… de la caca piscinera

Pañales para el agua.

Es verano y el Peque aún usa pañales. Debí esperarme la tragedia. Lo malo es que yo iba confiada en que esto a mí no me pasaría, quizás porque no me pasó nunca con sus otros dos hermanos. Pero alguien dijo una vez que a la tercera iba la vencida…

También debió ponerme sobre aviso los acontecimiento que ocurrieron justo antes de la gran tragedia. Os cuento. Llegamos a la piscina de la urbanización. Justo al lado de la parte que menos cubre, han puesto una piscinita para los bebés y niños a los que la piscina normal aún les queda grande. El Peque la había descubierto el día anterior y le encantaba. Además, a la hora a la que suelo ir con los Trastos, no hay casi nadie y el Peque tiene la piscina chica para él solo.

Todos nos damos crema solar en casa antes de salir, así que, nada más llegar, los Mayores se quitan la camiseta (ya llevan puesto el bañador de casa), las chanclas, se pasan por la ducha y al agua. Mientras, yo me quedo quitándole al Peque la ropa, cambiando su pañal normal por su pañal bañador y poniéndole también los manguitos. Sólo entonces, me quito yo la ropa y me dirijo con el Peque a la piscina. Esto suele ser lo normal. Pero aquel día hubo una pequeña variación en nuestra rutina…

Los Mayores se dirigían ya al agua y yo seguía en el césped con el Peque. Me di la vuelta para extender la toalla donde cambiarle y entonces ya no estaba. Se dirigía raudo y veloz, sin nadie que le pudiese parar a la piscinita pequeña. Y allí que se tiró en plancha. Con sus chanclas, su camiseta y su pañal normal. Según me iba acercando, empezó a desternillarse.

Le saqué chorreando agua y le llevé de nuevo al césped. Ahora sí, pude quitarle todo lo que llevaba encima y sustituirlo por su pañal-bañador y sus manguitos. En cuanto se vio libre, corrió de nuevo a la piscina pequeña. Debí irme de allí en ese mismo instante. Pero no, me quedé. Y lo sufrí.

Conseguí llegar a la piscina y busqué un lugar estratégico entre donde estaban jugando los Mayores y la piscina donde estaba el Peque. Al poco rato, éste pensó que quería meterse en la grande, como sus hermanos y comenzó a subir y bajar por la escalera. Así estuvo como cuarto de hora. Y yo le dejé.

Entonces llegó una madre con su hija, a la que con mi ojo de madre, le eché alrededor de un año. La metió en la piscina pequeña y el Peque, al ver que había compañía, volvió a meterse en la piscinita. Sin embargo, alternaba sus mini baños con el entro-salgo de la escalera de la piscina grande. De nuevo, debí irme de allí en ese momento. Pero no, aquí la que teclea decidió quedarse un poco más para que el Peque jugara con su nueva amiguita. Ejem.

En una de esas salidas, el Mediano me gritó desde el bordillo de la piscina que el Peque tenía algo en la pierna, que si era una heridita. Le miré y dije muy risueña que no, que sería otra cosa. Me acerqué al Peque y le miré las piernas pensando que el pañal se habría roto. Es lo malo de reutilizarlos hasta que no se puede más. Para mi estupor, vi que aquello que chorreaba por sus piernecitas no tenía nada que ver con el pañal. Era algo más asqueroso.

Sí, querida lectora o lector. Es lo que imaginas y lo que le da nombre a la entrada de hoy. Era caca. Caca piscinera. Ya sabemos lo que le pasa a ésta si le da el agua. Pues eso. Que de nuevo me tocó salir pitando hacia la toalla y proceder al cambio asqueroso de pañal y limpiado de piernas y de todo. Entonces y sólo entonces concluí que era la hora de irse a casa. Llamé a los Mayores con un “¡Pa’ casa!” como pocos se habrán oído en el recinto piscinero y cambié al Peque.

Mientras los Mayores se duchaban y secaban, yo aproveché para ir a tirar lo que quedaba del pañal-bañador. Y, de nuevo, por si todo lo anterior no hubiera sido bastante, el Peque volvió a salir raudo y veloz hacia la mini piscina, donde, por supuesto, volvió a tirarse en plancha. Lo que vino después no os lo cuento para no repetirme. Os lo imagináis. Sólo diré que acabamos como empezamos. El ciclo se cerró. Y más muerta que viva conseguí volver a casa con los tres Trastos.

CONTRAS:

  1. Como son pañales para el agua, no retienen nada. El agua disuelve la caca, así que hay que estar muy pendiente de que sólo han hecho pis o veréis cómo chorrea. Y esto último no es nada agradable.

  2. Coger al niño para llevárselo a la toalla es una odisea. No le puedes coger de forma normal porque va mojado (de agua y de todo). Yo le llevé agarrado por los brazos, en volandas. Y fui lo más rápida que pude. Menos mal que, como dije antes, la piscina no es muy grande.

PROS:

  1. Aunque no retengan nada, siempre es mejor en el pañal que en el bañador. El primero lo puedes tirar a la basura sin contemplaciones. El segundo también, pero seguro que por tu cabeza pasa el pensamiento de lavarlo y aprovecharlo.

  2. Lo bueno de los pañales-bañador es que no se quitan como si fueran calzoncillos o bragas. Se pueden quitar rompiendo las “costuras” laterales. Menos mal porque sacar el pañal hacia abajo con todo lo que tenía dentro hubiera sido ya para encerrarme y tirar la llave.

Por si alguien se lo está preguntando, he vuelto a la piscina. Sólo que ahora cojo al Peque de la mano y no le suelto hasta que no tiene su pañal-bañador y sus manguitos puestos. Que le he visto intención de repetir la hazaña. Y la de la caca también. ¿Cuándo decís que cierran las piscinas?

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