Category Archives: Carnavales de blogs

07Abr/14

… de la Unión familiar (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

 

Con esta entrada de hoy, daré por terminado mi Diccionario maternal de la A a la Z. Han sido 27 letras y 30 entradas (por aquello de que he repetido alguna que otra letra). Hoy, me despido de este magnífico proyecto de Vero (Trimadre a los 30) con la letra U, de unión (familiar).

Para mí, la llegada de un hijo significa pasar de ser una pareja a ser una familia. Un hijo es un vínculo perpetuo entre dos personas. Como pasa con todo en esta vida, una familia no es igual a otra y, aunque la pareja se rompa, la familia de ese niño siempre serán su padre y su madre (y sus hermanos si los hay).

Un hijo supone una unión inamovible entre dos personas. Es el pegamento que las unirá de por vida e incluso en la muerte. ¿Os habéis fijado que en las lápidas siempre aparecen la madre y el padre del fallecido (hijo/a de Fulanita y Menganito)?

Pero, dejando a un lado temas tristes, lo que tengo claro es que mi maternidad me ha traído un fuerte sentimiento de unión. Como hija, entiendo más a mi madre, a mi abuela y a todas las madres del mundo (comparta o no su forma de hacer las cosas); también más respeto hacia ellas. Como madre, me ha hecho más decidida, más fuerte, más protectora hacia quienes forma mi familia principal (marido e hijos). Estoy dispuesta a luchar contra todo aquello y contra todos aquellos que intenten dañar mi unión familiar, mi familia. Somos una piña.

En mi casa, aunque seamos cinco personas bien distintas y no siempre estemos de acuerdo en todo, en realidad, somos uno. Cinco parte de un todo. Es una unión como pocas. Es una unión que exige respeto y protección los unos a hacia los otros, que emana amor por todos lados, que origina comprensión hasta en los momentos más duros. En esta unión no hay dobles sentidos, no hay malas intención. Las malinterpretaciones se hablan y se aclaran. Se dialoga siempre para llegar a un consenso por parte de todos los miembros. Aunque siempre sin perder de vista, claro está, quiénes son los adultos y quiénes los niños, pero siempre entendiendo las necesidades de estos últimos y tratándoles como personas en construcción.

CONTRAS:

  1. A veces es muy difícil entendernos todos en esta unión, pero hay que hacer un esfuerzo para mantenerla. En esto todos estamos de acuerdo.

  2. Hay gente (de fuera) que no entiende o no comparte nuestra forma de hacer las cosas en esta familia.

PROS:

  1. La unión familiar es una de las uniones más hermosas del mundo. Ese vínculo familiar es único.

  2. Todos, absolutamente todos, formamos parte de una unión familiar. Aunque no seamos padres o madres, todos somos hijos.

Y, con la U de unión, pongo mi punto y final al Carnaval de la Maternidad. Acabé mis letras. Cierro mi Diccionario. Ha sido un auténtico lujazo formar parte de esta iniciativa de Vero, leeros a cada una de mis compañeras en este viaje (aunque no tuviera tiempo de comentaros a todas). Aprender un poco más de la maternidad a través de vuestros puntos de vista únicos y compartir muchos pensamientos y sentimientos universales. Y también muchas risas y buenos ratos, que no siempre nos hemos puesto serias 😉 ¡Nos seguimos leyendo!

 

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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06Abr/14

… de ser xiloprotectora (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

 

Hoy me descuelgo con otra palabreja rara: xiloprotectora. Y es que la letra X es un poco esquiva si buscas alguna similitud con la maternidad. Pero veamos, xiloprotectora, cuando se refiere a un producto o sustancia, sólo es lo que se emplea para proteger la madera (RAE). Y, a continuación, mi vuelta de tuerca para contaros por qué creo yo que puedo incluir esta palabra en mi Diccionario maternal.

Bien podríamos ver a los hijos como árboles. Sus padres y demás familia serían las raíces, el de dónde vienen, su historia familiar. El tronco, grueso y grande, sería entonces la educación, los valores y, en definitiva, las armas que les ayudarán en el mundo exterior, ése que hay de puertas para afuera de su casa, donde ya no están seguros y donde puede pasar(les) cualquier cosa.

Las ramas serían sus propias elecciones. ¿Qué hace que un árbol tenga una rama de tal o cual manera y no de otra? ¿Cómo es que dos árboles aparentemente iguales (dos manzanos, dos pinos), como bien podrían serlo los hermanos, no tengan ni las mismas ramas ni la misma forma en ellas? Pues ahí está, porque cada árbol (cada hijo), aún teniendo un tronco más o menos parecido (ambos se criaron en la misma casa, con las mismas normas y los mismos padres y ambos recibieron mismos besos, abrazos y cantidades infinitas de amor) y raíces similares, como decía, cada uno ha tomado sus propias elecciones.

Así, los frutos bien podrían ser el resultado de esas elecciones. Volvemos a lo mismo, ¿por qué un limonero da limones y otro no los da si ambos han recibido los mismos cuidados? ¿Por qué las naranjas de este árbol son más dulces que las de ése otro de allí? En circunstancias más o menos parecidas, resulta que los resultados son distintos.

Por supuesto, independientemente de las ramas, los frutos y demás, nosotros como padres y madres siempre estamos cuidando a los hijos. Así, seríamos xeriprotectoras. Porque, aunque ellos vuelen y tengan su propia vida (ese día llegará), nosotras siempre estaremos ahí cuidándoles y protegiéndoles en la medida de lo que podamos.

CONTRAS:

  1. Hay que tener cuidado de no asfixiar la madera dando demasiadas capas de esa sustancia xiloprotectora.

  2. Escribiendo esto me he dado cuenta de que quizás la madera a la que se refiere la RAE sea un objeto de madera, como una mesa. En dicho caso, traspasar la analogía de la mesa al árbol. Creo que lo que trataba de decir (y que se resume en el primer pro) serviría igual.

PROS:

  1. Nosotras siempre seremos sus madres y ellos nuestros hijos. Así que siempre cuidaremos de ellos, como ya he dicho, cuidándoles, protegiéndoles, amándoles lo mejor que sabemos hacerlo.

 

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05Abr/14

… del western (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

 

El otro día me di cuenta de que vivía en un western, vamos, lo que se conoce como una peli del oeste de toda la vida. En mi casa tenemos a todos los personajes.

El bueno bien podrían ser mis hijos… a ratos. Tranquilitos en el sofá alguna que otra vez o durmiendo plácidamente parecen los niños más buenos de todo el mundo. Nadie pensaría jamás que hubieran estropeado la tele o roto la pantalla de mi ordenador.

El feo serían esos ruidos de los que os hablé aquí. Sonidos propios del cuerpo humano que no por eso resultan menos desagradables. También aquí podría meter esos malos modales que trato que evitar en mis Trastos, como no dar las gracias o levantarse mientras están comiendo (ardua tarea ésta última, por cierto).

El malo sin lugar a dudas son esos virus que se nos cuelan en casa, normalmente enganchados a los Trastos y que luego tienen a bien pasearse por cada miembro familiar, independientemente de su edad o sexo. Vamos, que cuando los niños se ponen enfermos, al final tanto el Padre³ como yo acabamos enfermando también. El uno más que la otra.

El sheriff, que obviamente somos el Padre³ y yo. Yo interpreto este papel más tiempo, pero mi marido lo hace mejor. Hago esta afirmación basándome en las veces que me toman a mí por el pito del sereno y las veces que se lo toman a él. No suelo gritar mucho e intento hacerlo aún menos, pero si de gritar se trata, basta un sólo grito del Padre³ para que los Trastos se pongan firmes. A mí me cuesta unos cuantos más… y siempre noto una sonrisilla detrás de las orejas. Vamos, que no me compensa salvo para desahogarme un momento.

Como en todo western que se precie, hay pelusillas correteando por el pasillo y los rincones de la casa. Prueba fehaciente del poco tiempo del que dispongo para limpiar como a mí me gustaría. Ojo, que no es que me guste limpiar, no. Lo que me gusta es verlo todo limpio. Aunque así, “limpio del todo” hace años que no veo la casa.

La diligencia con el dinero a robar yo diría que son las galletas o bizcochos que haya (si los hay) en ese momento por casa. Esto se nota sobre todo los fines de semana. Estoy convencida de que mis hijos tienen un radar que les avisa cuando faltan como quince minutos para comer o cenar. En ese preciso instante deciden que tienen un hambre atroz y que quieren comer a la de ya. Pero como les toca esperar porque la comida está casi a punto, las incursiones y despistes en la cocina por parte de uno para que el otro coja el deseado botín son muy frecuentes.

La soga, presente también en las películas del oeste, es sin lugar a dudas el tiempo. Siempre ando con prisas para que me dé tiempo a todo y esa prisa se la transmito inconscientemente a mis hijos. Que si venga, al baño rapidito que si no, no nos da tiempo a jugar; que si vamos corriendo a casa después del cole que si no, la hora de la merienda se nos va a juntar con la de la cena; y demás con el mismo estilo.

Los indios, personajes también habituales de un western, yo creo que podrían ser las visitas. Como cualquier indio en un peli de éstas, a veces son buenas y otras estás deseando que se vayan a su poblado.

Si tenemos hasta el caballo. Dos, a falta de uno. Uno con ruedas para hacer de correpasillos y con balancín. El otro simplemente es un muñeco de un caballo. Ambos, por supuesto, con musiquilla de ésas que si escuchas una vez es graciosa, pero repetida hasta la saciedad me recuerda a una película de miedo.

CONTRAS:

  1. Esto es una película sin fin. No hay intermedios ni tiene fin. Tampoco hay repetición de tomas y la sangre no es de mentira.

PROS:

  1. Como en toda película, nos divertimos mucho y también tenemos nuestros ratos de suspense y emoción. Se trata de vivir disfrutando de los hijos, hasta del suspense.

  2. Las palomitas… ¡Peli con palomitas! ¡Ñam!

 

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04Abr/14

… de estar tarumba (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

 

Estoy tarumba. Sí, como lo oís, bueno, como lo leéis. La maternidad me ha vuelto tarumba. Yo que ya estaba algo mal de lo mío, sólo me ha hecho falta convertirme en madre para volverme tarumba del todo. Así que la entrada de hoy la voy a dedicar a la letra T. Podría haber escogido otra palabra (tonta se me viene a la cabeza) pero vamos a dejarlo en tarumba.

Las primeras muestras de que yo iba para tarumba completa aparecieron en el embarazo. La cabeza, simplemente, se me iba. Era incapaz de acordarme de las cosas más sencillas y fue entonces cuando me dio por llenar la casa de notas: “lavadora”, “llamar al médico” o “tender” pasaron a ser habituales por la casa. También eran frecuentes las conversaciones del tipo:

– Anda, Futuro Padre³, ¿puedes guardar esto (por queso) en el… en el… ahí?

– ¿Ahí, dónde?

– Pues ahí, en el… en el…

– ¿Sí?

– En la cosa esa blanca…

– ¡Microondas!

– No. Blanca y grande…

– ¿Sí?

– … donde hace frío…

– Y que se llama…

– Anda, quita, ya lo guardo yo.

Vamos, que aquí mi marido es un vacilón de cuidado y se lo pasó pipa a mi costa. En fin, que esto, pensaba yo, se curaba con el parto. Pero no. Me refiero a mi “amnesia gestacional”.

La última muestra fue hace poco, cuando guardé la taza de leche en el frigorífico e intenté meter la botella en el microondas. Vamos, que porque la botella no cabe, que si no, no dudéis que la hubiera calentado. Y, para que quede claro, no, no estoy embarazada.

Sin embargo, supongo que para compensar, me sucede otra cosa bastante curiosa que se agrava con los años desde que soy madre. De repente, en el momento menos pensado, me acuerdo de algo que era fundamental que no olvidara. Os pongo un ejemplo. Anoche, ya metida en la cama y a punto de dormirme, me acordé de que el Mayor tenía que llevarse hoy al colegio la equipación del equipo de fútbol porque iba a ir su padre a recogerles y a llevarles directamente desde el colegio al campo de juego. ¿Dónde estaba la ropa? Tendida en la terraza. Así que esta mañana, ahí que me levanto para recoger la equipación y guardársela en la bolsa. Estaban ya saliendo por la puerta cuando me doy cuenta de que no le había metido las medias (esos calcetines que llegan hasta la rodilla, lo cuento porque me enteré hace poco de que se llaman así) en la bolsa porque estaban en el cesto de la ropa que había doblado el día anterior. Justo in extremis caí en la cuenta y pude mandarle al colegio con la equipación al completo.

CONTRAS:

  1. Se me olvidan palabras, ésas que sabes que tienes en la punta de la lengua.

  2. Me equivoco al hacer las cosas, como guardar el pan en el frigorífico cuando nunca lo hago.

  3. Me olvido también de hacer ciertas cosas, como llamar al médico si tengo que pedir cita para mí.

  4. Todo esto, siempre lo achaco a que tengo demasiadas cosas en la cabeza. Como qué día tiene que llevar puesto el chándal al colegio cada uno, cuándo hay que entregar la autorización para la excursión del mes que viene, qué día hay reunión en el colegio, cuándo tiene que ir al médico uno de mis chicos, etc.

PROS:

  1. A pesar de todo lo que me ronda por la cabeza, siempre consigo acordarme de las cosas que conciernen a mis hijos. En este sentido, las notas y alarmas del móvil me han ayudado mucho.

  2. Me da igual intentar meter la botella de leche en el microondas si consigo acordarme de poner la equipación completa del Mayor en su bolsa de deporte o si recuerdo un día antes que al Peque le toca otra vacuna.

Hay una cosa que no entiendo, si tan tarumba me he vuelto con la maternidad, ¿cómo es que soy el Google oficial de mi casa, con GPS incluido? Porque siempre que algo se pierde o no aparece, todos, repito, todos, acuden a mí. A ver si los tarumbas van a ser ellos…

 

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04Abr/14

… de la naturalidad (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Los niños no tienen vergüenza ni la conocen. Se cambian de ropa sin pudor aunque la habitación esté llena de gente, se tiran pedos o eructos si les salen, hacen preguntas sin pensar si es correcto o no preguntar eso, no tienen maldad en sus acciones. En definitiva, son naturales, rebosan naturalidad por todo su cuerpo.

Cuando al Mayor se le cayó su primer diente y esperábamos a la noche la primera llegada a casa del Ratoncito Pérez, me preguntó que qué pasaba si no se lavaba los dientes. Le dije que los dientes se le pondrían malitos (le remití a la serie Érase una vez el cuerpo humano, en concreto al capítulo de los dientes), que se le podrían caer (los de verdad, no los de niño pequeño que se le empezaban a caer ahora) y que, si quería comer algo más que purés, tendría que usar dentadura postiza y eso era un rollo.

Como comprenderéis, aquello de una dentadura postiza como la abuela del perezoso en Ace age, la formación de los continentes, le llamó la atención y le pareció gracioso. Cuando le conté un poco más, ya no le gustó tanto. El caso es que, precisamente aquel día, vimos a mi abuela y ella sí usa dentadura postiza. Movido por la curiosidad que sólo sienten los niños, el Mayor se dirigió hacia ella y le pidió, con toda la naturalidad del mundo y delante de toda la familia (era la época de Navidad) que le enseñara la dentadura y su boca sin dientes. A mi abuela no le molestó en absoluto y lo hizo, satisfaciendo así la curiosidad de mi hijo. Quien sí soltó que vaya ocurrencia, que cómo es que yo no le había parado los pies y demás cosas por el estilo fue mi madre. Pero ése es otro tema.

Mis hijos preguntan que por qué ese señor va en silla de ruedas, por qué las personas tenemos la piel de distintos colores o por qué ese niño tiene una cara tan rara. Lo hacen sin maldad, señalando con el dedo a veces y sin bajar la voz. No quieren ofender, quieren aprender.

Y como se suele decir, todo se pega. A base de pasar vergüenza al principio por esas preguntas algo incómodas para un adulto, se me ha ido quitando la timidez y ahora soy yo la que hace cosas con normalidad que antes me ponían roja. Por ejemplo, ahora voy cantando por la calle al Peque o con mis hijos y ya ni siquiera me fijo en si la gente me mira o no. Cuando vamos por la calle y me hacen ese tipo de preguntas, yo les intento responder con naturalidad, igual que me preguntaron ellos. Y también me da igual si la gente mira o no o si mira bien o mal. Si mi hijo, en plena operación pañal, tiene ganas de hacer pis cuando estamos en la calle, pues con toda la naturalidad del mundo busco un sitio donde pueda hacerlo. Y no pasa nada. Son cosas naturales. Son cosas de niños.

CONTRAS:

  1. Hay preguntas o acciones en las que me gustaría que fueran más discretos, no voy a negarlo y decir que todo me da igual porque mentiría.

  2. Entiendo que a una persona obesa le pueda molestar que mi hijo me pregunte que por qué está tan gorda, pero hay que tener en cuenta que los niños preguntan por saber.

PROS:

  1. Esa naturalidad contagiosa de mis hijos y que yo también tengo cuando voy con ellos, la he cultivado en otros aspectos de mi vida. Aunque vaya sola, pregunto si tengo dudas, no me pongo tan nerviosa si alguien me pide algo que no encuentro en ese momento y demás cosas parecidas.

  2. Yo estoy diciendo con esta entrada que todos deberíamos ir por la calle eructando, señalando con el dedo o haciendo preguntas incómodas a los demás. Lo que intento decir es que todos deberíamos intentar ser más naturales, creo que estamos (yo me incluyo) demasiado condicionados por el qué dirán y nuestra naturalidad y espontaneidad se ve resentida por ello.

 

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04Abr/14

… de los ruidos (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

El otro día hablé de los silencios, tan ambiguos, en esto de la maternidad. Hoy creo que me toca hablar de su opuesto: los ruidos. Puede parecer que el tema es el mismo desde dos lados de vista contrarios. Pero dejadme que os lo explique.

¿Recordáis vuestros primeros días con vuestro bebé recién nacido? ¿Recordáis esos ruiditos que os parecían tan monos? Cuando bostezaba, cuando se estiraba, cuando comía… Pues a ver, que alguien me explique cómo esos ruiditos tan adorables, con el paso de los años (y mira que han pasado pocos), han ido metarmofoseándose en eructos, pedos, gruñidos y demás sonidos asquerosos.

Esta misma tarde, después del cole camino a casa, un trayecto que yo sola recorro en 5 minutos y que con mis Trastos tardo unos 20 (pero eso es tema a parte), el Mayor ha soltado tres eructos. Se dice pronto. Y puestos a decir, tras mi “¡pero hijo!”, al menos se ha dignado a soltar un “lo sieeeennnto”. El Mediano, fiel imitador de su predecesor, ha tenido a bien tirarse otro eructo. Consecuencia inmediata: el Peque riéndose a carcajadas, lo que ayudaba a que la guasa de los otros dos continuase. Y como el Peque no sabe aún cómo tirarse un eructo a propósito (tiempo al tiempo, que buenos maestros tiene), ha pasado el resto del camino haciendo pedorretas.

Otro ruido habitual en mi casa son los gruñidos. La culpa la tienen los dinosaurios. ¿Os acordáis cuando hablé de Dinópolis? Bueno, pues aún les dura. Mi casa se ha llenado desde entonces de dinosaurios (muñecos, pistas de coche, dibujos y demás). ¿Y qué hacen los dinosaurios? Pues básicamente gruñen. Así que mis hijos se pasan una parte considerable del tiempo gruñendo cuales reptiles prehistóricos. Incluso el Peque, cuando ve un dinosaurio, tras decir “dino” (os lo traduzco un poco, que he mejorado en esto de la koiné) suelta un gruñido.

Lo de los pedos es también sonido recurrente. Yo soy incapaz de tirarme un pedo sólo porque sí. Si no hay gas, no hay expulsión del mismo. Sin embargo, el Mayor empieza a tener cierta habilidad para tirarse pedos cuando a él le da la real gana.

Todo esto me hace pensar… ¿a las niñas también les da por estas cosas o es sólo “cosas de niños”? ¿El caca, culo, pedo, pis es inherente a la infancia o está reñido con el sexo femenino? Porque las (pocas) niñas que he conocido siendo adulta han sido siempre más recatadas en este aspecto… ¿casualidad o generalidad?

CONTRAS:

  1. Es curioso que me haya pasado más o menos un año con cada uno de mis hijos preocupándome de que echaran bien los gases, por aquello de los cólicos del lactante y demás; y, sin embargo, ahora esté aquí quejándome de los eructos que se tiran. A veces me cuesta creer que esos sonidos salgan de esos cuerpecillos. Creedme, que no exagero (aunque lo pueda parecer).

  2. También recuerdo con dulzura aquellos primeros pedetes que se tiraban cuando eran bebés. Inocentes e inodoros. No como ahora, que tienen cuerpo de niños pero aquello huele a hombre.

  3. De los ruidos que oigo con las piernas temblando cuando están solos y sé, aunque no les vea, que la están liando en la habitación de al lado, no he dicho nada para no extenderme en esta entrada. Pero también son para darles un post entero.

PROS:

  1. Si estoy hablando de ruiditos que hacen mis hijos, es justo que también diga que me encanta cuando, al entrar en su habitación estando ellos ya acostados para asegurarme de que están arropados o cuando duermen a mi lado, les oigo suspirar en sus sueños. Algún que otro ronquidito se les escapa (por favor, que no acaben como su padre), pero básicamente son suspiros.

  2. También he de confesar que me encanta cuando nos acurrucamos juntos en el sofá y ponen sus cabecitas sobre mí (esto lo hace mucho el Mediano) y suelta un “mmmmmmm…”, normalmente acompañado por un “te quiero, mami”. Me tienen ganada. Y lo saben.

  3. Y hablando de ruidos que me encantan, aunque no sé si catalogarlas como ruidos, también están las risas y las carcajadas, esas contagiosas que echan por tierra cualquier intento de regañina, de ponerme seria o de intentar mantener la compostura.

 

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04Abr/14

… de la galantería (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

El otro día, estaba yo regañándole al Mediano por haberse puesto a saltar en el sofá. Se había caído y, tras el susto inicial, volvió a la carga. “¿No has aprendido que te puedes caer y que si te caes te haces daño?” le preguntaba yo. “Sí, mami” me contestaba él. “¿Y, entonces, por qué sigues saltado?” le pregunté de nuevo, está claro que los niños tienen que tropezar varias veces en la misma piedra para aprender algo… “Es que… es que… ¡te quiero mucho, mami!” me soltó el pieza. Acompañando tan bonita frase con una sonrisa de oreja a oreja, mostrando esos dientes tan sumamente blancos que tiene y haciéndome hasta una caidita de ojos. El Gato de Shrek a su lado es un simple aficionado.

Ayer le estaba cambiando el pañal al Peque. Iba yo en manga corta por casa, que eso de perseguir a mi escapista por toda la casa cansa un rato. Supongo que mientras le limpiaba el pañal, al niño le llamó la atención aquellos brazos descuidados de su madre. Quizás los vio algo endebles y quiso probar a ver si eran de gelatina o de acero para los barcos, qué sé yo. El caso es que empezó a darme con su manita. Como no me hacía daño, le dejé. Él a lo suyo y yo a lo mío. No contento con eso, pasó al siguiente nivel y me pellizcó.

Me salió del alma y le solté un enérgico “¡no! Que duele y me haces pupa”. Este otro pieza se sorprendió, pues este tono suele ir para sus hermanos. Tras la sorpresa inicial, debió pensar, no que aquello no se hacía, sino que no había que enfadar a mamá. Sea como fuere, al instante siguiente, ya con su pañal puesto y él de pie en el cambiador, se acercó a mí, me soltó un beso como pocos le he visto dar en toda su vida, lo acompañó de un abrazo (que pocas veces da) y me dijo muy bajito al oído con su lengua de trapo: “ya ta, mamá, ya ta”. Por si aquello no había colado, la guinda la puso con una sonrisa y una carcajada de esas contagiosas qué él tiene. Éste sabe latín. A zalamero tampoco le gana nadie.

Sábado por la mañana. Tengo a los tres despiertos y el Papá³ está durmiendo a sus anchas. Hago los desayunos, desayunan (unos más rápidos que otros). El Mayor se acerca a mí y me dice que ya ha llevado la taza del colacao al fregadero, le felicito por ello y entonces, en vez de irse al sofá a ver la tele, sigue de pie a mi lado y me pregunta: “¿qué tal has dormido, mamá?”. En esta ocasión, la sorprendida soy yo. Le contesto que he dormido bien. Mientras, me ayuda a recoger lo que ya hay tirado en el suelo del salón (y eso que recogí lo que pude la noche anterior antes de irme a la cama). Pienso que se está haciendo mayor, que ya es todo un hombrecito y se empieza a dar cuenta de las cosas… y entonces me pregunta: “Mamá, si no estás muy cansada, podrías, si quieres, claro, hacer churros para desayunar… ¿Quieres que yo vaya sacando los churros del congelador?”. La expresión de su cara es todo un poema: ojos abiertos, sonrisita de niño que no ha roto un plato, manos a la espalda… y para rematar, va el mico y me suelta un “porfiiiiiiiiiiiiii” seguido de un gran beso con abrazo incluido. Un truhán de mucho cuidado. Ya os lo digo yo. Vamos, que acabé sacando los churros (sí, congelados), encendiendo la freidora y haciendo una tanda para todos. Bueno, todos no, que Papá³ seguía su particular charla con Morfeo.

Así que hoy dedico esta entrada de mi Diccionario maternal a la letra G, de galantería, porque después de lo que he contado, no cabe duda de que cada uno de los tres es galante a su manera, saben usar sus armas. Y, como ya he dicho en alguna ocasión, me tienen ganada. Y lo peor es que lo saben.

CONTRAS:

  1. Cuando se ponen en plan galantes, a menos que hayan hecho algo realmente grave, me es muy difícil decirles que no o seguir con la regañina o lo que sea que esté haciendo en ese momento. Lo único que me sale es comérmelos a besos.

  2. Como he dicho, lo malo de esto no es que me tengan ganada (ya me tenían desde las primeras pataditas dentro de mi tripa de embarazada). No, lo peor es que ellos lo saben y no dudan en aprovecharse de ello para su propio beneficio. ¡Menudos son!

PROS:

  1. Aunque sé que sus intenciones van más allá de lo que pueda aparecer a simple vista (especialmente en el caso del Mayor), la verdad es que me encanta que me camelen. Los besos, los te quiero, los abrazos, las caiditas de ojos y esas sonrisillas pícaras.

  2. Me encanta verles hacer todas esas cosas. Disfruto como una niña. Son momentos divertidos en los que ellos saben que es un juego y yo juego con ellos.

 

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03Abr/14

… de los juegos (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Supongo que no seré la única madre que juega con sus hijos. Afortunadamente. En cuanto vi que mis bebés podían interactuar conmigo (a su manera) empecé a jugar con ellos. Empecé por las palmitas y los cinco lobitos. Muy a la par iba el cucutrás. Me encantaba verles reír y soltar aquellas carcajadas tan grandes que apenas podía creer que salieran de unos cuerpos tan pequeñitos.

Como imaginaréis, según han ido creciendo ellos, los juegos se han ido haciéndose más complejos. Ahora los mayores juegan al fútbol, al parchís, a la oca y a algún otro juego de mesa. Con el Mayor se puede jugar al veo, veo y a las damas. Ya me ha pedido que le enseñe a jugar al ajedrez.

El verano pasado, con un dado grande de juguete, se me ocurrió decirles que tenían que hacer una casa según el número que saliera. Por ejemplo, si salía el 1 había que agacharse, con el 2 había que saltar a la pata coja, con el 3 tenían que quedarse quietos como estatuas… y así hasta el 6.

De nuevo, vuelvo a fijarme en los juegos que están en el mercado. Hay muchos nuevos que no conocía, pero para mi asombro, sigue habiendo otros que salieron en mi propia infancia. Ahí está la Bola loca, aunque creo que ahora le han cambiado el nombre, sigue el Twist, el Quién es quién y el Conecta 4 (donde soy la reina absoluta, aunque esté mal que yo lo diga, jejeje).

El Mayor se sorprende que yo sepa jugar a Piedra, papel o tijera, que conozca las reglas de Fuga o Látigo y sepa jugar a las palmas con la canción de En la calle 24. Y él me sorprende a mí con juegos como Pistolero o Torito bravo.

Está claro que la maternidad nos llena la vida de muchas cosas. Los juegos son una de ellas, por eso quería incluirlos en mi particular Diccionario de la maternidad de la A a la Z.

CONTRAS:

  1. A veces me cuesta recordar cómo se jugaba a algo, aunque conozca el juego.

  2. Otras veces, las reglas con las que yo jugaba de pequeña a algún juego no coinciden con las que han aprendido mis hijos.

  3. Con el Peque trasteando a todas horas por casa y con su afición a coger todo lo que tienen sus hermanos entre manos, es difícil sacar un juego de mesa y que no coja las piezas. Estoy deseando que sea algo más mayor para poder jugar con los tres al parchís, por ejemplo.

PROS:

  1. A mí siempre me ha encantado inventarme juegos. Ahora con mis hijos tengo la excusa perfecta. El reto está en encontrar uno al que puedan jugar los tres a la vez.

  2. Los juegos de mesa me chiflan. Espero que mis hijos saquen la misma afición. De momento, creo que van por ese camino. ¡Sólo hace falta sacar el Monopoli de Rayo McQueen para comprobarlo!

  3. Creo que algunos juegos, además de divertidos, enseñan muchas cosas, como esperar cada uno su turno, saber ganar, aprender a perder, etc.

  4. Inventarse un juego es ser creativo. El buen tiempo propicia los juegos al aire libre, que son los que requieren más imaginación.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
Síguelo en Twitter #AZdelamaternidad.
Si estás interesada en participar, tienes toda la información a tu disposición aquí.

03Abr/14

… del blog (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Si me pongo a pensar qué cosas me ha traído la maternidad, sólo y exclusivamente, una de las primeras cosas que se me vienen a la cabeza es este blog. Si el Mediano tiene ahora cuatro años, hará unos tres que descubrí que en Internet había blogs que hablaban de maternidad. En aquel entonces, no había muchos, la verdad. O quizás es que no me atrajeran en exceso. De aquella época viene mi cariño hacia Mamá (contra) corriente, Mamá sin complejos y Una mamá española en Alemania. Seguro que las conocéis. Parecía que sólo ellas compartían mi visión de la maternidad y además me sacaban alguna risa que otra.

Por aquel entonces ya me rondaba por la cabeza la idea de abrir yo mi propio blog de maternidad. Pero, ¿qué iba a contar? ¿Quién me iba a leer? ¿A quién le podría interesar lo que yo tuviera o quisiera contar? Así que la idea de un blog quedó guardada. Sin embargo, a mí siempre me ha gustado escribir. Yo quería (quiero) ser escritora. Por eso estudié Periodismo.

Hará ya más de un año, la idea de abrir un blog volvió con fuerza a mi cabeza. No sé qué me hizo suponer que, con dos niños ya creciditos y un bebé que no tenía ni un año, iba a disponer del tiempo suficiente para dedicárselo a un blog. Recuerdo que me dije: “vale, abriré un blog. Compartiré en él mi modo de criar a mis hijos. Pero también quiero poder hablar de otras cosas. Así que cuando se me ocurra un nombre que me guste y que limite mis temas, lo abriré”. Estaba convencida de que no encontraría ese nombre. Una de las cosas que más me cuesta cuando escribo es encontrar un título que me guste.

Una mañana, mientras tendía la ropa, me vino como un fogonazo a la cabeza. Pros y contras, no hace alusión a la maternidad ni a nada, me daba carta blanca para disponer de mis temas. Además, me ofrecía un formato original de redactar las entradas. Al fin y al cabo, todo tiene dos caras, todo depende del cristal con que se mire, ¿el vaso está medio lleno o medio vacío? Total, que ese nombre fue mi pistoletazo de salida. A partir de ahí, a mirar por Internet, que si Bloger que si WordPress, que si la cuenta de correo, que si botones, que si una página de Facebook, que si una cuenta en Twitter, ¿pongo también la que tengo en Pinterest? En fin… que abrí mi propio blog.

Y una de las cosas más habituales cuando se tiene un blog es participar en carnavales para darlo a conocer. Básicamente, participé en el Viernes dando la nota, pero lo dejé. Me sirvió para conocer blogs estupendos que aún hoy sigo leyendo cuando tengo un rato.

Y luego, un día, me dice Vero (Trimadre a los 30) por Twitter que está preparando algo especial y que le gustaría contar conmigo. ¿Una trimadre pidiendo un favor a otra trimadre? ¡No podía decirle que no! Así que ahí me metí, de lleno, en el Diccionario de la maternidad de la A a la Z. Una iniciativa impresionante como pocas. He vuelto a coincidir con blogs muy especiales para mí, he conocido a otros que ya forman parte de mi lista de lectura habitual y, sobre todo, me he emocionado y me he reído con distintos aspectos de la maternidad.

Y hoy os cuento todo esto porque hoy es el día oficial en el que acaba este carnaval maternal. En teoría no habrá más entradas sobre el #Azdelamaternidad. Ha sido todo un placer poder formar parte de este Carnaval.

CONTRAS:

  1. ¿He dicho “en teoría”? Pues sí, porque en la práctica, voy a publicar una serie de entradas de aquí a 7 días. Tengo tres razones bastante fuertes para ello: la primera es que me gustaría terminar mi propio diccionario con sus 27 letras, la segunda es que he repetido alguna letra (la P y la C, para ser exacta), la tercera es que dejé el carnaval en verano, antes de su parón oficial, y desde entonces voy retrasada con las ediciones. Me quedan unas 7 letras. Vero va a dejar abierto el Carnaval hasta el próximo día 11, así que voy a intentar terminar para esa fecha.

  2. Siempre, siempre, siempre, un contra muy grande en esto de los Carnavales es encontrar tiempo para pasarme por el resto de blogs participantes. Ya os dije que desde que el Peque requiere más mi atención, me paso por menos blogs, hago menos comentarios y eso se refleja en mi propio blog.

PROS:

  1. Ya he dicho algunos, como compartir esta iniciativa con blogs estupendos, conocer a otros blogs geniales o poder formar parte de algo tan genial.

  2. Ahora que esto se acaba, confío en poder pasarme por todos los blogs que me faltan, aunque sea fuera de tiempo.

  3. La reflexión que tengo que hacer cada vez que escribo para este Carnaval. Es un acto de introspección que siempre viene bien.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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02Abr/14

… del quásar (maternidad de la A la Z)

AZ de la maternidad

Parafraseando a la RAE, quásar es un pequeño cuerpo celeste con gran luminosidad, se caracteriza, además, por la gran cantidad de radiaciones que emite en todas las frecuencias y es el astro más alejado en el universo.

Bien podríamos estar hablando de los hijos. Porque cuando son concebidos más pequeños no pueden ser. Dos células, una vida. Que vale que hay cosas más pequeñas que las células, pues sí, las hay, pero en mi día a día una célula es ya lo bastante pequeña.

Si hablamos de luminosidad, hay cientos de artículos donde dicen que el embarazo llena de luminosidad la piel, pelo y hasta las uñas de la futura mamá. Pero es que cuando nuestro bebé nace es la cara y hasta el alma lo que se nos llena de esa luz especial que trae consigo la maternidad y que lo irradia todo.

Es el amor que sentimos hacia ellos que se expande a otras áreas de nuestra vida. Yo, desde que soy madre, veo la vida de otra manera. Gracias a mis hijos me he vuelto a parar en el camino a oler las flores y a contar los puntitos de las mariquitas. He vuelto a disfrutar como una niña con la noche de Reyes o la llegada del Ratoncito Pérez.

¿Cómo algo tan pequeño puede inundarlo todo? Pues ahí está, porque cada hijo es un quásar. Cuerpos celestes, mágicos igual que el universo. Un milagro de la vida. Tan ínfimos al principio y a la vez tan grandes en nuestras vidas. Un bebé es algo mágico que, a fuerza de verlo todos los días, nos hemos acostumbrado a su magia. Pero no por ello su llegada y creación no es menos espectacular. Dos células que se unen para crear, nada más y nada menos, que vida.

Y una vez hecho esto, es nuestra propia vida la que cambia, girando alrededor de ellos cual planeta dando vueltas alrededor de su sol, su estrella. Mis hijos son las estrellas que me guían en esta vida, me complementan y me hacen mejor madre, mejor mujer y, sobre todo, mejor persona.

 

CONTRAS:

  1. No hay vuelta atrás. Jamás volveré a ver las cosas como cuando tenía una vida sin hijos.

  2. Mis hijos, ahora pequeños, crecerán y serán hombres hechos y derechos. Pero para mí siempre serán mis pequeños. Cuenta mi padre que mi abuela (su madre) hasta el día en que se murió siempre le llamó “el niño”.

PROS:

  1. Ya lo he dicho varias veces por aquí, pero me encanta que mis hijos me vuelvan a descubrir el mundo a través de sus ojos.

  2. Una madre siempre está ahí para sus hijos. Lo que ellos no saben es que ellos también están siempre ahí para sus madres. Sin proponérselo, mis Trastos me dan fuerza, apoyo, amor y valor.

  3. Por mucho que se alejen de casa (algún día se irán a vivir su propia vida), siempre tendrán un sitio al que volver. Por mucho que sus casa disten de la que ahora es su hogar, siempre estaremos presente los unos en los pensamientos de los otros. No hay amor más fuerte.

Por si aún no visualizáis lo que es un quásar, podéis teclearlo en Google y os aparecerán un montón de imágenes. Y, si no, aquí te dejo una para que te hagas una idea.

Quásar

Quásar

Fuente

 

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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19Mar/14

… de mi yo (maternidad de la A a la Z)

AZ de la maternidad

Si hay algo que ha cambiado desde que soy madre soy yo misma. Por eso la entrada de mi Diccionario de la Maternidad de hoy está dedicada a la Y.

Los cambios físicos saltan a la vista por sí solos a lo largo de los nueve meses de embarazo. Al principio sólo los notaba yo: que si un malestar en el estómago, que si nauseas, que si algún que otro vómito, que ahora se me duerme la mano y me duele, un pinchazo en la espalda, no soportar el olor a aceite caliente (puaj)… Cosas que, como bien decía mi ginecóloga, se pasan cuando se da a luz. Con el paso de las semanas, esos cambios también los notaban la gente: que si se te está poniendo la cara más rechoncha, que si vaya barriguita que tienes (por no decirme barrigota), que vaya canalillo te ha salido… Lo normal, vaya.

Pero también se sufren cambios emocionales, esos de los que siempre tienen la culpa las hormonas. Yo insisto en que, mientras estaba embarazada, tampoco fue para tanto. Algunas ganas de llorar de vez en cuando, algún ataque de risa más veces de las que quisiera, algo que me sentara especialmente mal… Yo creo que no fue gran cosa. Pero el Tripadre aquí discrepa. Y mucho. Dice que tenía que andarse con pies de plomo. Sigo pensando que exagera, pero obviamente mi punto de vista es de todo menos objetivo.

A parte de estos cambios, he de reconocer que la maternidad ha ocasionado en mí misma cambios que antes ni vislumbraba. Algunos son a mejor (pros) y otros no (contras). Os cuento algunos a ver si a vosotras también os ha pasado…

CONTRAS:

  1. Más miedosa. Los miedos y la maternidad van unidos. Yo creo que empezamos a tener miedos cuando decidimos ponernos manos a la obra e ir a por el embarazo. A nosotros nos costó quedarnos embarazados del Mayor. Yo creo que fue a que dejé de tomar la píldora junto a un complemento de yo do que me mandó mi primer ginecólogo. No lo digo por decir, sino que cambié de profesional y mi ginecóloga (que me ha atendido en mis tres embarazos y partos) así me lo dijo. El caso es que ya antes de estar embarazada tenía miedos sobre mi bebé: que si podríamos concebir con normalidad, que si (una vez embarazada) todo saldría bien, que si seríamos capaces de cuidar a un recién nacido… y así seguimos hasta hoy. Porque lejos de que los miedos se vayan yendo con la experiencia, lo cierto es que algunos dejan paso a otros nuevos y esto es el cuento de nunca acabar.

  2. Más insegura. Muy acorde con lo anterior. El miedo a poder equivocarme en el cuidado y educación de mis hijos hace que dude de absolutamente todo. Por ejemplo, ante un mal comportamiento por parte de mi hijo, ¿qué es mejor, hablar con él, castigarle, dejarle a ver si él solo se da cuenta de que lo está haciendo mal…? Normalmente unas acciones se solapan con otras y, a la siguiente, vuelvo a dudar de qué sería mejor hacer. Otro ejemplo: en el patio del colegio un niño va y pega a mi hijo, yo le tengo dicho que pegar está mal, pero ¿hay que hacer distinción entre pegar y defenderse o es todo lo mismo?

  3. Más sensible o empática. Ya lo he dicho alguna vez. Todo lo malo relacionado con los niños me afecta sobre manera desde que soy madre. Antes me afectaba, cierto, pero es que ahora lo sufro en mis adentros. Llego a tal punto que no me hace falta leer o escuchar la noticia entera, muchas veces sólo con el titular ya empiezo a sufrir y hasta llorar.

PROS:

  1. Más respetuosa. Me he dado cuenta de que mis propios hijos no son iguales. Ya lo he dicho muchas veces, lo que funciona con uno no sirve para el otro. Así que lo que sirve con los míos puede no ser útil con los míos y viceversa. Así que ya no me meto en opinar sobre la manera de criar que tienen otros padres con sus hijos. Doy por sentado que cada padre y madre hacen lo mejor para sus propios hijos.

  2. Más atrevida y menos tímida. Dice mi madre que de pequeña yo era muy extrovertida, pero fue llegar a la pre-adolescencia y me entraron todas las vergüenzas del mundo. Yo creo que tuvo algo que ver con que me desarrollara bastante pronto (tuve mi primera regla a los 11 años). El caso es que por eso siempre me he considerado bastante tímida. Me daba vergüenza hasta levantar la mano en clase para preguntar. Para ser justa, he de reconocer que al cumplir la veintena me propuse echarle más cara a la vida y algo mejoré. Pero de fondo seguía siendo tímida. Y, aunque hoy día sigo siéndolo, cuando se trata de mis hijos se me van todas las vergüenzas. No me corto a la hora de preguntar algo que les afecta a ellos directamente ni de ir dando un paseo y cantando por la calle con ellos. Quién me ha visto y quién me ve…

  3. Más fuerte. Al menos yo me siento así. Y no lo digo sólo por los dolores del parto y el post parto. Me he dado cuenta de que puedo hacer frente a cosas que antes ni me imaginaba. Os pongo como ejemplo las privaciones del Mediano. Yo creo que hasta me pongo enferma menos veces que antes. Y es todo por y gracias a mis Trastos.

  4. Más niña. Porque, para poder jugar con los niños tengo que ser también un poco niña. Y esto me encanta. Cierto que creo que podría jugar mejor a las casitas que al fútbol, pero cuando hacemos manualidades creo que soy capaz de ponerme a su altura, con un hule en la mesa, eso sí, que luego aparece la madre que hay en mí, ésa a la que le toca limpiar todo el desaguisado y a la que no le gusta nada tener que andar frotando.

Estos son, a grandes rasgos, los cambios que creo que ha sufrido mi yo desde que nacieron mis Trastos. Algunos creo que me benefician y otros creo que me perjudican, pero creo todos me ayudan a ser la mejor madre que podría ser para mis hijos. Y en eso, ellos son los ganadores absolutos.

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blogs iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.
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