Category Archives: Crianza

08Abr/13

… del puré

Después de hablar de la lactancia y del biberón, la lógica me dice que ahora toca hablar de purés. Tarde o temprano, todo bebé necesita alimentación complementaria, la leche (de pecho o de biberón) ya no es suficiente y debe probar alimentos nuevos. Es la época en la que se descubren algunas alergias alimenticias (al pescado, al huevo…). Se puede optar por el método baby-led weaning (BLW), que básicamente consiste en darle al bebé alimentos sólidos, sin pasar antes por el puré. A quien quiera saber más sobre este método, lo que es y cómo se aplica, le recomiendo encarecidamente que se pase por el blog de Annabel.

Yo opté por los purés. Más que nada porque desconocía otros métodos (como el BLW). No sé por cuál hubiera optado de saber que había alternativas al pué, la verdad. La cuestión es que mis tres hijos han comido purés. El Pequeño está en ello ahora mismo. Así que, como siempre, aquí os dejo de relación de contras y pros. ¡Empezamos!

CONTRAS:

  1. Las cantidades. Según el primer pediatra al que acudí (allá cuando el Mayor era un bebé) me dio la siguiente relación: 20 g de pollo por 200 g de verduras en cada toma de puré. Os podéis imaginar, como madre primeriza que era, cómo iba con la báscula (de cocina, se entiende) pesándolo todo. Exactitud al máximo. Nada de 22 g de pollo, tenían que ser 20 g exactos. Y con la verdura lo mismo. Como anécdota, os diré que cuando mi primer bebé probó el arroz, ni corta ni perezosa, eché los 20 g de pollo con 200 g de arroz. Aquello ni era papilla ni era nada. Una plasta en toda regla que, lejos de probarla mi bebé, tuvo que ir directamente a la basura. Por cierto, yo ya con el tercero lo hago a ojo. La báscula me echa de menos.

  2. El tiempo. Si el bebé en cuestión come bien el puré, estupendo. Pero si no, puedes pasarte un buen rato cucharita va, cucharita viene. Cansado el bebé, cansado quien le dé de comer. Con lo fácil que era arrimarle al pecho y entretenerte viendo la tele, leyendo algo o simplemente mirándole embobada mientras mamaba, ¿verdad?

  3. Si al bebé le da por hacer pedorretas (pasa más veces de las que nos gustaría recordar), va a haber puré hasta debajo de los armarios. Que al principio te hace gracia, mírale, qué mono el bebé, si sabe hacer pedorretas… qué tierno, se ha puesto de puré hasta las orejas, sí, pero es taaannn mono… A la quinta, ni mono, ni mona, ni orangután ni nada. Te lo tomas como algo personal. Cuando el puré llega hasta tus orejas, empiezas a maldecir el día en que le enseñaste a pedorrear. Si quien se lo enseñó fue otra persona, le declaras ahí mismo odio eterno. Y, si además, dicha persona aún no se ha estrenado en esto de la pa/maternidad, decides que lo primero que le enseñarás a su vástago será a hacer pedorretas, a la hora de la comida a poder ser.

  4. El puré hay que prepararlo. Y con más antelación que el biberón. Con el biberón sólo hay que calentar el agua y echarle los polvos. Y ya. El puré hay que hacerlo antes porque hay que batirlo y dejar que adquiera la temperatura adecuada para no escaldar la lengua del bebé. Y luego, además, hay que fregar la olla, la batidora y demás.

  5. Cuando salimos fuera de casa, hay que calentarlo. Esto implica encontrar un sitio donde te hagan el favor. Y, una vez que te lo hacen, esperar para que no esté ni demasiado frío ni demasiado caliente (a ver cómo le explicas a un bebé hambriento que ese puré que tiene delante quema demasiado para que se lo coma ya y que ni soplando consigues que se temple…). Después de tres niños, yo me hice con una bolsita térmica y, antes de salir de casa, caliento el puré a tope y lo guardo ahí. Así mantiene el calor y, si calculo bien, se lo puedo dar a su hora sin depender de tener que calentarlo fuera de casa.

PROS:

  1. Como pasa con el biberón, el puré se lo puede dar cualquiera. Puedes dejar a alguien encargado de dárselo al bebé e irte a hacer otras cosas (como una ducha o comprar verdura para el siguiente puré).

  2. Ya que te pones, puedes hacer purés para varios días. La olla a presión (exprés, rápida) para esto es genial. Multiplicas las cantidades, lo repartes en recipientes y al congelador. Ahí lo tienes para varios días. Así no es necesario liarte todos los días en la cocina. Yo lo hago una vez a la semana.

  3. Creo firmemente que mi bebé nunca volverá a comer tantas verduras juntas como en este periodo de su vida. Madre mía la cantidad de verdura (vitaminas, minerales) que se mete para el cuerpo. O quien sabe, quizás te pase como a mis Trastos mayores, que ahora han empezado a aficionarse a los purés de verduras a base de ver al Pequeño los platazos que se mete entre pecho y espalda. Alguna cucharadita le han regateado al Peque. Y eso que para el bebé los hago sin sal…

  4. El puré les llena. Es tontería, me llena a mí, imaginaos a un bebé con el estómago más pequeñito. Así que normalmente, después de comer, la siesta se la echa sin problemas. Al menos eso me ha pasado a mí con los tres.

Dentro de poco, empezará con la comida sólida. Cuando empiece a guiarse por los ojos y a decir “esto no me gusta” sólo porque sea de un determinado color o tenga cierto aspecto, estoy segura de que echaré de menos esta etapa en la que se comía todo lo que yo le echara al puré. Y, para que no se me olvide, tengo que hacerle una foto pringado hasta los codos, porque, por mucho que se manche y por mucho que tenga que limpiar yo después, en las fotos así, los bebés están taaannn monos… 😉

06Abr/13

… del masaje Shantala para bebés

Cuando estaba embarazada del Mayor, fui a clases de preparación al parto. Fue la única vez, pues al llevarse poco tiempo, lo tenía todo muy presente. Además, tuve la precaución de tomar notas que pude consultar durante mis siguientes dos embarazos. Nos contaron cosas muy interesantes, la verdad es que no tengo queja alguna de aquellas clases. No sé si es porque se trataba de mi primer hijo y yo era ignorante en muchas cosas de la maternidad o que tenía las hormonas bailando jotas, pero lo recuerdo todo con mucho cariño. Una de las cosas que nos enseñaron es el masaje Shantala que, según nos contaron, proviene de la India.

Yo se lo di a mi bebé y he de decir que, teniendo un poco de tiempo, es estupendo tanto para el bebé como para la madre, aunque, por supuesto, también se lo puede dar el padre o cualquier otra persona. Yo intentaba dárselo todos los días sobre la misma hora. A mi entonces bebé le encantaba. Lo que nos recomendaron en el curso fue darlo con aceite de uva y unas gota de lavanda. Así se relajaban más. Y, la verdad, mi bebé se relajaba.

CONTRAS:

  1. Sí, he dicho aceite. Así que sí, pringa. Cuidado con qué tocáis con esas manitas dulces, sí, pero también pringosas después de dar el masaje al bebé.

  2. La esencia de lavanda es algo carilla para el botecito en el que viene. No obstante, como sólo se usan unas gotitas por litro de aceite, cunde mucho. Por cierto, ambas cosas se pueden encontrar fácilmente en herbolarios y son aptas para pieles sensibles. De todas formas, nunca está de más preguntar al pediatra o al del herbolario.

PROS:

  1. Es contacto físico y, al igual, que dar el pecho, abrazarle o besarle, ayuda a fortalecer el vínculo madre-hijo. Aunque, como digo, se lo puede dar el padre o cualquier otra persona.

  2. Es indicado para bebés, pero también se le puede dar a niños pequeños.
  3. Puede ayudar a eliminar los cólicos o el estreñimiento.

  4. Relaja al bebé y, si se le da antes de dormir, le ayuda a conciliar el sueño.

  5. Bien dado, se lleva su tiempo. Una vez que lo tengáis dominado podéis acortarlo en función del tiempo del que dispongáis, haciendo más ahínco en lo que queráis reforzar (cólicos, sueño…).

  6. Aunque lo más aconsejable es darlo con aceite, porque así el movimiento de las manos es mejor, también se puede dar con la cremita hidratante que utilicéis normalmente con vuestro bebé.

  7. Cuanto más le deis este masaje a vuestro bebé, más predispuesto estará a recibirlo. Quizás el primer día penséis que no ha servido de mucho. Bueno, hacerlo durante una semana y luego me contáis ;-).

Y, llegados a este punto, os preguntaréis ¿y cómo se da este masaje tan fantástico? Pues si me pongo a explicároslo os podéis morir del aburrimiento o no entender nada. Es un poco lioso de explicar, pero muy sencillo de dar. Así que, como dicen una imagen vale más que mil palabras, os dejo a continuación un vídeo con el masaje Shantala que más se parece al que me enseñaron a mí.

Si os animáis a probarlo, no dudéis en contarme cómo os ha ido. Estaré encantada de compartir experiencias :-).

02Abr/13

… de que su abuela sea mi madre

Me enorgullece decir que mis hijos tienen a su disposición a sus cuatro abuelos. Cuatro personas fantásticas y maravillosas que se desviven por ellos. Les quieren, les adoran y siempre están ahí para echarme una mano (si la necesito) cuando el Tripadre anda en su eterno horario laboral o de viaje. Desde aquí, gracias.

Por otro lado, el Tripadre y yo siempre les decimos a los Trastos que siempre hay que hacer caso a papá y a mamá. El problema viene cuando yo digo una cosa y mi madre, su abuela, les dice otra. Dejaré hoy a un lado el tema de la autoridad pa/materna para centrarme en otra cosa, porque, en mi caso, se merece una entrada a parte.

Un ejemplo. La abuela les dice que, después del baño, pueden ver una película. Ellos corren raudos y veloces a decirme qué peli quieren ver. Yo miro el reloj y les digo que peli no hay, hay dibujos normales en la tele, si quieren. ¿Por qué? Pues porque la película dura hora y media larga y, después del baño, sólo les queda una hora antes de irse a la cama. Sé que no van a consentir en dejar la película a medias, pero si les dejo verla entera, al día siguiente cuesta horrores que se levanten de la cama para ir al cole. Pues bien, ya está servido el drama.

Les explico que no les da tiempo a verla entera. Ellos me regatean, están dispuestos a renunciar al baño para que les dé tiempo. Por un momento dudo, total, porque no se bañen un día no pasa nada, ¿no? Entonces caigo en que el Mediano trae el pelo lleno de arena, fruto del recreo, y en que el Mayor ha tenido fútbol. Hoy toca baño sí o sí. Les digo que no, que mejor mañana, se bañan antes y les pongo la película que quieran (que no se confunda nadie, tardan media hora en ponerse de acuerdo porque, por lo general, la peli que quiere ver uno, no quiere verla el otro… y así un buen rato). El Mayor me ha visto dudar, sabe que puede insistir un poco más. Lo hace. Vuelvo a acordarme de la arena. Digo que no. Ven que están perdiendo la batalla contra mí y recurren al último cartucho que les queda.

– Mamá- me dice el Mayor muy serio-, tú siempre nos dices que hay que hacer caso a mamá y a papá, ¿verdad?

– Sí. Es que siempre hay que hacer caso a mamá y a papá.

– Pues la abuela ha dicho que podíamos ver una peli.

– ¿Y?

– Pues que la abuela es tu madre y tú deberías hacerle caso. Así que tienes que ponernos una peli.

Mi cara es un poema. ¿En qué momento de su vida, ese pequeñajo, ese pipiolo, ese mico de cinco años ha sido capaz de hacer tal asociación de ideas y ponerme en jaque a mí? Me doy cuenta de que está a punto de ganarme con mis propios argumentos. Esto puede asentar unas bases terribles para el futuro. Ya me veo llamando a mi madre para preguntarle si hoy pueden ir en manga corta porque ellos quieren, pero yo no veo que el día esté para ir así de frescos. ¿Va a mandar la abuela más que yo, que soy su madre? Por ahí no paso. Ya le veo la cara de satisfacción. Dudo un segundo. Me recompongo y muy digna le digo:

– Ya, pero tu madre soy yo, no la abuela. Y ésta es la casa de mamá y de papá, no de la abuela, así que aquí se hace lo que digan papá y mamá, nadie más.

– Joooo…

Y se va, resignado al salón. Yo sonrío, he ganado. He conseguido salir de una situación delicada. Me siento orgullosa de mí misma. Creo que he dado con el quid de la cuestión. Si pudiera, me daba un beso. Qué diantres, palmaditas en la espalda, que ahí sí llego. Yo también me voy al salón, dispuesta a negociar qué dibujos ponemos después del baño.

– ¿No les vas a poner una peli? – pregunta mi madre.

– No les da tiempo después del baño.

– Pues no les bañes hoy. No les va a pasar nada.

– Tienen arena en el pelo. Tengo que bañarles.

– Pues les peinas y ya está.

– Pero es que el Mayor ha tenido fútbol y habrá sudado.

– Ya ves tú lo que puede sudar un niño de esta edad.

– Bueno, voy a bañarles, que me quedo yo más a gusto sabiendo que se acuestan limpitos.

– Tú verás, que eres su madre. Pero mira que dejarles sin peli…

– Voy a prepararles el baño.

Está claro que no todas las batallas se ganan a la primera.

CONTRAS:

  1. Es cierto, las abuelas y los abuelos son los padres y madres de mamá y papá. Pero eso no significa que manden más que nosotros, que al fin y al cabo somos los padres de nuestros hijos.

  2. Se dice que los padres crían y los abuelos malcrían. ¿Y dónde está el límite de malcríar?

  3. Cuando era pequeña, siempre oí a mi padre decir aquello de “yo soy tu padre y harás lo que yo diga”. Pues bien, ahora la madre soy yo. Exijo respeto sobre mis decisiones.

PROS:

  1. Prefiero tener esa discusión con mi madre cien veces a que no estén presentes en la vida de mis hijos. Son sus abuelos y les quieren con locura.

  2. Siempre estaré eternamente agradecida con la ayuda que me prestan los abuelos. Hay veces en que no puedo hacerlo sola… a menos hasta que se invente la máquina de la ubicuidad. ¿Alguien sabe dónde la venden?

Cuando mis hijos eran bebés, no se enteraban de la mitad de las cosas. Ahora han crecido y, aunque a mis ojos, sigan siendo pequeños, ya son personitas con capacidad de asimilación y comprensión. Tienen sus propios gustos y saben qué quieren y qué no. Ante dos respuestas contradictorias, escogerán siempre la que más les convenga a ellos. Los adultos también lo hacemos. Es algo normal. Por eso es importante mantener una cierta coherencia en lo que se les dice. Da lo mismo que se trate de papá y mamá o de papá y la abuela, si se dan discursos contradictorios, los niños no sabrán a qué atenerse. Para mí, la palabra clave es coherencia. Y dejarles bien claro a quién deben hacer caso siempre.

¿Os ha pasado algo similar alguna vez? ¿Cómo lo habéis resuelto?

20Mar/13

… de mear de pie

Yo creo que todas las mujeres, en algún momento de nuestra vida, hemos deseado ser un hombre. ¿Por qué? Pues porque ellos no tienen que depilarse por obligación y, además, pueden mear de pie. Lo de la depilación lo dejaré para otro día. Hoy me centraré en lo segundo. Por favor, que levante la mano la señorita o señora que, una noche de sábado cualquiera, harta ya de bailar porque si se queda quieta se mea encima, no haya ido rápida y veloz hacia los baños, ha aguantado una cola que creía que no aguantaría, para entrar, por fin, en el aseo, se ha bajado los pantalones mientras se subía la pernera del pantalón para no mancharse con el charquito del suelo, se ha puesto de cuclillas porque la taza estaba aún peor que el suelo y, así, en esa postura tan poco femenina, no ha deseado ser un hombre para tener que bajarse sólo la cremallera para poder vaciar la vejiga. Como decía, manos levantadas, por favor… ¿Nadie? Ya me imaginaba yo. Pues eso, todas, sin excepción, en algún momento hemos deseado ser un hombre. Afortunadamente, luego se nos pasa.

Este gran chollo que es mear de pie pierde toda su aura mágica cuando empiezas a convivir con un hombre. Un hombre que a veces se acuerda y otras veces no de subir la tapa del inodoro. Y cuando vas tú a hacer lo propio, te encuentras limpiando la tapa con un trocito de papel higiénico mientras bailas el “me meo, me meo”. Por lo general, con un hombre adulto, la cosa queda ahí.

Ayer me dispuse a limpiar los baños. Por si hay alguien nuevo por aquí, recuerdo que tengo tres hijos como tres soles. Al Pequeño ahora no le cuento porque es un bebé con su pañal y todo. Pero los otros dos Trastos… madre mía la que me lían. Ahora que al padre ya le tenía concienciado de la importancia de la tapita y de limpiar lo que se ensucia. Ahora tengo que lidiar con esos pequeños proyectos de hombres de bien. Y todo hombre de bien que se precie no debería jugar con su susodicho mientras mea. Porque, ay, amigas, ya no es que se salgan, cosa que entiendo porque están aprendiendo y, en el caso del Mediano, hasta hace poco no llegaba de pie a la taza y no quería hacerlo sentado porque su hermano mayor no se sentaba. Pues como decía, no es que se salgan, es que el chorrito en cuestión llega a la pared o a la ducha de al lado si hace falta. Y cuando están mosqueados el uno con el otro, si van juntos a hacer pis al baño, intentan mearse el uno al otro. Las que tenéis niñas, niñas que mean sentadas y no se salen, no sabéis lo que tenéis en casa.

CONTRAS:

  1. Hay que aprender a apuntar. No vienen con ello de serie. Y, al parecer, es algo que cuesta lograr.

  2. Cuando me quejo de cómo está el baño, la tiquismiquis soy yo. Y no ellos unos guarros.

  3. Hacen piña. Sí, como lo leéis. Aquí el adulto hace piña con los Trastos y se tapan los unos a los otros. Estoy en inferioridad numérica. Y me consta que están empezando a darse cuenta de ello. Me da miedito el día que hagan piña con asuntos más serios.

PRO:

  1. A pesar de todo lo que yo les diga, ellos siguen siendo hombres. Siguen siendo capaces de mear de pie. Cuando entro en un baño público lleno de charquitos, sigo queriendo ser un hombre… hasta que salgo por la puerta. Luego recupero mi cordura.

  2. Pueden escribir con el chorrito. Ahora bien, creo que un “Te quiero” escrito en la arena perdería todo su romanticismo al saber cómo se ha escrito.

  3. Cuando los niños empiezan a ir por la vida sin pañal, la frase “mamá, pis” está a la orden del día. La pueden soltar en casa o fuera de ella. No importa el sitio ni el momento, ellos tiene que hacer pis. Ya. Más de una vez me he tenido que parar frente a un arbustillo porque no llegábamos a casa. En estos momentos, me alegra que sean niños porque me consta que con las niñas es más complicado. Digamos que este pro es a los niños lo que el baño asqueroso de antes a los adultos.

  4. Quiero pensar que algún día conseguiré que apunten bien. Espero que mis futuras nueras sepan agradecérmelo. Y, si no, espero que mis futuros nietos tengan aún menos puntería que mis hijos.

Conclusión: como hacerles sentarse para mear no es algo habitual en esta sociedad y, para evitar que se rían de ellos en un futuro, voy a dejarles que sigan vaciando vejiga de pie. Ahora bien, en cuanto sean un poquito más grandes, les hago limpiar el baño. A ver si así les duele y ponen más empeño en apuntar y menos en salirse. Si no aprenden a apuntar, al menos, que aprendan a limpiar. Veremos a ver si lo consigo… Deseadme suerte, especialmente aquellas que tengan niñas. Nunca se sabe, quizás algún día nos conviertan en parientes ;-).

13Mar/13

… de privarse

Mi hijo Mediano (pobrecito, que parece que todo le pasa a él) se priva. Cada vez le pasa menos. Cada vez es más mayor. Sin embargo, ayer fue la última vez. A esto se le conoce como espasmos del llanto. Básicamente, consiste en que, cuando va a llorar, en vez de arrancarse, se queda sin respiración. Hay niños que les pasa de rabia, por ejemplo, cuando les quitas un juguete o les dices que no a algo. En el caso de mi hijo, los espasmos siempre los desencadena un golpe.

No soy médica. Soy una madre con un hijo que, a veces, se priva. Y en nuestro caso, la secuencia de hechos va así: primero, mi hijo se da un golpe que no tiene por qué ser fuerte (le he visto darse grandes golpetazos y seguir como si nada y, sin embargo, a veces, con un topecito de nada se priva). Me busca y viene hacia mí. Llega y me echa los brazos, quiere que le coja. A todo esto, no ha sido capaz de empezar a llorar y no puede respirar, ni para adelante ni para atrás, el aire no circula. Imaginaos la cara de un niño pequeño cuando llora, ¿ya? Pues ahora congeladla. Ésa es la cara que tiene. Yo le digo que respire. Él no respira. Empieza a ponerse morado. Le sigo espetando a que respire. Él sigue sin respirar. Se cae al suelo. Las piernas ya no le aguantan. Busco su mirada. Le sigo diciendo que respire. No es capaz de respirar. Si la situación se prolonga, los ojos se le ponen en blanco. Sigue morado berenjena. Los labios pierden color. Mandíbula apretada al máximo. Le grito que respire. No respira. Pienso cuánto tiempo llevará así. Para mí, una eternidad. Me planteo llamar a una ambulancia. Sigo gritándole que respire. Sigue sin respirar. Ya no me oye. Pienso que se me va, que le pierdo ahí mismo, entre mis brazos. El corazón me va a mil por hora. Salgo corriendo hacia un grifo mientras voy pensando dónde coño he dejado el teléfono. Al final respira. Llora. Respiro yo también. Nos abrazamos. Me tiembla todo el cuerpo. Al rato, mi hijo está jugando como si nada. A mí los nervios me duran el resto del día. Todo esto se resume en pánico. Aunque me cuesta escribirlo, tengo que confesar que alguna vez yo he visto a mi hijo prácticamente muerto en mis brazos. ¿Exagerada? Tal vez. Pero ésa fue la sensación que me dio. Quien haya pasado por esto lo sabe.

Según los médicos, es hago normal en los niños pequeños. Tiene que ver con el grado de maduración de su sistema neurológico. Por tanto, cuanto mayores sean, menos riesgo de padecer estos episodios. Te dicen que el niño siempre acaba respirando, que los padres no tenemos por qué ponernos nerviosos. Lo que no te dicen es cómo se consigue eso. Además, a mi hijo le hicieron pruebas para descartar que se tratase de alguna forma de epilepsia. Y se descartó.

¿Qué hay que hacer ante un episodio así? Respuesta del primer pediatra: dejarle. Aunque esté morado, con los ojos en blanco y tirado en el suelo. Ya se le pasará. Respuesta del segundo pediatra: ignorarle, sólo busca llamar la atención. Respuesta del neurólogo: controlar la lengua, no se le vaya para atrás y se ahogue él solo. Y dejarle. Tener paciencia porque acabará respirando. Si has llegado leyendo hasta aquí, déjame que te haga una pregunta: ¿crees que puedes mantener la sangre fría suficiente como para llevar a cabo todos estos consejos que se pueden resumir en ignorar a tu hijo mientras ves cómo se ahoga? Antes de contestar, vuelve a leer el segundo párrafo de esta entrada.

¿Ya has contestado? Bueno, pues ahora mi respuesta: no. Yo no puedo permanecer impasible mientras mi hijo se cae redondo al suelo y pierde la consciencia. Marido y yo nos dimos cuenta de que, cuando se caída o se daba un golpe, era mejor no ir raudos y veloces en su busca porque eso le hacía más propenso a los espasmos. Le dejábamos que se levantara solo y viniera hacia mí (siempre me busca a mí, da igual las personas que se encuentre en su camino, él viene directo a buscarme a mí). Una vez que llegaba, me tiraba los brazos, pero yo sabía que si le cogía podía privarse. Así que nada de cogerle. La solución pasaba por decirle con la voz más tranquila que tuviera que respirara y, una vez que rompía el llanto, cogerle, abrazarle, mimarle hasta que él se encontrara mejor y siguiera con su juego. Esto pareció funcionar. Así que pusimos a toda la familia sobre aviso: no cogerle hasta que llore. Es duro ver que se cae o se golpea y no acudir en su ayuda. Es muy duro que te eche los brazos y no cogerle. Pero es más duro lo que puede venir después.

Pero, ay, a veces nada de esto funciona. Mi hijo Mediano no aguanta el tirón y se cae redondo al suelo. Veo en sus ojos el miedo, está asustado porque quiere respirar y no sale. Hay que intentar tranquilizarle. Nada de gritos. Nada de movimientos rápidos. Todo hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa. A veces funciona. Otras veces no. Es entonces cuando me acuerdo de lo que me dijo una enfermera cuando fui a ponerle una vacuna: un estímulo fuerte. O dicho de otra manera, hacerle daño. Un buen pellizco en el cuello suele funcionar, nos dijo. Yo tampoco soy capaz de hacerle daño a propósito a mi hijo. Lo he intentado, por ayudarle. Pero no he podido. Le hago el boca a boca. Nada. Paso a quemar el último cartucho. Agua. Agua fría. Cuanto más fría mejor. En toda la cabeza evitando que le entre por la nariz. Respira. Respira él. Respiro yo. Si esto no funciona, sólo queda llamar a una ambulancia y cruzar los dedos para que llegue a tiempo.

Antes de seguir, quiero advertir que, en este caso, el boca a boca es una muy mala, malísima opción. Puede que el niño quiera respirar y, con el aire que le metemos dentro, no le estamos dejando. Si alguna vez os pasa, estaréis tentadas a hacerlo. No lo hagáis.

Como iba diciendo, el niño se da un golpe, va a llorar pero no puede. Dejamos que se levante solo, viene hacia nosotros, le decimos que le cogeremos cuando llore. No sólo no llora, sino que, además, se derrumba. Por fin, llegamos a la solución. De la mano de la última pediatra, la que salvó la lactancia del Pequeño. A parte de mantener la calma, pues de lo contrario el niño se pone más nervioso y ya está suficientemente asustado, hay que mirarle a los ojos. Los ojos son los que nos van a decir en qué punto está el niño. Si nos mira, todo va “bien”. Tranquilidad porque él sigue oyéndolo todo. Se le tumba en una superficie plana (un sofá, una cama, el suelo) mirando hacia arriba. Se le coge el brazo y la pierna más separada de nosotros. Le giramos hacia nosotros de manera que también gire la cabeza. De esta manera evitamos que la lengua se vaya hacia atrás. Otra cosa a evitar siempre: meterle algo en la boca para abrírsela. Ni cucharillas ni dedos. La presión de la mandíbula es increíblemente fuerte. Intentamos que flexione dicho brazo y dicha pierna. Será difícil porque tienden a ponerse totalmente rígidos. Pero al menos hay que intentarlo. Mantener al niño así hasta que respire. Con un ojo, detectar dónde está el teléfono. Con el otro, mirarle a los ojos. Si pasa así mucho tiempo, hay que llamar a una ambulancia. Si se le ponen los ojos en blanco, también. Llegados a este punto, antes de llamar, yo lo que hago es correr a buscar agua. Se la echo por encima para que reaccione. Eso sí, evitando la nariz, no vaya a ser que respire y le entre agua.

Afortunadamente, yo nunca he tenido que llamar a una ambulancia. Pero he estado a punto varias veces. Es un mal trago para todos los presentes. Si tú eres la madre, mantén la calma. Olvídate de quienes te rodean. Siempre habrá alguien con algún consejo magistral. Hay que esforzarse en seguir las pautas marcadas por el médico. Manda a la mierda a quien sea, sea quien sea. Si no eres la madre, mírala cómo actúa. Si sabe lo que hace, déjala hacer. Lo que menos queremos en esa situación es a alguien que nos estorbe.

CONTRAS:

  1. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo todos estos pasos mientras ves a tu hijo sufrir.

  2. Incluso en estas situaciones, suele haber alguien que sabe más que tú. Y te lo deja bien claro.

  3. El niño puede hacerse pis. Si se le va la consciencia, no controla su cuerpo.

  4. Puede pasar en cualquier sitio. Si te pasa fuera de tu casa y tienes que pedir ayuda, pídela. Es mejor un “ya no hace falta, gracias” que el pensamiento de que podrías haber hecho más.

  5. Ante todo, la frustración del momento. No puedes respirar por tu hijo.

  6. La cara que pone mientras dura el espasmo no se olvida nunca.

  7. Ante cualquier golpe, surge el temor de si volverá a pasar. Aunque haga meses del último.

PROS:

Lo siento, por mucho que me esfuerzo, no encuentro ni un pro.

07Mar/13

… de empezar el colegio

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Lo sé, lo sé, lo sé… llego tarde… Hace ya siete días (¿siete ya? ¿En serio?) que Madresfera propuso como tema de la semana la elección de colegio. No tengo excusa… bueno, sí la tengo, pero es larga de contar y no viene al caso. En fin, que volviendo al tema del colegio, quería hacer mi humilde aportación. Como os podréis imaginar, las dudas y las indagaciones vienen con el primer hijo. Al segundo sólo hay que apuntarle al cole del mayor y ya. Más allá de hablar del baremos de puntos, de si es mejor un colegio público, concertado o incluso privado; más allá de eso, me gustaría contar lo que me pasó a mí cuando el Mayor tenía que empezar el colegio y por qué casi no lo empieza.

Vaya por delante que un niño de 3 años no está obligado a ir al colegio. Se le escolariza, pero no hay ley que te obligue a ello hasta que el niño cumpla los 6 años, cuando debe empezar Primaria. Dicho esto, comienzo mi historia. El Mayor iba a la guardería y, desde ella, nos informaron de todo lo que había que hacer para conseguir plaza en un colegio público o concertado en la Comunidad de Madrid. Marido y yo hicimos nuestras indagaciones, nos informamos y elegimos colegio. Presentamos la solicitud de plaza y esperamos. Esperamos a que salieran las listas provisionales. En teoría, hay que llamar al colegio elegido en primera opción para ver si han cogido a tu hijo. El Mayor no había entrado. Vale, entonces ¿qué hacemos? ¿Llamamos al de segunda opción? Pues de acuerdo, allí que llamamos. Nada. Tampoco le habían cogido allí. Probamos con el de tercera opción… y con el de cuarta opción. Y nada de nada. Ya no habíamos puesto más colegios. ¿Dónde llamamos? ¿A la Comunidad de Madrid? No, allí no tienen esa información. Tras muchas llamadas pasándose la pelota unos a otros, al final di con el teléfono de la Comisión de escolarización. ¿Me pueden decir qué colegio le han dado a mi hijo? Pues tampoco. Tenía que ir en persona. Y allí que me fui, con el carrito y el Mediano (quien apenas tenía 6 meses).

Llego a la Comisión y después de aguantar borderías varias por parte de la funcionaria de turno me quedan claro un par de cosas: uno, que mi hijo no tiene plaza en ningún colegio; dos, que me dan plaza provisional en uno de los que aún tienen plazas libres. Me dan la documentación a rellenar y me dice la funcionaria de la Comisión de escolarización que tengo hasta el día D del mes M para presentarla en el colegio que acaba de elegir. “¿Día D incluido?” pregunto, “sí, día D incluido” me responde ella muy digna. Diez minutos duró todo aquello. Tres cuartos de hora tardé en llegar. Otros tres cuartos de hora en regresar. Ya en casa, relleno la documentación y la dejo preparada. Por varias cuestiones, resultó que no pudimos entregar la documentación hasta el último día, el día D. Que nadie se piense que el plazo era de un par de semanas, el plazo era de unos 4 días. Total, que el día D a primerísima hora de la mañana, se presenta Marido en el sitio indicado para presentar los papeles. Y había llegado tarde. Resulta que el último día era el D-1. A pesar de que dijo que era lo que la funcionaria de la Comisión nos había dicho, a pesar de que entendían perfectamente que había sido cuestión de unas horas, a pesar de llamar a la Comunidad de Madrid… a pesar de todo, mi hijo se quedó sin plaza. Todo el verano sin saber a qué colegio iría, si es que iba a poder ir a alguno ese año (recordad que os dije que hasta los 6 años los niños no tienen obligación de escolarizarse). La gente me preguntaba que a qué colegio iba a ir el Mayor y yo sólo podía decirles que no tenía ni idea. Al final, todo salió bien y mi hijo fue al colegio. Colegio donde aún sigue y donde va el Mediano. Mis hijos van felices a clase y nosotros estamos muy contentos por ello. ¿Pros y contras del colegio? Empezamos.

CONTRAS:

  1. Son muchas horas fuera de casa. En mi caso, mi hijo iba a una guardería 4 horas por la mañana, el resto del día lo pasaba en casa. Supuso un gran cambio. Aunque los primeros días yo no daba pie con bola…

  2. Las horas fuera implican dudas y miedos. No falta quien te empuje a ese abismo. Algunas personas, en cuanto oyen que tu hijo va a empezar el colegio, no tardan ni dos segundos en contarte cómo a la hija de su vecina le dejaban salir al patio sin abrigo o que no le sonaban los mocos por mucho que la niña se lo pidiese a la profesora. Tranquilidad, estas historias para no dormir están más cerca de ser leyendas urbanas que de ser ciertas.

  3. Tu hijo también tiene miedos. Si no el primer día (porque no se hace a la idea de qué le espera), es posible que sí a la semana siguiente. Hay que tragarse los miedos propios y darle seguridad a tu hijo. Aunque por dentro tengas tú más angustia que él.

  4. Nace nuestro bebé y nos concienciamos de que cada niño es un mundo. Algunos andan antes que otros, otros dicen “mamá” antes que unos, tu primer hijo comió puré hasta los dos años y el segundo engulle macarrones desde el año y medio… Pero, ay, empieza el colegio y aquí ya todos deben seguir el mismo ritmo: los niños (independientemente de si han nacido en enero o en diciembre) no pueden llevar pañal, deben comer sólido (se acabó el puré) y deben comer e ir al baño solos. Para lograr todo esto, a menudo el verano antes del colegio se convierte en una carrera de obstáculos contra reloj en la que tanto los padres como el niño en cuestión acaban estresados. Aquello de que cada niño tiene su propio ritmo de hacer las cosas se quedó en el olvido.

  5. Los mocos. Y las toses. Y los constipados. Es empezar el colegio y los niños empiezan a intercambiarse virus como si fueran cromos. Da igual que haya ido antes a una guardería. Los mocos se quedan hasta junio.

  6. El papeleo. De la noche a la mañana empiezas a sumar puntos. Puntos por domicilio, por hermanos en el centro, por tener alergia alimenticia, por ser familia numerosa… ¿Si el niño ya sabe escribir su nombre, le dan más puntos? Porque si es así, mientras le enseño a ir al baño, puedo aprovechar para hacer el pino puente y enseñarle a escribirlo con el dedo… Y, por favor, no lo dejéis para última hora. Atentos a las fechas y a la documentación a presentar.

PROS:

  1. Tu hijo adquiere más independencia. Él se siente mayor y está contento. Enorgullécete por ello.

  2. Las profesoras (suelen ser mujeres) saben tratar a los niños tan pequeños. Son conscientes del gran paso que supone para hijos y padres e intentan que el cambio sea lo más natural posible. Van a ayudaros en todo.

  3. Tu hijo va a empezar a cultivar sus primeras amistades. No serán como las nuestras, pero no hay que desmerecerlas por ello.

  4. A menos que tengas que cambiar de colegio, lo normal es que el trámite de elegir cole lo hagas sólo una vez. Da igual los hijos que tengas, como ya he dicho antes, el centro se elige con el primero, los que vengan detrás irán a su mismo colegio.

  5. Las profesoras les van a sonar los mocos. Olvídate de leyendas urbanas que sólo te pondrán más nerviosa.

  6. Es un cambio para toda la familia. Sé consciente de ello y vívelo como se merece. No se trata de verlo como algo negativo porque no lo es. Busca el lado bueno. Si trabajas fuera de casa, ya no tendrás que dejar a tu hijo al cuidado de otra persona, aunque sean los abuelos. Si trabajas en casa, puedes centrarte en otras cosas sin ser interrumpida. Aprovecha el tiempo.

Los Trastos mayores ya van a al colegio. El Mediano ha empezado este año. La experiencia ha sido completamente distinta a la que tuvo el Mayor. En parte por él mismo y en parte porque algunos miedos sobre la escolarización los desterró el Mayor. Veremos a ver qué nos depara el Pequeño cuando le toque ir a él…

 

01Mar/13

… de romper la tele

Pues sí, aquí estamos otra vez con cosas rotas. Supongo que algunas personas no tendrán televisión en su casa. Si tienen niños, las admiro por ello, de verdad. Nosotros sí tenemos… aunque su uso normal se le esté dando de un tiempo a esta parte. Me explico. Seguro que habéis oído aquello de que no hay que dejar que los niños vean mucho la tele, que es mejor que salgan a jugar al parque o que usen juguetes que les estimule la imaginación. Totalmente de acuerdo. Dejar a un niño horas y horas o sin la compañía de un adulto viendo la caja tonta no entra en mi cabeza.

Cuando el Mayor empezó el colegio, no había quien le sentara más de 5 minutos. Ni a ver la tele, ni a jugar, ni a pintar… sólo se paraba al acostarse. Menos mal. No fue consecuencia del colegio, mi hijo ya venía así de serie. Para que os hagáis una idea, mi sobrino tiene la misma edad que el Mayor y en una tarde en casa ha jugado más rato con algunos juguetes de mi hijo que el Mayor en un año entero. Con este panorama, a Marido y a mí no nos extrañó cuando empezó el cole y su profesora nos dijo que le sentáramos un ratito a ver la tele, a ver si se acostumbraba a parar un poco. El día que aguantó media hora viendo Dora di palmas con las orejas. Mediano iba por el mismo camino. Pero tener un hermano mayor al que imitar en todo le vino bien para coger la costumbre de descansar un poco viendo la tele. Y digo un poco, que nadie piense que mis Trastos pueden tirarse más de una hora delante de la caja tonta porque se equivocaría. Esto es estupendo porque así no tengo que hacer de mamá-ogro.

Por otra parte, yo siempre me he sentado con ellos a ver la tele. Y siempre significa siempre. Me he visto infinidad de veces el mismo capítulo de Dora, Mickey, Many o Little Einsteins. Llega un momento en que iba por la casa cantando las canciones. Toqué fondo, lo reconozco. El año pasado empezamos con las películas de dibujos. Tampoco me enorgullece reconocer que me sé los diálogos de Peter Pan (1 y 2), la Sirenita, Rayo McQueen o Cenicienta entre otros. Después de haber visto la peli de cabo a rabo, una se permite dejar a los Trastos mayores viendo a Peter Pan mientras va a cambiarle el pañal al bebé. Y en plena operación toallita por aquí cremita por allá, pedorreta en la tripita inlcuida, se oye un “pum”. Así, cortito, sutil… dudas de tus oídos. Silencio en el salón. Indicio contundente de algo ha pasado. De vuelta al salón, Trastos sentados en el sofá con cara de no haber roto un plato en la vida. Sabes a ciencia cierta que algo han hecho pero los dos están callados viendo la tele como si les fuera la vida en ello. Te sientas y miras la película. Unos 5 minutos después ves algo raro en la pantalla. Hay un puntito blanco justo en medio de la tele. Te acercas. Tocas con el dedo y no se va. Tocas con la uña y parece un arañazo… pero ¿un arañazo de un puntito? ¿Eso existe? Más bien parece… ¡un golpe! ¡Es un golpe! ¿Cómo ha pasado? Miras a tus Trastos, impasibles. Miras sus manos y entonces caes en la cuenta… les falta un coche. Segundos después ves el coche tirado en el suelo delante de la tele. Tu mente entrenada en estas cosas ata cabos rápidamente. Preguntas que quién ha sido. Casi al unísono, tus adorables hijos responden: “¡Yo no he sido! ¡¡Ha sido éste!!”. Dedo acusador incluido, por supuesto. Uno dice que el otro es un mentiroso. El otro, indignado, responde que el mentiroso es el uno. Bucle infinito.

CONTRAS:

  1. Cuando tienes un hijo y éste hace una trastada, aunque tú no estés presente, sabes que, a la fuerza, ha sido él. Por mucho que se empeñe en negarlo o le eche la culpa al gato. Cuando son dos, el “yo no he sido” es una putada.

  2. A veces, con suerte, puedes saber a ciencia cierta quién ha sido el autor de la trastada. Si ves en la pared perfectamente dibujado un monigote, con sus manos y sus zapatos bien delineados y tu hijo de 3 años apenas hace círculos mientras que el de 5 años es un Picasso en potencia; entonces, no hay duda. Pero si se trata de unas pinturas tiradas por el suelo, pues la cosa cambia. Bastante. Ya puedes ponerte a preguntar quién ha sido y entrar en el bucle infinito.

  3. Si no sabes quién ha sido, ¿qué haces? ¿Les castigas a los dos, aun sabiendo que pagará el justo por el pecador? ¿No castigas a ninguno, por lo que el autor quedará impune y, además, ambos se darán cuenta de que es una manera perfecta para evitar las consecuencias y de que se puede mentir? Yo opto por una u otra opción según sea la gravedad del asunto. Si son unas pinturas, les regaño a los dos y ya. Si le han dado un balonazo a la lámpara y la han dejado descolgada del techo, entonces hay regañina y castigo para los dos… hasta que alguno asuma su autoría. Hay que armarse de paciencia.

PROS:

  1. Si la vida te sonríe, sabrás quién ha cometido la trastada. Él posiblemente lo niegue. En este caso, ya puedes empezar a memorizar su cara de mentir. Te vendrá bien para cuando tenga 15 años y llegue a casa a las 6 de la mañana malo malísimo y sin saber el porqué.

  2. Puedes aprovechar la ocasión para hablar con tu hijo, tranquilamente pues ya sabes que ha sido él, explicarle por qué está mal y las consecuencias de esa acción. También le explicas lo mal que está mentir a papá y a mamá y cruzas los dedos para él mismo se dé cuenta de que ha obrado mal y te reconozca que ha sido él. En nuestro caso, suele funcionar con el Mayor. Al Mediano, le daremos de margen un año más.

  3. Alguien habrá que piense que lo mejor de que se rompa la tele es poder otra nueva. Sí, es un buen pro. Lástima que la economía familiar no esté a la altura de las trastadas de mis hijos. Nos quedamos con tele rota, o más bien, perjudicada hasta nuevo aviso.

El ordenador lo pude quitar de en medio, pero ¿qué hago con la tele? ¿Me la llevo también del salón? Dame paciencia…

26Feb/13

… del chupete

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Basándome sólo y exclusivamente en mi experiencia personal, puedo concluir que 1 de cada 3 niños prefieren el chupete. Por tanto, 2 de cada 3 pasan del artefacto en cuestión sin que los padres tengan que hacer absolutamente nada.

Con el Mayor fue cuestión de supervivencia, de la que suscribe, se entiende. Aquella primera noche en el hospital, primeriza, con aquella personita que dependía de mí, con la episotomía y sus 15 puntos; aquella noche, con el padre de la criatura durmiendo a pierna suelta al lado, que no se despertaba ni llamándole ni tirándole la almohada (y conste que le tiré las dos que tenía en mi cama); aquella noche, como decía, mi bebé no paraba de llorar. Con todo esto, por favor, que no se le olvide a nadie, tuve que levantarme y llamar a una enfermera. Lo que me dolió en el alma y en mis puntos llegar al suelo y al intercomunicador (que, por cierto, estaba en frente de la cama y no al lado, como hubiera sido de esperar), eso no lo sabe nadie. Cuando llegó la enfermera, lo primero que hizo fue mirar al padre durmiendo tan tranquilo y luego a mí. Unos segundos de silencio. “No para de llorar y no sé qué más hacer, acabo de darle el pecho”, fue lo que conseguí decir en un intento de apartar sus ojos del Marido. Ella, muy hábil, le sacó los gases y el angelito pareció descansar… hasta que la enfermera salió de la habitación. Algunos gases, chupadas de teta, cambio de pañal e incluso un mini mini biberón (por si tenía hambre porque a mí aún no me había subido la leche); me decidí. Por mi cuenta y riesgo saqué el chupete que no tenía pensado usar, al menos tan pronto, y se lo puse. A partir de ahí, mano de santo… Lo tuvo hasta los tres años y medio que se lo dio a los Reyes Magos, quienes le dejaron un regalo muy especial en compensación.

Con el Mediano fue totalmente distinto. Recién nacido lloraba mucho, muchísimo, cada 15 minutos más o menos. La mala suerte quiso que mi hijo tuviera piel atópica y que el pediatra diera palos de ciego y no detectara el problema (que si serían cólicos, que si sería el detergente, que si sería la crema hidratante, que si sería el jabón, que si sería la leche materna, que si, que si…). Al final, decidimos llevarle al dermatólogo motu proprio y aquella noche mi bebé se despertó sólo una vez para comer. El caso es que tanto lloraba que hice de todo para que cogiera el chupete, a ver si aquello le tranquilizaba un poco. Bueno, pues por mucho que yo me empeñase, el nene no querer tete. Y así sigue con sus 3 años y poco.

El Pequeño no ha llorado en exceso. Pero se solía quedar dormido a la teta. Esto a mí me encantaba, pero habiendo ya dos Trastos sueltos por la casa, no podía dormirle siempre así. Así que, de nuevo, recurrí al chupete. Con él no insistí tanto, después de la experiencia del Mediano. Pero tampoco hubo tu tía. Acaba de cumplir 10 meses y del chupete sólo queda el recuerdo de alguna foto, tampoco le he ha dado por chuparse el dedo ni nada parecido, igual que al Mediano.

Repito, basándome sólo y exclusivamente en mi experiencia personal y tomando como muestra a mis tres hijos, estos son, para mí, los contras y pros del chupete. Comenzamos.

CONTRAS:

  1. Mantenerlo limpio y esterilizado, al menos los primeros meses, es un rollo patatero. El chupete siempre acaba en el suelo o lleno de pelillos de la ropa (sobre todo si es invierno, por los jerséis). Las cajitas para guardarlos tampoco los protegen de las pelusillas. Me consta que ahora hay limpiachupetes que se pueden llevar en el bolso. Yo no los he probado.

  2. La mayoría de los broches para chupetes no se agarran bien o no tienen fuerza para aguantar un tirón sin caerse. Lo que nos lleva de nuevo al contra número 1.

  3. Si el bebé está acostumbrado a dormirse con el chupete y éste se te olvida, estás perdida. Te va a costar dormirle lo que no está escrito.

  4. Si se duerme con el chupete y en mitad de la noche se despierta y, horror, no lo encuentra, te va a tocar levantarte para dárselo al pobre. Yo esto lo apañé con un truquito que se ocurrió y me di un estupendo resultado. Harta ya de los despertares nocturnos exclusivamente debidos a la pérdida del chupete, decidí coger sólo la cadenita de los broches que no usaba y cosérsela al pijama o al saquito, según la época del año. Obviamente, a la distancia justa para que el susodicho le llegara a la boca pero que no hubiera peligro de que se le enrollara al cuello, no fuera a ser peor el remedio que la enfermedad. De esta manera, cuando se le caía el chupete, el niño sólo tenía que coger la cadenita, seguirla con la mano hasta dar con el chupete y ponérselo en la boca para seguir durmiendo plácidamente sin despertar a su madre.

  5. El momento de retirarlo es un hito. Depende de cada familia y hay tantas maneras de hacerlo como niños y madres hay. Nosotros nos amparamos en los Reyes Magos. Se lo fuimos dejando caer durante todas las Navidades y, al final, el Mayor decidió dárselo a sus Majestades de Oriente a cambio de un regalito especial. También conozco casos en los que el viejo chupete ha sido regalado a un primo que acaba de nacer y ha funcionado. Lo más importante es que los padres estén concienciados de que puede ser duro y de que el niño también esté decido, al menos al principio. En el caso de mi hijo, lo reclamó al irse a dormir un par de noches, le recordamos que se lo había dado él a los Reyes y ahí quedó la cosa, sin historias nocturnas. La siesta no sufrió la misma suerte y, sin chupete, tampoco hubo siesta. Supongo que también se la llevaron los Reyes…

  6. Sin chupete, pueden aficionarse a otra cosa, como la teta de mamá, la manga del pijama (si es invierno) o el dedo. Cuidado con éste último, los pediatras avisan de que puede deformar el paladar.

PROS:

  1. Les relaja un montón. Quien diga lo contrario no ha sido martilleada durante horas por los llantos de un bebé desconsolado en plena noche.

  2. Cuando les salen los dientes, el chupete se convierte también en un mordedor que los niños tienen muy a mano.

  3. Es una alternativa para aquellos niños que se meten el dedo en la boca. El chupete al final se lo acabas quitando, de una forma u otra. Pero el dedo no.

  4. Es un salvavidas perfecto (siempre que no se te olvide llevarlo contigo, punto 3 de los contras). Quien haya estado comiendo en un restaurante o de compras con el bebé dando berridos, le haya dado el chupete y se haya callado y quedado tranquilito un rato sabe de lo que hablo.

Hay quien compara el chupete con una adicción. También hay quien te dirá que el bebé tiene vicio con la teta porque se pasa el día comiendo. Cuando sea más mayor, se obsesionará con los dibujos de turno. Seguro que tú, persona adulta de pies a cabeza, también tienes algún vicio. Si no quieres darle el chupete, dependerá de ti y de tu paciencia. Si el bebé no lo quiere, no lo querrá por mucho que tú te empeñes. Conclusión: de ti y de tu hijo depende elegir si el chupete sí o no.

22Feb/13

… de ser el tercero

Cuando nace el tercero ya está todo hecho. Has leído, te has informado, has preguntado. Sabes qué consejos te han sido más útiles y cuáles más inútiles. Sabes de quién te fías más a la hora de pedir ayuda y de quién no. Has aprendido a tomarte las cosas con calma. Ya no aspiras a tener la casa limpia las 24 horas del día los 7 días de la semana. Has establecido un nuevo orden de prioridades. Antes te daba vergüenza ir por la calle hablando con tu bebé o darle el pecho en un restaurante. Ahora eso queda para las primerizas. Tú ya eres una madre multipartípara. Lo sabes tú, lo sabe tu ginecóloga, lo sabe tu matrona, lo sabe tu vecina de abajo y el pescadero si me apuras. Sabes qué has de llevar exactamente al hospital y qué cosas de las que tienes en casa puedes sacarles más partido y cuáles puedes regalar tranquilamente porque no las echarás de menos. ¿Mocos a ti? ¡Ja! Comenzamos.

CONTRAS:

  1. Si el horario del segundo tiene que adecuarse al primero, el tercero ni os cuento. Si los dos mayores comparten horario, estupendo; pero si no, vas a pasarte medio día carro arriba carro abajo. Crucemos los dedos para que no llueva.

  2. Papá y mamá ya están curados de espanto. A parte de las revisiones, el tercero va a pisar poco la consulta del médico. Si quiere ir, no valen un par de estornudos. Va a tener que currárselo un poco más.

  3. El tercero tiene que hacerse un hueco. Puede destacar por ser el más nervioso de todo o el más tranquilo. Si decide ser el más nervioso, estáis apañados… Y da gracias por no ser el que destaca porque muerde todo lo que pilla, porque le encanta tirar todo al suelo o porque se tira del sofá sin paracaídas.

  4. Nadie sabe qué regalo hacer al bebé que está por nacer… ni tú qué pedir. Prácticamente, lo tienes todo de los otros. Si éstos rompieron algo, lo puedes decir (nosotros nos pedimos el parque de juegos). Si no, puedes arriesgarte y pedir algo completamente nuevo. Yo me arriesgué y pedí un sacaleches. Bendito sacaleches. Sólo lo usé una semana, pero esa semana salvó la lactancia del Pequeño. Y gracias también a la pediatra, que supo asesorarme para que mi bebé siguiera con la teta cuando a los 10 días de nacer aún no había recuperado el peso al nacer. Cualquier otro pediatra habría tirado por el camino fácil recomendándome darle al Pequeño leche de fórmula. Se lo agradeceré toda la vida.

  5. Pocas son las cosas que el tercero va a estrenar por sí mismo. Prácticamente todo es heredado de sus hermanos. Yo intento comprarle de vez en cuando algo para que también estrene cosas. Una camiseta, un sonajero… algo que pueda decirle cuando sea mayor: “hijo, esto es tuyo. Te lo compramos a ti”.

PROS:

  1. Si el hueco se lo hace por ser el más tranquilo, se lo vas a agradecer. Mucho. El Pequeño se ha ganado a pulso que le llamemos “el tranquilo”. Espera pacientemente su turno mientras los otros dos me marean con “mamá, esto” y “mamá, aquello”. Pero, la verdad sea dicha, para ser más tranquilo que los Trastos mayores, no hace falta correr mucho. El Mayor y el Mediano, cuanto más cansados están, más trotan (por el sofá, por el salón, por la cama…). Con este percal, fácil era hacerse el hueco siendo el más tranquilo con quedarse quieto sólo cinco minutos.

  2. La ropa abunda. Como ya dije, los dos primeros nacieron en estaciones del año completamente distintas. Así que ropa hay. El Pequeño crece a paso agigantados, más rápido que sus otros dos hermanos, creo. Aunque también puede ser percepción mía, pues su embarazo me consta que duró los mismos 9 meses que los de sus hermanos y a mí, una vez superados las nauseas y vómitos diarios, se me pasó volando. En cualquier caso, es una suerte poder abrir una caja y sacar la ropa. Al paso que va, pronto tiene la talla del Mediano. Además, tengo la sensación de que crece tan deprisa que, en lo que voy a comprarle ropa y vuelvo de la tienda, ya no le vale.

  3. De momento, a sus hermanos les encanta jugar con él. El Mayor empezó a prestarle atención en cuanto le vio. Fue amor a primera vista. Al Mediano le costó un poco más. Al principio lo veía como un mueble y no le hacía mucho caso. Ahora que ya puede interactuar con él, le chifla cantarle canciones y hacerle cosquillas.

  4. Cuando estaba embarazada del Primero y el Mediano, todo el mundo me advertía de lo que se me venía encima. Me decían que el parto iba a ser horrible, con todos aquellos dolores. Que lo peor iba a ser el alumbramiento de la placenta porque dolía más que el parto en sí. Que el primero tendría muchísimos celos porque se llevaba poco tiempo con el segundo. En mi caso, no acertaron ni una. Con el tercero, aprendí a hacer oídos sordos. Y me fue mejor. Y a mi bebé también.

Conclusión: somos cinco. Somos una familia numerosa. ¿Os acordáis cuando las familias numerosas eran aquellas que tenían cinco o más hijos? Se me hace raro considerarnos familia numerosa, pero es lo que hay. Cuando Pequeño crezca, estoy segura de que tampoco le gustará ser el más pequeño. Igual que al Mayor no le gustará ser el primero ni al Mediano ser el que está en medio. Estoy convencida de que cuando sean mayores preferirían haber nacido en otro orden. Me tendré que aguantar con sus quejas. Punto pelota.

21Feb/13

… de ser el segundo

El primer hijo puede ser primero y único. Pero algunas veces, los padres decidimos darle al primero un compañero de juegos (otro error común es pensar que jugarán juntos sólo por ser hermanos, lo que es verdad en la mayoría de los casos pero no en todos). No queremos dejar al primero sólo en el mundo, vemos que podemos y nos ponemos manos a la obra… bueno, ya me entendéis. En nuestro caso, con menos presión familiar (nuestro primer hijo era también el primer nieto y sobrino por ambas partes y todo el mundo lo esperaba con ansia), el segundo se hizo esperar menos que el primero. Y llegó y dijo que esa boca era suya. Empezamos.

CONTRAS:

  1. Llega y es el rey de la casa… mientras estéis en el hospital. En cuanto aparcáis en casa, tiene que compartirlo todo con su hermano mayor. “Todo” es mamá y papá. Porque el segundo es aún tan pequeño que no entiende de tuyo o mío… hasta que crece y empieza a marcar su territorio. En nuestro caso, el Mediano era capaz de decir en un solo día más veces la palabra “mío” que el Mayor en toda su corta vida.

  2. Papá y mamá se creen que lo saben todo, que ya son perros viejos en estas lides. Y repiten con el segundo todo lo que les funcionó con el primero. Si funciona, suerte que has tenido. Pero si no, entonces te desesperas. Te preguntas qué querrá ese niño. Pues ese niño te está dando una lección de humildad. Y vuelves a sentirte a ratos como una madre primeriza.

  3. Hereda la ropa de su hermano. Esto es lo normal. Ahora bien, el Mediano se plantó y dijo que él no heredaba nada. Así, para empezar, si el Mayor nació en verano, el Mediano nació en invierno. Con un par. A comprar ropa nueva porque, claro, no iba a salir a la calle en manga corta por muy mono que fuera ese conjuntito que tanto te gustaba.

  4. Fuerzas la situación. Nada importa que aún queden un par de meses para el verano, tienes ahí guardado un peto precioso que el Mayor apenas se puso porque dio un estirón y estás decidida a aprovecharlo como sea. Menos mal que al abrir la puerta entra un aire frío que te da en toda la cara y te hace reaccionar… ¿Cómo llevas a la calle al niño así, alma de cántaro? Anda, date la vuelta y ponle una gorra, que parece que hace sol.

  5. Yo creo, por experiencia personal, que el contra más grande de todos es éste. Seguir los horarios del Mayor. El primero puede echarse la siesta cuando quiera, si tarda en dormirse, no pasa nada porque le dejas dormir lo que necesite. Tampoco tienes prisa para despertarle por la mañana. Pero con el segundo, ay, amiga, si el primero tiene que ir a la guarde o al cole, él tiene que ir contigo a recogerle, haya pasado el segundo mala noche o no. Si llueve o hace un calor que derrite las ruedas del carro no puedes quedarte en casa a esperar que escampe el temporal. Hay que ir a buscar al primero, que sale ahora de clase. La hora de la merienda depende de a qué hora llegues a casa de buscar al primero del cole. Al principio, el segundo es tan bebé que no puedes bañarles a los dos juntos, así que la hora del baño también depende de cuándo y cuánto tarde en bañarse el primero.

PROS:

  1. Una vez que te das cuenta de que el segundo es distinto al primero, todo es más fácil. No es un camino de rosas, pero te lo tomas de otra manera. Y es un beneficio que comparte toda la familia. Las rutinas se relajan un poco. Comprendes que todo es cuestión de reorganizarse. Y lo haces. Y lo consigues.

  2. Ya eres madre experimentada y no te asustas por unas decimillas. Tienes Apiretal y Dalsy como para parar un tren. Los mocos tampoco te asustan. Ya identificas las toses y no corres al médico al primer estornudo.

  3. Todo lo que puede necesitar el segundo ya está en casa. O lo tienes porque lo guardaste del primero o porque te lo han regalado. Con el primero no pides nada una vez que tienes lo básico (a saber: cuna, carro, ropa para los primero días…). De ahí los regalos inútiles o absurdos. Con el segundo sabes exactamente qué es lo que necesitas. Y cuándo te preguntan que qué le regalan al nuevo miembro de la familia, lo pides. Que al final lo consigas o no es otra historia.

  4. En mi caso, se llevan poco tiempo, un par de años. Y yo lo considero un Pro, así, con mayúsculas. Cuando estaba embazada del Mediano e iba con el mayor de la mano por la calle, hubo mucha gente que me dijo que si no me daba pereza tener otro tan pronto (otro “consejo” gratuito). Al parecer, si un niño está en pleno proceso de dejar de usar el pañal y va a tener otro hermanito, es demasiado pronto. Y da pereza. Respecto a la prontitud he de decir que conozco algún caso en el que los hermanos se llevan 11 meses. Cuarentena y otra vez a empezar. Eso sí es rapidez. Y personalmente, a mí me da más pereza tener un niño de 8 o 12 años y estar esperando el segundo. Lo de los pañales ya se te ha olvidado. Cuando se llevan menos, es inercia pañaril. Pero para gustos, los embarazos. Eso sin mencionar que cuanto más grandes sean, menos se notará la diferencia de edad.

  5. Si tienes suerte (nosotros la tuvimos), el primero se desvivirá por el segundo. Estará pendiente de él, le cuidará y le vigilará. El segundo va a tener siempre una referencia más próxima a su edad que el primero. Esperemos que esa referencia sea para bien.

Conclusión: como en la anterior entrada, da igual en qué lugar haya nacido. Siempre preferirá el lugar de cualquiera de sus hermanos. Antes o después te lo hará saber. Tendrás que aguantarte. De nuevo, piensa que tú también se lo dijiste a tus padres. Ahora, apechuga. Punto pelota.

18Feb/13

… de ser el primero

Lo de ser el primer hijo está muy trillado. Pero no por eso deja de ser menos interesante, ¿no? Ahora, después de tener tres Trastos, no consigo recordar en qué invertíamos el tiempo libre Marido y yo. Quizás haya una neurona en el cerebro, una neurona maternal, que nos impida a las madres recordar ese tiempo. Y quizás lo haga para que no nos demos con la cabeza en la pared, por idiotas. Que si ahora estoy muy cansada, que si no me da tiempo, que si ya lo haré luego o mañana, que si me levanto de la cama aunque sean las ocho de la mañana porque me he despertado (nota a mi yo del pasado: ¡date la vuelta y sigue durmiendo, tonta!). Y así podría seguir y rellenar tres entradas del blog. Una vez que nace el primero, no hay marcha atrás. De nada vale posponer cosas y si no duermes cuando puedes, cuando quieras tal vez no puedas. Pero como todo, la moneda siempre tiene dos caras. Recordando cuando nació el Mayor, ésta es mi lista de contras y pros de ser el primero.

CONTRAS:

  1. El primer hijo se da de bruces con unos padres que son primerizos, inexpertos y, a menudo, maleables y mal aconsejados. Todo son miedos. Incluso cuando tu bebé está plácidamente dormido, te preguntas si respira. Y ahí vas tú, echa un manojo de nervios, a comprobar que todo va bien. Y como ésta, otras tantas. Que si estará bien abrigado, que si te has pasado y tiene calor, que si es normal que duerma tanto, que si es normal que duerma tan poco, que si, que si, que si. Y, por supuesto, nunca faltan los consejos gratuitos que todo el mundo tiene a bien darte. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir todo. Pero eso queda para otro día.

  2. Al primero hay que comprárselo todo, desde el chupete hasta la cuna, pasando por la ropa. Si no le compras algo, algo que no tiene. Te lo pueden dejar, claro, pero ya tienes que preocuparte de ir a buscarlo o de que te lo traigan a tiempo, para que no lo eches en falta cuando lo necesites. Qué bien vienen esos pañales de la cesta de regalos, ¿verdad?

  3. Al primero se le regala de todo. Y, de nuevo, cuando digo todo quiero decir todo, por absurdo e inútil que parezca. Que no se engañe nadie, los regalos más originales son para el primero.

  4. Todo es digno de celebración. ¿Ya salió el mecomio? ¡Hurra! ¿Ya tiene un diente? ¡Hurra! ¿Ya anda? ¡Hurra! ¿Ya dice mamá? ¡Hurra! Aplaudes hasta con las orejas… y luego dirán que si se siente el príncipe destronado cuando llega otro hermano será culpa suya, ¡ja!

  5. Te da la falsa seguridad de que ya lo sabes todo para el segundo. Y tú vas y te lo crees. Y éste es el peor error de todos.

PROS:

  1. Tienes todo el tiempo del mundo para dedicárselo a él. Eres inexperta, sí, pero tienes tiempo para aprender. Lo observas todo, lo investigas todo, lo lees todo si tiene algo que ver los bebés. Aprendes sobre la marcha. Y puedes perderte en esos ojos preciosos que te miran mientras mama. Puedes cogerle en brazos tranquilamente porque todo lo que tienes que haces es estar con él. Disfruta del momento, no te creas eso de que si le coges se va a mal acostumbrar a los brazos. Yo les he cogido a todos hasta la saciedad y Mayor y Mediano, una vez que se pusieron de pie, ya no hubo manera de cogerles tranquilamente. Todo era andar, correr y trotar. Y si te he visto no me acuerdo.

  2. Todo lo estrena él. Sí, hasta ese regalo absurdo e inútil lo estrena el primero. Y puede que te de s cuenta de que es un buen regalo. Sin embargo, al regalo que más te gustaba porque pensabas que lo ibas a usar un montón, lo apartas a un rincón y no lo desentierras de la montaña de trastos hasta que llega el segundo.

  3. Le haces miles de fotos y le grabas en vídeo hasta la saciedad. Da igual que sean fotos parecidas, parece que nunca habrá bastantes… lo que no habrá será sitio para guardarlas todas, guapa.

  4. Las rutinas las cumples a rajatabla, caiga quien caiga. Un minuto de retraso es una desfachatez. Si a los niños les gustan las rutinas, el primero es el niño con más rutinas del mundo.

  5. Todo el mundo que aparezca por casa o que se cruce en vuestro camino al dar un paseo le presta atención a él. Y ya sabemos que a los niños les encanta ser el centro de todas las miradas y los mimos. Él dice “mmmma” y tú ya estás dejando lo que sea que estés haciendo para correr rauda y veloz a ver qué quiere el angelito. Antes de que acabe de decir “mamá”, tú ya estás ahí.

Conclusión: el primero es el primero porque llega primero. Y no le gustará. Si fuera el último tampoco le gustaría. Siempre verá más ventajas en ocupar otra posición en la escala familiar. La que sea. Cualquiera es mejor que la que realmente ocupa. Asúmelo. Si tienes hermanos o hermanas, a ti también te ha pasado. Y tus padres te han aguantado. Ahora te toca a ti. Punto pelota.

15Feb/13

… de tener tres hijos

Si alguien me hubiera preguntado hace 10 años que cuántos hijos quería tener, le hubiera dicho que dos niñas. Así, sin pestañear. Más que una respuesta habría sido un acto reflejo, como cerrar los ojos al estornudar o levantar la pierna cuando te dan justo en ese punto de la rodilla. Quiso el destino que el primero fuera niño. Al destino también se le antojó que el segundo fuera otro niño. El destino ya se partió de risa cuando el tercero también fue niño. A mis niños no los cambio por ninguna niña por muy trastos que puedan llegar a ser, que quede claro. Y por muchos juegos de peleas que hagan, tampoco.

Sin embargo, si pienso sobre el tema, no puedo evitar hacer una lista con los pros y contras de tener tres (no uno ni dos, sino tres) vástagos.

CONTRAS:

  1. Jamás habrá una falda o un vestido en casa que no sea mío. Eso significa que mi ropa es mía y me la pongo cuando quiero. No hay posibilidad de error al colocar la ropa. La mía, quiero decir, de calzoncillos estoy hasta el gorro.

  2. No podré hacer trenzas ni coletas. Esas me las guardo para mi sobrina, si se deja. Esto, bien pensado, un día de colegio a las ocho de la mañana y con la hora pegada al culo podría ser un pro tan grande como una casa.

  3. Nada de muñecas en casa. Lástima. A esas las tenía controladas. Ahora me toca aprenderme la alineación del Madrid, del Manchester United y del Cuenca. Porque en esta casa no nos gusta el fútbol pero el Mayor nos ha salido futbolero (cosas del colegio, en clase enseñan las letras y en el recreo los equipos de fútbol) y se ve cualquier partido que retransmitan si le dejamos, ya sea un Madrid-Barça o un Pinto-Zafra.

  4. Nada de confidencias madre-hija despellejando al novio de turno o dando consejos con la experiencia propia y ajena que una lleva a sus espaldas. Todo mi saber, poco o mucho, cae en saco roto. Qué pena.

  5. Los Trastos son tres. Marido y yo sólo dos. Yo soy de letras, pero está claro que ellos son mayoría. No nos podemos dividir… al niño que queda. Puestos a dividir siempre habrá uno con dos Trastos. Miedo me da el día que ellos sean conscientes de esto y lo usen en su favor.

  6. Te confías. Cuando nace el primero no sabes nada. Cuando nace el segundo crees saberlo todo. Al mes te das cuenta de que ése había sido el mayor error de todos. Cada niño es de su padre y de su madre… aunque sean los mismos.

PROS:

  1. Toda la ropa de mis hijos es reutilizable. Nada se tira, todo se aprovecha una y otra vez hasta que le queda pequeña o se rompe. Ya no hay que salir corriendo porque ha dado un estirón. Basta con abrir la caja de ropa del mayor. Obviamente esto no sirve para el primero, es lo malo de estrenar ropa siempre.

  2. Las compras de ropa se terminan pronto. Porque por mucho que la ropa pase de un hermano a otro, siempre se compra ropa a cada uno, aunque sea una triste camiseta. Ahora, lo de las tiendas de ropa para niños es un mundo aparte. Un mundo que se divide en tropecientos pasillos rosas para las niñas y dos o tres (cuatro con suerte) para los niños. Y en estos pocos pasillos lo que más abunda son un mismo modelo de pantalón en dos colores distintos (claro y oscuro) y camisetas de colores con dibujos como Spiderman, los Simpson o Rayo McQueen.

  3. Los juguetes se comparten. Todos. Puede que a uno le guste más la pelota y a otro los coches, pero son juguetes de niños. Esto puede parecer sexista. Quizás lo sea. Si alguno de mis hijos me pidiera para su cumpleaños una muñeca o una plancha de juguete, se lo regalaría. Pero no lo hace. Y de la misma manera que no voy a comprarle un camión y obligarle a jugar con él, tampoco le voy a regalar una muñeca y pedirle que se dedique a hacerle peinaditos.

  4. Y hablando de peinados. Todo aquel que haya tenido contacto con una niña sabrá que antes o después son muy dadas a peinar a todo aquel que se les ponga a su altura. Por muchos tirones que te den, tú pones buena cara y sueltas un “con cuidado, princesa, que me haces un poquito de daño”. Pero por dentro piensas “maldita la hora en que le dejé que me peinara”. Yo eso me lo ahorro… a menos que alguno me salga con vocación de peluquero.

  5. Puedo inculcarles a mis hijos el buen trato hacia las mujeres. Si alguna me lee, que piense en ese capullo que tan mal la trató. Seguro que pensó que si no tenía una madre que le dijera que portarse así es de gilipollas. Bueno, pues yo confió en ser esa madre.

  6. Cuando nace el tercero ya eres consciente de que no va a ser ni como el primero ni como el segundo. Es el tercero y es él y sus circunstancias. Algunas cosas te las conoces, pero sabes que pueden no funcionar. Si funcionan, bien. Si no lo hacen, ya no te desesperas. Respiras e intentas otra cosa.

Conclusión: me quedo con mis niños. Y las bragas son mías. Os dejo, voy a llamar a Seur para anular el envío. Creo que me los voy a quedar otro año más, a ver qué tal se portan. Para algo son mis Trastos. Punto pelota.