Category Archives: Cosas mías

13Mar/13

… de privarse

Mi hijo Mediano (pobrecito, que parece que todo le pasa a él) se priva. Cada vez le pasa menos. Cada vez es más mayor. Sin embargo, ayer fue la última vez. A esto se le conoce como espasmos del llanto. Básicamente, consiste en que, cuando va a llorar, en vez de arrancarse, se queda sin respiración. Hay niños que les pasa de rabia, por ejemplo, cuando les quitas un juguete o les dices que no a algo. En el caso de mi hijo, los espasmos siempre los desencadena un golpe.

No soy médica. Soy una madre con un hijo que, a veces, se priva. Y en nuestro caso, la secuencia de hechos va así: primero, mi hijo se da un golpe que no tiene por qué ser fuerte (le he visto darse grandes golpetazos y seguir como si nada y, sin embargo, a veces, con un topecito de nada se priva). Me busca y viene hacia mí. Llega y me echa los brazos, quiere que le coja. A todo esto, no ha sido capaz de empezar a llorar y no puede respirar, ni para adelante ni para atrás, el aire no circula. Imaginaos la cara de un niño pequeño cuando llora, ¿ya? Pues ahora congeladla. Ésa es la cara que tiene. Yo le digo que respire. Él no respira. Empieza a ponerse morado. Le sigo espetando a que respire. Él sigue sin respirar. Se cae al suelo. Las piernas ya no le aguantan. Busco su mirada. Le sigo diciendo que respire. No es capaz de respirar. Si la situación se prolonga, los ojos se le ponen en blanco. Sigue morado berenjena. Los labios pierden color. Mandíbula apretada al máximo. Le grito que respire. No respira. Pienso cuánto tiempo llevará así. Para mí, una eternidad. Me planteo llamar a una ambulancia. Sigo gritándole que respire. Sigue sin respirar. Ya no me oye. Pienso que se me va, que le pierdo ahí mismo, entre mis brazos. El corazón me va a mil por hora. Salgo corriendo hacia un grifo mientras voy pensando dónde coño he dejado el teléfono. Al final respira. Llora. Respiro yo también. Nos abrazamos. Me tiembla todo el cuerpo. Al rato, mi hijo está jugando como si nada. A mí los nervios me duran el resto del día. Todo esto se resume en pánico. Aunque me cuesta escribirlo, tengo que confesar que alguna vez yo he visto a mi hijo prácticamente muerto en mis brazos. ¿Exagerada? Tal vez. Pero ésa fue la sensación que me dio. Quien haya pasado por esto lo sabe.

Según los médicos, es hago normal en los niños pequeños. Tiene que ver con el grado de maduración de su sistema neurológico. Por tanto, cuanto mayores sean, menos riesgo de padecer estos episodios. Te dicen que el niño siempre acaba respirando, que los padres no tenemos por qué ponernos nerviosos. Lo que no te dicen es cómo se consigue eso. Además, a mi hijo le hicieron pruebas para descartar que se tratase de alguna forma de epilepsia. Y se descartó.

¿Qué hay que hacer ante un episodio así? Respuesta del primer pediatra: dejarle. Aunque esté morado, con los ojos en blanco y tirado en el suelo. Ya se le pasará. Respuesta del segundo pediatra: ignorarle, sólo busca llamar la atención. Respuesta del neurólogo: controlar la lengua, no se le vaya para atrás y se ahogue él solo. Y dejarle. Tener paciencia porque acabará respirando. Si has llegado leyendo hasta aquí, déjame que te haga una pregunta: ¿crees que puedes mantener la sangre fría suficiente como para llevar a cabo todos estos consejos que se pueden resumir en ignorar a tu hijo mientras ves cómo se ahoga? Antes de contestar, vuelve a leer el segundo párrafo de esta entrada.

¿Ya has contestado? Bueno, pues ahora mi respuesta: no. Yo no puedo permanecer impasible mientras mi hijo se cae redondo al suelo y pierde la consciencia. Marido y yo nos dimos cuenta de que, cuando se caída o se daba un golpe, era mejor no ir raudos y veloces en su busca porque eso le hacía más propenso a los espasmos. Le dejábamos que se levantara solo y viniera hacia mí (siempre me busca a mí, da igual las personas que se encuentre en su camino, él viene directo a buscarme a mí). Una vez que llegaba, me tiraba los brazos, pero yo sabía que si le cogía podía privarse. Así que nada de cogerle. La solución pasaba por decirle con la voz más tranquila que tuviera que respirara y, una vez que rompía el llanto, cogerle, abrazarle, mimarle hasta que él se encontrara mejor y siguiera con su juego. Esto pareció funcionar. Así que pusimos a toda la familia sobre aviso: no cogerle hasta que llore. Es duro ver que se cae o se golpea y no acudir en su ayuda. Es muy duro que te eche los brazos y no cogerle. Pero es más duro lo que puede venir después.

Pero, ay, a veces nada de esto funciona. Mi hijo Mediano no aguanta el tirón y se cae redondo al suelo. Veo en sus ojos el miedo, está asustado porque quiere respirar y no sale. Hay que intentar tranquilizarle. Nada de gritos. Nada de movimientos rápidos. Todo hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa. A veces funciona. Otras veces no. Es entonces cuando me acuerdo de lo que me dijo una enfermera cuando fui a ponerle una vacuna: un estímulo fuerte. O dicho de otra manera, hacerle daño. Un buen pellizco en el cuello suele funcionar, nos dijo. Yo tampoco soy capaz de hacerle daño a propósito a mi hijo. Lo he intentado, por ayudarle. Pero no he podido. Le hago el boca a boca. Nada. Paso a quemar el último cartucho. Agua. Agua fría. Cuanto más fría mejor. En toda la cabeza evitando que le entre por la nariz. Respira. Respira él. Respiro yo. Si esto no funciona, sólo queda llamar a una ambulancia y cruzar los dedos para que llegue a tiempo.

Antes de seguir, quiero advertir que, en este caso, el boca a boca es una muy mala, malísima opción. Puede que el niño quiera respirar y, con el aire que le metemos dentro, no le estamos dejando. Si alguna vez os pasa, estaréis tentadas a hacerlo. No lo hagáis.

Como iba diciendo, el niño se da un golpe, va a llorar pero no puede. Dejamos que se levante solo, viene hacia nosotros, le decimos que le cogeremos cuando llore. No sólo no llora, sino que, además, se derrumba. Por fin, llegamos a la solución. De la mano de la última pediatra, la que salvó la lactancia del Pequeño. A parte de mantener la calma, pues de lo contrario el niño se pone más nervioso y ya está suficientemente asustado, hay que mirarle a los ojos. Los ojos son los que nos van a decir en qué punto está el niño. Si nos mira, todo va “bien”. Tranquilidad porque él sigue oyéndolo todo. Se le tumba en una superficie plana (un sofá, una cama, el suelo) mirando hacia arriba. Se le coge el brazo y la pierna más separada de nosotros. Le giramos hacia nosotros de manera que también gire la cabeza. De esta manera evitamos que la lengua se vaya hacia atrás. Otra cosa a evitar siempre: meterle algo en la boca para abrírsela. Ni cucharillas ni dedos. La presión de la mandíbula es increíblemente fuerte. Intentamos que flexione dicho brazo y dicha pierna. Será difícil porque tienden a ponerse totalmente rígidos. Pero al menos hay que intentarlo. Mantener al niño así hasta que respire. Con un ojo, detectar dónde está el teléfono. Con el otro, mirarle a los ojos. Si pasa así mucho tiempo, hay que llamar a una ambulancia. Si se le ponen los ojos en blanco, también. Llegados a este punto, antes de llamar, yo lo que hago es correr a buscar agua. Se la echo por encima para que reaccione. Eso sí, evitando la nariz, no vaya a ser que respire y le entre agua.

Afortunadamente, yo nunca he tenido que llamar a una ambulancia. Pero he estado a punto varias veces. Es un mal trago para todos los presentes. Si tú eres la madre, mantén la calma. Olvídate de quienes te rodean. Siempre habrá alguien con algún consejo magistral. Hay que esforzarse en seguir las pautas marcadas por el médico. Manda a la mierda a quien sea, sea quien sea. Si no eres la madre, mírala cómo actúa. Si sabe lo que hace, déjala hacer. Lo que menos queremos en esa situación es a alguien que nos estorbe.

CONTRAS:

  1. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo todos estos pasos mientras ves a tu hijo sufrir.

  2. Incluso en estas situaciones, suele haber alguien que sabe más que tú. Y te lo deja bien claro.

  3. El niño puede hacerse pis. Si se le va la consciencia, no controla su cuerpo.

  4. Puede pasar en cualquier sitio. Si te pasa fuera de tu casa y tienes que pedir ayuda, pídela. Es mejor un “ya no hace falta, gracias” que el pensamiento de que podrías haber hecho más.

  5. Ante todo, la frustración del momento. No puedes respirar por tu hijo.

  6. La cara que pone mientras dura el espasmo no se olvida nunca.

  7. Ante cualquier golpe, surge el temor de si volverá a pasar. Aunque haga meses del último.

PROS:

Lo siento, por mucho que me esfuerzo, no encuentro ni un pro.

12Mar/13

… de las presuposiones

Desde luego, el primer pediatra que tuvieron mis hijos se llenó de gloria. Un hombre aparentemente profesional que resultó ser todo lo contrario. Trató al Mayor desde el primer momento, revisiones y algún constipado esporádico. Poco más. Luego llegó el Mediano con su dermatitis atópica y ahí ya se cubrió de gloria. Al Pequeño no le llegó a conocer. Salimos espantados después de la experiencia del Mediano.

Con el Mayor, su receta mágica para todo eran los “mimitos de mamá”. ¿Que el niño tiene mocos? Mimitos de mamá. ¿Que el niño vomita? Mimitos de mamá. ¿Que el niño tiene 39 de fiebre? Mimitos de mamá. Esto ya debió hacerme sospechar porque, digo yo que si por mimitos de mamá fuera, el niño no se pondría enfermo… Pero yo era madre primeriza del todo y mi primer bebé un bebé de cuento. Sí, de cuento porque a los 15 días él solito dormía del tirón 6 horas, comía perfectamente, apenas lloraba, le salieron los dientes y nos enteramos hasta que le vimos algo blanco en medio de las encías… supongo que os hacéis una idea.

Lo segundo que debió hacerme poner los pies en polvorosa fue cuando me prejuzgó. Le pasó a él y a otras tantas personas. Me pasó entonces y me sigue pasando ahora. Como ya comenté, yo decidí quedarme en casa para tener hijos. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquel hombre, pero desde luego se hizo una idea sobre mí que distaba mucho de la realidad. Cada vez que yo iba a consulta con mi bebé, yo notaba que las explicaciones que me daba eran muy toscas, muy simples… pero bueno, mi hijo estaba sano y se desarrollaba con normalidad. No le di mayor importancia. Nunca había ejercido de madre, así que pensé que quizás era el comportamiento típico de los pediatras. No sé.

El caso es que un día, durante una revisión de mi hijo, le mencioné que había ido a la universidad y que, además, había acabado dos carreras. Su cara de asombro fue un poema. Entonces lo vi claro. Aquel pediatra, al ver que yo estaba en casa, se había pensado que yo lo hacía porque no tenía otro remedio, que era una inculta o algo peor. Imaginaciones mías, podríais pensar. Bueno, quizá. Lo que es un hecho es que, desde aquella conversación, su actitud hacia mí cambió radicalmente. Y digo hacia mí porque el trato hacia mi hijo no cambió. De la noche a la mañana, se entretenía en explicarme más los diagnósticos, me empezó a hablar de cosas que antes ni mencionaba (como estudios o investigaciones médicas) e, incluso, empezó a hablarme de política. ¿Coincidencia? Yo creo que no.

Y esta misma actitud me la he encontrado y padecido en varias ocasiones. La gente te ve, cargada con tres hijos, te pregunta si trabajas, “fuera de casa no” contestas tú y ya está. Suman palotes y llegan a la conclusión de que eres una pobre mujer recluida en su casa y sometida al cuidado de tus hijos. “Estarás deseando que empiecen las clases”, me han llegado a decir algunas madres este verano. Pues no, mire, me encanta estar con mis hijos, los tres, y me apena que empiece el colegio y tengan que volver a clase porque les echo de menos cuando no están, por muy trastos que sean.

CONTRAS:

  1. Los errores. Cuando presuponemos algo, lo hacemos y nos sentimos muy listos. Somos casi como Sherlock Holmes juntando pistas. Unimos premisas y llegamos a una conclusión. Imposible equivocarnos. Bueno, pues pasa. Pasa más a menudo de lo que nos gustaría reconocer. Pero no aprendemos de nuestros errores.

  2. Cuando se nos presupone algo y no es cierto, nos enfadamos, nos indignamos… y nos quedamos pensando cómo es que esa otra persona ha llegado a esa conclusión sobre nosotros. Al menos yo me quedo con el run-run el resto del día.

  3. Una mala presuposición puede llevarnos a actuar de una manera equivocada. Antes de presuponer nada, es mejor informarse. Puede pasar que actuemos erróneamente y después no podamos arreglarlo.

PRO:

  1. El segundo contra debería enseñarnos a no presuponer nada de nadie y así no caer en el contra número 1.

A mí me ha pasado con mis hijos. Pero esta mala costumbre se repite en otros ámbitos de la vida: en el trabajo, con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, con un cliente, etc. Yo intento no quedarme con la primera impresión. A veces lo consigo. Otras no.

Nota: quiero dejar claro que, cuando hablo de este pediatra, me refiero única y exclusivamente a él. El gremio de la pediatría es muy amplio y, como en todos, hay profesionales mejores que otros. No estoy generalizando, sino contando mi experiencia real con un pediatra en concreto. También me he topado con pediatras excepcionales a los que les estaré eternamente agradecida.
08Mar/13

… de quedarse en casa

Con la que está cayendo ahora mismo, no es raro encontrarse a mujeres que se quedan en casa. Y a hombres también. Personas, al fin y al cabo, que hacen la comida, limpian, planchan… pero que también bañan a los niños, les recogen del colegio, les dan de cenar y les acuestan. Ahora disponen de un tiempo (forzoso, pues entiendo que nadie está en paro por gusto) para estar con sus hijos. Y éste es el lado bueno.

Pero también hay gente (más madres que padres) que deciden quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Y la palabra clave es “deciden”. Nadie les obliga. Tienen la opción de elegir y eligen libremente quedarse en casa. Como cualquier opción en esta vida, debería respetarse. Al fin y al cabo, cada familia es un mundo y todo es muy distinto de puertas para adentro. Si has ido a la universidad y tienes una carrera (o dos), si tienes cierto futuro profesional, si eres joven… entonces parece que esta decisión no se entiende. Éste es y ha sido mi caso.

Cuando Marido y yo nos casamos, sabíamos que no queríamos esperar mucho para tener hijos, pero tampoco nos habíamos marcado una fecha. Las circunstancias quisieron que a mí no me renovaran el contrato al casarme y que mi intento de trabajar desde casa no tuviera tanto éxito como yo pretendía. Así que nos sentamos a hablar de nuestra situación y decidimos que aquél era un buen momento para empezar a formar nuestra familia. Yo elegí quedarme en casa para tener hijos (y no tener hijos porque estaba en casa, como alguna vecina me comentó una vez). Y así lo hicimos.

Las críticas nos llovieron de todos lados. Desde la familia directa hasta el camarero del restaurante de turno. Todo el mundo se veía con el derecho a opinar. Y nada de críticas constructivas. Eran del tipo “teniendo dos carreras y te quedas en casa pudiendo salir a trabajar” o “estás dando un paso atrás en la emancipación de la mujer”. Me río por no llorar. Vamos a ver, ¿mi decisión de quedarme en casa mientras mis hijos sean pequeños implica que no vaya a volver a trabajar nunca más en la vida? Y, si éste fuera el caso, ¿sería el fin del mundo? Respecto a la emancipación de la mujer, es obvio que, afortunadamente, no se obliga a ninguna mujer a quedarse en casa para tener hijos (al menos no de manera expresa). Para mí, la grandeza de la emancipación de la mujer reside en la capacidad que ésta tiene de elegir qué quiere hacer y, sobre todo, qué quiere hacer en cada momento de su vida. Puede darse el caso de que a mí lo que me realiza como mujer no es ser una alta ejecutiva, sino ser madre. Y nadie debería cuestionarme esto. También me han llegado a decir que no trabajo porque estoy mejor en casa. Pues resulta que a lo mejor yo, con tres hijos, trabajo más que una persona que viva sola sin nadie a su cargo y que trabaje 8 horas al día. O a lo mejor trabajo desde casa, que también se puede. Y aún así, todo esto es una decisión personal que yo he tomado y donde mi Marido me apoya al doscientos por ciento. No entiendo esa capacidad de la gente de juzgar a quienes, por una u otra razón, nos quedamos en casa. Que al final parece que tenemos que ir pidiendo perdón al resto del mundo y justificando nuestras decisiones.

CONTRAS:

  1. Quedarse en casa a cuidar de los hijos viene de la mano de llevar la casa. Admiro a aquellas mujeres que trabajan fuera de casa, cuidan de sus hijos y aún así tienen tiempo de llevar la colada al día.

  2. En casa no hay horarios. El niño quiere hacer pis ya sean las 11 de la mañana o las 4 de la noche.

  3. Hay que aguantar comentarios malintencionados que sólo buscan dejarte como la vaga mayor del reino. Luego podrás hacer oídos sordos o no, pero escucharlos los vas a escuchar.

  4. En una sociedad donde lo que se lleva es ser madre trabajadora fuera del hogar, quedarse en casa por voluntad propia implica incomprensión y rechazo. Vas a ser el bicho raro.

PROS:

  1. Ves crecer a tus hijos. Razón por la cual seguramente has decidido quedarte en casa. Y eso te da más satisfacciones que otra cosa. Todo lo demás pasa a un segundo plano. Hasta hace poco, mi Marido me preguntaba si era feliz quedándome en casa. Y yo le contestaba que, si no salía a la calle, sí era feliz; pero no cuando estaba fuera, pues era cuando más me criticaban. Ahora, gracias a esta Tribu que anda por Internet y a blog maravilloso como los de la columna de la derecha, me tomo las cosas de otra manera y soy feliz dentro y fuera de casa.

  2. No tienes horarios. Así que si has pasado mala noche, siempre puedes dar una cabezadita… si los Trastos te dejan, claro.

¿Tanto dar la murga con el tema de quedarse en casa y ésta sólo escribe dos pros? Pues sí, mira, pero el pro número uno vale por cien contras. Y otros cien que vengan. En el Día de la mujer trabajadora (que vaya con el nombre que le han puesto), quisiera felicitar a todas las mujeres, todas, pues estoy convencida de que no hay ninguna que no trabaje de una u otra manera. Y, ya que estoy, exijo respeto por todas aquellas cuyo trabajo no se considera como tal. El trabajo más antiguo del mundo es el de ama de casa.

28Feb/13

… de los amigos que vienen y van pero siempre están

Hay amigos que estuvieron y se fueron y nunca más se supo de ellos. Otros, sin embargo, estuvieron contigo un tiempo y fuisteis muy buenos amigos. Luego hubo una racha en que no supiste nada de ellos pero tenías ganas de verlos algún día. Entonces, al cabo del tiempo, una llamada o un mensaje os vuelve a juntar, os ponéis al día y parece que nada ha cambiado. A lo mejor tú te has casado y tienes tres hijos y tu amiga sigue soltera y tiene el trabajo que siempre había soñado. Aparentemente ya no tenéis nada en común. Y, sin embargo, os tiráis hablando tres horas y se os hacen cortas.

Esta clase de amigos valen un potosí. Son los amigos que son conscientes de que vuestras vidas son distintas, pero que entre vosotros sigue habiendo una gran amistad. Puede que haga siglos que no os veáis, pero sabes que siempre puedes levantar el teléfono y llamar para ver qué tal está porque nada ha cambiado entre vosotras. Éstos son los verdaderos amigos.

Se me viene a la cabeza que cuando estaba en el instituto conocí por casualidad una chica que iba a otro instituto. Con el tiempo, esta chica y yo fuimos congeniando y al final nos convertimos en amigas. Esta nueva amistad no gustó mucho a mis amigas de entonces, quienes tuvieron a bien advertirme de que mi nueva amiga les daba mala espina y de que tuviera cuidado porque me traicionaría a las primeras de cambio, me dejaría tirada y ellas, mis verdaderas amigas, no querían verme sufrir. Más majas ellas… Quiso el tiempo pasar y casi 20 años después mis viejas amigas ya no están, ahora sólo son conocidas con las que, después de saludarnos, no sabríamos de qué hablar. Sin embargo, aquella nueva amiga cuya amistad iba a durar dos telediarios es hoy en día una de mis mejores amigas, de esas con las que siempre puedo contar, ya sea para contarle mis penas, escuchar las suyas o simplemente pasarnos hablando 3 horas y ver que el tiempo no ha pasado para nosotras. No deja de tener cierta ironía.

CONTRAS:

  1. A los amigos que vienen y van pero siempre están no siempre se les reconoce al primer vistazo. Hace falta tiempo y hay que saber verlos.

  2. En algunos casos, pueden verse eclipsados por otras amistades-espejismos. Si tienes mala suerte, éstas últimas intentaran apartarte de las primeras. Esperemos que no te dejes embaucar.

  3. Como son amistades que perduran a través de los años y no siempre de manera continua, puedes cometer el error de verlas como amigas que estuvieron y se fueron y considerarlas simples conocidas. En cuanto cruces dos palabras con ellas, verás que son amigas de verdad.

PROS:

  1. El tiempo pone a cada uno en su lugar. A ti también. Si has cometido el error de pensar que estas amistades sólo eran conocidos, antes o después te darás cuenta de que fueron y son amigas de verdad. Probablemente a los cinco minutos de hablar con ellas de nuevo.

  2. Siempre que os veis os sabe a poco. Aunque hayáis pasado una tarde entera juntas. Te vas a casa con ganas de volver a veros y con una sonrisa en la cara.

  3. Si han pasado 20 años y seguís siendo amigas, seguramente pasarán otros 20 y seréis amigas también.

  4. Sabes que siempre puedes contar con ellas.

Conclusión: quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y estas amistades que siempre están valen su peso en oro. Date cuenta de ello y cuídalas bien.

Dedicado a mis amigas que siempre están ahí. Especialmente a María.
27Feb/13

… de los amigos que estuvieron y se fueron

El otro fin de semana quedé con unas amigas mías. Somos amigas desde la universidad y, aunque nuestras vidas se han ido distanciando, seguimos haciendo por vernos. Y cuando nos reencontramos, nos ponemos al día y seguimos como cuando íbamos a clase. Esta última vez que quedamos, una de ellas me preguntó si me parecía bien que viniera un chico que también venía con nosotras a clase. Según me dijo, tenía ganas de conocer a mis hijos. Como me pilló desprevenida, le dije que sí, pero no entendía bien por qué alguien que, por muy amigo de mi amiga que fuera, no era amigo mío. Había sido un compañero. Tras la universidad, sólo le he visto en contadas ocasiones. Lo que a mí no me importa. Pero no deja de sorprenderme ese interés en conocer a mis hijos cuando ni él ni yo tenemos interés en vernos. De hecho, no nos vemos si no es a través de esta amiga en común.

Esto me hizo pensar en los amigos que he ido haciendo hasta el momento. A fecha de hoy, y sin contar a los que aún haré a lo largo de mi vida, mis amigos han quedado reducidos a dos grupos. Los que estuvieron y se fueron. Y los que vienen y van pero siempre están. Los demás sólo han sido compañeros (de colegio, de instituto, de trabajo, de universidad, de cursos…).

Los amigos que estuvieron y se fueron ya no son amigos. Ahora con conocidos. Te los encuentras por la calle y no dices “ésa es amiga mía”. Lo que dices es “a ésa la conozco yo”. A mí me duele. Y duele porque esa persona una vez fue mi amiga, lo que implica confidencias, alegrías y penas compartidas. Y ahora todo eso se ha esfumado. Quizás haya sido falta de interés, incompatibilidad de agendas, vidas que ahora ya nada tienen que ver… Si fue por ambas partes, todavía se lleva mejor. Pero algunas veces me ha pasado que he intentado mantener esa amistad pese a que nuestras vidas llevasen caminos distintos y tanto esfuerzo no ha servido para nada.

Siempre me acuerdo de una entonces amiga que, estando yo embarazada del Mayor, la invité a venir a mi casa porque siempre iba yo a verla a ella y ella nunca a verme a mí, a pesar de que nos separaban los mismos 20 minutos en coche. Pues bien, mi amiga tuvo a bien decirme que eligiera: si venía a verme en ese momento, no vendría para conocer a mi bebé cuando naciera; pero que si no iba en ese momento, vendría después del parto. Yo fui tonta. Tan de sorpresa me pilló aquello, que sólo pude decirle que eligiera ella. Por si a alguien le interesa, aquella amiga vino a mi casa antes de que yo diera a luz. Y después de aquella visita no he vuelto a verla. El Mayor tiene ya 5 años. No le conoce a él ni a sus hermanos. Vamos a buscarle las dos caras a la moneda.

CONTRAS:

  1. Este tipo de amigos fueron muy buenos amigos mientras duró la amistad. De no haber sido así, sólo hubieran sido compañeros. Y la amistad duró mientras se compartieron los mismos intereses. Se acaba la carrera, te mudas de casa, cambias de trabajo y nunca vuelves a saber de ellos si no es oídas. Una amistad que no resiste los cambios de la vida no es una amistad sólida.

  2. Aún hoy, cuando pienso en ciertas personas, me da pena que nos hayamos distanciado tanto. Eran buenas amigas y seguro que siguen siendo buenas personas.

  3. Cuando pienso en otras personas, sin embargo, me alegro de que ya no formen parte de mi círculo de amistades. Con el tiempo, he visto que su amistad no era tal, sino sólo interés que te quiero, Andrés. Alguien dijo que el tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Cierto.

  4. Como ya dije, toda historia tiene dos versiones. Yo aquí cuento la historia bajo mi punto de vista. Y bajo mi punto de vista, no creo que nadie pueda reprocharme nada. Siempre he contestado a las llamadas y he respondido a los mensajes o mails que me han enviado. Nunca he optado por el silencio, algo que no todos pueden decir.

PROS:

  1. Llega un momento en que decides que esa persona sólo es un conocido para ti. Y yo al menos vivo más feliz.

  2. Te das cuenta de que no eran verdaderos amigos. Tan importante es saber quiénes son tus amigos como quiénes no lo son.

  3. Has aprendido una lección sobre la amistad de verdad y la amistad como espejismo. No la olvides.

Conclusión: ahora valoro a mis amigas por lo que son en cada momento. Disfruto de su amistad e intento conservarla. Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Pero si no, no es el fin del mundo. Hay que mirar hacia delante. Punto pelota.

Dedicado a la Tata de mis hijos. Con mucho cariño.
14Feb/13

… de escribir un blog

Lo he pensado mucho, mucho. ¿Escribo un blog o no? ¿Tendré tiempo y dedicación o no? ¿Me pica la nariz o es un estornudo? ¿Blogger o WordPress? Después de pensarlo mucho, al final me he decidido a escribir un blog personal. Ésta ha sido mi lista de pros y contras para ello:

CONTRAS:

  1. Te haces público. Tú, como tú (no como trabajador, madre, padre, hijo, amigo, sino como tú mismo), le das a todo aquel que quiera leerte la posibilidad de entrar en tus pensamientos más profundos que puedes haber compartido con la gente de tu entorno o no. Genial si eres algo tímido, ¿no?

  2. Si alguien te conoce personalmente y te lee, puede molestarse o no por aquello que escribes o cómo lo escribes. Especialmente si el post trata sobre esa persona. Me temo que aquí hay dos opciones: o te lo callas o tienes que mentalizarte para que esas futuras discusiones no te afecten. Yo aún no me he decidido (nota mental: hacer lista de pros y contras). Todos sabemos que en cada historia hay dos versiones, la propia y la ajena y todos creemos que la propia es la que vale. Quien no lo piense así que tire la primera piedra. A mí no, a ser posible.

  3. Te impones una rutina para escribir. Es obvio que esto no es un diario, pero si se trata de un blog personal hay que escribir a menudo. Si no, el blog cae en desuso, se marchita, muere y al final pasa a formar parte de la web-basura de Internet. ¿Alguien sabe qué pasa con toda esa información y datos perdidos por Internet? ¿Se acabarán juntando como los robots de Will Smith? ¿Nos acabarán gobernando como en Matrix?

PROS:

  1. Tienes un sitio donde desahogarte. Todos tenemos a alguien que nos escuche, que nos dé la razón o nos la quite. Pero aquí se trata de gente anónima que decide libremente si le apetece o no. También te puede mandar a la mierda libremente. Cosas de Internet.

  2. Puedes conocer a gente afín a ti y a tus circunstancias. Hay quien se hace pareja por la web, amigos se supone que también. Enemigos seguro.

  3. Escribes sobre lo que te dé la gana. Así, sin imposiciones. Libre albedrío.

  4. Me gusta escribir. Así, en general.

Llegados a este punto, creo que los pros ganan. Conclusión: me decido a escribir un blog. Entro de lleno en el mundo blogístico sin paños calientes. Aún quedan flecos, lo sé. Esto irá tomando forma durante la marcha. Cruzo los dedos. Me apetece escribir un blog. Punto pelota.