar por casa”… Hay cabras, gallinas, gallos, canguros, mariposas, patos, flamencos, cocodrilos, tortugas, burros, avestruces, cervatillos, pavos, ñandúes, focas, insectos varios, aves, perritos de la pradera (tipo Timón), monos, pingüinos… No está permitido dar de comer a ningún animal, salvo al cocodrilo y a una hora muy concreta (hay que esperar cola). Sin embargo, hay animales a los que se les puede tocar (cabras y ponis).

Éstos últimos se meten a los peques en el bolsillo nada más entrar. Teníais que haber visto al Peque loco de contento con las cabras, vamos, que a poco se cuela en el recinto y que queda ahí, como uno más en el rebaño. Y ya no os cuento cómo se lo pasaron los Trastos mayores, alucinando fue poco.

A mí, la zona de la granja no me llamó mucho la atención. Me hizo recordar a los animales que tenía mi abuelo en el pueblo. Viendo la ilusión de mis hijos, no puedo sino echar de menos aquello de lo que yo disfruté en mi infancia y que, lamentablemente, ellos no podrán disfrutar.

La zona de los dinosaurios está bien. Obviamente, nada comparado con Dinópolis, pero es normal. Al fin y al cabo, aquél es un parque temático sólo de dinosaurios. Pero está bien ver cómo los niños alucinan con los movimientos y ruidos de los muñecos. La verdad es que, a través de la diversión, mis hijos han aprendido mucho sobre estos animales. Lo sabes cuando, fruto de tu ignorancia, confundes a un dinosaurio cualquiera con el T-Rex y el Mayor, muy digno, te corrige: “éste no es el T-Rex porque tiene tres dedos en las manos. El T-Rex sólo tenía dos”. Entonces te fijas y no te queda más remedio que darle la razón.

Además de todo esto, nosotros fuimos a dos espectáculos. El primero es de focas y osos marinos. El segundo es de aves rapaces, aunque también exhiben loros y cacatúas. Ambos son el mismo recinto. Os lo digo porque nosotros dimos un montón de vueltas pensando que eran en sitios distintos y a poco no llegamos. Porque una vez empezado, no se puede entrar al recinto.

CONTRAS:

  1. Como pilléis un día de calor o un día de lluvia, vais apañados. Hay pocos sitios donde resguardarse pues la mayoría de animales están al aire libre. Lógico, por otra parte.

  2. La zona de los dinosaurios es, para mí, un poco sosa. Se reduce a muñecos a lo largo de un camino. Aunque son a tamaño real y tienen una leyenda que te cuenta qué dinosaurio es y sus características. Algunos están bastante escondidos entre la vegetación y son difíciles de ver.

  3. Cierran a las siete de la tarde los fines de semana (a las cinco entre semana). Aunque no es muy grande, no conviene embobarse.

  4. Las tarifas de entrada al parque las podéis ver aquí. Yo sólo mencionaré que la entrada infantil sólo abarca desde los 3 hasta los 7 años (ambos incluidos).

  5. El parque tiene aparcamiento. Nosotros dejamos el coche ahí el día entero y nos costó unos 5 €. Hay que pagar este importe en las mismas taquilla del parque, antes de salir del todo. Si se os olvida, os va a tocar volver una vez dentro del coche.

PROS:

  1. Todo está muy bien indicado, distribuido por zonas: el bosque templado, el bosque tropical (con tormenta incluida), los polos, territorio australiano…

  2. Las entradas se pueden comprar a través de Internet y con varios días de antelación.

  3. Puedes pasar comida. Al menos a nosotros ni nos registraron la mochila ni nos preguntaron si llevábamos algo (como en el Parque Warner).

  4. Si os animáis a comer en el parque, hay un restaurante a la carta y otro de comida rápida (hamburguesas, perritos…) donde también hay microondas para calentar la comida de los bebés. A parte de distintos puestos de helados y bebidas.

  5. En este parque se pueden celebrar eventos familiares, como un cumpleaños o incluso una boda O_O.

  6. Tienen descuentos para familias numerosas y los menores de 3 años entran gratis.

Si a vosotros o a vuestros hijos les gustan los animales, creo que Faunia os va a gustar a toda la familia. A nosotros nos encantó y seguro que volveremos más adelante. Recordad que si queréis ver a los dinosaurios, aún estáis a tiempo. Estarán en Faunia hasta finales de septiembre.

¿Habéis ido vosotros a Faunia? ¿Qué tal la experiencia? Decidme qué es lo que más os gustó y qué lo que menos. Contadme también vuestros pros y vuestros contras. Ya sabéis, como siempre, en los comentarios 😉

16Ago/13

… de un escape inoportuno

A veces pasan cosas que te ponen a prueba como persona, como madre y como ente corpóreo. Hay veces en las que deseas con todo tu alma no ser tú misma, hacer mutis por el foro, ponerte en los zapatos de otro y salir por pies rauda y veloz sin mirar atrás. Son situaciones en las que se te vienen a la cabeza expresiones como “tierra, trágame”, “¿eso no puede hacerlo otro?” o “ése no es mi hijo, soy soltera y sin compromiso. Pasaba por aquí y ya me voy”.

Si te lo cuentan, te ríes mientras por dentro tienes todo cruzado mientras deseas que eso nunca te pase a ti. O quizás creas que quien te lo cuenta está exagerando. Es más, esperas que esas cosas no ocurran y que todo sea una mera invención de tu interlocutor porque la mera posibilidad de que sean ciertas, de que pasen de verdad y, lo que es peor, que puedan pasarte a ti te pone los pelos de punta.

Pues bien, todo lo que a continuación paso a contar ocurrió de verdad. No exagero ni un ápice. No hay ni una triste coma de más. Ojalá pudiera decir que lo he soñado, que ha sido una pesadilla de la que me he despertado. Pero no.

Acababa de empezar julio y estábamos disfrutando de unos días en la playa con la familia del Tripadre. Después de las carreras de rigor, conseguimos vestirnos a tiempo para salir a cenar. Conociendo a mis Trastos, no les puse muy elegantes, pero vamos, iban conjuntados, duchados y sin manchas en la ropa. Quizá desentonaba algún moco, pero vamos, poca cosa, lo normal.

Nos sentamos a comer. Mesa para once más una trona para el Peque. Comen los mayores. Come el Peque. Comen todos. Empiezo a comer yo. A pesar de la hora (más bien tarde), parece que el Peque se entretiene con las cucharas. Yo le dejo e intento mantener una conversación con el Tripadre, quien por escasos minutos deja de ser Tripadre y se convierte en Marido. Disfruto de mi única charla adulta del día. El Peque se pone serio. El Tripadre y yo le miramos. Nos miramos. Volvemos a mirarle. No pasa nada. Sigue intentando comerse la cuchara. Seguimos a lo nuestro.

Estamos rodeados por más mesas familiares. Con más niños. Con más bebés. Bebés en carritos, bebés en tronas, bebés en brazos. Hay bebés que ríen, hay bebés que lloran, hay bebés que duermen. Los miro y doy gracias porque el Peque me da un momento de tranquilidad durante el cual puedo comer en vez de engullir la comida.

De repente, un olor conocido, aunque no por ello agradable, llega a mi nariz. Algún bebé ha hecho caca. Vaya peste, por cierto, qué habrá comido la criatura. Miro al Peque y pienso que él no ha podido ser. Sus horas son después del desayuno y después de la merienda. Él ya ha cenado y, en cuanto terminemos de cenar nosotros, me lo llevo derechito a la cama. Seguro que él no ha sido. Me compadezco de la madre o padre al que le toque el cambio de pañal.

Pasan unos minutos y me levanto a coger la cuchara que el Peque ha tenido a bien tirar al suelo, por el simple placer de verla caer y oírla sonar. Por el rabillo del ojo veo un color en el Peque que no me cuadra. Hoy va de azul y blanco. Estoy por jurar que no había nada marrón en el conjunto. Otra vez ese olor… Entonces se me activa la neurona y se me enciende un chip. En mi interior oigo una voz que me dice “apriétate los machos que vienen curvas”. Miro casi obligada. Me obliga mi parte de buena madre. Porque mi parte de mala madre me dice que salga corriendo, que diga que se me ha olvidado algo en la habitación (el monedero, el móvil, la cordura, ¡lo que sea!) y salga pitando de allí sin mirar atrás.

Me asomo a la espalda del Peque y lo veo. Ahí, en tonos marrones y con una textura ni sólida ni líquida (es lo que tiene estar fuera de casa y haber tenido que darle potitos comprados durante cuatro días) asoma eso que yo no deseaba a ninguna madre. Pienso que, con suerte, sea sólo ese poquito que veo y que, si lo limpio con una toallita, aún pueda llegar a la habitación para hacer el cambio de pañal en la intimidad.

Pero le levanto la camiseta y veo, horrorizada, que la expulsión ha trepado por la espalda, llegando casi a la altura de las axilas. Es lo que tiene apretar sentado en una trona. Si alguna vez he echado de menos mi juventud ha sido en ese preciso instante. Ante tal visión, noto cómo se me escapan años de vida.

Tengo que cambiar al Peque allí mismo. Con eso chorreándole por la espalda no llegamos a la habitación ni de coña. Qué digo habitación, no llego ni al baño. Me doy un nanosegundo para festejar la suerte que tengo. Ni uno más. Aquello exige intervención inmediata. Hago un llamamiento a la neurona de las soluciones infantiles rápidas. Después de tres hijos, ésta no tarda en aparecer.

Pienso qué necesito. Lo primero, sacarle de la trona. Segundo, limpiarle lo que sobresale del pañal, aunque sea en volandas. Tercero, echarle en el carro y correr como alma que lleva el diablo a la habitación. No hay dolor. El olor ya es otra cosa.

Saco las toallitas. Doy gracias porque el paquete está recién abierto y no a punto de terminarse, como es habitual. Lo pongo encima de la mesa. Me remango (aunque llevo manga corta). De repente hace más calor allí… ¿es una ola de calor noctura o soy yo? Da igual. No ha dolor.

Levanto al Peque. Con una mano tengo al niño en volandas. Con la otra saco toallitas y limpio lo que puedo. Desde la otra punta de la mesa, la abuela intuye que algo pasa y viene a auxiliarme. Le doy más toallitas con las que limpia la trona. No quiero ni mirar. He conseguido quitar, más o menos, los residuos de la espalda. Cojo servilletas que pongo en el carrito. Limpio piernas. Siento al niño. Abrocho al niño. Joder, hoy estrenaba modelito. Cojo las toallitas. Doy las buenas noches, hasta mañana, el Peque y su madre se van ya a la cama.

Llego a la habitación. Le quito la ropa como buenamente puedo para no mancharle más los brazos, piernas, cabeza y pelo. La camiseta está para lavarla. O tirarla. El pantalón apenas ha sufrido. Me dispongo a quitarle el pañal. Para mi sorpresa, está sorprendentemente limpio. Normal, no ha cumplido su función y la caca se ha desparramado por la espalda de mi niño. Le meto en la ducha y termino de limpiarle. Pañal nuevo. El pijama y a dormir.

Yo vuelvo al baño. Le doy con jabón a la ropa en un intento de salvarla. Está recién estrenada. Ni una hora le ha durado. Froto y froto. No hay dolor. Cuando termino y vuelvo a la habitación, el Peque duerme ya plácidamente. Me tiro yo también en la cama y pienso: “por favor, que no pase nunca más”.

CONTRAS:

  1. El bloqueo. Es una situación en las que, aun sabiendo qué hay que hacer, te bloqueas porque estás en sitio extraño. No es tu casa. No es tu territorio.

  2. El olor. Si no te bloquea el sitio, te bloquea el olor. Sabes que quizás la gente no te esté mirando y no se hayan enterado de lo que tienes entre manos. Pero sí sabes que el olor les hará mirarte.

  3. Hay que salir por patas. A tu casa, a un baño, donde sea. Hay que limpiar bien al niño.

  4. Situaciones así son las que te recuerdan porqué llevas toallitas o tres mudas en la bolsa del carro.

  5. En contra de lo que pueda parecer, la cosa no termina cambiando y limpiando al niño, hay que lavar y frotar después su ropa. O tirarla a la basura. Eso ya va a gustos.

PROS:

  1. Sobrevivir a una experiencia así te da tablas como madre. Después de esto ya puedes con todo lo que venga. ¿Escapes futuros en la operación retirada del pañal? ¡Ja! Tras lo ocurrido esta noche puedes afrontarlos con los ojos cerrados.

  2. Sientes que has llegado a otro nivel. Esto es como las pantallas de los videojuegos, ¿no? Porque espero que el premio sean vidas extras, para compensar las que acabo de perder, más que nada…

Moraleja: llevad siempre, siempre, siempre, un paquete de toallitas a estrenar y ropa de cambio suficiente, un botecito de colonia y una pastillita de tirar pa’lante. No hay dolor. Mañana será otro día.

07Ago/13

… del Parque Warner

Warner2

Hace unos fines de semana fuimos al Parque Warner de Madrid. Al principio yo tenía mis reticencias. Las cosas claras, en verano, con tanto calor, y con tres niños (uno de ellos muy pequeño para el Parque Warner), no es la época ideal. A mí me hubiera gustado ir en primavera u otoño, cuando no hace calor excesivo pero tampoco frío. Sin embargo, allí que no fuimos. Suerte que coincidió con el fin de semana más fresco de todo lo que llevamos de verano. Tanto es así que sobre las ocho de la tarde, a la sombra y con el airecito que se levantó, tuvimos hasta frío.

Warner1Fuimos con mis cuñados, sobrinos y suegros. Que los adultos sobrepasen en número a los niños nunca viene mal. Además, yo soy de las que no les gusta montarse en las atracciones, así que cuanta más gente haya dispuesta a hacerlo, mejor, más tranquila me dejan a mí.

Los niños estaban ya emocionados desde dos días antes. Habían visto el anuncio en la tele y estaban como locos por ver a Bugs Bunny, Silvestre, Piolín y compañía. Nada más entrar, una vez soportada la primera cola de tantas, ya te invade la magia del lugar. Y eso yo lo agradezco, que una cosa es no montarme en (casi) nada y otra no poder disfrutar de la visita. Me encanta sobre todo la parte dedicada a los más pequeños y la que recrea calles de Nueva York.

Warner4También cuentan con actuaciones, como la exhibición de baloncesto o el espectáculo de Loca academia de policía. Además, puedes ver coches con los personajes de la factoría Warner recorriendo el Parque e incluso podéis haceros fotos con ellos.

Para los días de más calor, os recomiendo llevar a los niños a la atracción del Oso Yogui. Vais a salir empapados de pies a cabeza. No exagero. Así que no os vendrá mal llevaros bañador, ropa de cambio y alguna toalla. La crema solar también se hace indispensable.

CONTRAS:

  1. Las colas. Hay colas para todo. Unas duran más que otras y, en algunas atracciones, te ponen el tiempo estimado que vas a tardar. Otra cosa es que se ajuste a la realidad.

  2. Salvo agua y comida para bebés, no está permitido entrar con comida. Los restaurantes ofrecen varios tipos de comida, pero son carillos.

  3. Para bebés hay muy poca cosa. Nosotros fuimos por los otros dos Trastos, porque el pobre del Peque acabó un poco harto.

  4. Nada más entrar en el Parque, ya estás viendo carteles que te dicen que puedes ir al día siguiente. Esto no siempre es posible o viene bien. Sin embargo, pagando unos 7 euros antes de irte a casa, puedes obtener una entrada para volver otro día no consecutivo. Esto ya no está tan a la vista. Nosotros nos dimos cuenta una vez en casa.

PROS:

  1. En todos los restaurantes hay microondas. Así se puede calentar el puré de los peques al gusto. Bueno… eso si conseguís entender al cacharro, que hay algunos que para calentar la comida sin que salga ardiendo hay que jugársela.

  2. En los baños hay cambiadores para los bebés. Esto siempre viene bien.

  3. Una cosa que nos gustó especialmente es que hay juegos, tipo tómbolas, en los que por 3 euros se obtiene premio seguro. A nosotros nos vino muy bien para que los Trastos se trajeran un recuerdo sin gastarnos una pasta. El tamaño del muñeco depende ya de la suerte.

Warner3Independientemente de si os gustan o no las atracciones, nadie puede negarle que el ambiente te arropa nada más llegar. Si vuestros hijos tienen edad suficiente para disfrutar de algunas atracciones, el Parque Warner es otro sitio más donde hacer una escapadita de un día. Y esa noche, a dormir del tirón.

24Jul/13

… de mi pueblo

Pueblo

En un lugar de Extremadura…

Tras pasar unos días en la playa, nuestras vacaciones no podían terminar sin pasarnos por mi pueblo. El Tripadre no tiene pueblo, a menos que Madrid pueda ser considerado como tal. Así que el pueblo de los Trastos es el mío. Allí viven una tía mía y mi abuela materna, a la que me siento especialmente unida desde que tengo uso de razón.

Si os digo que después de estos días en la playa tan atípicos, el paso por mi pueblo fue una bocanada de aire fresco me quedaría corta. Supongo que es algo común a todos los pueblos, pero hoy os voy a hablar del mío.

En mi pueblo el tiempo es un bromista y, aunque parece detenerse, lo cierto es que pasa muy deprisa. La hora normal de levantarse es más bien tarde. En mi casa no me levanto yo a las 11 de la mañana ni en el mejor de mis sueños. Se come a las tres o más tarde. La siesta es obligatoria. La merienda suele ser entre las 7 y las 8 de la tarde. Así que la cena ronda las 11 o las 12 de la noche. A la cama, si no quieres trasnochar, te vas a las 2 de la mañana. Las prisas se quedaron en la playa.

Mi abuela tiene una casa de las de antes, con sus muros de piedra que llegan, fácilmente, al metro de ancho. ¿Calor? Sólo si sales al huerto, donde el sol pega a rabiar. Cuando vivía mi abuelo, recuerdo el huerto lleno de cosas para sembrar. Especialmente habas, donde siempre había muchas mariposas. También había cabras, gallinas, perros, gatos, una mula y algún cerdo de vez en cuando. Ahora sólo quedan 3 gatas. Las flores siguen ahí, como siempre. Igual que los olivos, el pozo y la pila que usaban mi bisabuela y mi propia abuela para lavar la ropa.

Desde que mi abuelo no está, la casa y el huerto han sufrido transformaciones. Por ejemplo, en una esquina del huerto, donde antes sólo había más plantas, ahora hay un suelo de cemento pensado especialmente para poner una piscina en verano. Mis hijos la disfrutan como niños. Si no te quieres bañar, coges una silla, la pones bajo un olivo y allí, a la sombra y con el airecito, puedes disfrutar del chapuzón.

La casa se llena de risas y gritos (no voy a negarlo) como supongo que pasaba cuando íbamos mi hermana y yo hace ya tres décadas. Mi abuela y mi tía se lo perdonan todo a mis Trastos, como también hacían con nosotras.

Os voy a contar un secreto. Cuando era pequeña, no había en el mundo mejor lugar que mi pueblo. Sin embargo, en mi adolescencia odiaba estar allí, no por mi pueblo en sí, sino porque eso significaba estar lejos de las amigas (hay que ver lo tontas que nos volvemos sobre los 16 años). Cuando el Tripadre y yo nos hicimos novios, crucé los dedos para que le gustara mi pueblo. Y debí cruzarlos muy fuertemente porque, más que gustarle, le encantó. Y volvemos cada año. Como ya he dicho, primero como novios, después como recién casados, luego con cada uno de los Trastos.

Me alegra ver lo bien que nos lo pasamos todos allí. Mis hijos persiguiendo gatos y disfrutando de ese pedacito de naturaleza. El Tripadre menos pendiente del móvil, en parte porque la cobertura no es plena y en parte porque las prisas se quedan fuera de la casa, como por arte de magia. Y yo recordando lo bien que me lo he pasado siempre en la casa de mi abuela y disfrutando del momento. Y así, sin darnos apenas cuenta, han pasado los días y toca volver a casa. Hacer la maleta siempre es duro. En la despedida siempre hay lágrimas.

CONTRAS:

  1. He estado pensando algo que no me guste de mi pueblo y sólo puedo decir que el hecho de que los días más que correr, vuelan.

PROS:

  1. Allí se puede saborear cada momento del día. No hay prisa. Todo tiene otro ritmo más pausado.

  2. El Tripadre alguna vez me ha propuesto irnos de acampada. Yo paso. No me atrae en absoluto porque para ir a la naturaleza y respirar aire puro ya está mi pueblo. Y además, están mi tía y mi abuela.

  3. Me enorgullece que mis hijos puedan disfrutar de lo mismo de lo que yo disfruté cuando era niña. Cierto que no hay tantos animales y que no está mi abuelo, pero aún así sigue siendo mi rincón escondido del mundo.

  4. Mi tía y mi abuela, a la que sólo vemos en verano y en Navidad, están allí.

Bueno, seguro que ahora entendéis por qué me atrae tanto plantar cosas, enseñarles a mis hijos de dónde vienen las verduras y hortalizas, por qué no les digo que no a tener caracoles en casa (por cierto, ahora tenemos también dos saltamontes) y por qué tenemos intención de seguir yendo cada verano a mi pueblo.

Y vosotros, ¿también tenéis pueblo o un rinconcito especial donde volvéis cada año?

19Jul/13

… de nuestros días en la playa

Playa

Es el primer verano que paso con el blog. La gran mayoría de cosas que esto implica me pilla de nuevas. Aunque aquí relato cosas cotidianas que ocurren de verdad o que pienso sinceramente, soy algo recelosa con la intimidad de mi familia y la mía propia. Por eso, no he dicho cuándo ni dónde nos íbamos de vacaciones este año.

Hemos estado dos semanas fuera, más o menos. La primera escala ha sido en la playa, donde hemos ido con mis suegros, cuñados y sobrinos. Y ha sido un no parar. Pensé yo que podríamos desconectar y relajarnos en las rutinas que tan por el camino de la amargura nos traían al final de curso. Y al menos yo no me he podido relajar ni 15 minutos seguidos. Si no era porque había que irse ya a la playa, era porque había que comer ya o, si no, porque era la hora del baño.

Y yo a todos lados con el Peque. Pendiente del reloj. Y los Trastos mayores trasteando con sus primos. Y el Tripadre sin poder despegarse del móvil porque hubo lío en la oficina y tuvo que solucionarlo desde la distancia. Y, también voy a decirlo, el Tripadre y yo un poco mosqueados por comentarios y acciones que cuestionaban nuestra forma de educar a nuestros hijos.

Personalmente, no culpo a nadie. El problema radica en tratar a todos los niños iguales cuando no lo son y en no querer ver que cada padre tiene una forma de educar a sus hijos que sólo es válida porque funciona con él como padre (o madre) y con su hijo. Otro padre y otro hijo tendrá otra forma válida y, de la misma manera que nuestra forma no funcionaría con ellos, su forma no funciona con nosotros. El Mayor y el Mediano son distintos, lo que vale con uno no sirve para el otro. Eso es aún más acusado cuando se trata de primos. A esto le sumamos comentarios al Tripadre del tipo “apaga ya el móvil” cuando no podía hacerlo o comentarios a mí como “hay que ver, este niño todo el día en el carro cuando lo que quiere es suelo” mientras que yo no daba a basto entre purés y lloriqueos.

Además, hay que añadir que cada uno en su casa tiene sus rutinas y su forma de hacer las cosas. El ritmo de mi casa no se parece en nada al que tiene mi madre o mi cuñada en las suyas. Yo soy pausada, mi hermana es un culo inquieto. Yo tengo que vestir a un Trasto mientras el otro intenta saltar en la cama. Mi cuñada viste a mi sobrina mientras mi sobrino se entretiene tranquilamente coloreando dinosaurios. Yo tengo que subirme de la piscina media hora antes para bañar al Peque y ducharme yo antes que el resto de mi familia para que nos dé tiempo a ir a cenar a la hora estipulada con los demás; mientras que mis suegros y cuñados (sobrinos incluidos) están listos media hora antes de la cena.

Como os decía, un no parar. Algo pude relajarme a la orilla de la playa, buscando conchas con el Mediano y el Mayor mientras el Peque quedaba a recaudo del Tripadre y abuelos. También he tenido mis momentos de paz cuando me iba a la cama justo después de cenar para que el Peque mantuviera, dentro de lo posible, su rutina mientras que el resto se quedaba paseando o tomándose una cerveza. Era entonces cuando aprovechaba para intentar responder a vuestros comentarios.

CONTRAS:

  1. Durante esos días playeros, creo que, a parte del viaje en coche, cambiamos unas rígidas rutinas por otras. Menos rígidas, sí, pero rutinas al fin y al cabo que me impidieron relajarme como pensaba.

  2. El Tripadre y yo volvemos con un poco de mal sabor de boca por los comentarios recibidos.

  3. Queda demostrado, una vez más, que salir de viaje con tres niños pequeños es complicado. Mejor no os cuento cómo iba el coche. El famoso juego del Tetris al lado del maletero resultaba pan comido.

  4. Por mucho que se quieran mantener las rutinas de los bebés, se pierden y es difícil volver a instaurarlas. Si ya os hablaba hace poco del famoso por un día no pasa nada, imaginaos 15 días fuera de casa.

PROS:

  1. Mentiría si no os dijera que, a pesar de todo, está bien cambiar de aires.

  2. Los Trastos mayores han venido encantados. No por la playa en sí, que al Mediano no termina de convencerle, sino por haber pasado unos días con sus abuelos, tíos y primos.

  3. He de confesar que he pasado ratos apartada del resto de la familia (incluyo a ambas capas de la cebolla), pero ha sido decisión mía, por querer hacer las cosas a mi manera y no a la de los demás. Así que eso también me lo apunto a mi favor. Además, esos ratos me han servido para relajarme un poco.

  4. También mentiría si no dijera que algunas veces me han echado una mano con el Peque. Y entonces pude terminar mi cena tranquilamente.

Quería que me hubiera salido una entrada más alegre, pero es que este año los días en la playa se han teñido de un sabor agridulce. No sé muy bien por qué, la verdad. El Tripadre y yo aún andamos dándole vueltas al asunto.

01Jun/13

… del Safari Madrid

Safari de Madrid

Empieza la época del buen tiempo, (sí, sí, aunque no lo parezca) hay que aprovechar para salir con los niños. Hoy vengo a hablaros del Safari Madrid. Nosotros fuimos el año pasado, a finales de verano, cuando no hacía mucho calor y el frío aún no había llegado.

Safari de Madrid

Es un sitio donde el coche es indispensable. Indispensable para llegar e indispensable para poder ver a los animales. Por lo que hay bastante sitio donde aparcar. Nada más llegar, nosotros nos fuimos a hacer el safari. Los animales están sueltos y se acercan al coche (¡vaya si se acercan!). En el mismo recinto, puedes comprar zanahorias para darles de comer o llevarlas de casa. Nosotros las compramos allí. Para darles las zanahorias a los animales hay que seguir las recomendaciones, a saber: no abrir la ventanilla en exceso, tan sólo el hueco necesario para que pase la zanahoria. Esto es muy importante, ya os daréis cuenta en cuanto veáis los dientes que tienen los “animalitos”.

Safari de Madrid

Darles de comer es muy fácil, pues ya están acostumbrados y se acercan al coche que da gusto. Las zanahorias las empezamos dando el Tripadre y yo, luego se animaron los Trastos. Curiosamente, el más lanzado fue el Mediano, qué habilidad para darles la zanahoria por la ventanilla. Al Mayor le costó un poco más porque se asustó un poco al ver tantos animales rodeando el coche y sus pedazo de dientes… El Peque aún era bebé, así que de poco se enteró.

A parte del itinerario del safari, hay un corralito con cabras que a los más pequeños les entusiasmó. Pueden entrar dentro y acariciarlas. A mí, que me crié entre las cabras que tenía mi abuelo en el pueblo, no me llamó mucho la atención, pero a mis hijos (que no habían visto una cabra de cerca) sí.

Además, hay espectáculos de aves rapaces. Una maravilla si os gustan ese tipo de animales. Algunos bajan volando de las montañas y es una pasada ver cómo se acercan y aterrizan justo en el sitio indicado o ver cómo se elevan en círculos hasta alcanzar alturas casi de avión. Y, por supuesto, exhibiciones de serpientes. Mis hijos se quedaron tan embobados mirando que a punto estuve de traerme una serpiente para sustituir a la tele, a ver si así se quedaban sentados en el sofá más de 10 minutos ;).

Por último, hay una especie de mini zoo con animales que han sido recogidos tras entrar de forma ilegal en el país. Son muy bonitos, sí, pero a mí me dio pena pensar que habían sido rescatados y lo mal que lo habían pasado hasta entonces (contrabando, hacinados en jaulas y cosas parecidas).

Para comer, hay en el mismo recinto un puesto donde picar algo pero, si quieres comer, hay que salir hasta un restaurante cercano que, si no entendí mal, también pertenece al Safari.

CONTRAS:

  1. Es un sitio con mucha tierra y el coche acabará sucio. No obstante, si sois aficionados a hacer fotos, os aconsejaría llevar los cristales bien limpios. De lo contrario, vuestras preciosas fotos del león o la cebra va a salir horrorosas con los lamparones de los cristales. Lo digo por experiencia. Si además hace sol, entre las manchas y el reflejo del sol lo vais a tener crudo para sacar una buena foto.

  2. Para los espectáculos de las rapaces, es mejor no apurar hasta el último momento (como nos pasó a nosotros). De lo contrario, todos los sitios a la sombra estarán ocupados y os tocará aguantar al sol. Ni os cuento lo que pasamos el Peque y yo porque, además, le tuve que dar el pecho en pleno vuelo del halcón.

  3. Llevaos botellas de agua de casa. Si hace calor, echad un par más. Allí venden, claro, pero yo creo que es mejor llevarlas de casa. Podéis pasarlas sin problema.

  4. Algunos animales están bastante alejados del paso de vehículos, así que tienes que hacer un esfuerzo por imaginártelos (nos pasó con los leones y la jirafa). Pero bueno, se supone que están en medio libertad, así que es normal que algunos estén más cerca que otros.

PROS:

  1. Puedes entrar y salir del recinto sin problema. Te vas a comer cuando quieras y vuelves cuando quieras también.

  2. El restaurante está muy bien situado, cerca de un lago y con mucha sombra. Estupendo para descansar después de comer. Además, tiene columpios para que los más peques se desfoguen. Os garantizo que se dormirán en el coche de camino a casa.

  3. Es una experiencia única para los peques. Tened en cuenta que en el zoo (que sería lo más parecido), los animales no se ven tan cerca.

  4. A parte de los animales, se pasa el día en la naturaleza. Y esto es algo que a todos los niños les encanta.

Bueno, pues esta fue nuestra experiencia. ¿Alguno de vosotros habéis ido? ¿Qué os pareció? Si se me ha olvidado algún contra o pro, estaré encantada de que me des el tuyo ;).

15May/13

… de portear

Boba Air

El otro día, La orquídea dichosa sorteó, gracias a Kangarunga, una mochila Boba Air. Yo no he porteado a ninguno de mis Trastos. Con el Mayor, dejé caer estando embarazada que me gustaría una mochila. Pero no llegó nunca. Con el Mediano no me hice ilusiones. Y con el Peque ni lo mencioné. ¿Por qué no me la compré yo? Pues en parte por desinformación y en parte porque no sabía el uso real que podría darle, ya que teníamos carrito de bebé, y gastarnos el dinero para no aprovecharla mucho nos echaba para atrás.

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13May/13

… de cruzar en rojo

Por favor, en rojo, NO

Con la entrada de hoy, me sumo a la campaña de La orquídea dichosa para no cruzar los semáforos en rojo, al menos cuando haya niños delante, propios o ajenos. Para poner mi granito de arena, voy a contaros lo que me pasó el otro día cuando volvía del colegio con mis Trastos.

Yo siempre que voy con mi hijos cruzo por los pasos de peatones y, si hay semáforos, espero a que el monigote se ponga en verde para cruzar. Cuando voy sola, también suelo hacerlo, aunque algunas veces reconozco que no lo hago si voy con prisas (y esas veces es cuando me siento súper intrépida, jajaja). Como ahora tengo hijos, si tengo la tentación de cruzar y veo que hay niños esperando también, me paro y no cruzo. Me sale solo. Sé lo importante que es predicar con el ejemplo, tanto para mis hijos como para cualquier niño, pues entiendo que sus respectivos padres estarán, como yo, educándoles en ese aspecto.

El caso es que hace unos días, volvía con mis hijos y, al llegar a un semáforo, el monigote estaba en rojo. No venía ningún coche. Era consciente de que podríamos haber cruzado sin problema. Pero como iba con mis hijos (uno de ellos en un carrito), decidí no cruzar y respetar el semáforo. En ésas estábamos cuando apareció un hombre, miró a ambos lados, dedujo que era seguro cruzar y cruzó.

La cara de mis hijos era un poema: ojos abiertos al máximo, veían al muñeco en rojo y al hombre cruzando. En seguida empezaron a gritarle: “¡que está en rojo! ¡No se puede cruzar! ¡Eso está mal! ¡Fatal!”. Yo podría haberme muerto de vergüenza por la reacción de mis hijos… quizás hace unos años, pero hoy por hoy no. Era ese hombre quien debería avergonzarse. Sin embargo, no lo hizo. Aún iba cruzando la carretera cuando se volvió a mirar a mis hijos, sonrió y dijo que él podía hacerlo porque era mayor. ¿En serio? ¿Puede saltarse las normas por ser adulto? O_O

Ésa no es la lección que yo quiero enseñarles a mis hijos. Cuando el hombre ya se había ido, mis hijos se volvieron hacia mí.

– Lo ha hecho mal, ¿verdad, mamá?

– Sí, lo ha hecho muy mal.

– Pero dice que puede porque es mayor.

– Sí, es mayor, pero aun así lo ha hecho mal. Tenía que haber esperado a que el muñeco se pusiera verde, como nosotros. Si hubiera venido un coche, le hubiera pillado, por muy mayor que sea. Si vamos andando, hay que esperar a que el muñeco se ponga verde. Siempre.

– Entonces, ¿nosotros lo estamos haciendo bien?

– Sí, nosotros sí lo hemos hecho bien. Él no.

No pude si no sentirme orgullosa de mis hijos.

CONTRAS:

  1. Es un rollo esperar en un semáforo en rojo cuando ves que no vienen coches. Más aún si tenemos prisa.

  2. Como aún voy con carrito y como con el Mayor tuve dos malas experiencias en las que por poco no se llevan a mi hijo por delante (los hay muy listos al volante), aunque esté en verde, siempre espero a ver parado el coche del todo. Esto lo hago tanto en semáforos como en pasos de cebra. Si esperar a que el semáforo cambie es un rollo, esperar más tiempo a que el coche se detenga es más rollo.

  3. Es difícil educar a los niños, en cualquier aspecto (civismo, buenos modales, respeto, tolerancia…).

PROS:

  1. Ahora mis hijos van conmigo y si yo digo que hay que esperar, esperamos. Pero quiero pensar que estoy (estamos) asentando las bases para que lo hagan bien cuando llegue el momento de que vayan solos por la calle.

  2. ¿Conocéis el dicho que reza “fíjate en lo que digo y no en lo que hago”? Pues con niños no vale. Hay que predicar con el ejemplo. Siempre. El hecho de ser adultos no vale como excusa.

  3. Educar es difícil, sí, pero también es reconfortante cuando ves que tu esfuerzo ha dado sus frutos y tus hijos saben cuándo algo está bien y cuándo está mal.

  4. La reacción de mis hijos le hizo gracia a aquel hombre. Pero tenían toda la razón del mundo. Si reaccionaron así, eso significa dos cosas. Una, que saben cuándo hay que cruzar y dos, por tanto, no lo estoy (estamos) haciendo tan mal ;-).

Así que, por favor, recordad que en rojo no se debe cruzar, sobre todo si hay niños delante, da igual que sean los tuyos propios o sean niños ajenos. En rojo no, por favor, así evitaremos sustos innecesarios, heridas (da igual si son leves o graves) y, en los casos más extremos, muertes.

22Abr/13

… de viajar con niños

Esta semana en Madresfera, el tema de la semana son los viajes con niños. Y como yo, trimadre, algo del asunto creo que sé, he pensado en compartir aquí mi experiencia. Además, sortean la silla Assure de Graco Baby España. Teniendo en cuenta que el Mediano va a pasar dentro de poco al grupo 2-3, nos vendría de maravilla. Así que aquí vamos.

Cuando era pequeña, irnos al pueblo significaba madrugar. Y mucho. A eso de las 4 o 5 de la mañana ya andábamos levantadas mi hermana y yo. Que no despiertas. Cuando llegábamos a casa de mi abuela, apenas se había levantado ella. Había dos razones para tal madrugón. Una era que así hacíamos el camino durmiendo y no nos mareábamos. Lo que tenía su lógica, pues antes no existían las carreteras de ahora y yo sólo recuerdo curvas y más curvas. Que yo me durmiera o no, era otra historia. La otra razón era que había menos coches. Y eso también era verdad, aunque lo que sí recuerdo son muchos camiones…

El caso es que aquello de madrugar para irnos de viaje fue algo que llegué a odiar profundamente. Suerte que al Tripadre tampoco le convence. Así que nosotros solemos salir después de desayunar. Quien crea que dicha hora es sobre las 9 anda muy errado. Siempre hay un Trasto que se descuelga. Uno que, ese día, por la razón que sea (que le venga bien a él, por ejemplo), decide que el desayuno que se suele tomar en 10 minutos, ese día va a durarle media hora larga.

Después está el tema de las maletas. Que siempre intentamos tirar… digo… meter cuidadosamente en el coche, como si estuviéramos jugando al Tetris. Vamos, que sólo nos falta la música del juego. Pero siempre hay algo que no se puede meter hasta ultimísima hora. La bolsa de la comida, por ejemplo. Teniendo un bebé de un año, todavía andamos con los purés y las rutinas de comida. Cuando llega la hora de comer, tiene que comer. Da igual si estamos en casa o en plena carretera sin un área de servicio a la vista. Porque ésa es otra. Te tiras todo el viaje viendo una tras otra hasta que necesitas una, cuando, misteriosamente, desaparecen hasta después de media hora (si hay suerte).

Tras las maletas, llega la hora de encajar, digo… sentar a los Trastos. Una vez sentados y abrochados, encajamos el resto de bolsos. Y ahí que nos vamos. Rumbo a lo desconocido. A los 10 segundos de salir, el Mayor ya está preguntando cuánto queda para llegar. Da lo mismo que vayamos al centro comercial que está a 5 minutos o a la playa, que se tardan 5 horas.

Para sobrellevar el viaje y que no se haga eterno, nosotros hemos optado por los DVDs portátiles. Hace tiempo, cuando el Mayor sólo era un mico avispado y el Mediano era el pequeño, los compramos. Una selección de películas y series para cubrir el viaje y ya. Pero no todo es de color de rosa… y en mi casa menos ;-).

CONTRAS:

  1. No sé porqué, pero siempre se les antoja ver la película que no está puesta. Así que tengo que sacar mis dotes de contorsionista (cero, para quienes no me conozcan) y cambiar el disco. Teniendo en cuenta que el aparatejo en cuestión va enganchado al reposacabezas y que los cables no da para ponérmelo delante y maniobrarlo a gusto, tengo que retorcerme hacia atrás y siempre acabo mareada. Aunque, ahora que lo pienso, la próxima vez conduzco yo y que se las apañe el Tripadre para cambiar el DVD :-).

  2. De momento, el Peque no opina, pero los otros dos mayores tienen mucho que decir. Por lo general, uno quiere ver justo lo que no quiere ver el otro y viceversa. Es un bucle infinito que creo que podría durar hasta llegar a nuestro destino.

  3. El sonido. Siempre parece estar bajo, aunque a mí me vaya retumbando en los oídos. Será que yo tengo el aparatejo justo detrás de la nuca y ellos no.

PROS:

  1. Las pelis de los viajes son las únicas que mis Trastos ven de principio a fin. Porque van abrochados a la silla, ya lo sé. Pero no por eso me dan menos ganas de meter las sillas del coche en el salón un sábado a eso de las ocho de la mañana.

  2. Entre que no pueden levantarse y el chacachá del coche, a veces, se dice, se comenta, se rumorea… que se quedan dormidos. Nunca más de media hora, que nadie se lleve a engaño.

  3. Una vez solucionado el tema de qué ver y llegados a un consenso (de nuevo me viene a la mente el rey Salomón), parece que, tras 10 minutos de recursos (que ya me río yo del Tribunal Superior de Justicia), los Trastos están dispuestos a ver la película elegida hasta el final… o hasta que se duerma el que se ha salido con la suya, circunstancia que aprovechará el otro para pedir un cambio de película (véase el contra 1).

El caso es que, aún no sé cómo, entre Dora y Lorax, conseguimos llegar a nuestro destino. Además, desde que empecé a coger el coche sola, me he dado cuenta de que, para que no me desconcentren (aún estoy verde en esto de la conducción), me vienen genial. Y como el Mayor ya ha aprendido a encenderlo él solo, ya casi ni tengo que molestarme en cambiar el disco. Espero que los DVDs portátiles no se rompan nunca porque el día que eso pase, me veo corriendo a la tienda a por otro con la misma prisa que si de la lavadora se tratara.

Por cierto, estoy segura de que, si esto lo escribiera el Tripadre, la historia cambiaría bastante… se siente, la que escribe es moi ;-).