… de un año de pandemia

Un año de pandemia

Hace hoy justo un año que cerraron los colegios. Era un miércoles. Todos los niños se quedaron en casa sin saber muy bien qué pasaba o cuánto iban a estar sin volver a clase. Los adultos no lo sabíamos tampoco, así que poco pudimos explicarles. Recuerdo que yo me enteré del cierre de los colegios por la noche en el parque, mientas sacaba a la perra. Al día siguiente, mis hijos fueron a clase con la intención de traerse a casa todos los libros y cuadernos que pudieran tener allí. Y al día siguiente empezó nuestro confinamiento, un año de pandemia hasta la fecha.

Es cierto que en España la noticia del estado de alarma fue el viernes trece de esa misma semana, pero los padres ya estábamos confinados desde unos días antes. Los niños eran poco menos que el mal en persona, transmisores del virus pero sin síntomas aparentes. Qué malos eran. Nadie los quería en ningún sitio que no fuera su casa. Se cerraron parques, columpios y se les prohibió salir a la calle. Detrás de ellos fuimos los demás, es cierto, pero lo primeros fueron ellos.

Hablando con otros padres y madres, el sentimiento generalizado que yo percibí era que aquello era cuestión de unas pocas semanas. No podían estar sin colegio mucho tiempo. Por el contrario, yo pensaba que, estando la Semana Santa tan próxima, no volverían antes. Nos equivocamos todos. Empezaron los malabarismos para proseguir con el curso escolar y no darlo por perdido, los nervios cada vez que había que salir de casa y el miedo, mucho miedo a todo. Cada vez que tenía que ir a la compra, yo volvía ese día muy nerviosa y con dolor de cabeza. De verdad que yo tenía miedo de tocar alguna cosa y traerme al invitado no deseado a casa.

En nuestro caso, el confinamiento no empezó bien porque yo me puse muy mala. Ante la duda, llamé a los servicios de salud, pero me dijeron que no tenía suficientes síntomas. Empecé con dolor de cabeza y fiebre muy alta. Después, fueron la fiebre y perder el gusto (el café me sabía horrible). Luego fue fiebre y cansancio generalizado (no podía permanecer de pie más de cinco minutos). Por último la fiebre se fue tras diez días haciéndome compañía y yo tardé una semana más en coger fuerzas y ser yo misma de nuevo. Como ves, mis síntomas iban de dos en dos, así que nadie me tomó siquiera por un posible positivo. No hubo pruebas que confirmaran nada, así que, a día de hoy, no sé qué es lo que me pasó, pero si me preguntas…

Esas tres semanas en las que yo tuve que quedarme en la cama porque no podía hacer otra cosa con mi cuerpo fueron las peores de todo el confinamiento. Después de aquello, y viendo que la situación iba para largo, empezamos a organizarnos en casa como buenamente pudimos. Los deberes y tareas del cole iban llegando, así que las mañanas eran para estudiar. Pero las tardes eran menos llevaderas porque no había mucho que hacer y las pantallas se hicieron las protagonistas incuestionables.

El verano pasó entre turnos de piscina y salidas esporádicas al parque por las mañanas bien temprano. Y así llegó la vuelta al cole. Yo estaba convencida de que volverían a mandar a todos los niños a sus casa antes de un mes, pero no fue así. Mis hijos iban al colegio mientras yo creía que un día tendrían que quedarse en casa por el positivo de algún compañero. Pero aquí estamos, terminando el segundo trimestre y no ha pasado ni lo uno ni lo otro.

Qué raro este último año de pandemia, ¿verdad? Las mascarillas han pasado a formar parte de nuestras vidas y parece que siempre las hubiéramos necesitado. La parte graciosa es que, con la llegada del buen tiempo y tantos días de sol, el Peque tiene «moreno mascarilla», es decir, tiene la parte de la cara que está alrededor de la boca más blanca que el resto.

Ahora salgo a comprar más tranquila, es cierto, pero igualmente estoy deseando volver a casa en cuanto entro en el supermercado. Creo que el ambiente está más relajado y no sé si es porque nos hemos acostumbrado a vivir ya con el virus este o porque nos estamos relajando con el cuidado que tenemos (o deberíamos tener).

Si por mí fuera, no hubiera salido de casa en todos estos meses. Pero ahí estaba Papá³ para convencerme de que no se puede vivir con miedo y que tenemos que seguir viviendo nuestra vida. A mí me ha costado, la verdad. No sé si enfermaremos en casa, pero si esto pasa (y ojalá que no), nos queda la conciencia tranquila de saber que no nos hemos saltado ninguna norma, que seguimos lavándonos las manos al llegar a casa y cada vez que tocamos algo que viene de fuera, que usamos mascarillas que cumplen la normativa, que nos damos gel desinfectante si estamos fuera de casa y que hemos hecho todo lo posible para no contagiarnos nosotros ni contagiar a nadie.

CONTRAS:

  1. Echo de menos muchas cosas en este año de pandemia, como todo el mundo, claro; pero, sobre todo, echo de menos el hacer planes sobre la marcha, sin mirar el reloj o contar cuántos nos vamos a sentar a una mesa.

PROS:

  1. Nuestros compromisos familiares se han reducido drásticamente, ahora los fines de semana son para nosotros. Y, aunque es difícil no ver a la familia y amigos como me gustaría, reconozco que he acabado disfrutando de estos días solo para nosotros.

Es tu turno, cuéntame qué tal has llevado tú este año de pandemia.

Foto de Vera Davidova.


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