Category Archives: Cosas mías

16Abr/13

… de una cesárea violenta

Después de escribir la Carta abierta a mi bebé, el tercero de mis Trastos, creo que debo explicaros las particularidades de su nacimiento. Para empezar, aclarar que fue una cesárea de urgencia, no programada y que, en principio, iba a ser un parto natural. Es una entrada un poco más larga de lo habitual, espero me disculpéis. He intentado resumir al máximo todo lo que pasó.

Ya en la semana 20 de gestación, me dijeron que la placenta estaba mal colocada, pero que, a medida que mi bebé fuera creciendo iría desplazándola hasta su lugar habitual. Y no le dimos más importancia. Entrando en el último trimestre de embarazo, mi ginecóloga me dijo que la placenta seguía mal colocada y, si no conseguía moverla el bebé, no habría más remedio que programarme una cesárea. Yo no quería cesárea. Lloré. Lloré mucho, pero pensar que sería lo mejor para mi bebé hizo que cogiera fuerzas y me senté a esperar.

Sobre la semana 37, fui a una revisión. Estaba muy nerviosa pues era la última oportunidad de librarme de la cesárea. Si la placenta seguía sin moverse, mi bebé corría un riesgo real, pues ya tenía un tamaño considerable, y habría que programarme una cesárea. Me hicieron la ecografía y allí estaba, más o menos colocadita en su sitio. Respiré aliviada. Iba a tener un parto natural.

Esto fue un miércoles. No había razón para preocuparse. Mi bebé nacería normalmente. Seguí haciendo vida normal. El viernes por la noche me desperté mojada. Eran las 3 de la mañana y pensé que había roto aguas. Lo primero que se me vino a la cabeza fue que no podía ser. Aún me quedaban 15 días para salir de cuentas y no había preparado ni la bolsa para el hospital. Me levanté y encendí la luz, para comprobar el color del líquido. Recordemos: agua clara, ir tranquilamente al hospital, sin prisa pero sin pausa; agua oscura, acudir rápidamente. Bien, pues encendí la luz y aquello no era agua de parto, ni clara ni oscura. Era sangre. Sangre roja. Sangre saliendo a chorros, literalmente. La cama llena de sangre, el suelo lleno de sangre… y no paraba de salir.

Aterrada, desperté al Tripadre. Imaginaos la escena. No sabíamos qué pasaba y yo sólo podía pensar en mi bebé. Llamamos al 112 y nos recomendaron ir pitando al hospital. Llamamos a los abuelos para que se quedaran en casa con los Trastos. Los 10 minutos que tardaron en llegar se me hicieron horas. El tiempo que tardamos en llegar al hospital se me hizo eterno pues yo seguía perdiendo mucha sangre. Primer diagnóstico: un problema con la placenta. No parecía nada grave, quizá se abría roto un vaso sanguíneo. ¿Un vaso? ¡Ya sería una jarra entera! En cualquier caso, me monitorizaron y mi bebé estaba bien.

Por primera vez en toda la noche, respiré aliviada. Todo parecía estar bien, pero decidieron ingresarme para mantenerme en observación. Parecía que yo iba sangrando menos, así que me dijeron que, si paraba la hemorragia, por la mañana podría irme a mi casa a esperar que me pusiera de parto.

Llegó la mañana y la ginecóloga de urgencias me dijo que tenía un parto que atender, que iban a contarle lo que había pasado a mi ginecóloga y que, como ya apenas sangraba, seguramente me iría a casa al cabo de unas horas, guardando reposo, eso sí. Así que esperamos. Al rato entró de nuevo la ginecóloga de urgencias. Su cara ya me hizo sospechar. Le habían contado a mi ginecóloga lo ocurrido durante la noche y había decidido que mi bebé nacería hoy. ¿Por qué? Pues porque podría volverse a repetir el episodio de la sangre y que, si la próxima vez pasaba durante el día, podría desangrarme en el camino hacia el hospital y no contarlo. Un panorama desolador, como os podréis imaginar. Así que, en cuanto llegara al hospital mi ginecóloga, yo entraría en quirófano.

Llamamos a los abuelos para explicarles la situación. Le pedí a mi madre que me prepara la bolsa y me la trajera al hospital. Menos mal que, aunque no la había preparado yo, ya tenía la ropita lista en los cajones. Lo peor es que, en España, no dejan entrar a los padres a las cesáreas y yo iba muerta de miedo, sola, camino del quirófano. Desde aquí, mil gracias al anestesista y a mi ginecóloga, que estuvieron conmigo en todo momento y me dieron ánimo cuando yo ya no podía más.

Me abrieron, pero mi bebé aún no estaba listo para nacer. Estaba muy arriba. Respecto a la placenta, resulta que no había sido un vaso roto, yo sangraba porque mi placenta estaba desgarrada. Hecha pedacitos. De ahí esa inmensa cantidad de sangre. Sangre que seguí perdiendo durante la cesárea y tuvieron que dormirme. Tener la placenta destrozada no ayudó a que tuviera una cesárea normal. Recuerdo haber abierto los ojos un momento y ver cómo limpiaban a mi bebé, oírle llorar y respirar aliviada antes de dormirme de nuevo. Después abrí los ojos otra vez, cuando una enfermera me acercó a mi nuevo bebé, pero yo no tenía fuerzas ni para tocarle ni para besarle. Volví a dormirme. Empezaba a despertarme cuando me sacaban del quirófano. Acerté a ver un cubo lleno de gasas, guantes y mucha, mucha sangre. Me llevaron a REA y allí estuve varias horas. Hasta que recuperé mi nivel de glóbulos rojos y me llevaron a la habitación, a conocer a mi bebé.

Y mientras tanto, ¿qué fue de mi bebé? Pues el pobre había tardado en nacer, de lo arriba que estaba aún en mi tripa. Y había cogido frío durante la operación. Lo normal en estos casos es acercarlo a la madre para que le dé calor corporal. Pero yo no podía hacerlo. Así que se lo dieron al Tripadre. Método canguro a tope. Pero tampoco sirvió. Le tuvieron que llevar a una incubadora, a neonatos. Estuvo una media hora hasta que cogió calor y entonces le llevaron a la habitación. Pero yo aún no estaba. Tuvieron que darle un biberón. Y yo, en la REA, sólo pensaba que mi bebé estaba lejos de mí, que tenía que arrimármelo al pecho cuanto antes, que yo sólo quería estar con él.

Por fin nos encontramos. Cogí a mi bebé y me lo arrimé, se enganchó bastante bien teniendo en cuenta cómo había sido su llegada al mundo. Me dijeron que había sido una experiencia muy cansada para él. Se notaba. Se dormía al pecho antes de terminar la toma, apenas tenía fuerza para sacar el calostro. Aquella primera noche fue horrible porque tuvimos que despertarle para comer, pero a mi bebé le costaba mucho despertarse para comer.

Al final, todo pasó. Y salió bien. Mi bebé está sano, aunque siente más el frío y hay que tener cuidado para que no coja frío y se ponga malito. Yo recuperé mis niveles sin necesidad de transfusión. Como me dijo mi ginecóloga, el cuerpo de la mujer se recupera de manera prodigiosa de un parto. Sólo hay que darle tiempo y dejarle hacer. Nunca se lo agradeceré bastante. Más tarde, me enteré de que el anestesista había calificado mi cesárea como violenta y, en palabras de mi ginecóloga, la mía había sido una de las más difíciles de toda su carrera profesional. Ahí es nada.

CONTRAS:

  1. No estaba preparada. Mi bebé tampoco. Por eso todo fue aún más difícil.

  2. En mis otros embarazos, había preparado la bolsa del hospital en la semana 36. En el último, no sé por qué, estaba en la 37 y pensaba que aún me quedaba tiempo.

  3. Tardé en recuperarme, pues la pérdida de sangre fue brutal.

  4. No pude darle la bienvenida a mi bebé. Pasó por demasiados brazos antes que los míos. Al menos, uno de los primeros fue el de su padre. Algo es algo.

  5. El miedo. Yo estaba aterrada por mi bebé. El Tripadre estaba aterrado por los dos. Si hubiera sido a las 3 de la tarde, entre atascos y demás, quizá yo no hubiera llegado al hospital.

  6. La cicatriz. Aunque ya no se hagan como antes y apenas se noten, el caso es que está ahí, en mi tripa, recordándome todo lo que pasamos aquella noche.

PROS:

  1. En las cesáreas, te limpian por dentro. Así que en el puerperio se mancha menos, al menos en mi caso. No sé si que fuera el tercer parto tuvo algo que ver, pero efectivamente, manché menos que con los anteriores..

  2. A la hora de ir al baño, hay menos molestias que con una episotomía. No es que no la haya, sino que hay menos.

  3. Se puede amamantar igual que con un parto natural.

  4. Entiendo que la madre realiza menos esfuerzo para alumbrar al bebé, pues son otros quienes sacan al bebé de dentro.

He pasado por dos partos naturales y una cesárea. Y, personalmente, no entiendo cómo hay gente que sigue programándose cesáreas. Las cesáreas son necesarias cuando hay un problema, un riesgo real. Si no es así, prefiero el parto natural. Por poco glamuroso que sea, aunque haya que empujar como si no hubiera mañana, a pesar de todo, ojalá mi bebé hubiera nacido cuando él así lo hubiera decidido. Sin embargo, en mi caso, la cesárea supuso salvarnos la vida a mí y a mi bebé, así que no puedo estar más agradecida a los profesionales que me atendieron.

15Abr/13

Carta abierta a mi bebé

Carta abierta a mi bebé

Queridísimo Peque:

Esta semana hace ya un año que tú y yo dejamos de ser uno para ser cinco. Una familia. Un año de sonrisas y risas, de olor a leche y a purés, de lágrimas y besos y, sobre todo, de mucho amor.

En estos días, hace un año ya que tuviste que nacer para salvarnos a los dos. No era tu momento. Yo aún no estaba preparada. Recuerdo la cena de aquella noche. Recuerdo la bolsa a medio preparar. Recuerdo la sangre y el miedo. No miedo por mí, sino por ti. Aquellos minutos que parecían horas. Aquella carrera al hospital temiéndome lo peor. Y papá pensando que nos perdía a los dos.

Recuerdo las horas separados, sin saber qué habría sido de ti. Sin saber qué iba a ser de mí. La soledad, el frío y el reloj de la pared del fondo. Todo parece un mal sueño. Una pesadilla que volvería a repetir, sin duda, por volver a vivir el momento de tenerte entre mis brazos, al fin.

Te costó nacer, arrancado de mis entrañas. Me costó mantenerme consciente, presa del terror a no saber. No saber si estarías bien, si serías un bebé sano, si sería capaz de cuidarte. Temores que desaparecieron nada más verte, nada más abrazarte, nada más olerte, nada más besarte. Por fin juntos. Todo había salido bien.

Has crecido. Tus dientes ya asoman cuando sonríes. Empiezas a jugar con tus hermanos, dentro de poco serás uno más. Tu curiosidad no deja de asombrarme. Otra vez, miro el mundo con nuevos ojos. Intentas andar pero te caes. Ahí estamos papá y yo para ayudarte a levantarte, y tú listo para intentarlo de nuevo. Así ha de ser. Te miro embobada. Aún no me creo que hayas estado dentro de mí. No me creo que sea la madre de un bebé tan hermoso, tan lleno de vida, tan feliz. Se te alegra el alma cuando me ves aparecer. Tú y yo nos debemos la vida.

Desde aquí, en tu primer año de vida, en nuestro primer año juntos, quiero darte las gracias por estos meses a tu lado. Todo, absolutamente todo, ha merecido la pena. Merece la pena. No me arrepiento de nada. ¿Cómo podría si mirándote me pierdo en tu mirada? ¿Cómo podría si al besarte siento que no hay amor en el mundo más grande ni más puro? ¿Cómo podría si en cada abrazo te doy mi vida?

Feliz, muy feliz cumpleaños, Peque.

12Abr/13

… del Viernes dando la nota: Tu calorro

Viernes dando la notaAquí estoy un viernes más dándolo todo. Hoy os traigo una canción más conocida, creo. Se trata de Tu calorro, de Estopa. Otros a los que me encanta escuchar porque me alegran el día, sobre todo, sus primeros discos. La canción tiene ya unos añitos, pero no por eso me gusta menos. Es empezar a oírla y se me mete el ritmo en el cuerpo.

Además, esta canción tiene historia, pues fue el comienzo de algo muy bonito. Pero no os lo cuento ahora. Vais a tener que seguir leyendo hasta el final…

CONTRAS:

  1. Da igual lo que esté haciendo. Al escucharla, el cuerpo me pide baile. Dejo lo que esté haciendo y me pongo a bailar. A veces no lo dejo y bailo mientras sigo haciendo mis cosas.

  2. Podría estar escuchándola todo el día. Con el consiguiente riesgo de resultar cansina. Yo, no la canción.

  3. El vídeo que he encontrado es un directo, espero que se escuche bien.

  4. La semana pasada hubo quien no pudo ver el vídeo, espero que esta vez no pase porque no tengo ni idea de cómo solucionarlo.

  5. De nuevo, me falta tiempo para pasarme por todos los blogs. Y creedme que lo intento…

PROS:

  1. Esta canción me trae muy buenos recuerdos. El Tripadre y yo, antes de ser pareja, fuimos amigos. Podría decirse que con esta canción saltaron las chispas que me hicieron pensar que quizás podríamos ser algo más. Él ya lo venía pensando de antes, jejeje… Para no extenderme, diré que en un determinado momento de la canción, el Tripade me miró de cierta manera y ahí empezó todo. Concretamente desde el minuto dos hasta el 2:23… ainsss… ya estoy sonriendo como una tonta otra vez…

Como veis, un pro muy muy muy importante. ¿Quién me iba a decir a mí que aquella Nochevieja en que la bailamos juntos iba a saltar la chispa de lo que luego se convertiría en una familia con tres Trastos?

Y ahora ¡a disfrutarla! Yo ya estoy bailando… 😀

Viernes dando la nota es un carnaval de blogs en el que todos los blogs participantes dejamos una canción y entre todos hacemos del viernes un día lleno de música.
Si quieres participar, sólo tienes que subir a tu blog una entrada con una canción que te guste, que signifique algo especial para ti, que no puedas quitarte de la cabeza… y enlazarlo al Viernes dando la nota.
Recuerda viejas canciones, rememora momentos, conoce nuevos artistas… y sobre todo ¡Baila, canta y diviértete!
Si quieres saber más, las reglas y participar puedes verlo todo aquí.

11Abr/13

… de recibir 3 premios

Premios 1

Hace casi un mes, Annabel de La nave del bebé, me sorprendió con esto. No uno, ni dos, sino tres premios. Tres, ¡como mis Trastos! A saber: One Lovely Blog Award, Liebster Award y Best Blog. Apenas hacía un mes que me había decidido a abrir este blog. Aún andaba peleándome con Twitter y Facebook, aprendiendo esto de los widgets de WordPress, intentando entender las estadísticas de Madresfera

Si os cuento la ilusión que me hacía, la sonrisilla en la cara que tuve el resto del día, me diréis que exagero, así que mejor no os lo cuento. Pero os lo imagináis, ¿verdad? Annabel es encantadora, sólo hay que leer un poquito su blog para darse cuenta. Ya la he enlazado desde aquí un par de veces. Seguro que os suena.

Recibir estos premios implica contar algunas cosas sobre mí. Que no haya contado ya por aquí, se entiende. Así que ahí voy.

  • Me gustan los días de lluvia y los de niebla. Si no tengo que salir de casa, mucho mejor.

  • Aunque mi color favorito es el amarillo, las rosas las prefiero rojas.

  • Lo mío con el chocolate no es adicción ni obsesión. Es algo que va mucho más allá.

  • Tengo un tatuaje.

  • Me apasiona cocinar. Si es algo dulce, mejor que mejor.

  • Me pirra la fotografía. Pero no soy buena fotógrafa.

  • Un buen puzzle me ayuda a relajarme y a pensar.

Ahora ya sabéis algo más sobre mí. Lo que no sabéis es por qué he tardado casi un mes en otorgar estos premios. Pues por qué va a ser, porque antes he hecho mi lista de contras y pros ;-).

CONTRAS:

  1. Recién aterrizada en este mundo 2.0, aún no conocía muchos blogs. Seguía unos 5, muy conocidos, pero ninguno más. Quería conocer algunos más para poder escoger a cuáles pasarles el testigo.

  2. No tenía mucha idea de cómo funcionaba esto de los premios. Sí, vale, te los dan y te hace un montón de ilusión, pero luego ¿qué haces con ellos? ¿Hay reglas no escritas? ¿Hay que ponerlos en la página principal? ¿Hay que crear una página exprofeso para ellos? Miles de preguntas me asaltaron. Algunas tontas, lo sé.

  3. Se corre el riesgo que dar el premio a un blog al que ya se lo había dado previamente. Esto al principio casi me quitaba el sueño. Pero luego pensé que si los actores que ya tienen un Óscar o un Goya no renuncian al segundo y sucesivos por tener ya uno, ¿por qué no iba yo a darle estos premios a un blog aunque ya lo hubiera recibido antes?

  4. Como poca gente sabe que escribo este blog, no he podido compartir mi alegría con mucha gente. Me lo he tenido que callar y morderme la lengua. En varias ocasiones además.

PROS:

  1. Que te den un premio siempre gusta. Alimenta tu ego y el resto del día vas por la casa que ríete tú de Katharine Hepburn o Carmen Maura. Quienes, para quien no lo sepa, tienen 4 estatuillas, cada una en lo suyo.

  2. ¿Se pueden dedicar? Espero que sí… yo se los dedico a mis 55 magníficos seguidores. Y a mi marido y a mis Trastos, por supuesto ;-).

  3. Doy los premios con la misma ilusión con la que los recibí.

Bueno, que no me enrollo más. ¿Queréis saber para qué fantásticos blogs van estos premios? Pues aquí están:

  • Niños felices, niños buenos. Porque también tiene tres hijos, porque también son todos niños y porque me encanta su blog.
  • En paro biológico. Porque su blog es un claro ejemplo de que, en esto de tener hijos, no existe el momento ideal. Y por nuestras charlas nocturnas en Twitter.
  • ¡Mamá qué sabe! Porque se pueden decir las cosas más altas, pero no más claras. Y encima te hace pasar un buen rato.
  • Mami a tope. Porque, aunque lo he descubierto hace poco, no puedo dejar de leerlo. Y porque su proyecto La princesa que besa es genial.
  • La mamá imperfecta. Porque me río mucho con sus historias y, como ahora está en EE.UU., así voy pillando nota de lo que se cuece por ahí, no vaya a ser que al Tripadre lo manden para allá.

¡Enhorabuena!

03Abr/13

… de volver a la autoescuela

Coche.

Si os pasáis de vez en cuando por aquí, mi casa 2.0, sabréis que he vuelto a la autoescuela. A dar clases prácticas más bien, para quitarme este miedo que me paralizaba al volante y coger confianza conduciendo. Llevo, con hoy, 8 clases. La última ha sido hace un rato. La anterior, antes de las vacaciones de Semana Santa.

Antes de las vacaciones, yo me veía feliz y contenta yendo a recoger a los Trastos al colegio. Había adquirido cierta confianza que crecía día a día. Pensé en llegar a 10 clases y dejarlo. También pensé en coger mi propio coche estos días de fiesta para practicar y ver qué tal se me daba sin mi profesor al lado. Sin embargo, por unas o por otras, no ha podido ser. No hemos podido dejar a los tres Trastos con nadie y yo, para practicar, paso de llevármelos en el coche. Me parece irresponsable cuando menos. Además, después de volver de Teruel, la casa se ha llenado de visitas y tampoco me parecía bien dejarles a ellas a los niños para irnos el Tripadre y yo a dar vueltas con el coche.

En cualquier caso, éstas son los contras y pros con los que me he encontrado al volver a la autoescuela. ¿Preparados? ¿Listos? ¡Empezamos!

CONTRAS:

  1. Tras años de insistirle al Tripadre para que no corra, resulta que ahora a mí me cuesta coger velocidad. En ciudad, muy bien, pero en autovía está fatal. Tengo que correr más, tengo que correr más…

  2. El juego de pedales se me sigue atravesando. En la última clase, no se me caló el coche ninguna vez. Hoy se me ha calado 3 veces… al menos no han sido seguidas y he sido capaz de seguir.

  3. Cuando en una calle estrecha me encuentro con un autobús que viene hacía mí por el carril de al lado, es para verme y mearse de risa. Me encojo de hombros y empiezo a decir: “ay, ay, ay…” hasta que ha pasado. Mi profesor se parte conmigo.

  4. Entre los nervios y ponerme delante de un volante, toda mi concentración está puesta en la carretera. Lo que implica que digo y hago preguntas personales que, en situaciones normales, no haría. Estoy convencida de que mi profe piensa que soy una cotilla bocazas, qué paciencia tiene el pobre conmigo…

  5. Confundo derecha e izquierda. Más de una vez me dice que gire a la derecha y yo, no sé por qué, veo la calle a la izquierda y ahí que me lanzo. Mañana me voy al cole con mis hijos, a ver si me enseñan la diferencia entre un lado y otro.

  6. Me he dado cuenta de que no sé orientarme en coche. Ya puedo estar al lado de casa que, si no veo el parque, podría bajarme ahí mismo y tardar tres horas en saber por dónde ir.

PROS:

  1. Soy capaz de arrancar en una cuesta. ¡Bravo por mí! Si me asustaba que se me calara el coche y no fuera capaz de arrancarlo, ya ni os cuento si esto me pasa en una cuesta.

  2. El aparcamiento en línea lo tengo controlado. Me sale increíblemente bien, de verdad…

  3. Como no conduzco para sacarme el carné (os recuerdo que lo tengo nuevecito desde hace unos 12 años), mi profesor me dice cosas que normalmente no se dicen a quien tiene que examinarse. De la misma manera, probamos a hacer cosas con el coche para que yo coja confianza, como entrar en una rotonda en tercera ;-).

  4. Estoy decidida a que el coche no va a poder conmigo. Mis hijos lo ven como una competición entre el coche y yo, y no pienso perder antes un cacharro por mucho volante que tenga.

  5. Si abandono, doy pie a mis hijos a que vean que no pueden hacer determinadas cosas que se propongan. Y eso sí que no. Hay que enfrentarse a los miedos, cada uno el suyo, coger el toro por los cuernos, como suele decirse, plantarle cara y quitarse el miedo. Quiero que vean que miedo tenemos todos, pero lo importante no es asustarse, sino saber sobreponerse y seguir hacia delante.

Resumiendo, no sé cuántas clases más daré. Tampoco sé cuándo podré probar mi coche. Ahora mismo estoy un poco derrotada y tampoco me veo yendo a recoger a los Trastos al cole. Lo mismo dentro de dos clases más vuelvo a coger confianza, puedo practicar con mi coche el fin de semana y en 10 días me veis conduciendo por ahí… Lo que sí tengo claro es que no pienso rendirme. Como siempre les digo a mis hijos cuando algo no les sale, la clave es practicar. Así que mañana más ;-).

02Abr/13

… de que su abuela sea mi madre

Me enorgullece decir que mis hijos tienen a su disposición a sus cuatro abuelos. Cuatro personas fantásticas y maravillosas que se desviven por ellos. Les quieren, les adoran y siempre están ahí para echarme una mano (si la necesito) cuando el Tripadre anda en su eterno horario laboral o de viaje. Desde aquí, gracias.

Por otro lado, el Tripadre y yo siempre les decimos a los Trastos que siempre hay que hacer caso a papá y a mamá. El problema viene cuando yo digo una cosa y mi madre, su abuela, les dice otra. Dejaré hoy a un lado el tema de la autoridad pa/materna para centrarme en otra cosa, porque, en mi caso, se merece una entrada a parte.

Un ejemplo. La abuela les dice que, después del baño, pueden ver una película. Ellos corren raudos y veloces a decirme qué peli quieren ver. Yo miro el reloj y les digo que peli no hay, hay dibujos normales en la tele, si quieren. ¿Por qué? Pues porque la película dura hora y media larga y, después del baño, sólo les queda una hora antes de irse a la cama. Sé que no van a consentir en dejar la película a medias, pero si les dejo verla entera, al día siguiente cuesta horrores que se levanten de la cama para ir al cole. Pues bien, ya está servido el drama.

Les explico que no les da tiempo a verla entera. Ellos me regatean, están dispuestos a renunciar al baño para que les dé tiempo. Por un momento dudo, total, porque no se bañen un día no pasa nada, ¿no? Entonces caigo en que el Mediano trae el pelo lleno de arena, fruto del recreo, y en que el Mayor ha tenido fútbol. Hoy toca baño sí o sí. Les digo que no, que mejor mañana, se bañan antes y les pongo la película que quieran (que no se confunda nadie, tardan media hora en ponerse de acuerdo porque, por lo general, la peli que quiere ver uno, no quiere verla el otro… y así un buen rato). El Mayor me ha visto dudar, sabe que puede insistir un poco más. Lo hace. Vuelvo a acordarme de la arena. Digo que no. Ven que están perdiendo la batalla contra mí y recurren al último cartucho que les queda.

– Mamá- me dice el Mayor muy serio-, tú siempre nos dices que hay que hacer caso a mamá y a papá, ¿verdad?

– Sí. Es que siempre hay que hacer caso a mamá y a papá.

– Pues la abuela ha dicho que podíamos ver una peli.

– ¿Y?

– Pues que la abuela es tu madre y tú deberías hacerle caso. Así que tienes que ponernos una peli.

Mi cara es un poema. ¿En qué momento de su vida, ese pequeñajo, ese pipiolo, ese mico de cinco años ha sido capaz de hacer tal asociación de ideas y ponerme en jaque a mí? Me doy cuenta de que está a punto de ganarme con mis propios argumentos. Esto puede asentar unas bases terribles para el futuro. Ya me veo llamando a mi madre para preguntarle si hoy pueden ir en manga corta porque ellos quieren, pero yo no veo que el día esté para ir así de frescos. ¿Va a mandar la abuela más que yo, que soy su madre? Por ahí no paso. Ya le veo la cara de satisfacción. Dudo un segundo. Me recompongo y muy digna le digo:

– Ya, pero tu madre soy yo, no la abuela. Y ésta es la casa de mamá y de papá, no de la abuela, así que aquí se hace lo que digan papá y mamá, nadie más.

– Joooo…

Y se va, resignado al salón. Yo sonrío, he ganado. He conseguido salir de una situación delicada. Me siento orgullosa de mí misma. Creo que he dado con el quid de la cuestión. Si pudiera, me daba un beso. Qué diantres, palmaditas en la espalda, que ahí sí llego. Yo también me voy al salón, dispuesta a negociar qué dibujos ponemos después del baño.

– ¿No les vas a poner una peli? – pregunta mi madre.

– No les da tiempo después del baño.

– Pues no les bañes hoy. No les va a pasar nada.

– Tienen arena en el pelo. Tengo que bañarles.

– Pues les peinas y ya está.

– Pero es que el Mayor ha tenido fútbol y habrá sudado.

– Ya ves tú lo que puede sudar un niño de esta edad.

– Bueno, voy a bañarles, que me quedo yo más a gusto sabiendo que se acuestan limpitos.

– Tú verás, que eres su madre. Pero mira que dejarles sin peli…

– Voy a prepararles el baño.

Está claro que no todas las batallas se ganan a la primera.

CONTRAS:

  1. Es cierto, las abuelas y los abuelos son los padres y madres de mamá y papá. Pero eso no significa que manden más que nosotros, que al fin y al cabo somos los padres de nuestros hijos.

  2. Se dice que los padres crían y los abuelos malcrían. ¿Y dónde está el límite de malcríar?

  3. Cuando era pequeña, siempre oí a mi padre decir aquello de “yo soy tu padre y harás lo que yo diga”. Pues bien, ahora la madre soy yo. Exijo respeto sobre mis decisiones.

PROS:

  1. Prefiero tener esa discusión con mi madre cien veces a que no estén presentes en la vida de mis hijos. Son sus abuelos y les quieren con locura.

  2. Siempre estaré eternamente agradecida con la ayuda que me prestan los abuelos. Hay veces en que no puedo hacerlo sola… a menos hasta que se invente la máquina de la ubicuidad. ¿Alguien sabe dónde la venden?

Cuando mis hijos eran bebés, no se enteraban de la mitad de las cosas. Ahora han crecido y, aunque a mis ojos, sigan siendo pequeños, ya son personitas con capacidad de asimilación y comprensión. Tienen sus propios gustos y saben qué quieren y qué no. Ante dos respuestas contradictorias, escogerán siempre la que más les convenga a ellos. Los adultos también lo hacemos. Es algo normal. Por eso es importante mantener una cierta coherencia en lo que se les dice. Da lo mismo que se trate de papá y mamá o de papá y la abuela, si se dan discursos contradictorios, los niños no sabrán a qué atenerse. Para mí, la palabra clave es coherencia. Y dejarles bien claro a quién deben hacer caso siempre.

¿Os ha pasado algo similar alguna vez? ¿Cómo lo habéis resuelto?

29Mar/13

… del Viernes dando la nota: Eldorado

Después de ver durante varios viernes esta iniciativa tan original, hoy he decidido sumarme a ella. Mi indecisión viene porque mi cultura musical no es muy amplia. El Tripadre me acusa de escuchar siempre las mismas canciones o los mismos artistas. Qué le voy a hacer, cuando algo me encanta, me encanta de verdad.

CONTRAS:

  1. Hay que pensar una canción todos los viernes. Y, como digo, mi abanico musical, ya de por sí no muy amplio, se ha centrado estos últimos años en los Cantajuegos y dibujos de la tele.

  2. Para poder llevar a cabo esta iniciativa, me estoy peleando con el InLinkz. Sé que no soy la única, pero no me consuela.

PROS:

  1. Gracias al Viernes dando la nota, puedo hacer un recorrido por otros blogs desde un solo sitio.

  2. Ya tengo banda sonora para el fin de semana. Que hay que empezarlo con alegría, leches, aunque esté lloviendo y me queden tres lavadoras por poner.

No me enrollo más más. Empezamos dando la nota 😉

Viernes dando la notaHace muchos años, cuando aún vivía con mis padres, ya me gustaba esta canción. Me emocionaba porque refleja el sacrificio que los padres hacen por sus hijos. Cuando la oía, mis pensamientos, en aquel entonces, iban para mis padres.

Ahora la madre soy yo y la canción cobra aún más sentido. Ahora las palabras se llenan de un significa pleno, pues ahora estoy en los dos lados de la calle, soy hija y también madre.

Sé que a los hijos nos cuesta mucho dar las gracias a los padres por todo lo que han hecho por nosotros, por todo lo que han sacrificado en el camino de criarnos. Sé que mis hijos no nos darán las gracias ni a su padre ni a mí. No pasa nada. Tampoco espero que lo hagan. Lo que sí me gustaría es que se dieran cuenta de que a nosotros, como padres, nos ha costado mucho conseguir lo que tentemos y de que, a cambio, hemos tenido que renunciar a otras cosas porque el resultado final, es decir, nuestros hijos, lo merecían. Igual que me pasa a mí con mis padres.

¡Feliz Viernes dando la nota!

Viernes dando la nota es un carnaval de blogs en el que todos los blogs participantes dejamos una canción y entre todos hacemos del viernes un día lleno de música.

Si quieres participar, sólo tienes que subir a tu blog una entrada con una canción que te guste, que signifique algo especial para ti, que no puedas quitarte de la cabeza… y enlazarlo al Viernes dando la nota.

Recuerda viejas canciones, rememora momentos, conoce nuevos artistas… y sobre todo ¡ Baila, canta y diviértete !

Si quieres saber más, las reglas y participar puedes verlo todo aquí.

21Mar/13

… de ser emprendedora

Antes de que naciera el Mayor, por razones que hoy no vienen al caso, estuve un tiempo en casa sin trabajo. Esto de estar de brazos cruzados mientras esperaba el ansiado embarazo me aburría. Además, la economía familiar no estaba para bromas. Era consciente de que, si estaba buscando quedarme embarazada, no era el mejor momento para que me contrataran en ningún sitio. ¿Qué hice? Decidí trabajar desde casa. Al principio, me salieron cosillas, pero no eran suficiente, aunque a mí me encantaba lo que hacía. Básicamente, trabajaba con textos, corrigiéndolos y redactándolos. Cuando nació mi bebé, visto que eran más bien trabajos esporádicos y nada constantes, decidí aparcarlo para dedicarme a la nueva personita que había llegado a mi vida.

Con la llegada de la Navidad, se me ocurrió hacerme mi propio calendario de pared con fotos de mi hijo (recordad que tenía a montones) y los cumpleaños de la familia. Sé que ahora hay miles de programas que los hacen como churros, pero hace 5 años no había tantos y se podría incluir lo que yo quería. Total, que como sé maquetar, a ello que me puse. No es por tirarme flores, pero me quedó bien. Así que animada por familiares y por mí misma, hice una agenda del mismo estilo. Me quedó preciosa (y sí, tengo abuela 😛 ).

Así que me tiré a la piscina. Decidí hacerme autónoma y montar un servicio de maquetación tanto para empresas como para particulares. Productos que ofrecía: calendarios (de mesa, pared y bolsillo), agendas (personales y escolares), cuadernos, marcapáginas, etc. Me llegó algún encargo que otro. Pero no fue suficiente y al año tuve que darme de baja. Aquí os dejo mi opinión sobre esta experiencia, resumida de la manera de siempre.

CONTRAS:

  1. Hacerse autónomo. Es un lío. Se pierde una mañana entre trámites, papeleos y formularios. Sobre todo por las colas que siempre hay.

  2. Hay que estar muy atenta al realizar las facturas, incluir el IVA, desglose del dinero (base, total, IVA…). Algo que a mí, que soy de letras de toda la vida, me costó mucho entender y llevar a cabo. La de vueltas que di hasta que conseguí hacer una factura correctamente.

  3. No hay ayudas inmediatas para emprendedores. Todas hay que pedirlas y, si te las dan, tardan en llegar. No se puede contar con ellas para poner en marcha un negocio.

  4. Ganes lo que ganes, te toca pagar impuestos. Antes de saber incluso si va a funcionar tu idea, ya tienes pérdidas. Porque si te va bien, entiendo que se paguen impuestos. Pero es que yo aún no había hecho ningún pedido y ya estaba pagando.

  5. Debido al contra anterior, hay muchas buenas ideas que no salen adelante. Es más, hay ideas que no se sabe si son buenas o no porque o triunfan al principio o se pierden por el camino entre tanto trámite y tanto impuesto.

  6. Hay que convertirse en gestoría andante. Porque si estás empezando, como era mi caso, apenas hay dinero para pagar los trimestres, así que menos aún para pagar gestorías y derivados.

  7. Todo esto teniendo en cuenta que yo sólo me di de alta como autónoma, sin empresa y sin nada. De haberlo hecho, las trabas para poner en marcha una idea se multiplican y se complican.

  8. Sobre todo al principio, vives por y para el negocio. Después de tantos obstáculos, algo tienes que hacer para sacarlo adelante y hacer que funcione.

PRO:

  1. Es fantástico tener una idea y decidir sacarla adelante.

  2. Cuando no encuentras el trabajo que buscas, es una alternativa genial. Ya sabes aquello de que si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.

  3. Cuando el negocio es tuyo, con tu dinero, y sólo dispones de tu esfuerzo para sacarlo adelante, te lo curras mucho más. Y, lo que es mejor, disfrutas haciéndolo.

  4. Es toda una experiencia.

Creo que en sitios como EE.UU. la cosa es distinta. Creo que puedes poner en marcha tu negocio y no tienes que dar cuentas a nadie hasta que alcanzas un determinado beneficio (por favor, si hay alguien por aquí que sepa del tema, que me corrija si me equivoco o me amplíe la información). De ser así, me parece mucho mejor sistema. Así se puede ver si tu idea o producto funciona, sin líos de impuestos, bases imponibles, informes trimestrales y demás. Sólo tú y tu idea. Que funciona, genial. Pagas impuestos, pero ya vas sabiendo que no tienes pérdidas. Que es una idea malísima o no tienes clientes, sólo has perdido tiempo y lo que te haya costado ponerla en práctica, pero nadie va a venir a pedirte más dinero. Según mi opinión, en este país hay demasiada burocracia. Para todo.

Y, por si a alguien le interesa, después de casi un año maquetando, con algunos trabajos importantes que me salieron, no sólo salí lo comido por lo servido, sino que además perdí dinero. Bastante. A mí ya se me han quitado las ganas de volver a emprender.

21Mar/13

… de las fotografías

No es un secreto que, cuando nace el primer retoño, unas de las cosas que más hacemos los padres primerizos es hacer fotos. Fotos durmiendo, fotos comiendo, fotos cambiándole el pañal, fotos del primer paseo, más fotos durmiendo… fotos de todos los meses, de todos los eventos familiares, fotos de todos los logros del pequeñín. Fotos y fotos hasta la saciedad. Quien inventó la cámara digital no sabía lo peligrosa que puede llegar a ser en manos de padres, tíos y abuelos primerizos. Yo me junté con miles de fotos del Mayor.

Luego llega el segundo y el número de fotos decrece considerablemente. Ahora, para hacerle una foto, tenemos que proponérnoslo. Con el primero, yo tenía la cámara siempre a mano, no se me fuera a escapar ese amago de sonrisa. Pero con el segundo, tenía que esconderla, no fuera a ser que al primero se le ocurriera hacer de fotógrafo en prácticas y se le cayera el artefacto de sus pequeñas manitas. Así que, muchas veces, entre que el segundo hacía algo digno de retratar y yo buscaba la cámara, ya había pasado el momento. Y esto si la foto es sólo al nuevo bebé. Hacerles una foto a los dos hermanos juntos me costaba amenazas, sudor y lágrimas. Y, a veces, ni por ésas.

Con el tercero, la cosa empeoró. Tengo que proponerme firmemente hacerle una sesión de fotos al mes. Elijo un día al azar y esa mañana le hago 50 fotos. Así me aseguro de que él también tiene imágenes de su primer año de vida. Es triste, pero es lo que a mí me funciona. Cuando crezcan, tendré que oír quejas sobre el número de fotografías tomadas a cada uno (discusión en la que el Pequeño gana de goleada, pues será el que menos fotos tenga). Estoy concienciada de que va a pasar y estoy empezando a prepararme para ello. Ahora bien, por lo que no estoy dispuesta a pasar es por saltarme un mes de mis bebés sin fotografiarles. Así que, como decía, una sesión de fotos al mes. Toda para él.

En cualquier caso, siempre llega un momento en que te preguntas qué hacer con tal cantidad de documentación gráfica. Porque, claro, las fotos las hemos hecho para algo más que para guardarlas en una carpeta del ordenador. Yo hago varias cosas para preservarlas. Las guardo en un disco duro, las copio a un CD (o dos o cuatro…) y, además, hago un álbum digital del primer año de cada uno. Habrá quien piense que me paso. Y quizás tenga razón. Pero es que se oyen tantas cosas de virus que te escacharran el ordenador y lo pierdes todo (fotos incluidas), CDs que se rallan y no se pueden leer… En fin, esas bromas de las nuevas tecnologías y la informática. Como decía el refrán, ande yo caliente, ríase la gente.

CONTRAS:

  1. La organización. Es un rollo. A veces me armo de paciencia y ordeno todas las fotos. Pero al poco tiempo me junto con otras tantas fotos que hay que ordenar. Qué pereza empezar de nuevo…

  2. Hacer las copias de seguridad. Otro rollo. El ordenador me ordena las carpetas cronológicamente, pero cuando las paso al CD, aparecen en orden alfabético. Ya no sé cuál está copiada y cuál no. Doy mil vueltas, no vaya a ser que borre una carpeta y me quede sin ella… para siempre…

  3. Cuando haces fotos, parece que nunca habrá bastante. Le hago una, pero ahora le hago otra porque ese gesto en la otra no lo tenía. Y ahora otra por si acaso. Cuando pasa el tiempo y las veo, me doy cuenta de que son tres fotos prácticamente iguales del mismo momento.

  4. Con el primero, le haces una foto y ya está. Cuando tiene hermanos, siempre buscas una de todos juntos. Con dos hijos, esto es difícil, pues cuando uno no está llorando, el otro sale con los ojos cerrados. Pero cuando tienes tres, al menos en mi caso, es misión imposible… y eso que el Pequeño ya se sienta solo y no hay que sujetarle. Pero está empezando a gatear. Así que cuando consigo que el Mayor no ponga caras raras y que el Mediano levante la cabeza (fotos de su coronilla tengo a patadas), me encuentro con que el Pequeño ha decidido explorar mundo y en la foto sólo se aprecia su culo escaqueándose.

PROS:

  1. Por muchas fotos que haga, por muy parecidas que sean, siempre pienso que eso es mejor que no haber hecho ninguna.

  2. A veces, cuando echo de menos a los bebés que fueron mis Trastos, vuelvo a por los álbumes de su primer año. Puedo verlos una y otra vez. No me canso nunca. Me entra la nostalgia. Ya me avisaron de que los niños crecen rápido, pero nunca me imaginé cuánto.

  3. Me encanta hacer fotos. Si son fotos de mis hijos más. Tengo mucho que aprender, pero sigo intentando hacer mejores encuadres. Quizás algún día consiga hacer fotos perfectas. Otra cosa más que me ha traído la maternidad y que le tengo que agradecer a mis hijos.

Conclusión: voy a seguir haciendo fotos. No importa cuántos CDs más tenga que comprar. No importa el tiempo que pase intentando hacer una buena foto. No importa que me pase horas ordenándolas en carpetas por orden cronológico. Nada de eso importa. Lo importante es retratar los momentos que pasamos juntos. Aunque más importante es no perderme cómo crecen, ya sea con una cámara al lado o sin ella.

15Mar/13

… de la amaxofobia

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ACLARACIÓN: esta entrada está basada en hechos reales. Cualquier parecido con la ficción es pura casualidad. Por favor, que no se ría nadie… más de lo necesario.

Me tapo los ojos y digo con voz clara: soy amaxofóbica. Esto es, sufro de amaxofobia. ¿Y esto qué es? Seguro que muchos no la habéis oído en la vida. ¿Y si os digo que es, simple y llanamente, miedo a conducir? Ahora sí, ¿verdad? Pues eso. Que es ponerme delante de un volante, qué digo ponerme, imaginarme, y las piernas empiezan a temblarme, sudores fríos y escalofríos recorren mi cuerpo. Ansiedad al máximo.

Ahora que lo habéis entendido, pensaréis que no tengo carné de conducir porque, claro, teniendo en cuenta todo esto, es imposible que haya podido hacer el examen práctico. Pues bien, sí que lo tengo. Nuevecito. Nuevecito éste y nuevecito el que tuve que renovar. Qué poema el psicopráctico que tuve que hacer para la renovación.

– ¿Cuántos kilómetros se hace usted al año?

– ¿Yo? Uy, muy muy pocos. Ahora mismo no le sabría decir…

– ¿Por carretera o poblado?

– De municipio a municipio, básicamente.

– ¿Y no podría darme una cifra?

– Ufff, yo qué sé… ¿Al año? Ponga cien…

Y todo por no reconocer que desde que me saqué el carné no he conducido más de 5 días juntando todas las horas. No fuera a ser que no me renovaran el carné y tuviera que volver a examinarme. No por tener que repetir trámites y pagarlos, que también. No, más bien porque con el pánico que le he cogido al coche me sería imposible volver a hacer el examen práctico.

Alguno habrá que piense que entonces el miedo me viene de algún accidente, más o menos aparatoso, que haya tenido después de sacarme el carné. Pues no. Tampoco. Yo es que a veces soy así de rara. Esto es un círculo vicioso: estás un tiempo sin coger el coche, lo coges y te pones nerviosa porque hace bastante que no lo coges, así que retrasas todavía más la siguiente vez que te sientas a conducir y, cuando lo haces, estás más nerviosa que la última vez. Así que llega un día en que te das cuenta de que te es físicamente imposible conducir porque eres una estatua temblorosa al volante. Eres un peligro andante… andante si es que consigues que el coche se mueva, claro. Si a esto se le añade que la última vez que conduje se me caló el coche unas 20 veces (y os aseguro que no exagero) en un cruce, con esos pitidos maravillosos de otros conductores animándome, pues ya tenemos el pánico asegurado.

Por si esto no fuera suficiente, quiero recordaros que, con el paso de los años, las personas a mi cargo han ido aumentando y el hecho de tener que llevar a tres niños en el coche tampoco me ayudaba a calmar los nervios.

Así que en este 2013 me he marcado unos propósitos de año nuevo muy concretos. Y muy realistas, creo. Uno de ellos era volver a conducir. Así que tras la vuelta de los mayores al colegio, ni corta ni perezosa me puse a buscar una buena autoescuela como quien busca su primer piso.

– Así que hace mucho que no conduce…

– Sí, así es.

– Entonces quiere clases de reciclaje.

– No. Bueno, eso también, para refrescarme la memoria y volver a coger hábito con las marchas, que buena falta me hace… Pero lo que yo buscaba era más bien clases dirigidas a quitarme el miedo a conducir. Lo del reciclaje vendrá después, ¿no le parece?

– Pero usted tiene miedo porque hace mucho que no conduce…

– Más bien no conduzco porque tengo miedo…

– … entonces necesita clases de reciclaje.

– Ya… bueno, vale… deme precios y el número de teléfono. Ya les llamaré si me decido…

– Muy bien, aquí le apunto el coste de las clases de reciclaje, IVA incluido.

– Grrrr…

Esta conversación se repitió en varias ocasiones. A ver, chicos de autoescuela. Que no es lo mismo clases de reciclaje que clases especiales para quitar el miedo a conducir. Al final di con una que tenía un gabinete de amaxofobia. ¿Y esto qué es? Porque dicho así queda muy de alto copete… Pues bien, consiste en que das una primera clase práctica de evaluación para ver hasta dónde llegas (si eres capaz de arrancar el coche, moverlo, etc.) porque en esto, como en tantas otras cosas, hay grados, amaxofobias leves y otras más profundas. Además, hay un profesor que habla contigo para ver exactamente a qué tienes miedo. Si lo consideran, te pasan a hablar con un psicólogo (yo esto me lo ahorré porque mi miedo no provenía de un accidente y yo sabía exactamente a qué le tenía miedo, tenía las situaciones muy claras en mi cabeza). Después das clases prácticas con otro profesor dirigidas a controlar esas situaciones en las que te sientes insegura para que adquieras seguridad al volante y dejes los nervios a un lado… o los tires por la ventana, directamente.

Yo ya llevo 5 clases prácticas. Soy capaz de arrancarlo y conducir. Tenía pánico a que se me calara el coche. Ahora se me cala y ya ni me pongo nerviosa. Me queda coger soltura con el cambio de marcha. Y coger velocidad, que en autovía me cuesta llegar a los 120 km/h casi tanto como conseguir que los mayores vean una peli de principio a fin. De momento, no he conducido sola, pero sé que ese día está cerca. Ya os avisaré para que no salgáis a la calle. De mis peripecias al volante, os hablo otro día.

CONTRAS:

  1. La dependencia. Siempre que es necesario ir a un sitio, aunque yo tenga tiempo para ir, siempre tengo que llamar a alguien para que me lleve. Y, por supuesto, acomodarme a los horarios en que esa persona pueda acercarme al sitio en cuestión. Si se trata del Tripadre, la cosa queda en casa. Pero si tengo que recurrir a abuelos o tíos, me angustio.

  2. Veo el coche en la puerta, sé que tengo carné y que, en teoría, puedo conducirlo. Pero en la práctica me cuesta horrores darle al contacto. Sensación de ser inútil total.

PROS:

  1. Nunca voy sola a ningún sitio. Ni al médico ni a comprar un regalo.

Por cierto, después de la primera clase, les dije a mis hijos que esa mañana mamá había cogido el coche. El Mediano se levantó, miró por la ventana y dijo: “¿Y dónde lo has puesto, mamá?”. Pa’ comérselo.

14Mar/13

… de un mes de blog

Hoy hace justo un mes que abrí el blog. Me lancé a la piscina dejando atrás mis miedos. No tenía ni idea de blogs, entradas, comentarios o cualquier cosa que se le pareciera. Es verdad que había seguido blogs (y aún los sigo), pero siempre desde un reader. No solía comentar, por muy de acuerdo o muy en contra que estuviera de aquello que leía. Tenía la impresión de que era un pensamiento pequeño que no interesaría a nadie, así que no comentaba.

Desde hace un mes, estoy aprendiendo a pasos agigantados. ¡Incluso he aprendido a usar Twitter! Un hurra por mí, por favor, que no sabéis lo que me ha costado aprenderme eso del hastag. Las primeras semanas las pasé intentando aclararme sobre cómo publicar una entrada. Poniendo bonito el blog con la plantilla que había elegido. Añadiendo y poniendo widgets. ¡Widgets! Que no los había oído en la vida, pues, hale, ya soy una experta… o eso creo, jajaja… aún estoy aprendiendo. No voy a engañaros.

Recapitulando, he aquí mis contras y pros. ¿Listos? ¿Preparados? Pues allá vamos.

CONTRAS:

  1. La obsesión. Ay, todo el día mirando cuántas visitas ha recibido el blog y si alguien ha comentado y qué ha comentado. Nota mental, tomármelo con más calma. Y ponerme al día con la lavadora.

  2. Los temas. Me levanto por la mañana y pienso sobre qué podría escribir. Una vez decidido el tema, sigo dándole vueltas. ¿Y cómo lo hago? ¿Cómo lo enfoco?

  3. Releyendo las entradas desde la primera (vamos, vamos, no son tantas…) me he dado cuenta de que me quedan muy serias, muy formales. Yo no es que sea un chiste andante, pero tampoco pienso que sea así. Creo que debería relajarme un poco, ser más yo misma.

  4. Lo despacio que va todo. Al publicar mi primera entrada, tampoco esperaba un aluvión de visitas o comentarios, van llegando poco a poco. Mejor, así no se me atraganta el éxito 🙂

  5. Empollarme el manejo de Twitter, WordPress y demás. No es que sea algo difícil, pero las cosas hasta que no se conocen se hacen un mundo, ¿no os pasa? Aunque ahora que lo pienso, esto podría ser un pro porque ahora sé usarlos y conozco el significado de #FF.

PROS:

  1. He aprendido el valor de los comentarios. Me gusta recibirlos en mis entradas. Así que he decidido participar en otros blogs. Blogs que, por otra parte, sigo desde hace tiempo, aunque haya sido en la distancia.

  2. Nuevos blogs. Desde los antiguos y desde el Twitter, he dado con otros blogs que también me interesan. Hay gente estupenda por ahí y yo me la estaba perdiendo.

  3. Mi blog me ayuda a poner en orden mis pensamientos. Teniendo en cuenta el ajetreo que tengo todo el día, un ratito para pensar no me viene nada mal.

  4. Empiezo a tener mirada de blogger. Ahora todo es susceptible de ser tema para una entrada.

  5. Sigo siendo anónima y me gusta. La existencia del blog sólo la conoce mi marido y me encanta que sea así. De esta manera, no hay presiones.

  6. Primer mes, 10 seguidores. Bueno, 10 oficiales, porque me gustaría creer que hay gente que me lee sin hacerse seguidor de mi blog, al igual que yo era seguidora en la distancia de otros tantos.

  7. Compartir mis experiencias con los demás. Y ver que no soy la única a la que le pasan determinadas cosas. Aquí quien no se consuela es porque no quiere.

Así que, después de contaros todo esto, estoy dispuesta a ir a por otro mes más. Con todas mis ganas. A pesar de la lavadora. ¿Me seguís? Tengo mucho que contar 😉

13Mar/13

… de privarse

Mi hijo Mediano (pobrecito, que parece que todo le pasa a él) se priva. Cada vez le pasa menos. Cada vez es más mayor. Sin embargo, ayer fue la última vez. A esto se le conoce como espasmos del llanto. Básicamente, consiste en que, cuando va a llorar, en vez de arrancarse, se queda sin respiración. Hay niños que les pasa de rabia, por ejemplo, cuando les quitas un juguete o les dices que no a algo. En el caso de mi hijo, los espasmos siempre los desencadena un golpe.

No soy médica. Soy una madre con un hijo que, a veces, se priva. Y en nuestro caso, la secuencia de hechos va así: primero, mi hijo se da un golpe que no tiene por qué ser fuerte (le he visto darse grandes golpetazos y seguir como si nada y, sin embargo, a veces, con un topecito de nada se priva). Me busca y viene hacia mí. Llega y me echa los brazos, quiere que le coja. A todo esto, no ha sido capaz de empezar a llorar y no puede respirar, ni para adelante ni para atrás, el aire no circula. Imaginaos la cara de un niño pequeño cuando llora, ¿ya? Pues ahora congeladla. Ésa es la cara que tiene. Yo le digo que respire. Él no respira. Empieza a ponerse morado. Le sigo espetando a que respire. Él sigue sin respirar. Se cae al suelo. Las piernas ya no le aguantan. Busco su mirada. Le sigo diciendo que respire. No es capaz de respirar. Si la situación se prolonga, los ojos se le ponen en blanco. Sigue morado berenjena. Los labios pierden color. Mandíbula apretada al máximo. Le grito que respire. No respira. Pienso cuánto tiempo llevará así. Para mí, una eternidad. Me planteo llamar a una ambulancia. Sigo gritándole que respire. Sigue sin respirar. Ya no me oye. Pienso que se me va, que le pierdo ahí mismo, entre mis brazos. El corazón me va a mil por hora. Salgo corriendo hacia un grifo mientras voy pensando dónde coño he dejado el teléfono. Al final respira. Llora. Respiro yo también. Nos abrazamos. Me tiembla todo el cuerpo. Al rato, mi hijo está jugando como si nada. A mí los nervios me duran el resto del día. Todo esto se resume en pánico. Aunque me cuesta escribirlo, tengo que confesar que alguna vez yo he visto a mi hijo prácticamente muerto en mis brazos. ¿Exagerada? Tal vez. Pero ésa fue la sensación que me dio. Quien haya pasado por esto lo sabe.

Según los médicos, es hago normal en los niños pequeños. Tiene que ver con el grado de maduración de su sistema neurológico. Por tanto, cuanto mayores sean, menos riesgo de padecer estos episodios. Te dicen que el niño siempre acaba respirando, que los padres no tenemos por qué ponernos nerviosos. Lo que no te dicen es cómo se consigue eso. Además, a mi hijo le hicieron pruebas para descartar que se tratase de alguna forma de epilepsia. Y se descartó.

¿Qué hay que hacer ante un episodio así? Respuesta del primer pediatra: dejarle. Aunque esté morado, con los ojos en blanco y tirado en el suelo. Ya se le pasará. Respuesta del segundo pediatra: ignorarle, sólo busca llamar la atención. Respuesta del neurólogo: controlar la lengua, no se le vaya para atrás y se ahogue él solo. Y dejarle. Tener paciencia porque acabará respirando. Si has llegado leyendo hasta aquí, déjame que te haga una pregunta: ¿crees que puedes mantener la sangre fría suficiente como para llevar a cabo todos estos consejos que se pueden resumir en ignorar a tu hijo mientras ves cómo se ahoga? Antes de contestar, vuelve a leer el segundo párrafo de esta entrada.

¿Ya has contestado? Bueno, pues ahora mi respuesta: no. Yo no puedo permanecer impasible mientras mi hijo se cae redondo al suelo y pierde la consciencia. Marido y yo nos dimos cuenta de que, cuando se caída o se daba un golpe, era mejor no ir raudos y veloces en su busca porque eso le hacía más propenso a los espasmos. Le dejábamos que se levantara solo y viniera hacia mí (siempre me busca a mí, da igual las personas que se encuentre en su camino, él viene directo a buscarme a mí). Una vez que llegaba, me tiraba los brazos, pero yo sabía que si le cogía podía privarse. Así que nada de cogerle. La solución pasaba por decirle con la voz más tranquila que tuviera que respirara y, una vez que rompía el llanto, cogerle, abrazarle, mimarle hasta que él se encontrara mejor y siguiera con su juego. Esto pareció funcionar. Así que pusimos a toda la familia sobre aviso: no cogerle hasta que llore. Es duro ver que se cae o se golpea y no acudir en su ayuda. Es muy duro que te eche los brazos y no cogerle. Pero es más duro lo que puede venir después.

Pero, ay, a veces nada de esto funciona. Mi hijo Mediano no aguanta el tirón y se cae redondo al suelo. Veo en sus ojos el miedo, está asustado porque quiere respirar y no sale. Hay que intentar tranquilizarle. Nada de gritos. Nada de movimientos rápidos. Todo hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa. A veces funciona. Otras veces no. Es entonces cuando me acuerdo de lo que me dijo una enfermera cuando fui a ponerle una vacuna: un estímulo fuerte. O dicho de otra manera, hacerle daño. Un buen pellizco en el cuello suele funcionar, nos dijo. Yo tampoco soy capaz de hacerle daño a propósito a mi hijo. Lo he intentado, por ayudarle. Pero no he podido. Le hago el boca a boca. Nada. Paso a quemar el último cartucho. Agua. Agua fría. Cuanto más fría mejor. En toda la cabeza evitando que le entre por la nariz. Respira. Respira él. Respiro yo. Si esto no funciona, sólo queda llamar a una ambulancia y cruzar los dedos para que llegue a tiempo.

Antes de seguir, quiero advertir que, en este caso, el boca a boca es una muy mala, malísima opción. Puede que el niño quiera respirar y, con el aire que le metemos dentro, no le estamos dejando. Si alguna vez os pasa, estaréis tentadas a hacerlo. No lo hagáis.

Como iba diciendo, el niño se da un golpe, va a llorar pero no puede. Dejamos que se levante solo, viene hacia nosotros, le decimos que le cogeremos cuando llore. No sólo no llora, sino que, además, se derrumba. Por fin, llegamos a la solución. De la mano de la última pediatra, la que salvó la lactancia del Pequeño. A parte de mantener la calma, pues de lo contrario el niño se pone más nervioso y ya está suficientemente asustado, hay que mirarle a los ojos. Los ojos son los que nos van a decir en qué punto está el niño. Si nos mira, todo va “bien”. Tranquilidad porque él sigue oyéndolo todo. Se le tumba en una superficie plana (un sofá, una cama, el suelo) mirando hacia arriba. Se le coge el brazo y la pierna más separada de nosotros. Le giramos hacia nosotros de manera que también gire la cabeza. De esta manera evitamos que la lengua se vaya hacia atrás. Otra cosa a evitar siempre: meterle algo en la boca para abrírsela. Ni cucharillas ni dedos. La presión de la mandíbula es increíblemente fuerte. Intentamos que flexione dicho brazo y dicha pierna. Será difícil porque tienden a ponerse totalmente rígidos. Pero al menos hay que intentarlo. Mantener al niño así hasta que respire. Con un ojo, detectar dónde está el teléfono. Con el otro, mirarle a los ojos. Si pasa así mucho tiempo, hay que llamar a una ambulancia. Si se le ponen los ojos en blanco, también. Llegados a este punto, antes de llamar, yo lo que hago es correr a buscar agua. Se la echo por encima para que reaccione. Eso sí, evitando la nariz, no vaya a ser que respire y le entre agua.

Afortunadamente, yo nunca he tenido que llamar a una ambulancia. Pero he estado a punto varias veces. Es un mal trago para todos los presentes. Si tú eres la madre, mantén la calma. Olvídate de quienes te rodean. Siempre habrá alguien con algún consejo magistral. Hay que esforzarse en seguir las pautas marcadas por el médico. Manda a la mierda a quien sea, sea quien sea. Si no eres la madre, mírala cómo actúa. Si sabe lo que hace, déjala hacer. Lo que menos queremos en esa situación es a alguien que nos estorbe.

CONTRAS:

  1. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo todos estos pasos mientras ves a tu hijo sufrir.

  2. Incluso en estas situaciones, suele haber alguien que sabe más que tú. Y te lo deja bien claro.

  3. El niño puede hacerse pis. Si se le va la consciencia, no controla su cuerpo.

  4. Puede pasar en cualquier sitio. Si te pasa fuera de tu casa y tienes que pedir ayuda, pídela. Es mejor un “ya no hace falta, gracias” que el pensamiento de que podrías haber hecho más.

  5. Ante todo, la frustración del momento. No puedes respirar por tu hijo.

  6. La cara que pone mientras dura el espasmo no se olvida nunca.

  7. Ante cualquier golpe, surge el temor de si volverá a pasar. Aunque haga meses del último.

PROS:

Lo siento, por mucho que me esfuerzo, no encuentro ni un pro.